Caleños que serán voluntarios de los Juegos Mundiales, campeones en civismo

Junio 02, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera | Reportera de El País
Caleños que serán voluntarios de los Juegos Mundiales, campeones en civismo

La capacitación de los voluntarios es de 40 horas durante 15 días. En la foto, Gustavo Rincón, coordinador del voluntariado, se dirige a uno de los grupos.

Más de 5000 caleños han atendido la convocatoria para ser voluntarios de los Juegos Mundiales 2013. Historias de los que ya ganaron por anticipado.

José Manuel Echeverri tenía 3 años cuando su papá, Óscar Echeverri Montoya, fue traductor y guía de los VI Juegos Panamericanos, en 1971. 42 años después, José Manuel será voluntario de los Juegos Mundiales 2013.No irá solo: su entusiasmo ya sumó a la causa a Ximena Faray, su esposa y docente de la Universidad Icesi. Y como director de recursos humanos de la multinacional Rekitt & Benckiser busca contagiar este fervor entre los empleados con buen nivel de bilingüismo para que presten este servicio cívico a su ciudad. Sería una pequeña retribución a los dividendos que la compañía percibe en Cali. Él es uno de los altos ejecutivos sintonizados con esos 3500 corazones voluntarios que harán historia aportando su saber, su tiempo, su trabajo, su sonrisa, para que Cali y Colombia sean ganadores anticipados en los Juegos Mundiales desde el 25 de julio y hasta 4 de agosto.Lo dice con satisfacción Gustavo Rincón, el coordinador del voluntariado. Ingeniero industrial de profesión y deportista consumado, destaca también que el amor de los caleños por su ciudad traspasa fronteras. “Muchos que viven en el exterior nos escriben mostrando su deseo de ser voluntarios. Sacaron vacaciones en la época de los juegos con tal de estar en su tierra y participar en el evento”, comenta. Stéphanie Przychodny Soto, egresada del Liceo Francés Paul Valéry en 2010 y estudiante de Comunicación y Periodismo en Montpellier, Francia, escribió con meses de anticipación. Tan pronto llegó de vacaciones esta semana se reportó con los organizadores para decir que estaba lista para tomar el curso de capacitación.“Me encanta el deporte y esta es una oportunidad de aprender; no es lo mismo vivir unos juegos desde afuera, que sentir el ambiente desde dentro de la organización”, dice esta joven que habla inglés y francés. Justo el perfil de voluntario que es bienvenido en este evento.O quienes crecieron en Estados Unidos o Europa, porque sus padres migraron, pero regresaron con un segundo idioma. Como Vanessa Barrera. Sus padres se la llevaron de 9 años a La Florida. Allá ganó el premio a la voluntaria con más horas de servicio –mil en cuatro años– con los bomberos, las autoridades, el zoológico, entre otras instituciones. Pero sintió “nostalgia nacional” y volvió. Ahora le saca tiempo a su carrera de Derecho en la Javeriana para “aprender”, agrega, pese a su experiencia. “Si uno pertenece a una comunidad, debe darse a ella; lo aprendí de mis padres que siempre han sido solidarios y mantienen vivo el sueño de mejorar el mundo”, dice con acento colomboamericano.Si algo brilla en el voluntariado es la diversidad. Es un modelo incluyente, que convoca voluntades y corazones de todos los estratos y las edades, destaca Rincón.De hecho, don Óscar y su esposa, Aleyda, ya se presentaron allí con sus antiguas credenciales de voluntarios de los Juegos Panamericanos. Por su espíritu de servicio, estarían dispuestos a albergar en su hogar a alguien si faltaran hoteles.Y recuerda que en el 71 el uniforme era “escandalosamente” llamativo: pantalón y chaqueta verde biche, casi fluorescente, y corbata naranja, casi roja. La explicación que les dieron era que se buscaba que las delegaciones extranjeras pudieran ubicar fácil a los voluntarios y una pinta vistosa era la mejor manera de hacerlos visibles.Hoy su hijo José