Si no se siente feliz con su vida, lea esta historia sobre Armero

Noviembre 12, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera, reportera de El País.

Elizabeth Amaya sobrevivió a la tragedia de hace 30 años. Y tiene unas cuantas cosas por enseñarle.

[[nid:480243;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/11/tragedia-734.jpg;full;{El País recorrió las ruinas de esta ciudad del Tolima que desapareció del mapa por una tragedia anunciada. Retrospectiva de la catástrofe, los símbolos que la recuerdan y testimonios de sus sobrevivientes.El País}]]

13 de noviembre de 1985 era un día normal en Armero. Flotaba en el ambiente  cierta incertidumbre, porque desde meses antes se hablaba de una posible erupción del Volcán Nevado del Ruiz. Y de un eventual deshielo que bajaría por el río Lagunilla. Lo máximo que se temía era una inundación.

Ese miércoles en la tarde, Elizabeth Amaya, como  los 25.000 armeritas, sintió un olor a azufre en el aire. Y vio caer la tarde, y con ella,  una ceniza muy fina, que  les acariciaba la piel.

Muchas personas llamaron a la Defensa Civil y a la Cruz Roja, pero  les dijeron que no había de qué alarmarse. “Pónganse un pañuelo húmedo en la nariz y cierren todas las puertas y ventanas”,  les advirtieron, recuerda Liz, como llamaban cariñosamente a esta  quinceñera por entonces.  “Así fue como  nos  cogió la avalancha”, afirma hoy.

Su memoria dice que hacia las 11:00 de la noche, ella, su mamá, su tía y sus hermanos, tocaron fuerte  la puerta. Era  gente  desesperada que pedía que los dejaran refugiar en la terraza de su casa de dos pisos. Ella y su tía bajaron a abrir y el agua ya les daba a las rodillas. 

Luego,  solo rememora  que se abrazó a su madre y  un estruendo espantoso.    Cuando  recobró  el conocimiento, se sintió atrapada entre escombros y solo su cara sobresalía entre el lodo. La avalancha la había arrastrado, pero no comprendía si era el fin del mundo o qué  pasaba. Estaba sumergida en esos pensamientos, cuando  una segunda avalancha la llevó más lejos y la liberó del peso de los escombros, pero le destrozó  su pierna derecha.  Perdió casi todo el tejido del muslo y quedó con  los huesos expuestos y  un hueco en el pie. Cuando ese mar de lodo, piedra, árboles, muebles  y escombros se fue deteniendo, Liz se agarró de  algo, no sabe si de un árbol o de qué, ante el  temor de que el pantano se la   tragara.

A unos diez metros, divisó  un camión que emergía del barro, coronado por un hombre que se sostenía encima.  “Él es quien  me cuenta que Armero desapareció de la faz de la tierra. Sentí mucho terror y   pensé en mi mamá, en mis hermanos, mis tíos y primos,  generaciones que vivimos allí. Y es cuando  siento que quiero vivir, que estoy muy joven para morir. Yo llevaba en mi puño apretado lo que llamo ‘gotita de vida’, que no solté nunca, y eso me permitió aferrarme a ese trozo que impidió que me ahogara en el barro”. 

Ella se refiere a esa fortaleza interior que siempre la acompañó, que nunca la abandonó frente a la eventualidad de la muerte. "Como me sentía más muerta que viva, yo pensaba: solo me queda una gotita de vida y cerraba mi puño para no dejarla escapar", explica de ese gesto simbólico que la impulsó a luchar para vivir.

Solo después, Liz  comprendería que se trató de  una explosión: la fuerza de la avalancha reventaba las casas y la suya  se desplomó de lado, quedando  en ese oceáno de  gritos, quejidos, lamentos.

“Me dije, ‘no me quiero ahogar’”. Decidió ir hacia el camión  para ponerse a salvo, aferrada con una mano a ese algo que la mantenía a flote, y con la otra tratando de remar. Pero se vio rodeada de cadáveres y sobrevivientes como ella, que pedían auxilio.

