Vivimos entre políticos mediocres que envilecieron la política: Óscar Collazos

Vivimos entre políticos mediocres que envilecieron la política: Óscar Collazos

Febrero 06, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal
Vivimos entre políticos mediocres que envilecieron la política: Óscar Collazos

Óscar Collazos, escritor y columnista colombiano.

El escritor y columnista Óscar Collazos considera que en Colombia “no cerramos los círculos del terror, los perfeccionamos”.

Aunque no perteneció al famoso ‘boom’ de la novela latinoamericana, su nombre ha estado asociado al fenómeno editorial que hace 50 años coronó con la fama y el éxito a escritores de diferentes países del continente, entre ellos Fuentes, Cortázar, García Márquez, Carpentier… Óscar Collazos había publicado sus libros El Verano También Moja las Espaldas y Son de Máquina. Su voz se hizo sentir en el mapa literario latinoamericano gracias a un artículo que publicó en Marcha, una revista uruguaya, a finales de los 60 y que tituló La Encrucijada del Lenguaje. Al ensayo respondieron Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar y la Editorial Mejicana Siglo XXI cogió al vuelo la importancia de esta controversia y la publicó bajo el título: ‘Literatura en la Revolución y Revolución en la Literatura’. La polémica se mantuvo viva durante los años 70 y, según ha dicho el escritor chocoano, sólo un acuerdo entre Cortázar y él permitió sacarla de circulación. Óscar Collazos, un verdadero trashumante: los países del Este en tiempos de la guerra fría, París y Barcelona, junto con sus escritores y poetas forman parte del gran imaginario que ha ido construyendo a lo largo de una vida dedicada a la literatura.Sus novelas tienen títulos muy sugestivos: Jóvenes, Pobres Amantes; Tal Como el Fuego Fatuo; Las Trampas del Exilio; Rencor; Batallas en el Monte de Venus; Adiós a la Virgen; La Modelo Asesinada y Señor Sombra, estas dos últimas dentro del género de Novela Negra o Thriller, en boga en los cuatro puntos cardinales de la literatura actual. Testigo ático de las muchas diásporas que ha vaciado América Latina en los últimos 40 años, no ha experimentado en carne propia la maldición del exilio, pero sabe de nostalgias, de ausencias y desarraigos. Doctor Honoris Causa en Literatura de la Universidad del Valle, Collazos es un escritor prolífico, macizo, versátil y profundo. Su columna en el periódico El Tiempo ha recibido el Premio Simón Bolívar. Escribe también en otras publicaciones del país y del exterior y vive en Cartagena de Indias, donde se abriga de las amenazas que cortejan a todo aquel que en este país se atreve a denunciar, a cuestionar y a opinar con libertad y contundencia, y donde da rienda suelta a su insaciable pasión de escribidor.Tiene usted profundas raíces en el Chocó, una región de Colombia bellísima, rica en biodiversidad. ¿Por qué continúa siendo el departamento más olvidado de Colombia?El Chocó debería figurar en el muro de la vergüenza del Estado colombiano. La antigua “tierra de misiones” está separada del resto del país, no sólo por una fascinante selva húmeda, sino por despreciable indiferencia del país andino.Fue condenado a ser empleador de una clase política que sirve de sucursal al clientelismo nacional.¿Qué clase de dirigencia ha mandado allá?El Chocó dio grandes figuras liberales y conservadoras a la política nacional: Diego Luis Córdoba, Adán Arriaga Andrade, por ejemplo. Pero no bastó para crear una línea de continuidad política e intelectual. A los políticos que vinieron les faltó grandeza y les sobraron mediocridad y ambiciones. Iban a Bogotá a fortalecer sus feudos regionales. ¿Cómo recuerda su adolescencia en Buenaventura?Revulsiva, intensa y feliz en medio de una pobreza digna. Fue la fuente que nutrió mis primeros libros de cuentos y novelas. ¡Qué rápido y pronto se perdía la inocencia! Desde los muelles, hacia la bahía, soñaba con el mundo. Detrás de la cordillera estaban Cali, el Valle y la herencia paterna, una casa en el Cali Viejo, la Loma de San Antonio.¿Por qué ha dicho que encontró allí su vocación literaria?Porque allí aprendí a leer todo lo que cayera en mis manos. Lo hacía como un desesperado, pues no conocí en casa el mundo de los libros. Escribía torpemente, relatos y poemas, a borbotones y sin método, rompiendo normas narrativas que no conocía, hablando de infancia y adolescencia en una ciudad donde pocos leían y escribían.¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?No se ría: Vargas Vila, Rómulo Gallegos, poemas del “parnaso colombiano.” Y, en serio entre los 15 y 18 años, Renan, Voltaire, Rousseau, Shakespeare (sí, lo leía en voz alta), Whitman, Zola, Neruda, Huidobro, Dylan Thomas, todo en desorden hasta que llegué a J.D. Salinger y a William Saroyan. Llegué a Sartre y a Camus y a los neorrealistas italianos, Moravia y Pratolini. Con ellos aprendí a escribir sobre la adolescencia. Hasta que llegué a Hemingway y , por ese camino, a Álvaro Cepeda y García Márquez.¿Cómo recuerda su llegada a Bogotá en los años 60?En 1962. Solitario y lleno de ambiciones literarias, a duras penas con los pesos para la sopa de la cafetería de la Nacional y el bus que me llevaba a casa de tía Leonor, que vivía en el 20 de Julio. La bohemia era la manera más digna de soportar la pobreza. Recuerdo pensiones de paso en el centro, el frío de las madrugadas. Lo narré en Crónica de Tiempo Muerto. En 1963 regresé a Cali y me enrolé en el TEC. ¿Amigos? Algunos nadaístas, Enrique Buenaventura, Umberto Valverde, Álvaro Bejarano, siempre generoso y lúcido.¿Cómo era el ambiente intelectual de la época?En Bogotá, pasaba por El Cisne y El Automático. La ‘vanguardia’ estaba en El Cisne, la tradición en El Automático. Todo el mundo estaba a mano: escritores, arquitectos, pintores, escultores, teatristas, Salmona y Marta Traba, Grau y el Chuli Martínez. Habría que escribir la historia cultural de esa década de grandes sueños y pequeños cambios. Cali empezó a ser el centro de la cultura colombiana con los festivales de arte que organizó Fanny Mickey. La verdad es que me hice escritor en Cali.En esta época publica sus primeros relatos que fueron bien recibidos por la crítica...En 1966 se publicó mi primer libro de cuentos, El Verano también Moja las Espaldas. No sabía lo que hacía. La crítica dijo que esos relatos rompían con la inmediata tradición narrativa. Fueron celebrados por Gabo, Cepeda, Marta Traba, Jorge Zalamea y Ernesto Volkening. No los escribí estando consciente de que rompía con nada. Los escribí al ritmo de un dictado interno, vertiginoso y en cierto sentido torpe, pero auténtico. Los temas me dictaban la técnica. Mis novelas vinieron después de 1975, influenciado por Cortázar.¿Es cierto que en esa época se configuraba una generación de escritores que, en bloque, se proponían un enfrentamiento al nadaísmo y también a ciertos valores dominantes de la literatura colombiana tradicional?No sé si hubo una gavilla antinadaísta. Polemicé con Gonzalo Arango, no tanto porque no creyera que el nadaísmo era una corriente de ruptura, fresca e irreverente, una propuesta de cambio vital, más que literario, sino porque su ‘vanguardismo’ (paráfrasis de dadaísmo y surrealismo) era tardío. Gonzalo fue un gran prosista, un pésimo poeta y un dramaturgo irrepresentable, pero el caudillo carismático de una causa nueva. De todas maneras, había que pelear con alguien. Y si eran amigos, mejor.¿Cómo recuerda el París del 68, cuando era un escritor lleno de intenciones revolucionarias que coincidieron con el movimiento estudiantil de Mayo?Llegué a París después de un periplo ‘soviético’ de dos meses: Moscú, Leningrado, Riga, Praga, Bratislava, Berlín Este, etc., en marzo, cuando reventó la revuelta estudiantil. Aterricé entonces en la realidad del comunismo. Mayo era la crítica feroz a todo totalitarismo, fascista y comunista. ¿Cómo sobrevivió en París y que significaron Carlos Duplat y Christiane Rochefort?Duplat (que era una mezcla de Che Guevara y la Pola) me presentó a Christiane Rochefort, autora de ‘Le répos du guérrier’, novela que yo quería mucho. Christiane me dio trabajo, pagándome muy bien por tres horas de clases de español cada mañana. Me llevaba a almorzar a La Coupole en un Jaguar deportivo rojo, me presentó a Claude Chabrol y a Simone de Beauvoir, pero todo quedó allí: darle la mano o dos besos a personajes que admiraba. Reemplazó en la dirección del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas de La Habana a Mario Benedetti. ¿Cuál fue su labor allí?Fue una sorpresa: Mario, Haydée