Pequeños cultivadores dudan del acuerdo agrario logrado con las Farc

Pequeños cultivadores dudan del acuerdo agrario logrado con las Farc

Junio 02, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera | Reportera de El País
Pequeños cultivadores dudan del acuerdo agrario logrado con las Farc

Campesinos del Cauca esperan que se el acuerdo agrario logrado en Cuba entre el Gobierno y las Farc permita mayor prosperidad en sus tierras.

Campesinos de Valle y Cauca ven el anuncio más como un sueño que una realidad tangible. Recorrido de Pradera a Toribío.

Hasta que no vea la tierra, no lo creo. Tengo que ver la tierra, pero que sirva, es lo que necesitamos. La frase de José Edier Uscué cae como un palazo sobre la tierra húmeda en una parcela de la antigua hacienda Santa Rita, en Toribío, norte del Cauca.Sí, porque cuando él y sus cuatro hermanos nacieron, ya traían el signo nasa de trabajar el campo, pero con el sino de unos padres sin parcela. La metáfora del siervo sin tierra (Eduardo Caballero Calderón, 1954), llevó al padre de los Uscué a recorrer el Viejo Caldas como labriego. Luego, los dos hijos mayores, José Edier y John Edinson, siendo casi niños, también fueron recolectores de café en Chinchiná.Como la sangre nasa llama tierra, los adolescentes volvieron a Toribío. El Incora les dio la hacienda Santa Rita como finca comunitaria a varias familias del cabildo. Y hace cinco años repartieron y a su padre le correspondieron ocho hectáreas.Allí los Uscué cultivan café Castilla, con el apoyo de la Federación Nacional de Cafeteros. Pero cuando cada uno forme familia y desee sembrar su propio terreno, la metáfora del siervo sin tierra –la raíz que alimentó el conflicto armado colombiano– se multiplicará. Pero hoy nace una semilla de esperanza con el acuerdo agrario anunciado por el Gobierno de Colombia y las Farc desde La Habana. Los Uscué pasan sus días en el cafetal. Lo dicen sus pieles teñidas de sol y tierra. Y sus ropas. Por eso de conversaciones de paz en Cuba, poco saben. “El Gobierno sí ayuda, pero a los indígenas poco llega”, dice Jhon Edinson. “Si el Cabildo saca propuestas y las lleva (al gobierno), así sí llegan recursos, poquitos, pero llegan, pero a uno de particular no le dan nada; para mí es dudoso que si llegan a ese acuerdo, a uno le llegue algo”, agrega. Su escepticismo lo abonan los costos: su cultivo se traga cada tres meses 40 bultos de fertilizante, cada uno de $66.000. Pero el precio del grano va loma abajo. “Eso es lo que lo jode a uno, aquí estamos luchando por un milagro y porque siempre nos ha gustado trabajar con lo legal”, dice John Edinson, que enfatiza que su padre y ellos nunca se inclinaron por los cultivos ilícitos.A pocos metros, Luis Fernando Boscué se suma al grupo de los que suspiran “ojalá se llegue a un acuerdo”. Para todos es como una ilusión lejos de su realidad, un deseo por realizar. “Con tal de que haya mejoría y la gente pueda trabajar y no se tenga que ir a otra parte, está bien; es que cuando la gente pasa hambre toma decisiones equivocadas”, dice el nativo nasa que siembra café, plátano, arracacha, guinea, pero debe jornalear en otras fincas para ayudarse.“Espero que sí se dé ese acuerdo (de tierras) para dejar a mis hijos una base y que no tengan ese problema de antes, por lo que empezó esta guerra”, dice Boscué, que creció en medio del conflicto en Toribío, el municipio más hostigado del país por la guerrilla de las Farc. Y al bajar por la cordillera Central, hacia el norte, el siervo sin tierra no es una figura literaria. Es una realidad. Al recorrer Caloto, Corinto, Miranda, Florida y Pradera, a los pequeños agricultores hay que buscarlos como aguja en un cañaduzal. Son otra especie en vías de extinción. Aparte de las extensiones de tierra de la industria agrícola y unas pocas fincas grandes, solo hay caseríos de labriegos sin tierra.Hay que escalar por caminos en gravilla o destapados a las veredas más retiradas para hallar un agricultor con parcela cultivada. Como Ómar Bedoya, quien se trepa de sol a sol en una loma empinada en El Líbano, zona montañosa de Pradera, para desyerbar su cultivo de cebolla.Este campesino, con 40 años labrando la tierra, es más optimista con el anuncio del acuerdo agrario: “Puede que eso sí nos sirva a los campesinos, porque hoy solo somos trabajadores del más ‘vivo’: el acaparador que se queda con todo”.Y se explica: “Uno sufre mucho en la loma. A mí me toca subir, picar, sembrar, abonar, fumigar, desmalezar, regar y bajar con estos bultos, pero solo me dan $8.000 por 50 libras de cebolla, puesta allá abajo con empaque y transporte, y a ¿cómo la venden en la galería?”, pregunta. Igual pasa con el bulto de habichuela. Si está a $150.000, se lo pagan a $50.000. “Entonces ellos sí van ganando $100.000 y uno no; si eso de los acaparadores se acaba y nos dejan vender a nosotros, sí es bueno el acuerdo, porque por eso es que la gente del campo ya no quiere trabajar la tierra”, poniendo en evidencia que los agricultores