Caterine Ibargüen, la campeona que sonríe a pesar de todo

Agosto 15, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País.com.co

La deportista nacida en Apartadó, Antioquia, se convirtió en la primera atleta colombiana en conseguir una medalla de oro en un Mundial.

Una larga carrera contra la pobreza. Un enorme salto contra la adversidad. Una fe gigantesca en su poder interior. Una capacidad infinita para sonreir a pesar de todo. Caterine Ibargüen Mena, la mujer que hoy viste de gloria al deporte colombiano, es la suma de todo eso y mucho más. Lo que más impresiona en ella no son tanto sus récords deportivos, ni sus larguísimas piernas, ni su poderosa condición física. Lo que realmente impacta es el encanto que envuelven esos 180 centímetros de negrura pura; ese ‘duende’ que se le alborota minutos antes de cada salto, y que la convierte en la favorita de los asistentes a las tribunas, sin que ni siquiera haya comenzado la competencia: Caterine se ríe todo el tiempo. Con los labios y, sobre todo, con los ojos. Gesticula con los brazos, pide apoyo del público, se habla a sí misma, se grita lo que ya sabe: que tiene la fuerza necesaria, que es una campeona, que sus piernas son las de todo un país, que se merece el triunfo. Es en ese momento, antes de atacar la pista con su zancada de gacela indómita, cuando Caterine se empieza a ganar todas sus medallas. ¿De dónde sacó Caterine su ‘duende’? ¿De dónde la sonrisa y el empuje? ¿De dónde el aguante y esas ganas de llegar cada vez más lejos? De una fuente inagotable, propia del Tercer Mundo, que bien asimilada se convierte en el más poderoso combustible para la dura carrera que es vivir. Se llama carencia. Y carencia es la palabra que definió la infancia de Caterine Ibargüen en Apartadó, la tierra donde llegó al mundo el 12 de febrero de 1984.Papá y Mamá no fueron palabras muy propias del alfabeto de su infancia. Los dos, William y Francisca, que habían luchado a brazo partido para sobrevivir a la pobreza, no pudieron sobrevivir al desamor. En aquellos años la máquina de la guerra que aún recorre a Colombia sembraba de terror al Urabá antioqueño, y para muchos era imposible conservar vida y amor al tiempo: él terminó en Venezuela y ella tuvo que irse a Turbo para trabajar como empleada doméstica.La pequeña Caterine y su hermano mayor, Luis Alberto, se quedaron en Apartadó bajo el cuidado de su abuela, doña Ayola Rivas, esa misma señora de cabeza blanca a la que ahora en televisión llaman ‘la superabuela’. Como tantas otras mujeres del país que no sale en televisión, durante años Ayola hizo el milagro diario de evitar que los dos muchachos se le murieran de hambre. Y, como si eso fuera poco, además se las arregló para que fueran al colegio San Francisco de Asís. Y allá, sin saberlo, Caterine inició el largo camino hacia las pistas y las medallas. Antes que el atletismo, y específicamente la modalidad del salto triple, su primera pasión deportiva fue el voleibol. Y, como tantas veces ocurre en las historias de carencia, hubo alguien que tuvo los ojos agudos para descubrir todo el potencial que se escondía en esa muchachita de las piernas largas y los ojos vivarachos. El profesor de educación física Wilder Zapata la puso a probar en los 150 metros planos y a partir de allí empezó a adornar su cuarto con medallas de competencias de intercolegiados. Su fama de atleta trascendió los límites de Apartadó y Caterine recibió el ofrecimiento de irse a entrenar a Medellín.Fue en la Villa Deportiva Antonio Roldán Betancourt, de esa ciudad, donde Caterine se convenció de que su destino estaba en el atletismo. Su primera medalla en competencia formal fue de bronce y no la consiguió con el salto triple, sino con salto de altura. Fue en el Campeonato Suramericano de Atletismo de 1999, cuando hizo una marca de 1,76 metros. Apenas contaba 15 años de edad. Al salto de altura le dedicó la mayor parte de su carrera deportiva, pero en realidad esta era una estación más de enseñanza para Caterine. Le faltaba aprender a levantarse después de la derrota. En esa modalidad participó en el 2006 en el campeonato mundial en pista cubierta de Moscú, sin buenos resultados. Y después vendría lo peor: no logró clasificar a los Olímpicos de Pekín 2008, lo que por poco la lleva a retirarse del atletismo.Pero hace cuatro años, siempre en busca de llegar más lejos, le dio un cambio radical a su vida. Decidió irse a vivir a Puerto Rico, para iniciar un nuevo proceso de preparación con el entrenador cubano Ubaldo Duany, quien le propuso centrarse exclusivamente en la especialidad del salto triple. Atrás quedaron la abuela Ayola y su hermano Luis Alberto, los amigos, la rumba, el paisaje de Medellín y los recuerdos de Apartadó. Para compensar un poco la nostalgia, allá se propuso estudiar enfermería, un sueño que tenía embolatado porque de niña siempre le gustó la idea de ayudar a los más necesitados. Su vida hoy es distinta. Caterine sueña con casarse y tener hijos. El candidato número uno para esa empresa es el atleta antioqueño Alexander Ramos, su novio y el hombre que la ha apoyado en los últimos años.Ese giro radical fue el que finalmente la puso en la senda de sus grandes victorias. En el Mundial de Corea del Sur alcanzó el bronce, en los Juegos Panamericanos de Guadalajara se colgó la de oro y llegó a Londres lista para disputar la de oro. Alcanzó la de plata, pero los colombianos sabían que se podía esperar mucho más de ella. Y eso fue lo que confirmó hoy en Rusia, donde con un salto triple de 14,85 metros le regaló a Colombia la primera medalla dorada de un Mundial de Atletismo. Y donde las tribunas del estadio olímpico quedaron enamoradas de esa gacela alborotada que se ríe con los labios, con los ojos, con el alma… que se ríe a pesar de todo.

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