"Soy mejor periodista que sobrino": Alejandro Santos

Agosto 26, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal

Alejandro Santos, director de la revista Semana.

El director de Semana habla de los 30 años de la revista. Sostiene que los destapes de la parapolítica y las chuazadas del DAS, son dos aportes que ha hecho a la democracia del país.

"Semana” cumple 30 años de vida convertida en la revista de información, investigación y análisis más importante de América Latina. Fundada por Felipe López Caballero en 1982, enfrentaba en ese momento a una opinión pública escéptica, que le auguraba un futuro politizado y fugaz. Su propietario tuvo la inteligencia suficiente para entender que sólo la independencia frente al poder y la política, le asegurarían a su revista no solo el éxito, sino la credibilidad necesaria para subsistir. Este fundador de revistas tuvo, además, la audacia de apostarle, hace ya doce años, a un joven perteneciente a la más poderosa e influyente dinastía periodística del país, propietaria de el diario El Tiempo: Alejandro Santos Rubino y lo nombró director. Sobrino nieto, nieto, e hijo, respectivamente, de tres de los periodistas que hicieron historia en el país: Enrique Santos Montejo (Calibán) autor de la famosa “Danza de la Horas” en el periódico de la familia; Enrique Santos Castillo, editor durante cincuenta años, del mismo medio, y Enrique Santos Calderón, cuya columna “Contraescape” fue la más leída en Colombia por espacio de 27 años, Alejandro Santos ha demostrado con creces, no solo aquello de que “lo que se hereda no se hurta”.¿El número 1582 de Semana que sale hoy y que celebra los 30 años de la revista -gordo por cierto- qué trae?Quisimos mostrarle a los colombianos cómo ha cambiado el país en estos 30 años. Se glosa mucho la frase de Lampedusa de: “en Colombia todo cambia para que todo siga igual”, pero la verdad es que aunque muchos problemas subsisten, si uno mira en perspectiva, el país ha tenido una transformación y una modernización nunca antes vistas.¿En qué, por ejemplo?A pesar de la enorme brecha entre ricos y pobres, hemos mejorado fundamentalmente en el tema de servicios públicos, la alfabetización en estas últimas décadas ha sido gigantesca y la cobertura en salud está por encima del 90%. Desde el punto de vista político tenemos más democracia a partir de la Constitución del 91 y a pesar de la corrupción, hoy tenemos un sistema más incluyente y pluralista. Existe un Estado Social de Derecho que ha posibilitado la participación en la vida pública de una cantidad de sectores históricamente marginados a los que la nueva constitución les dio instrumentos para defender sus derechos civiles y políticos. Por último, la modernización del sector privado y del aparato productivo. Hace 30 años teníamos unas empresas relativamente exitosas y hoy hay varias que han desplegado las alas y conquistan mercados, no solo latinoamericanos sino también mundiales. Otra cosa positiva es que ya no nos da pena ser colombianos...Sí, hemos perdido el complejo de inferioridad y recuperado la auto-estima. Hay líderes que consideran que en Colombia no hay verdadera democracia porque la realidad se estrella contra instituciones débiles como es el caso actual -y lamentable- de la Justicia...Comparado con los años 80 los avances han sido importantes. Por ejemplo en los organismos de control; recuerde que en los 90 tuvimos cinco contralores en la cárcel y algunos procuradores en la misma situación, algo inconcebible hoy. Desde luego tenemos los desafíos representados en el distanciamiento entre un país urbano que se ha modernizado, frente a un país regional, mucho más lejano, que se ha rezagado, donde la institucionalidad sigue siendo muy precaria y donde ocurren fenómenos tan graves como la parapolítica.Más pruebas al canto: antes el Congreso era un ámbito de próceres que legislaban propendiendo el bien común. ¿No le parece que, salvo pocas excepciones, hoy da grima?Donde menos se ha modernizado el país es en la política. Mientras ha habido un fortalecimiento de la sociedad civil, de la cultura a pesar de la falta