La paz en Colombia no es ausencia de violencia: escritor Juan Gabriel Vásquez

Septiembre 16, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal | El País

Juan Gabriel Vásquez, escritor nacional radicado en Barcelona, dice que su literatura nace de la insatisfacción y de la sensación de que el mundo es un lugar caótico.

Dice que la semilla de sus libros es siempre un hombre en conflicto y que a partir de ahí, sin saber nunca a dónde irá a parar su historia, empieza a bucear en una materia negra y fangosa, espesa de interrogantes, hasta que su habilidad de narrador encuentra “la voz”. De ahí en adelante teje su historia. Juan Gabriel Vásquez nació en Bogotá en 1973 y a pesar de su juventud tiene ya en su haber una obra sólida: Los Amantes de Todos los Santos, Los Informantes, Historia Secreta de Costaguana, El Hombre de Ninguna Parte y El Ruido de las Cosas al Caer, su tercera novela. Esta última ganó el Premio Alfaguara el año pasado, y acaba de ser incluida como finalista del Premio Médicis 2012, que se otorgará en París en el mes de Noviembre. La prestigiosa revista francesa, Le Nouvel Observateur, la incluyó entre las diez novedades literarias más importantes de este Otoño. Del escritor y crítico Héctor Abad Faciolince, presto un párrafo inspirador, leído en su columna de opinión, que me despertó una urgencia loca de leer de inmediato esta envolvente y dura y hermosa novela, que él describe así: “El secreto que hace a esta una novela perfecta está en la voz del narrador. Qué voz. Una voz íntima y extraña al mismo tiempo, una voz afinadísima, musical, una voz compleja y serena a pesar de lo atormentada, una voz tan humana que uno dice: a este tipo yo le creo todo lo que me cuente, así sea mentira; yo me dejo llevar por esa voz. Y que una voz lo transporte a uno con tanta maestría al territorio de la ficción y de la fantasía es el indicio más claro (para mí) de que esta novela es el objeto verbal mejor logrado que he leído en toda la literatura colombiana de los últimos tiempos. La historia es prodigiosa –porque es también un excelente resumen de nuestra Historia reciente- la lengua es poderosa por su precisión, su sobriedad y su carencia de todo amaneramiento. Y el resultado total es de tal perfección que debería llenarnos a todos de asombro y felicidad”.La leí de un tirón. La recompensa fue total. Usted es novelista y columnista a la vez. ¿Cómo maneja esa dicotomía quien ficciona y, simultáneamente, opina sobre la realidad nacional?Más que una dicotomía para mí es un estado esquizofrénico. Yo soy un novelista de temperamento y eso lo entiendo como una incertidumbre constante. Un novelista es alguien que no está seguro de nada. La novela es una puesta en escena de las dudas y las incertidumbres. En cambio el oficio de columnista es dar opiniones con certeza pero, sobretodo, desde el punto de vista de quien cree que sabe. ¿Qué busca con su columna?Cuando escribo una columna es porque estoy convencido de una idea, quiero transmitirla y convencer a los otros de esa idea. Es como si yo viviera en estado de completa duda e incertidumbre durante seis días a la semana y un solo día, por un acto mágico, me sintiera seguro de lo que digo. Son dos éticas, dos maneras distintas de ver el mundo en general: una que trata de hacer preguntas, que es la del novelista, y otra, que trata de dar respuestas, que es la del columnista político. Los novelistas hacen ficción pero se apoyan en hechos concretos. Que la historia llegue distorsionada a través de los años, ¿no les crea un problema? Yo siempre he sido un convencido de la libertad del novelista, incluso cuando trata hechos conocidos. Quien escribe una novela se pone en una posición, con respecto a la verdad histórica, distinta a la del historiador. Como dice Carlos Fuentes: “la novela no reproduce la realidad sino que trata de reinventarla”. Eso quiere decir que muchas veces el novelista lleva al límite la verdad conocida y tiene incluso el derecho de distorsionarla, si con eso busca una verdad distinta, que es la verdad poética. Un derecho que yo reivindico, porque creo que el único mandamiento de un