Manuel confiesa “sentirse orgulloso de su ciudad –lo que nos hace falta– y quiero aportar que no sea con fines lucrativos ni políticos”, expresa. Esa es la motivación de Rubén Darío Triviño Guerrero. Él dejará de percibir dinero en su negocio de software en esos días porque “es un deber cívico y ciudadano, es un imperativo estar en un evento que es una presentación de la ciudad ante el mundo”, dice emocionado.Heredero también de la experiencia de su padre, Otoniel Triviño Salazar, cuenta que puso sus dos taxis al servicio de los Panamericanos. Rubén Darío, de 6 años entonces, evoca que a su papá le tocó transportar la delegación mexicana: “Ellos traían jalapeños (ajíes) y los masticaban como chicle; le dieron a mi papá, pero él se tuvo que bajar a tomar agua, mientras los mexicanos se morían de la risa”. Don Otoniel ya falleció, pero los Panamericanos lo marcaron a él como a la ciudad. “Y estos Juegos Mundiales van a marcar también un antes y un después de Cali”, manifiesta su hijo, tecnólogo en hotelería y turismo que aprendió algo de inglés y papiamento holandés en Aruba.También hay adultos mayores, como Julio César García Holguín, un bugueño jubilado. Atleta y ciclista aficionado, le gusta seguir eventos deportivos por televisión. Emocionado vio los Olímpicos de Londres y se interesó en esas personas que pasaban las medallas en la premiación o atendían en los escenarios.Su hijo, alumno de fisioterapia en la Escuela Nacional del Deporte, y quien no pudo vincularse porque está en tesis de grado, le habló de los voluntarios: cómo los convocaban, los preparaban, les asignaban tareas. “Entonces dije: quiero hacer eso en los Juegos Mundiales y por eso estoy aquí”, dice el hombre de cabello blanco que a sus 52 años hizo el curso junto a adolescentes hasta de 15 años. A Gustavo Takegami, instructor en 18 de las 21 promociones de voluntarios certificados por el Sena para estos juegos, le gusta que los grupos sean así de heterogéneos. “Los adultos mayores interactúan con los jóvenes, les transmiten buenos valores y nos ayudan a centrarlos en el objetivo”, comenta el docente. Enriquecen el grupo profesionales multifacéticas como Carolina Jiménez. Es ingeniera electrónica y a la vez tiene una empresa de joyas y accesorios. A la vez es aficionada al deporte y no pierde Olímpicos, Panamericanos, Bolivarianos, juegos nacionales, mundiales de fútbol y cuanta competencia transmitan por Tv.“No voy a sacrificar nada; al contrario, es una oportunidad para ganar amigos de otros países, para practicar el idioma (inglés), y a la vez una retribución a la ciudad y una pausa en el camino para recargarse de energía”, expresa.Así lo ve Diego Armando Medina, alumno de administración y finanzas del Ceced. Su infancia transcurrió entre Madrid, Milán y Frankfurt, porque su padre es chef, pero a los 9 años de edad regresó a Cali. “Me encariñé de la ciudad, hay mucho que mostrar, me gusta compartirlo y quiero que la conozcan y a la vez ser parte de la historia, porque este es un evento de talla mundial, muy difícil que lo vuelvan a hacer en Cali y en Colombia”.Otra enamorada de Cali es Constanza Aguirre. Sicóloga, tecnóloga en Educación Física, ambientalista, montañista y activista de varias ONG defensoras de animales, se define como alguien “comprometida con su ciudad”. “Tengo sentido de pertenencia y no es sacrificio, sino una experiencia de vida para aprender e interactuar con gente de otras culturas”, dice esta rescatista de la Defensa Civil.Son algunas de las cinco mil personas que “le han dado una acogida maravillosa”, dice Gustavo Rincón, al llamado voluntario. Él pondera ese civismo a prueba del paso del tiempo, del estrato, con el que los caleños están dispuestos a hacer de los Juegos Mundiales la ocasión para mostrar lo mejor de Cali y de Colombia al mundo entero.

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