de recursos, del sector empresarial donde se empieza a ver un dinamismo muy estimulante, de los medios de comunicación con un desarrollo importante y ejemplo en América Latina, el tema político es preocupante, y ha habido, además, ciertas involuciones en campos como la Justicia, un tema que hay que resolver ya, como lo demostró el vergonzoso episodio de la Reforma que se cayó. A propósito de política, en el año 99 usted escribió varias columnas describiendo la debacle de los partidos y enfatizando la necesidad de crear un tercer partido. ¿Trece años después, cómo ve la situación?Tristemente sigue siendo exactamente igual. Aquí no hay partidos sino empresas electorales a las que las constantes reformas políticas sólo les han permitido organizarse para ganar elecciones, pero sin ningún tipo de proyecto de país, sin coherencia ideológica y sin interpretar las necesidades ni los intereses reales de los ciudadanos. El galanismo fue un intento notable...Sí, yo creo que fue el último intento de construir un partido y un nuevo proyecto de país, encarnado en Luis Carlos Galán. Iba tan bien, con un discurso liberal de recuperación de la ética, de trazar los límites contra la corrupción y contra los violentos, que lo mataron. También hubo el intento del Partido Verde, cuyo auge impresionante se desinfló por errores conocidos, pero demostró que hay una gigantesca masa hambrienta de liderazgo, de nuevas ideas y de cambios. ¿Qué pasó allí?Es que una cosa es un líder que abandere y fortalezca un proyecto político con ideas para construir a su alrededor una estructura que perdure en el tiempo, y otra cosa es tener faros éticos como Antanas Mockus que se desdibujan porque no hemos podido superar los personalismos en proyectos en los que si la figura no está, desaparece cualquier tipo de postulado político que haya detrás. En una columna antigua suya, decía: “Si los políticos son tuertos para el manejo económico, los economistas han demostrado ser ciegos para el manejo político” y abogaba porque se le devolviera la política a los políticos. ¿No hay allí un contrasentido?No, en la medida en que me refiero a los políticos de verdad, no a los corruptos que la han mancillado tanto que el término se volvió peyorativo. Pero la verdad es que la política tiene que estar en manos de los buenos políticos, personajes que antepongan el interés público al individual, que piensen en grande y que lideren procesos de transformación, convencidos de que el poder es para ayudar a las mayorías y no para defender intereses particulares. En su discurso cuando vino a Bogotá el presidente Bill Clinton hizo usted una pregunta muy bella y dura a la vez: “¿Dónde está la generación de la Utopía?”, significando que las generaciones anteriores a la suya habíamos querido cambiar el mundo (mayo del 68 entre otros), pero que esa utopía se había desvanecido. ¿Por qué no fuimos capaces de cambiar el mundo?Es irónico, paradójico y triste que la generación que en su juventud marchó para cambiar el mundo, que encarnó la contracultura, la generación de la “imaginación al poder”, que quería romper el ‘statu-quo’, sea la generación que hoy le esté entregando un peor país y un peor mundo a sus hijos. La pregunta es qué pasó con ese entusiasmo, con esa militancia, con ese idealismo, una vez que pasaron por el poder. Esa generación gobernó, estuvo en las más altas esferas del poder político y económico, pero no fue capaz de hacer la tarea.¿Tiene alguna respuesta?Yo espero que la respuesta no sea que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Risa. Y espero no transitar ese mismo camino. En ese discurso también se comprometió a hacer su aporte generacional. ¿En los siete años transcurridos desde entonces, cuál ha sido ese aporte?Le cito dos grandes aportes a la democracia: uno, las denuncias sobre el escándalo de la parapolítica, y dos, el destape del escándalo de las chuzadas del DAS. Nos criticaron y el propio presidente Uribe se salió de casillas . Solo cuando la Corte Suprema de Justicia recogió nuestra denuncia, el país se dio cuenta de lo que estaba pasando. Cuando revelamos las