“Entonces tuve que tomar una decisión  muy difícil para una niña de 15 años. Les tocaba la cara para saber si respiraban o no, les hablaba, antes de apoyarme en esos cadáveres y hundirlos para poder pasar y sobrevivir yo, pero segura de que no fuera a ser el cadáver de mi mamá o de algún ser querido y que luego no pudieran encontrar su cuerpo”, relata 35 años después Liz.

Pero  el hombre comenzó a gritarle: “Bájate, quítate, te vas a hundir y a mí también”. Entonces Liz se quedó quieta  y cayó en un silencio sepulcral entre gritos y quejidos de más heridos. No quería que el miedo la paralizara. No sabe cuánto tiempo pasó. Y empezó a amanecer.  Y también para ella empezó un nuevo renacer.

Liz vio a  pobladores de Colinas y Montañitas  que ya observaban que había sobrevivientes. Esas personas comenzaron a cortar ramas de árboles, como  varas  de pescar,  para poder ir arrastrando a los heridos hacia la orilla.

"Gracias a Dios quedé, no tan cerca de la orilla, pero sí lo suficiente para que ellos, metiéndose al barro hasta la cintura, me alcanzaran la  rama. Solo sé que quien  me sacó, cuando me vio la pierna destrozada, se impresionó, soltó un madrazo  y  me dejó caer durísimo”, relata esta mujer, que parece tener dos edades: los 15 antes de la avalancha y los 30 de la sobrevivencia.

Otros  la llevaron a un llanito, donde iban apilando heridos y cadáveres. Entre el impacto y el caos,  no tomaron la precaución de separar a vivos y muertos y la escena parecía de  un pasaje bíblico. Liz oía que estos voluntarios espontáneos, de pronto se abrazaban, empezaban a llorar y   de un momento a otro, el volcán rugió de nuevo, hubo un temblor y todos salieron a correr despavoridos. “Solo quedamos los heridos y los muertos, otra vez, ahí en medio de la nada”, evoca.

En la soledad,  de alguna manera, Liz  asistió  al  funeral de los que fueron muriendo. Sin noción del tiempo y espacio, vio que los buitres bajaban a picotear los cadáveres ¡y a ella también! como si fuera una muerta más.

“Esa fue la otra tragedia”, cuenta en sus conferencias como motivadora para superar la adversidad. Cuatro noches y cinco días esperando un rescate que parecía que no llegaría. Cuando por fin llegó un helicóptero, los socorristas  no la reconocían como herida. Creían que era un cadáver más porque había quedado como una momia de barro, era del color de la tierra. Ella levantaba el  brazo bueno, pero no era suficiente. Solo oían el quejido, pero no sabían dónde. Entonces creían que los fantasmas de los muertos los estaban asustando, pues  solo veían el bulto de cadáveres.

“Con el último aliento que me quedaba, di  un quejido con el que al  fin me ubicaron. Hubo algarabía y gritaban: ‘está viva, está viva’. Me revisaron las heridas, me preguntaron dónde me dolía, pero como el cupo era limitado, escogían heridos que no se les fueran a morir en el camino.  Y como yo estaba más muerta que viva,  me iban a dejar.  Yo nunca solté mi gotita de vida que guardaba en mi puño y casi agonizante, me agarré de la bota de un socorrista y no lo solté y le supliqué: ‘quiero vivir, sé que voy a vivir, prométame que me va a subir ahí’. Me dijo:  ‘bueno, pero suélteme y  ya vengo por usted’. 

Otra vez  el cupo iba completo y a Liz la arrinconaron a la entrada del helicóptero de emergencia, que  no tienen puerta. Oía  gritos: ‘ella se va a caer’. Y el susurro: ‘si se cae, no se pierde mucho, ella va a morir’. A pesar de su juventud, Liz ya era un ser con cierta conciencia espiritual y se aferró a la frase: ‘Dios, ayúdame’. Cree que esa fe fue  lo que le sirvió para sobrevivir en esa odisea. 

