Y nadie les quitó la risa

Junio 16, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor de crónicas y reportajes
Y nadie les quitó la risa

Como un niño estrenando juguete, el general Mendieta utilizó hasta el cansancio el Blackberry que le regaló el general Naranjo.

En su primer día sin cadenas, los liberados recordaron cómo era eso de vivir.

Debió contestar María Teresa. Era su número y en otras circunstancias seguro habría contestado ella. Del otro lado entonces se tendría que haber escuchado su voz amorosa y siempre valiente hablando de encuentros conjugados en un futuro imperfecto. Siempre contestaba. Era su manera de mandarle un mensaje a su esposo. Lo hizo sin falta durante 139 meses. Contestó y habló y cantó y clamó y lloró al teléfono cientos de veces en todo este tiempo sin saber quién era precisamente el que hablaba del otro lado. Nunca lo dijo, pero eso era lo de menos. Al fin y al cabo, lo que esperaba era que el mensaje le llegará al general Mendieta, que se pudría en la selva. Y claro, sus palabras también iban para los malos perversos y los buenos indiferentes. Ayer debió contestar ella, pero no eran circunstancias cualquiera. Qué bueno que, al fin, María Teresa ya no hubiera estado del otro lado del teléfono enviando recados al viento.Yolanda y Flor Mendieta, hermanas del oficial, dieron algunos detalles de lo que pasó con él, ya libre de cadenas. Revelaron que después de la dura jornada con los medios, pasó un rato en su casa del norte de Bogotá, a donde fue a darles las buenas noches. Allí recogió una maleta. Comió un estofado de gallina que había preparado su mamá y confesó que le costaba sentarse en superficies blandas. Que su cuerpo ya no estaba acostumbrado a sofás, colchones, cojines. Sus hermanas no le alcanzaron a decir que le tienen listos varios regalos, como un aceite medicinal que Flor le trajo desde Israel y una imagen religiosa comprada en Tierra Santa.Mientras tanto el teléfono de María Teresa repicaba sin tregua. En la tarde contestó otra mujer. No dijo quién. Tal vez una hermana o una amiga de la familia. Quizás una enfermera que se cansó de ver el celular chillando sobre alguna camilla del Hospital Central de la Policía donde los liberados eran chequeados. Insistió que el nombre era lo de menos. Pero contó cosas valiosas: que Mendieta pasaba de un lado a otro y que sonreía, que sonreía mucho, queriendo dar a entender que la risa era un accesorio que el General tal vez hace mucho no usaba. Y que ahora, cuando podía hacerlo, abusaba de ella sin pena. Y que con ese gesto el oficial se veía tan inocente, como cuando hundía teclas con torpeza en el Blackberry que le habían regalado. La mujer del otro lado también reía.Contó también que al General le costó dormir. Que le resultó difícil conciliar el sueño en un cama blanda, con una almohada de plumas sosteniendo su cabeza cansada ya de miedos y amenazas y resignada durante tanto tiempo al frío del barro y a los gusanos queriéndosele meter por las orejas. Contó que en un momento del día vio al hombre con los pies envueltos en pantuflas, caminando con tanto gusto como si sus pasos no los diera sobre el piso pálido de la clínica sino sobre las nubes gordas y resplandecientes de un nuevo cielo. Ah, y que en algún momento creyó escucharlo cantar. Tampoco dijo qué. Pero no cuesta adivinarlo: seguro fue ese vallenato que entonó tantas veces en la selva en honor de su esposa. Quiero saber de ti, se llama: “(...)Te contaré de mí, de todas las noches que me la solía pasar mirando tu fotografía y mi soledad, ahora nuevamente sonrío porque estas aquí...”, dice una de sus estrofas. Cómo esperar que María Teresa, su esposa, contestara ayer el teléfono. Ya no hay grilletes para la risaEl caso de los demás no fue muy distinto en su primer día de libertad. Dicen, quienes pudieron estar cerca, que la mayoría del tiempo permanecieron conectados a máquinas y bolsas de suero. Que los médicos los auscultaron como si se tratara de extraterrestres y que ellos, a pesar de los pinchazos aquí y allá, también rieron. Y no tiene nada de raro. Finalmente Mendieta, Murillo, Delgado y Donato son una suerte de ‘aliens’ privilegiados: volver del infierno siempre será cosa de otro mundo.La mamá del coronel Luis Enrique Murillo sólo atinó a contar que lo había visto flaco. Flaco, pero bello. Eso fue lo único que se supo. Porque el resto de tiempo su hijo estuvo de consultorio en consultorio vestido con la camiseta de Millonarios (su equipo) contando cientos de historias como la de un güío (boa) de ocho metros que casi se lo devora hace poco, cuando fue a un río a bañarse. En sus piernas aún se cuentan 42 cicatrices de los dientes que le clavó ese monstruo. Su hermano Emiliano dijo que sólo durmió tres horas, pues habló hasta las dos de la madrugada. “Se despertó muy contrariado a mirar por la ventana. Estaba asombrado con la cantidad de edificios y las avenidas que veía”.El sargento Delgado se la pasó rodeado de la familia. Bueno, en verdad, era él quien los rodeaba con sus brazos. Sobre todo a sus hijas Dayanna y Sharon, a las que no les conocía la cara. Y ni qué decir de Feyer Arbey, convertido ya en un hombrecito. Los miró y se miró durante mucho tiempo en el espejo. Se lo llevaron de 29 y volvió de 41. Eso, esa imagen de sufrimiento y dolor, y de años robados, fue más sorprendente que encontrarse con el ipod y con el laptop y con celulares del mismo tamaño de los bichos que lo acosaron en el monte.El coronel Donato, contó su hermana Yackeline, se comió un churrasco con papas fritas. Ese fue el sabor de su libertad. Lo había soñado muchas noches. Noches eternas en las que se tuvo que dormir con el sabor del miedo en la boca. Entonces empuñó los cubiertos con tantas ganas, que se le olvidó que tenía un dedo partido. Pero no se quejó. No se quejó en todo el día a pesar de tener el cuerpo lleno de moretones y raspaduras. Solo rió cuando se dio cuenta. Rió como todos. Sin que nadie ya, se lo pudiera evitar.

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