Y la larga espera al fin terminó

Junio 14, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País

Historias de felicidad y angustia vivieron las familias de los cuatro liberados.

El año pasado, inspirado por la soledad de su cautiverio, el coronel Enrique Murillo envió desde las selvas del Guaviare una carta curiosa, dividida en dos. Una mitad tenía como destinatario a Leonardo, su hijo de 12 años; la otra, a Sebastián, que apenas alcanzaba los 11. La postal llegó a las manos de los pequeños por medio de Alan Jara, liberado por las Farc en febrero de 2009. La entrega se cumplió de forma discreta y escoltada por una condición expresa del padre ausente: para ser leída, los hermanos, que no se conocían hasta entonces, debían encontrarse, juntar ambas mitades y entonces leer las frases de esperanza escritas por el oficial. Leonardo, quien reside en Medellín, y Sebastián, que vive con sus abuelos en Bogotá, se citaron en una finca. Repasaron con emoción cada palabra y al final, tras un abrazo de lágrimas calladas, prometieron volver a verse el día en que el coronel fuera libre. Ese día fue ayer. Ahora Murillo y sus muchachos —a quienes la guerra les enseñó a querer a Enrique a través de escasas cinco pruebas de vida— hablan de celebrar, después de 12 años, un Día del Padre. Destapar regalos, compartir un almuerzo y dejar como recuerdo el único retrato que ha faltado siempre en la casa de ambos niños: padre e hijos fundidos en la solemnidad de un abrazo. Es también el mismo anhelo del sargento del Ejército Arbey Delgado, secuestrado en la base de Miraflores, de Guaviare, y al que le costó reconocer ayer en la mañana a sus hijos: Sharon, que hoy cuenta con 13 años; Feyer Arbey, de 14, y Dayana, que aún no había nacido al momento de la toma.En El Cabuyal, población huilense entre Pitalito y San Agustín, su madre, Amelia Argote, apenas si tuvo tiempo —antes de partir el encuentro con su hijo en Bogotᗠpara rezarle el último rosario a la Virgen de las Lajas, a la que se encomendó durante 12 interminables años y para dar línea en casa sobre el festejo con el que será recibido el oficial. Que falte todo, les advirtió, menos la lechona y la serenata de mariachis que tanto disfrutó él en los buenos tiempos. La buena nueva de las liberaciones también tomó por sorpresa a María Teresa Paredes que, hacia la una de la tarde del domingo, conoció de la libertad de su esposo, Luis Mendieta, de labios del vigilante de su edificio: “Señora, liberaron a mi General, prenda la radio”. Ese día, justo cuando el oficial cumplía 53 años, ella se había resignado a que ‘Papucho’, como siempre, escucharía en la manigua el mensaje de felicitación que ella y sus hijos, Jenny y José Luis, habían difundido a través de los programas radiales ‘Las voces del secuestro’ y ‘La noche de la libertad’. “Te seguimos esperando, contando los días para tu regreso y celebrar contigo esta fecha”. Fue una promesa que se cumplió. Y con invitados de lujo: la cúpula en pleno de la Policía Nacional que al, unísono, cantó este lunes en la tarde el estribillo de cumpleaños y le entregó al General de regalo un aparato que debió resultar extraño para un hombre desacostumbrado a la modernidad, un BlackBerry. Esa felicidad que se tomó por asalto a tres hogares del país, no llegó el domingo hasta la puerta de la casa de los padres de William Donato, teniente de la Policía plagiado en la toma de Miraflores en 1998. Hasta este lunes en la madrugada, don Tiberio y doña María del Carmen no conocían con certeza la suerte del hijo. Ese domingo, comenzó a circular el rumor de que el uniformado haría parte, al parecer, del grupo de rescatados en la Operación Camaleón. Pero la noche llegó sin noticias y ambos tuvieron esperar un nuevo día con la incertidumbre de no saber si el oficial había sobrevivido, solo en la selva, a más de 19 horas de incertidumbre.Una llamada del propio General Óscar Naranjo acabó con la zozobra. Donato alcanzaría también la libertad. La larga espera de doce años había terminado.

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