Santamaría y Fernández Retamar pidiéndome que me quedara dirigiendo el CIL. Dije temerariamente sí y allí estuve durante dos años. Había que coordinar las investigaciones y publicaciones en curso con un pequeño equipo. Fue la oportunidad de tratar de cerca a Lezama Lima, Virgilio Piñera, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Pablo Armando Fernández y otros. Y a cuanto escritor pasara por ‘la casa’: Cortázar, Goytisolo (José Agustín), Enzensberger. Efraín Huerta, René Depestre, Paco Urondo, Rodolfo Walsh.Me gustaría que me dijera una corta frase en relación con los personajes que conoció en aquella época:Carpentier: una voz clásica; sólo se pensaba en tono de orquesta sinfónica. Sus cuentos suenan a cuarteto de cuerdas.Benedetti: inagotable, de humildad muy uruguaya, prolífico, devoto de la revolución hasta el entusiasmo y, por lo mismo, expuesto de buena fe al error.Galeano: analítico, desbordante de entusiasmo y narcisismo, una brillante síntesis política que pasa por su prosa, autor de un libro clásico (Las Venas Abiertas…) que glosa a otro clásico anglosajón (Los bienes terrenales del hombre). Descubrió un género breve del tamaño de su país.Goytisolo (José Agustín): anarquista disfrazado de marxista lírico; un seductor que escribía versos sencillos de gran profundidad. Entrañable, como Cortázar.Entre la Cuba de ese momento y la Cuba de hoy han pasado 40 años, ¿según su experiencia y su análisis, qué queda de la revolución de Fidel?Quedan grandes conquistas sociales en la salud, la educación, las ciencias y las artes, pero no basta. El régimen debió de haberse abierto hace 20 años. Hoy, tiene una salida en el modelo chino: un Estado de férreo control político, y una economía ‘capitalista’ que socialice en breve tiempo la riqueza. Pero la tradición china no es igual a la cubana, donde cuentan las libertades individuales y los derechos humanos. Vuelve a Colombia en el 89, luego de 20 años de ausencia. Usted dice que fue un momento de reflexión ya que tuvo la sensación de que había estado ausente de la violencia y del proceso de lo que denomina la “criminalización” de la sociedad colombiana. ¿Qué significa esto?Que la ausencia de Colombia me había alejado de su realidad, cambiante y trágica. Todo iba demasiado deprisa. Sentía que se me estaban congelando los mitos, que me perdía de la realidad y del lenguaje. Y volví, después de quemar las naves en Barcelona: ya no era la ciudad que conocía; la europeización de España nos hacía sentir cada vez más extraños. ¿Por qué reescribió su novela Las Trampas del Exilio con el nuevo título de El Exilio y la Culpa? ¿Un libro terminado, no es como un cuadro terminado y firmado por el autor?No, un libro terminado está terminado sólo convencionalmente, como un cuadro, que tiene una frontera provisional en el tamaño de la tela: puede ser reescrito y pintado, pero se convierte en otra obra. Sentí que el punto de vista de la primera versión me limitaba y reescribí el texto desde otra perspectiva, más satisfactoria para mí y más profunda para el tema del exilio.¿Cómo se ‘mastica’ el exilio, ya que usted conoció de cerca la diáspora suramericana iniciada a partir de 1973, después del golpe de Pinochet?La novela nace de esa experiencia: vi pasar por Barcelona a decenas de amigos exiliados, hacia Francia, Alemania, Noruega, Suecia. Escuché sus versiones del terror. Conocí a otros en el Berlín occidental de 1977, soñando con volver, otros con la idea de conspirar y tumbar al dictador. Por eso la dedico a José Donoso y Mauricio Wacquez, amigos escritores que no vivieron el golpe. ¿Todos los exiliados fueron víctimas? ¿Todos los que se dijeron víctimas lo fueron realmente? La novela responde a esas preguntas cuando recorre el destino de una desaparecida llamada Susana Jara. ¿Cómo cambia el exilio al ser humano?Nunca fui un exiliado pero conocí a muchos: el pasado les congela la posibilidad de dar un paso hacia el futuro. El futuro no se cifra en sus vidas sino en la permanencia o caída del dictador. El realismo se les vuelve pesimismo; los sueños, muy fantasiosos.Los temas dominantes de su narrativa son el exilio, el erotismo y la política. ¿Qué significan cada uno de ellos?El erotismo, una forma de la felicidad; el exilio, la desterritorialización de la memoria; la política, el escenario donde actúa el ciudadano y se pone a prueba su dimensión ética.Considera la política en su significado más amplio como “respuesta ética a un mundo o un orden social que abomino”. ¿Podría ampliar este concepto?Vivimos entre políticos mediocres o listillos que envilecieron y siguen envileciendo la política: se enriquecen con ella o no les importa llevarla al territorio del crimen. Actúan dentro de un “orden social” que los justifica, que no los sanciona ni los censura. Escribir éticamente desde la política es resistirse a esas prácticas.