Los bajaron en el  campamento de la Cruz Roja en Guayabal. Recuerda que iba en la camilla y el médico y los enfermeros  detrás corriendo y preguntando: cuál es tu nombre, dónde te duele y la pregunta del millón: ‘cuántos meses de embarazo tienes’. Ella no atinaba a responder. Además de todo, ahora  resultaba que estaba embarazada y no lo sabía. Ella insistía en que no, el médico en que sí. Como había tragado mucho lodo, tenía el  vientre hinchado. Cuando lo intuyeron, le preguntaron si había vomitado el lodo. Liz no recordaba, pero creía que no. Diagnóstico: caso de  gravedad y traslado aéreo inmediato a Bogotá. Otra vez, a falta de cupo, la llevaron en  ambulancia al Hospital de La Samaritana.

Allá perdió  el conocimiento y cayó en coma  ocho días. Cuando despertó,  su pierna estaba gangrenada y los médicos la iban a amputar. Liz se aferró de nuevo a su gotita de vida y se negó.  El médico le dio 50 % de probabilidades de vida si se oponía a la cirugía. Pero ella persistió: “Dios me da 100 % porque voy a ser mensajera de Él y necesito las piernas”. Y sobrevivió a esa gangrena gaseosa tan peligrosa que  puso en cuarentena todo el hospital. Liz cree que por eso varios pacientes murieron.

La cirugía que sí le hicieron fue abrirle el  vientre  para lavarle  los intestinos y extraerle el lodo que había en su organismo. Para entonces, ya la habían encontrado dos hermanas, que vivían en Ibagué y  en Bogotá. Bueno, fue Liz quien las reconoció, porque ella estaba irreconocible. El lodo se le volvió como cemento en el pelo y  se lo cortaron a ras. “Quedé como loca de manicomio”, apunta  con humor.

Sus hermanas  la acompañaron en  su recuperación y después de trasplantes e injertos de tejidos de la pierna buena a la pierna herida, se salvó de la amputación, pero salió de La Samaritana sin caminar. Otra hermana que vive en Francia mandó por ella  para someterla a más cirugías con un especialista. Ella calcula que viajó a París en febrero de 1986, tres meses después de la avalancha. Y tras muchas intervenciones quirúrgicas y  horas de terapias, volvió a caminar. 

Pero un fantasma la acompañaba. El ruido  del metro al frenar o arrancar, la ponía  a gritar como loca. Y dormía con ropa y con zapatos, porque según ella,  “tenemos que estar listas por si hay otra catástrofe”. Comprendió que debía buscar asesoría psicológica. En una sesión  Liz entró en crisis y salió corriendo y llorando del consultorio y solo la detuvo una imagen en un exhibidor en un café de París: una postal con la imagen de una niña de espaldas levantando los brazos al sol y esta frase: ‘He decidido ser feliz’. Se fue al río Sena, lloró a todos sus muertos y se dio cuenta de que Dios la había salvado, pero lo único que no puede hacer Él por nadie es tomar la decisión de ser feliz. Así que ella decidió serlo.

Luego de vivir siete años en Francia, quiso volver a su país a cumplir su promesa de juventud de dedicarse al servicio de Jesús. Fue líder espiritual en Colombia y en Ecuador durante 20 años. Así conoció a su esposo, el médico cirujano Óscar Calle, un hombre tan maravilloso, dice ella, que nunca le importó que cargara en sus piernas las cicatrices de Armero. Comparten su deseo de ayudar a la gente, tanto que viven en Armenia, a donde fueron a apoyar a los sobrevivientes del terremoto de 1999, con  su experiencia de levantarse y  salir adelante. Allí nació su  hijo, Juan Felipe, de  16 años.

 

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