Popayán, otra ciudad con la economía del semáforo

Popayán, otra ciudad con la economía del semáforo

Febrero 02, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Reinaldo Hoyos, Omar Galvis y Alejandro córdoba | Especial para El País

En Popayán existen cerca de 400 semáforos que sirven de sustento económico para cientos de familias que todos los días llegan hasta ellos para trabajar. Radiografía de la vida en los semáforos de la capital caucana.

Los dueños de estos lugares parecen ser nadie. No hay restricciones para estar allí. Tal vez porque pasan desapercibidos, casi invisibilizados ante la indiferencia de muchos. Pero no importa, el día es largo y los colores varían. El tráfico fluye, las personas cambian. El tiempo corre. Una bendición y a trabajar. Un minuto es más que suficiente para ganarse la vida. Un minuto que se multiplica por ocho horas y siete días. Un minuto que depende del cambio de estación de una luz, que da pie para que inicien las ventas, como si fueran corredores en una bolsa de valores de los Estados Unidos. Entonces el trapo que Andrés ha lavado más de tres veces en la mañana, pronto se posa frente al vidrio de un carro mojado por “el ‘aguita’ con jabón especial, para que no raye el vidrio”, y lo pasa cuantas veces sea necesario hasta que quede limpio.“Lo que me quieran dar es el pago que recibo, es la voluntad de la gente”. Se demora 30 segundos en su tarea y los diez restantes, los usa para recibir su pago. El tiempo que le da el semáforo le alcanza para lavar un sólo vehículo y de monedita en monedita se hace un promedio de 30 mil o 40 mil, pesos diarios. El trabajo que este joven viene ejerciendo desde hace cuatro años, es producto del alto índice de desempleo que ha reportado Popayán en sus antecedentes y que al finalizar el 2011 fue del 18.1%, ocupando el primer lugar en todo el país, como una ciudad con pocas oportunidades laborales. Al igual que él y sus ‘parceros’ que lo acompañan también en el mismo oficio, a pocos pasos, se encuentra la mujer de los suspiros: Milena. Una caleña de tez negra, pelo trenzado, muslos fuertes, caderas grandes, que no pasa de los 30 años de edad. Se posa desde las cuatro de la tarde todos los días en otro semáforo de la ciudad y con su sonrisa de morena, que retumba entre los pitos de los carros, ofrece seis suspiros o merengos por mil pesos. En las cuatro horas que trabaja, debe pararse más de cien veces y pasearse de automóvil en automóvil, ofreciendo una bolsita con seis de sus productos. A ella la ganancia en los semáforos le sale por 60 mil pesos diarios. “No es nada fácil”, dice, después de caminar una y otra vez en medio de los carros. Satisfecha en Popayán, una ciudad en la que paradójicamente las estadísticas dicen no da trabajo, Milena ha construido desde hace tres meses una vida al lado de sus dos hijas y su marido. Desde los 18 años, después de que tuviera a su primera hija y renunciara a ser odontóloga, esta mujer oriunda de la Sultana del Valle, ha dedicado la mayor parte de su tiempo a vender en estos lugares. “Ja, me han dicho que me vaya de camarera, de mesera. Me han ofrecido varios trabajos, pero no, uno trabaja más y le pagan menos”. Milena trabaja cuatro horas. Suficientes para sobrevivir sin penas en la ciudad. La táctica de esta mujer, es la alegría. “Si me echan un piropo yo respondo con una sonrisa. Yo les digo vea el suspiro melcochudito, bien rico a la orden y así me lo compran”. Su sonrisa no desaparece, ni ha desaparecido en los 10 años que lleva en este oficio. Contonea el canasto al ritmo de sus caderas. “A uno le va bien, solo que a le gente desempleada, le cuesta vencer la pena para trabajar”. Colombia es el tercer país, después de República Dominicana y Jamaica con el 16% en el desempleo de mujeres. La mayoría madres cabeza de familia como Milena o Aidé Pavón quienes deciden dedicarse a la informalidad, que para ellas no resulta nada despreciable. Aidé también trabaja y gana en uno de los 400 semáforos que aproximadamente existen en esta ciudad. Para ella y para Milena, no hay nada mejor que trabajar en un semáforo. “No hay jefe a quien rendirle cuentas, ni por quién pedir permiso si se enfermasen”. Si se aburren, se van. Si amanecen cansadas no trabajan. Y si extrañan a sus hijos, comparten sin ninguna preocupación. A pesar de ser una ciudad con un alto índice de desempleo, Popayán se ha convertido en un espacio de trabajo informal para muchas personas provenientes de otros departamentos. De cada cinco personas que trabajan en los semáforos, solo una es ‘Patoja’. Una cifra que refleja la realidad laboral de otras ciudades y deja al descubierto un aumento en la tasa de desempleo del país.Pero no todos trabajan, ni prefieren ver la monótona y sistemática rutina del cambio de color de semáforo. Albeiro, junto a su esposa y sus dos hijos, esperan volver algún día a Puerto Berrío, Medellín, de donde fueron expulsados por la violencia de los neo-paramilitares, Bacrim. Ellos sólo venden sus carteles, de letras mudas, no leídas por quienes manejan. Un alma caritativa, de vez en cuando les lanza una moneda desde su carro. No importa, a ésta familia, no le interesa quedarse en la ciudad. Lo único que buscan es llegar hasta Pasto. “Nos quedaron de conseguir trabajo allá, mientras regresamos a Medellín”. Pasto es la ciudad de la que Aidé partió hace más de 5 años, porque no había muchas oportunidades laborales. Pero Albeiro, que encarna el drama y sufrimiento reiterativo de más 52 mil desplazados que llegaron a la ciudad el año anterior, espera llegar hasta ella para poder trabajar.Las manos sólo le dieron para tratar la tierra y ganarse la vida produciendo lo que los predios le dieran. Hasta que un día, como una escena repetida y cotidiana en Colombia, tuvo que salir de su casa huyendo de la muerte, “tiene una hora para irse”, recuerda que le dijeron. Sus largas zancas y el vértigo por el miedo, lo llevaron a que en cinco minutos dejara toda una vida atrás. El semáforo al igual que la vida de las personas cambian repentinamente. Generan movimientos, situaciones, en las que unos ganan y otros pierden. Es un azar que marca el destino. No saben con quién se encontrarán en cada alto que hagan los vehículos. Si una mano amable, la indiferencia de otro, los insultos de quienes no toleran verlos, o lo más humillante según Aidé “que le suban a uno el vidrio pensando que los van a robar”.Pero la vida sigue. Las historias al igual que la luces de cada uno de estos postes cambian repentinamente. Los carros continúan circulando. Andrés sigue llegando temprano, dejando su mochila colgada en uno de los clavos que pegó sobre los árboles que adornan una de las calles más transcurridas de esta ciudad, Milena no abandona su sonrisa para ofrecer sus cien bolistas de suspiros diarios, Aidé sigue paciente con su banca amiga color blanco que la ha acompañado desde hace cinco años y Albeiro esperará sujetando su cartel, el día en que pueda regresar con su familia a su Puerto Berrio natal. No es un techo, ni una oficina, ni un buen negocio. El semáforo es una marcada necesidad informal que abarca todo el país y a la que se recurre para lograr sobrevivir, en una tierra donde la violencia y el desempleo hacen parte del paisaje urbano de las ciudades colombianas.

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