Mirada infantil al drama que se vive en la zona limítrofe con Venezuela

Agosto 29, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Mirada infantil al drama que se vive en la zona limítrofe con Venezuela

Los menores de edad que fueron deportados junto a sus padres reciben atención por parte del Icbf en albergues de Cúcuta. En Cali, ya hay registro de más de 20 menores.

Al menos 220 menores permanecen desde hace una semana en los albergues de Cúcuta, el Icbf dispuso de ayuda psicológica para ellos y sus familias.

Su nombre es Brayan, pero en su camiseta se puede leer Giovanna. Se la regalaron en uno de los albergues para deportados, porque al igual que sus demás vecinos en la trocha, solo llegó con lo que tenía puesto.

Tiene 10 años, unas pantuflas rotas y una pantaloneta una talla más grande que la suya, mientras atraviesa el río Táchira con una mesa al hombro. Dice no entender por qué el Gobierno venezolano les hace esto a los colombianos.

“Colombia y Venezuela es casi lo mismo, nos parecemos hasta en la bandera, y de un día para otro ya no podemos vivir todos en el mismo lado”, dice acongojado, tras tres días pasando su cama, platos, ropa, sillas, y todo lo que más puede, para empezar una nueva vida en Colombia. Él es venezolano y sus padres y hermanos de la frontera para acá.

“Creo que nos sacaron porque ya no nos quieren allá, y no me parece justo, no hemos hecho nada malo”, afirma  mientras se zambulle de nuevo a las amarillentas aguas.

 En la otra orilla Dana Marcela, 4 años, se sienta en una piedra junto a sus abuela y refriega con jabón una camisa. “Nonita cuando acabemos de lavar nos vamos para la casa. Ya me cansé de estar acá”, dice mientras cuenta que salieron de su casa porque la Guardia Nacional Bolivariana llegó muy brava, pero seguramente ya se fueron.

“Que se van a ir, esos no nos van a dejar tranquilos hasta que todos se vayan”, interrumpe Luis Carlos, de 10 años. Acaba de pasar su bicicleta, que creía perdida desde el fin de semana y es su  cuarto viaje esta mañana. “Oiga, no se meta por allá que hay mucha piedra, sigame que acá hay arenita y no se cae”, dice para ayudar a una mujer que temerosa se mete al río. 

Todos los días, Luis Carlos cruzaba este tramo para ir a clase, solo que desde hace cinco días lo pasa sin morral y sin libros. A cambio, se hecha al hombro tablas de cama, ollas, y sus juguetes. “Me gustaba vivir en Venezuela porque todo era más barato. Acá mi papá dice que los cobres no alcanzan para nada”, explica antes de añadir: “No sé porqué nos sacaron, pero escuché que es por eso del contrabando”.

Metros más arriba y cuando el sol está en su máximo punto, aparece Julián, de 11 años. Pelea con la corriente para que no le arrebate el tablero de juguete de su hermana. Se atrevió a cruzar sin permiso de su madre para que la niña dejara de llorar por su  tablero. “Creo que los colombianos no haríamos lo que Maduro y los guardias están haciendo con nosotros, eso no es justo porque nosotros no somos los malos, los malos son ellos”, dice al llegar a la orilla.

Ernesto, 8 años, se echa un chapuzón en el río mientras espera que su abuela vuelva de la trocha. No entiende bien qué es lo que pasa a su alrededor, solo sabe que una maquinita derribó su casa. “Vamos a Colombia para estudiar, porque acá no puedo. Mi mamá dice que a nosotros no nos corrieron sino que decidimos irnos”, explica titiritando de frío, “pero no entiendo cómo nos van a sacar si somos muy buenos”.

En uno de los tantos cambuches que armaron los deportados en La Parada está Karen,11 años, junto a sus primas y tías. Dice que no tener techo es secundario y aunque sabe que su familia atraviesa una situación difícil, sueña que la crisis fronteriza sea momentánea para volver a visitar a su papá, que se quedó en San Antonio del Táchira. 

Por su parte, su prima Carolina, 4 años, dice que los sacaron de su casa porque pasaban mucha mercancía. “Nos sacaron de nuestro pueblo y no nos dejaron llevarnos los juguetes -explica- a mi me toca jugar con vasos y botellas en el patio”.

Aunque vive junto a doce personas más en un mismo cambuche que no supera los tres metros cuadrados, ella ya decidió que su patio será una casa en ruinas que está detrás.

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