Cristian Martínez Borja: de sacar arena en el río Atrato, a goleador del América de Cali

Octubre 16, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Diana Carolina Hernández - Reportera de El País
Cristian Martínez Borja: de sacar arena en el río Atrato, a goleador del América de Cali

El atacante Cristian Martínez Borja tiene tres hijos que por estos días lo acompañan en Cali. Alexandra, de 11 años de edad; Sebastián de seis y la menor, Andri, de cinco años.

El atacante Cristian Martínez Borja tiene tres hijos que por estos días lo acompañan en Cali. Alexandra, de 11 años de edad; Sebastián de seis y la menor, Andri, de cinco años.

A sus siete años se levantaba muy temprano en la mañana y se montaba al bote con su papá y sus hermanos. Subían por la orilla del río Atrato, del cual extraían arena para después venderla en Quibdó para la construcción.

El extenuante sol chocoano no lo amilanaba. Él quería ayudar en su casa, por eso obedecía las órdenes de su papá, don Arnobio, quien lo ponía a ‘chequiar’ el bote. Aunque había momentos en los que también se armaba con la pala y sacaba una par de kilos de arena. “No tenía tanta fuerza, así que sacaba poco”, recuerda mientras observa sus manos. Tal vez reviviendo aquellas ampollas, las marcas de la humildad, de las que hoy se siente muy orgulloso.

Pero paradójicamente no fueron las manos sino unas robustas y largas piernas, las que llevaron a Cristian Martínez Borja a la gloria. Ellas son como el arco con las que apunta y da en blanco en las redes contrarias.

Sus nueve goles vistiendo la camiseta del América, han sido vitales para la actualidad del conjunto escarlata, que tiene hoy más latente que nunca, la esperanza de volver a la máxima división del fútbol profesional colombiano.

¿Pero cuál es la historia del goleador?

Entre la violencia y los goles

En la ribera del río Atrato está el barrio San Vicente, ese en el que hace 28 años nació el quinto hijo, de los seis, de don Arnobio Martínez y doña Romelia Borja: Cristian.

Nunca se sintió el consentido, según él “por ser uno de los hijos del medio”, por eso desarrolló una personalidad rebelde, esa que le sacó un par de canas a sus padres.

En esa búsqueda de afecto, la calle fue su refugio; allí conoció al amor de su vida: el fútbol.

La maltrecha y polvorienta cancha en frente de su casa fue el escenario en el que por primera vez rompió las redes. Aunque cabe señalar, que su inicio en el fútbol fue debajo de los tres palos.

“Como era uno de los más pequeños, de los más niños, los otros siempre hacían los grupos y no me dejaban jugar, porque no tenía mucha fuerza o la talla para ir en el mano a mano, porque allá se juega duro, así que me mandaban al arco”.


Después jugó como volante, pero el arco contrario tenía un imán que atraía sus balones. Siempre anotaba. Y así se ganó la confianza para pasar al ataque.

“Siempre hice muchos goles. Mi mejor socio era mi hermano, quien era volante 10 y me las tiraba, y pues yo no desaprovechaba la oportunidad de hacer gol”, evoca con una sonrisa.

-¿Lo emociona recordar esa época?
“Sí”, afirma. “Era tan feliz, a pesar de la humildad en la que vivíamos. Tenía muchos amigos con los que jugábamos todo el día. Nos sentíamos libres. No salíamos de la cancha”.

Pero hoy muchos de esos amigos no están. La violencia se los llevó. Ya que a pesar de que la cancha de San Vicente era una fábrica de gambetas y sonrisas, también fue un escenario donde las balas y las drogas tentaron a más de una promisoria figura del fútbol.

“Vi a muchos amigos míos fallecer. A la gente la mataban delante de nosotros porque en la cancha muchos muchachos se volcaban en la parte de atrás a meter vicio. Que yo no cayera en todo eso fue una bendición de Dios”.

Y no solo Dios tuvo que ver en eso, ya que el miedo y respeto que sentía por su padre evitó que quedara enredado en las tenebrosas telarañas de la violencia.