ya son una generación mayor, que no se renueva como los cultivos cosecha tras cosecha. Esas seis plazas que cultiva Omar eran de los viejitos que lo criaron y le dieron un pedazo para que hiciera su rancho. Y como murieron, los hijos viven en la ciudad y le dan permiso para que él “se defienda” allí. Aún así este campesino confía en que el acuerdo sí va a servir. “Creo que van a dar tierras, porque hay muchas, pero esas se las parcelan a los indígenas; a nosotros no, pero que nos den unas semillas buenas, porque las que dan son muy malitas”, comenta. Por eso, dice, él, su esposa y tres hijos no pueden vivir del campo y se ayuda lavando la piscina de una casafinca. “Uno ve mucha tierra desocupada, arriba hay una finca de 100 plazas, es de un doctor que ni necesita de eso, entonces siempre es bueno que le quiten un poquito al que tiene mucho y le den algo a los que sí necesitan y así que todos tengamos, trabajemos y compartamos. Esto tiene que cambiar y así sí se soluciona esto”, dice. A diferencia de Toribío, donde los jóvenes trabajan desde niños y quieren seguir en el campo, en el Valle los labriegos son mayores. Tipo don Olmedo Valencia, que los últimos 12 años ha cultivado habichuela, pepino, tomate, maíz, fríjol, en una finca en Florida. Él, que ha jornaleado toda su vida, ve que “todo lo que sea en beneficio del agricultor y del pobre es muy bueno, pero a veces es puro bla bla bla y no salen con nada”, se queja y después reflexiona desconfiado: “Ojalá fuera verdad, pero para que se dé un proceso de paz deben transcurrir años y eso apenas está empezando”.A la falta de tierra, ha echado raíz el alquiler a cambio de porcentaje: el dueño arrienda y el agricultor le paga el 15 % del producido en sucio, es decir, sin sacar los gastos de insumos y demás. “Así no se ve la ganancia y por eso es que el agricultor vive quebrado”, dice don Olmedo.Otros aprovechan programas como la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria, Umata. José Ramírez y Virginia Esquivel, 40 años casados hasta con la tierra, recibieron la capacitación del Sena y en el lote que dispuso el Municipio de Florida, cultivan maíz, aromáticas, hortalizas, fríjol, con la ilusión de ganar algo.Don José sabe que si no se aprueban todos los puntos de la agenda, el acuerdo agrario “quedaría en el aire”. Pero si se cristaliza la paz, “el acuerdo (agrario) puede ayudar mucho porque uno ve mucha gente pobre, y si tienen finquita, no tienen cómo comprar la semilla o el abono”, dice.Mas no a todos les gusta coger la pala y el azadón, dice su esposa. Se refiere a que “hicimos el curso 25, escarbamos 20 y siete meses después quedamos ocho, pero apenas empiece la cosecha aparecen todos”, dice y se queja: “La gente es desagradecida, quieren que les den todo, nos dieron semillas, abonos y el terreno, pero uno tiene que luchar y trabajar también”.Guatemala es un caserío de desplazados en un lote que les dio el Municipio de Miranda, Cauca, sobre la vía a Corinto.Allí confluyen también personas que “salvaron los muebles” en sus lugares de origen y compraron una mejora. Uno de ellos es un indígena joven, cuya parcela en el cabildo la derrumbó el invierno. A punta de jornal y con un préstamo en el banco, compró esa mejora donde se cuentan cinco matas de plátano y un papayo. Claro que le gustaría que haya un acuerdo, “porque la guerrilla (Farc) no deja trabajar; si uno no está de acuerdo con ellos, lo amenazan y le dicen: ‘me desocupa la vereda, y si no se va, no respondemos’”, dice.Por eso no ve tan fácil la paz, así venga escriturada desde Cuba. “Hay gente que no le gusta trabajar y así se desmovilice un grupo, algunos se pasan al otro bando que sigue ‘trabajando’ en eso; hay jóvenes que les gusta la vagancia, robar y atracar y así se forma otra revolución y entonces esto no tiene acabadero”, comenta.El indígena, sin ser analista político, apunta a una tesis de algunos académicos: que así como cuando el M-19 se desmovilizó, algunos de sus militantes se pasaron a las Farc, ahora miembros de las Farc se vincularían al ELN, resucitado por estos días, para seguir haciendo el trabajo sucio, la guerra. “Sólo Dios sabe”, dice sonriendo, como si fuera normal. Más al sur, en Santa Elena, vereda de Corinto, cuatro familias indígenas comparten la finca paterna: cuatro plazas, pero dicen que no se puede vivir del campo. Y la madre confiesa tranquila que “salen a coger hoja de coca donde los llamen”.“Ojalá el gobierno cumpla y ayude al campesino, que saca todo al pueblo, hasta el gobierno se come una papa y una yuca con el trabajo del campesino, entonces, cómo no lo va a ayudar”, dice la matrona.Pero la sobrina, la contradice: “No creo en ese proceso de paz, mire cuántos soldados han matado en estos días. En esa gente no se puede creer”, reclama esta joven que ya es madre de una niña.Por ello, ante el acuerdo anunciado, los siervos sin tierra solo comentan: Uno duda. Ojalá. Dios quiera que sí.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad