Boxeo: el de Gustavo Mosquera, un sueño que se pulió a los puños

Noviembre 01, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Por Leonard Gutiérrez Bueno- Reportero de El País
Boxeo: el de Gustavo Mosquera, un sueño que se pulió a los puños

Todos los días, desde las 2:30 p.m., en las instalaciones de la Liga Vallecaucana de Boxeo, en el Coliseo El Pueblo, Gustavo Mosquera realiza los trabajos de preparación con los chicos del barrio El Retiro que han decidido seguir el camino de las narices chatas.

Gracias al boxeo, Gustavo Mosquera venció la violencia de El Retiro, le hizo el quite a las pandillas y las drogas para ser un verdadero ejemplo.

Ni la pobreza, ni las pandillas y mucho menos una puñalada en el corazón pudieron ganarle la pelea al pugilista caleño Gustavo Mosquera Ibargüen. Desde muy temprana edad la vida lo llevó contra las cuerdas, pero gracias a su fortaleza y ganas de salir adelante consiguió hasta ahora salir victorioso de cada round que le propuso el destino.

Cali vio nacer a Gustavo como el mayor de seis hermanos a quienes no les tocó vivir la ‘Sucursal del cielo’ de la que todo el mundo habla, sino la realidad cruda de la otra ciudad en la que las drogas, la violencia y el olvido hacen parte del pan de cada día. 

“Recuerdo mucho que tenía cerca de nueve años cuando llegamos al barrio El Retiro, apenas estaba comenzando. No se me borra de la cabeza que prácticamente nos tiraron a ese terreno porque llegamos en una volqueta y cada quien llegó a hacer su casa con lo que tuviera. Pero a pesar de todo fue una época hermosa porque todos se ayudaban”, narra Gustavo, quien pese a la edad que tenía, buscaba la forma de darle una mano a María Valentina y José Manuel, sus padres, quienes veían en ese naciente barrio la ilusión para mejorar su vida.

“Cuando estás en la calle debes ser fuerte. Esto es como en la selva, donde el animal más fuerte se come al más débil. Yo estaba muy niño cuando me tocó vivir todas estas cosas, pero me hice adulto a la fuerza para hacerme respetar. Era un niño, pero siempre soñé con ser mejor”, explica Gustavo, quien tiene claro que gracias a su perseverancia encontró en el camino al boxeo.

“Empecé a ver que estaba por el camino que no era,  veía cómo mis amigos del barrio comenzaron a morir. Hasta ese momento lo único que sabía del boxeo era de las peleas de Miguel ‘Happy’ Lora y Mike Tyson, pero no sabía que en Cali podía entrenar este deporte, pensaba que debía ir a Barranquilla. Siempre le dije a mi mamá que con el boxeo la iba a sacar adelante”, asegura el caleño.

A pesar de su estatura (1.59 mts), Gustavo Mosquera se ganó el respeto en el barrio El Retiro, su forma de dar trompadas a mano limpia hizo que se ganara un espacio en medio del bajo mundo de las pandillas, quienes aún pensaban que un ‘chaparrito’ como él era incapaz de propinarles un buen derechazo.

[[nid:478183;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/11/gustavo-mosquera-home_0.jpg;full;{A sus 42 años, Gustavo Mosquera todavía entrena a diario como lo hacía hace 20 años en su época profesional. Vea la historia.Periodista: Leonard Gutiérrez -Videógrafo: Álvaro Pio Fernández}]]

El tiempo fue pasando y las calles de El Retiro fueron puliendo el carácter y las ganas del pequeño Gustavo Mosquera, quien ya gozaba de la popularidad que da romper una que otra nariz en la esquina del barrio. Su camino lo llevaba tan directo como un jab a las cuerdas.

 “Un día pasé por el salón múltiple del barrio y  unos muchachos le estaban pegando al saco y haciendo guanteleta con la ayuda del profesor Jorge Aguirre, el mismo que ayudó a Jhonatan ‘Momo’ Romero y Óscar Rivas. Apenas vi eso, para mí todo cambió y con ver los guantes me llené de ganas de entrenar. En esa época, cuando apenas tenía 16 años, siempre tenía un cuchillo en el bolsillo”.

Aunque las drogas a diario estaban presente en su vida, Gustavo hoy dice sin pensarlo dos veces que nunca sintió la necesidad de utilizarlas. Esa fue seguramente una de las primeras peleas que el caleño le ganó  al gigante ring que era antes y ahora el indomable barrio El Retiro.

 “El trabajo del profesor Jorge Aguirre me ayudó mucho. Desde el primer momento que entrené vio cómo reventé a dos muchachos y esa decisión y las palabras de él me cambiaron la vida para siempre. Hoy le doy gracias a Dios porque llegó al boxeo a mi vida”, explica todavía con la mirada del tigre pugilista que, a pesar de sus 42 años, se siente con fuerzas para derrotar a cualquiera.

Los Mosquera Ibargüen seguían luchando en medio de una selva de cemento inclemente, pero se mantenían unidos, hasta el momento las drogas, la violencia y las necesidades diarias no habían dejado dolorosas huellas. Pero pronto, Gustavo y su unida familia no pudieron evitar caer víctimas. 

 “Nos tocó una etapa muy dura cuando me mataron a dos hermanos. En 1994 falleció mi hermano Carlos Enrique Mosquera. Primero me le pegaron un changonazo, y como vieron que no murió, me lo remataron a machete;  eso fue algo muy duro para todos. Después también le pasó  lo mismo a Jhon Jairo, a quien le propinaron un tiro. Dio la casualidad que ambos cuando murieron  tenían 18 años”, explicó Gustavo, quien al recordar  lo sucedido no puede evitar que los sentimientos logren propinarle un golpe bajo.

Después de lo ocurrido los sueños de Gustavo estaban en la lona, pero nuevamente fueron los guantes y las ganas de querer superarse los que lo ayudaron a ponerse de pie y no dejar que el conteo llegara a diez. Estaba cerca el final de las pandillas.

“En los años 90, quien se retiraba de las pandillas tenía que ser muy bravo, y cuando lo hacían lo golpeaban porque pensaban que se iba a ir a otro bando, porque la pelea era con otros barrios. Recuerdo que cuando les dije que me iba, todos me miraban, pero no sabían qué hacer porque sabían que yo también era ‘parao’ en la raya. La banda más dura que había en esa época era la de ‘Pelesiño’, él era el mayor, me quedó mirando, me dio la mano y me dijo que si me iba a quedar en el deporte, no me quería ver en los bailaderos y en las esquinas”, explica Gustavo, quien encontró el punto de quiebre para seguir por el deporte de las narices chatas y despedirse de la empuñadura de su viejo cuchillo oxidado.

Lo que vendría después sería la consolidación como deportista de un hombre que a los puños forjó su camino de bien. En varias ocasiones fue campeón de Cali, tres veces campeón departamental e hizo parte de varias preselecciones y selecciones Colombia, y aunque por su estatura muy pocos confiaban en lo que podía lograr, con los guantes puestos lo demostró cada vez que tuvo la oportunidad.

“Profesionalmente no pude ser campeón mundial, pero a veces me pongo a pensar que si hubiera ganado un título y tuviera plata, no pensaría en los chicos del barrio, y gracias a Dios  los buenos y los malos  me respetan. Ese respeto que ellos me tienen es el tesoro más grande que me ha dado Dios. Hay chicos que todo el mundo mira mal porque son malos, pero nadie los entiende, y ese es el trabajo que yo hago”, explica el expugilista que hoy es uno de los tantos hombres que han sobrevivido a El Retiro para ser un ejemplo de las nuevas generaciones.

“Sufrí mucho, pero logré sobrevivir”, cuenta Gustavo con una sonrisa nerviosa, al recordar que en un paseo por defender a su hermana le dio dos fuertes golpes a uno de sus pretendientes, y este le propinó una puñalada cerca al corazón que por poco se lo lleva de este mundo. Estuvo cinco días en estado crítico en el hospital Departamental. Pese a la herida, pudo ser preseleccionado para la Colombia que viajaría a los Juegos Olímpicos de 1992, aunque al final no quedó en el equipo nacional que fue a Barcelona.

Hoy, a sus 42 años, Gustavo no quiere que gran parte de su historia se repita en cuerpo ajeno. Todos los días trabaja con 36 niños del barrio El Retiro en el sector de Aguablanca.

Por medio del boxeo y en un silencio total, este hombre que sobrevivió  a la violencia y  derrotó a cuanto rival que la vida le puso en el camino, busca en el barrio del que nunca se ha ido ser el guía de muchos de los chicos que gracias al boxeo le han encontrado un valor a la vida.

El pugilismo y los puños no son más que el sofisma de distracción que utiliza Gustavo para llevar la paz adonde todavía no llega el proceso.

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