“Mi papá era muy estricto, por eso siempre me tenía ocupado. Cuando no estaba jugando fútbol o recogiendo arena, me iba ayudarle a mi mamá a vender chance o plátanos en la galería, siempre estaba ocupado”, evoca el delantero, quien señala que debido a la circunstancias llegó a pensar en convertirse en militar y servir a la patria.

“A mí me gustaba el ejército pero salí temprano en el fútbol y no me tocó”, cuenta Cristian, quien agrega que su vida cambió cuando tenía 15 años y un amigo, Wilson, se lo llevó a Bogotá a probar suerte en el fútbol.

Destinado para el rojoSu sueño siempre fue vestirse del rojo del América, pero la vida le puso primero otros escarlatas en el camino.
Su primer equipo fue Patriotas, allá compitió en el Torneo Águila, y aunque su producción goleadora no fue tan efectiva, su fútbol sí fue suficiente para que un equipo del exterior lo tuviera en cuenta. En 2007 llegó a otro rojo, el Internacional de Brasil, donde jugó por más de cuatro años.

El Mogi Mirim, Americana Futebol, Caxias y Flamengo fueron los equipos donde fue adquiriendo la experiencia con la que logró el pasaporte a Europa.

Al Estrella Roja de Serbia llegó recomendado por un compañero del Flamengo. El idioma y la comida fueron lo más difícil. La sazón de esta parte del mundo fue lo que más extrañó.

“Al inicio me costó muchísimo porque ellos son más de comer sopas pero solo le echan la verdura con agua; comen poco arroz y las carnes son sin sal, sin condimentos. Eso me costaba bastante”, evoca Cristian, quien asegura que en Serbia con los que más interactuaba era con dos compañeros brasileños y el técnico que hablaba español.

Pero se adaptó rápido. Las calles de Belgrado, ciudad en la que vivió por espacio de un año, eran su refugio. A pesar de que no se asemejaban para nada a las de su barrio San Vicente en Quibdó, allá se sentía como en casa.

“Serbia era muy agradable. Los restaurantes eran muy lindos. Comer en el río, en balsas era algo mágico. Definitivamente es un país muy tranquilo. Me gustaba mucho”.

Sin embargo, los estragos de la guerra tenían el país en crisis. El dinero era poco y los primeros afectados fueron los futbolistas foráneos a los que devolvieron a casa. Martínez Borja fue uno de ellos.

Volvió a Colombia y otro rojo se cruzó en su camino: Santa Fe. Allá marcó once goles y jugó 47 partidos entre el 2012 y el 2013, cifras que garantizaron su regreso al exterior.

Su pasaporte recibió otro sello, esta vez de México, país donde reforzaría la ofensiva del Veracruz, otro escarlata.

“Alguna vez hablando con mi hermano le dije que el único rojo que me faltaba era el del América. Porque siempre fue un sueño de familia y sobretodo de él, quien también quiso ser futbolista pero no pudo”.

Tres años después de militar en México ese sueño se hizo realidad. El tan anhelado llamado de Cali llegó y no dudó en aceptar. El 29 de junio del 2016 fue confirmado y por fin se visitó del rojo, del rojo del América.

Solo había podido ver al escarlata en el 2006 en Tunja. “Ese partido fue contra el Chicó. Quedó 1-1”. Aún lo recuerda, a pesar de su pasión nunca había entrado al Pascual Guerrero.

El 2 de agosto de este año tuvo la oportunidad de entrar por primera vez al ‘Sanfernandino’, y no como hincha. Martínez Borja ingresó al campo ante Leones. Asegura que ese día lo enmarcó en su mente, ya que anotó su primer gol con los ‘Diablos Rojos’. “Ganamos 2-0”. Sonríe.

Después de hacer su sueño realidad, hoy este padre de tres hijos: Alexandra, Andri y Sebastián, tiene otra meta: el ascenso del América, por eso cada noche se arrodilla ante Dios para pedirle que mantenga su capacidad goleadora, esa con la que el equipo volverá a la A.

“Lo que es imposible para el hombre es posible para él. Solo Dios puede ayudarnos a salir de la B”.

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