chuzadas del DAS nos volvieron a criticar y desde el gobierno se descalificó nuestro trabajo de investigación y se trató de vulnerar la credibilidad de la revista, diciendo que estábamos manipulados por ex detectives corruptos del DAS.No faltó quien dijera que le hacíamos un daño enorme a la democracia al insinuar que ese gobierno espiaba a magistrados, políticos de oposición, periodistas y defensores de derechos humanos. Perseveramos en la investigación de manera solitaria, publicando y denunciando, a un costo grande y un desgaste personal y profesional muy fuerte. Otros medios empezaron a recoger las denuncias y la Fiscalía y la Corte empezaron a investigar y a judicializar. El país descubrió que estábamos frente al capítulo de espionaje más macabro que haya vivido la historia política de Colombia. Estos episodios – dos, entre muchos otros- contribuyeron de manera muy importante a defender valores fundamentales de la democracia.En la caricatura de Osuna en El Espectador del pasado jueves 23, aparece el presidente Uribe rodeado de siete de sus funcionarios más importantes: Sabas Pretelt, María del Pilar Hurtado, Bernardo Moreno, Andrés Felipe Arias, Luis Carlos Restrepo, el General Santoyo y Jorge Noguera, unos sub-judice, alguno condenado y otros huyendo de la justicia. ¿Qué reflexión le suscita esa caricatura?Creo que es la gran reflexión sobre el poder: dice muchas cosas: la principal es que no basta que un presidente sea un gran líder -como lo fue Uribe- sino que tiene que saberse rodear; otra, que la política no es un tema de mesianismos sino de trabajo en equipo. Y por último, que la historia es inexorable: tarde o temprano todo sale a la luz. Los escándalos no cesan. El último es el del general Santoyo que estalló como un polvorín esta semana...Esa es la tapa de la olla de la corrupción. Ahí hay responsabilidades políticas de todos los que intervinieron en su ascenso: el director de la Policía, la comisión del Congreso que lo autorizó, el Presidente que lo nombró Jefe de Seguridad. Pero más allá de esas responsabilidades compartidas, lo que el caso refleja es una perversidad en el esquema de pesos y contrapesos y de transparencia al interior de las Fuerzas Armadas, que permitió que una persona con ese récord de criminalidad haya llegado tan lejos, sin ser detectada.¿Cómo es su situación, como director de Semana, con su tío presidente?Ese será un problema personal, mas no profesional. ¡Yo soy mejor periodista que sobrino!. Risa. ¿Qué tan independiente es en verdad?La mejor demostración de independencia de la revista fue cuando en el gobierno de Uribe con Francisco Santos de vicepresidente y Juan Manuel Santos de ministro de Defensa, dos de los cargos más protagónicos, el medio más crítico del gobierno de Uribe, fue Semana. Fuimos implacables con los excesos, destapamos todos los escándalos de corrupción que se presentaron, estuvimos en contra de la reelección y editorializamos en contra de la perpetuación de los gobernantes en el poder.Entre otras cosas, no se sabe muy bien si usted es el jefe de Felipe López o Felipe López es jefe suyo...Risa. Felipe es jefe, maestro y dueño.Cuando usted asumió la dirección de la revista estaba muy joven. ¿Fue esa una audacia de Felipe?Fue un acto totalmente audaz. ¿Más loco que lúcido? La historia lo dirá. Otro chicharrón será cómo afrontar el tema que lanzó Uribe en un trino, sobre supuestos acercamientos de este gobierno con las Farc en Cuba, en los cuales estaría interviniendo nadie menos que Enrique Santos Calderón, su padre y hermano del presidente.Si eso es cierto, lo han manejado con un sigilo magistral. Y hablando de audacias, si es cierto que están buscando acercamientos con las Farc me parece una gigantesca audacia del presidente, porque muchas de las circunstancias actuales conspiran contra un eventual proceso de paz. En primer lugar, por el escepticismo de la opinión: el fantasma del Caguán sigue en la psiquis de los colombianos. Dos, porque estaríamos en un momento de turbulencia con la caída de popularidad del gobierno. Tres, porque hay una percepción de mayor inseguridad, que