novelista es no ser redundante, es decir no contarte lo que ya sabes por la historia. A propósito de Fuentes, tuvo una buena amistad con él. ¿Cómo lo recuerda después de su muerte sorpresiva?Fuentes quería convertir todo en literatura, como si sintiera que tenía la obligación de no desperdiciar nada. Tenía la convicción de que la historia por donde no ha pasado la literatura es como si existiera solo a medias. Decía: “La imaginación es la transformación de la experiencia en conocimiento”. Los seres humanos tenemos una serie de experiencias que llamamos vida, o que llamamos historia, pero es solo a través de la novela, de la imaginación y de la ficción como convertimos eso que nos pasó, en conocimiento sobre nosotros mismos.Alguna vez escribió que la obra de Fuentes es irregular. ¿Qué significa?Fuentes no paraba de escribir, trataba de meterlo todo en su literatura y eso, inevitablemente, conduce a que haya libros buenos y libros malos. Para mí el reconocerlo no va en menoscabo de su figura, ni de esa personalidad absolutamente voraz que quería convertir el mundo en libros. Pero aunque acepto sin ningún problema la irregularidad de su obra, creo que cuando uno ha escrito tres o cuatro obras maestras, ya puede estar tranquilo.¿Por qué surgen en su momento, en muchos países de América Latina talentos como él?Hay fenómenos políticos que lo explican. Un chiste que dice que la Guerra Civil Española la ganaron los mejicanos, porque todos los intelectuales republicanos perseguidos por Franco se fueron para su país ( y otros) y los enriquecieron de una manera brutal. La intelectualidad republicana fundó editoriales, revistas, enseñó en las universidades, sacudió el panorama intelectual y trajo a América Latina una conciencia de lo que se estaba haciendo en las artes y en la literatura del momento en Europa y en Estados Unidos. Los latinoamericanos empezaron a leer a Faulkner, a Joyce, a Virginia Wolf, a Hemingway, y comenzaron a exigir que la novela latinoamericana dejara de ser rural y provinciana y que se pusiera al día con la novela moderna. No solo se produjo una nueva generación de lectores, sino que los escritores dijeron lo que en ese momento era una gran herejía: “un escritor latinoamericano tiene derecho a escoger su tradición”. O sea, que un escritor colombiano no está circunscrito por la literatura colombiana, sino que puede decir que su maestro es Faulkner, como lo hizo García Márquez. A través de eso vino una revolución. Vargas Llosa me decía en una entrevista, que él no puede producir buena literatura en los momentos de gran felicidad, sino que necesita de una cierta angustia interna, de cierta confusión. ¿Le sucede lo mismo?De alguna manera sí. Estoy muy consciente de que la satisfacción total, aquella sensación de que entiendes todo de la vida no conduce a la literatura. Mi literatura nace de la insatisfacción, de la sensación de que el mundo es un lugar caótico y de que en la novela puede parecer menos caótico o, mejor, puedes encontrarle un sentido al caos. ¿Debido a qué logra organizarlo?Sí, porque siento que estoy trabajando hacia la comprensión de algo. Para mí una novela siempre parte de la ignorancia, de la sorpresa, de algo que me cuentan, como en el caso de Los Informantes, que surgió cuando una mujer judía, nacida en el 38, me contó que había llegado a Colombia con su padre, escapado de Hitler, y que él había estado a punto de ser recluido en el centro de concentración del Hotel Sabaneta, en Fusagasugá, como ciudadano enemigo. Yo ignoraba completamente que eso hubiera pasado en Colombia. Lo había contado Alfonso López Michelsen en su novela Los Elegidos, hace varias décadas...Exacto, él se había acercado a ese tema, sin profundizar mucho porque, entre otras cosas, era un pasado muy inmediato. Cuando yo escribí mi novela, eso ya se había olvidado. ¿La literatura es un oficio en que hay forzarse a escribir cada día, se avance, o no?Eso depende, por un lado, de los temperamentos y, por otro lado, de los géneros. Es decir, un poeta no se puede sentar ocho horas a la máquina de escribir. La novela, sobretodo como yo la escribo -que no es sentándome a contar algo que ya conozco de la primera página a la última, lo que sería un trabajo más fácil y rutinario- es en cambio una larga lucha contra una materia negra que está ahí, en la que tengo que entrar para averiguar qué es la historia que estoy narrando.