¿Cuáles son los temas que lo atrapan dentro de su obra narrativa?Las últimas violencias, el impacto del narcotráfico, el paramilitarismo, la guerrilla y la criminalización de los agentes del Estado, el efecto que esto tiene en nuestra vida, en las industrias de la belleza, en la búsqueda de vidas verdaderamente auténticas, no mediatizadas por la riqueza fácil. Hablo de La Modelo Asesinada, Batallas en el Monte de Venus y Rencor.A pesar del panorama de violencias , en Señor Sombra hay un toque de esperanza, ¿cómo la rescata?¿Esperanza? Me alegra saberlo. Creo que en la justicia. Llega, tarde o temprano. Digamos que creo en la justicia, no como un aparato burocráticamente organizado, frágil en la medida en que la administran seres humanos. Creo que la confianza en la justicia evita la horrible realidad de imponer la venganza, el círculo vicioso que multiplica el terror. Usted ha dicho que Colombia se ha vuelto uno de los países más difíciles para opinar públicamente e informar. ¿Cómo lo ha experimentado en carne propia?Difícil no quiere decir imposible. Se escribe bajo una presión no siempre visible ni explícita. Hace unos cinco años, lo sentí por medio de las amenazas de muerte que me hicieron. Tal vez no pretendieran matarme sino asustarme, pero lo que se busca es que aceptemos que ellos son fuertes y nosotros débiles, que ellos son invisibles y nosotros muy visibles y que, por eso, estamos en desventaja. También dice que hay ciertas cosas que no se pueden tocar, a menos que asumas el riesgo. ¿Qué cosas?El ataque frontal a la criminalidad organizada del narcotráfico y el paramilitarismo, que no han muerto. Estremece su frase: “La ritualización de la venganza, de la muerte, se convierte en una especie de patología colectiva en la vida colombiana durante la época del asesinato de Gaitán”. ¿No cree que varias décadas después y a la vista de los horrores de la guerrilla y el paramilitarismo, retornamos a esa época como en un péndulo macabro?Eso es lo trágico: no cerramos los ciclos del terror; los perfeccionamos; del machete y el revólver de los chulavitas a la motosierra de los paracos, de la escopeta de los chusmeros al AK-47 o a los cilindros bombas de los guerrillos; de las emboscadas nocturnas a las minas quiebrapatas.El día que nos dejemos de matar con tanta crueldad, el día en que la muerte sea sólo una anomalía previsible del orden público y no la acción patológica de hoy, tendremos que asistir a una terapia colectiva.Usted ha dicho que cuando abrimos los ojos ante su existencia ya el narcotráfico había creado nuevos arquetipos en la sociedad. ¿Cuáles?Creó modelos de vida: la creencia de que es posible dejar de ser pobre de la noche a la mañana, que se podía ser rico si se cerraban los ojos al origen del “estiércol del diablo”, que se podía seguir en el poder político si se hacían alianzas con los criminales, que dárselo a un jefe que paga $800.000 pesos mensuales de sueldo no es lo mismo que dárselo al mafioso que paga $5 millones, que el fin justifica los medios. En fin, va a costar mucho desnarcotizar esos valores. Esa moral se define muy bien en el libro autobiográfico de Virginia Vallejo: era un asesino, pero lo amaba.En 2005, dijo que “todavía la literatura no puede expresar esa realidad frente a la cual hay una cierta incomprensión”; ¿diría que ya empieza a aparecer en nuestra literatura algún tipo de cuestionamiento sobre lo que ha pasado con la sociedad colombiana?Falta más distancia, no tanto como para que se olvide. Creo que, precisamente por ser incomprendida, la literatura podría asumir la función de comprenderla desde las hipótesis de la ficción.

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