hace añorar al presidente Uribe. Y cuatro, porque -como nunca antes- tenemos un jefe de la oposición muy popular y de mucha influencia; el mismo Uribe, que todos los días conspira contra cualquier intento de negociación con la guerrilla. ¿Pero también hay factores positivos?Efectivamente, por ejemplo el respaldo absoluto de la comunidad internacional, el acorralamiento estratégico de las Farc, un presidente y un gobierno que encarnan, como muy pocos otros, el Establecimiento, que es precisamente la contraparte con la cual quiere negociar la guerrilla. Y por último un agotamiento de la guerra, donde uno tiene que entender que la confrontación tiene que culminar a través de una negociación. Aquí tenemos que abandonar el sofisma de que va a haber una victoria militar con claudicación final de la guerrilla, porque eso no ha existido en ningún lugar del mundo que haya afrontado situaciones similares.¿Cómo está viendo la crisis del gabinete, inducida por Santos?En los últimos meses se han cometido todos los errores posibles, incluidos malos nombramientos. Si a eso le sumamos el error monumental de la reforma a la justicia, el episodio lamentable con los indígenas en el Cauca, y problemas serios de comunicación, que tienen a muchos desorientados sobre para dónde vamos, inevitablemente el gobierno tenía que tomar un segundo aire, con una recomposición política que acaba de llegar.Lo que todo el país está mirando con lupa es cuál va a ser el talante de este segundo tiempo y por eso los nombramientos deben ser muy cuidadosa e inteligentemente hechos porque deben combinar orientación encaminada a lograr resultados, recuperación del espacio político perdido, y un mensaje de claridad y confianza hacia varios sectores del país, que poco a poco se han ido volviendo escépticos.¿Le ha gustado el “nuevo” Santos con su Vuelta a Colombia, con baile, montada a caballo, niños al canto, etc?Si bien el presidente Uribe imprimió un estilo de liderazgo muy fuerte, popular y frentero, muy de capataz, Santos es la antítesis. Es un estilo más distante, más reflexivo, más conciliador y tolerante, más moderno. El tiene que juntar esos atributos y construir un liderazgo que no lo despersonalice. Lo de los sombreritos, poncho, baile y caballo, quizás no lo identifique a él. Me parece que su mensaje debería ser el de un Estadista, con mayúsculas: que a lo mejor la gente no lo sienta tan cercano, pero perciba que sabe para dónde va, porque es un hombre muy universal, preparado, conocedor, y con el timón bien agarrado. Santos sabe escoger sus colaboradores y delegar pero, como es la antítesis de Uribe, que era microgerencial, esa delegación genera que a veces los temas se le salgan de las manos, ¿no le parece?En Colombia, dadas las dificultades institucionales y la burocratización de la toma de decisiones, la figura del presidente sigue siendo crucial porque, si en el papel, rodearse bien y delegar es un arte fundamental, para gobernar bien eso no es suficiente, porque si el presidente delega en el ministro, el ministro en el viceministro y éste en el director, la decisión no llegará.Estoy convencido de que el Presidente tiene que escoger unos temas de vital importancia –pocos- como la infraestructura, la seguridad y la justicia, para echárselos al hombro con ministro a bordo, y no apuntar con escopeta de regadera, porque todos los temas no se pueden solucionar a la vez. ¿Y cómo ve la posibilidad de reelección?Como están las cosas la veo inevitable. Puedo decirle con toda convicción que creo que él no hubiera querido reelegirse porque veía su glorificación política afincada en una sociedad que lo vería como el gran modernizador de Colombia, que le pediría a gritos que se quedara y él, en un acto magnánimo, respondería que había que cederles espacio a los que vienen.Eso lo hubiera ubicado muy bien en la historia política del país. Pero, con las dificultades que estamos viviendo, con la falta de resultados, con el invierno y con los temas de seguridad, si quiere pararse en ese podio quizás necesite otros cuatro años.

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