¿Cuál es la primera semilla?Siempre es un personaje. Casi diría que mi punto de partida es un hombre en conflicto. Faulkner decía en el discurso del Premio Nobel, que la literatura es eso: “El corazón humano en conflicto consigo mismo, con su destino, con su país, con su familia”. A partir de esa situación tengo que averiguar cómo llegó el tipo ahí y cómo se va a salir, que también es muy importante, porque la pregunta ¿cómo lidias con las consecuencias de tus actos?, es lo que dota a la literatura de un contenido moral.A usted lo han atacado desde diferentes ángulos, algunos que no tienen nada que ver con su literatura. ¿Cómo toma eso?En Colombia casi nunca se ataca, ni tampoco se elogia, por las razones correctas. Muchas veces los elogios o las críticas son una manera de ventilar otras pasiones. Muchos escritores que hablan del tema coinciden con lo que Vargas Llosa después me confirmó. Recordaba que en medio de su éxito brutal de los años 60, conoció a Pablo Neruda y le habló del tema. Y el poeta le dijo: “Por cada elogio, recibirás dos insultos”. Ese es un destino inevitable del escritor latinoamericano. Entonces, al darme cuenta que era un destino común, un poco inevitable, dejó de preocuparme. Volviendo a su libro, es un verdadero deleite literario y -a la vez- muy duro. Otro de los temas centrales es el miedo que se instaló en toda una generación, su generación. ¿Esa fue la razón por la cual se fue de Colombia?Siempre he dicho que me fui de Colombia por razones literarias, cuando descubrí que lo único que quería hacer en la vida era aprender a escribir libros y creía un poco -porque lo habían hecho mis mayores- que la manera de hacerlo era irme. Entonces, París era el gran “cliché” y también la oportunidad de meterme en una tradición literaria que sentía que no conocía muy bien. Pero con la perspectiva y la madurez, me he dado cuenta de que la violencia en Bogotá jugó un papel muy importante. Hubo una especie de deterioro y rechazo en mi relación con la ciudad, en el 93. Cuando tenía 23 años estuve a segundos de que me tocara una bomba muy grande que pusieron en el centro de la ciudad y ya había visto tres asesinatos en vivo. El miedo yo no lo sentía tan fuerte en esa época, pero con la escritura de la novela descubrí hasta que punto está presente en nuestras vidas. En realidad esa es la gran pregunta que la novela intenta explicar: cómo nos marcó esa época de la violencia y qué consecuencias ocultas tuvo en nosotros.Estuvo poco tiempo en París y luego se fue para Bélgica porque atravesó un problema emocional. ¿Qué pasó?Fue una crisis macro. De repente una insatisfacción con todo lo que me había propuesto y no había logrado. Me fui de París cuando terminé mi segundo libro porque ya no me gustaban ni esa, ni la primera novela; desde mi punto de vista las dos eran fracasos. Eso me llevó a una crisis muy dura y a cuestionarme si me había equivocado con la decisión de ser escritor, porque pensaba que eran muy inferiores a lo que yo podía dar. Luego me di cuenta de que la novela es un género para gente muy experimentada, y yo no sabía gran cosa de la vida, ni de cómo escribir novelas. (Terminé mi primera novela a los 22 años y la publiqué a los 23). Un caso como el de Vargas Llosa, que escribió la Ciudad y los Perros a los 26 años, es muy excepcional. Así que decidí hacer una especie de tábula rasa con mi vida y volver a empezar. Me fui a Lieja con mi desorientación y me quedé nueve meses, el tiempo de un parto. Me ha parecido justo el término, porque allí nació algo: descubrí qué tipo de novelas quería escribir, qué tipo de escritor quería ser, dónde quería vivir. Y me fui para Barcelona. ¿Cómo fue esa lucha interna?Fue un proceso de descubrimiento dedicado a investigar qué era lo que le hablaba a mi sensibilidad. Poco a poco fui descubriendo a Colombia como tema, algo que no había hecho nunca, porque le tenía miedo a los temas colombianos. El proceso, que seguí tercamente, me incitó a seguir adelante con ese aprendizaje, para poder tomar la decisión sobre qué tipo de novelas era las que me pedía el cuerpo, digamos. Hay escritores que son mejores para una cosa u otra, y el proceso al empezar a escribir, es descubrir cómo “suena” uno en la página, así que ensaya varias estructuras hasta que, en algún momento, algo le sale bien. Ha dicho que cuando escribe una novela y no logra el ‘tono’, lee otros autores, Shakespeare, su preferido, e inmediatamente encuentra la solución. ¿Qué significa?Yo creo que la tensión de una novela y su capacidad para capturar la atención del lector, se basan en la voz. La voz que cuenta la novela y agarra al lector o no lo agarra. Cada historia tiene una voz que le conviene. Si García Márquez hubiera contado Cien Años de Soledad con la voz de El Coronel No Tiene Quien Le Escriba, la novela no hubiera salido. Sería otra. Hay que encontrar esa voz que cuenta, que es como una música. Para mí el primer problema cuando tengo una historia en la cabeza, ha sido siempre decidir qué voz la cuenta y cómo. Uno de los pocos rituales que tengo por las mañanas, antes de comenzar a escribir, es leer un libro, que cambia con cada novela.¿Como una especie de alter- ego?Yo siempre lo he llamado diapasón. Cada novela trae el suyo: ese aparato al que se le da un golpecito y suena la clave correcta para que toda la orquesta toque la sinfonía. Por ejemplo, para El Ruido de las Cosas al Caer, antes de comenzar a escribir yo leía La Vida Breve de Juan Carlos Onetti y, a veces, El Gran Gatsby de Fitzgerald. Por alguna razón muy misteriosa esas novelas me daban el tono, y entonces yo me sentaba a escribir la mía.Ahora le pregunto al columnista: ¿cómo está viendo la iniciativa de un proceso de negociación con las Farc?Creo que uno puede hacerse ilusiones con respecto a una entrega de las armas por parte de unas Farc, hoy no solo obsoletas, sino convertidas en grandes industrias criminales. Pero la paz, en el sentido de ausencia de violencia no es algo que vaya a pasar en Colombia. Es imposible por el elemento de desorden que implica el narcotráfico, al genera unos niveles de riqueza desproporcionados, que llevan a la corrupción y a la violencia. Para mí, mientras la droga no se legalice, en Colombia no habrá paz. Esa es una de las exploraciones subterráneas de mi novela. A la guerrilla y a los paramilitares como agentes del narcotráfico los reemplazarán otros grupos con los que se enfrentarán violentamente, como sucede en México, y estaremos condenados. Pero eso no quiere decir que no se deba seguir adelante.¿Cómo ve el interés en la modernización del estado del presidente Santos?Yo creo que con Santos se restauraron varias cosas que en los ocho años anteriores se habían perdido por completo. Una es la idea de un presidente como estadista. Después Santos tendrá éxitos o fracasos -ha habido ya algunas decepciones en su gobierno- pero el haber abandonado la idea de un presidente – caudillo, es bueno para el país. La palabra caudillo encierra una serie de conceptos y simbolismos que hermanan a Uribe con Chávez, lo cual es una paradoja de la política. Por otra parte, regresar a eso que Uribe despreció tanto: la diplomacia como manera de comunicarse con el mundo globalizado, dista mucho de la idea uribista de la diplomacia como simple materia prima para cambiar embajadas y notarías por votos, con la que aseguró su reelección. Esto, por supuesto, aparte de mi opinión sobre los retrocesos grandes en cultura democrática que tuvo la administración Uribe. ¿Cómo cuáles?Para mí, durante los ocho años de uribismo Colombia retrocedió en libertades individuales, en derechos civiles, en libertad religiosa. Un gobierno que había partido de la consigna contra la corrupción y la politiquería, se convirtió en el gobierno más politiquero y más corrupto de la historia reciente. Entonces, un cambio de página me parece absolutamente necesario y creo que, en conjunto, eso ha sido positivo.

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