La increíble historia de dos colombianos que renunciaron al 'sueño americano'

Noviembre 24, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Por Paola Guevara y Jorge Enrique Rojas

El hombre es, también, todo aquello a lo que renuncia. Bernardo y Elvia, una amorosa pareja de abuelos que llevan 43 años juntos, acaban de devolver la visa de residencia para los Estados Unidos. El trámite fue hecho en la sede de la embajada americana en Bogotá, sucedió hace apenas unas semanas y ese, para sorpresa de la gente que los seguía en la fila, fue para ellos un día feliz. La cónsul que los atendió, aún detrás de la placa de cristal que separa a funcionarios de solicitantes, sentada en uno de esos cubículos blindados donde las risas parecen prohibidas, los miró abriendo los ojos como platos: “¿Saben cuántas personas quieren eso que ustedes van a devolver?” Ante la reiteración de los esposos, la mujer rompió el protocolo, les pidió que le contaran sus razones, sonrió. Incluso se tomó una foto a su lado. Más allá de lo evidentemente insólito, Bernado y Elvia estaban realizando un acto que tan honesto consigo mismos, que seguramente merecía ser perpetuado por el flash de la cámara: desencantados de eso que llaman sueño americano, en tiempos donde tantos se van sin importar lo que queda atrás, una pareja de pensionados reclamaba su derecho a no ser otra cosa que simples y felices colombianos. ¿En qué consiste este acto de dignidad que algunos podrían llamar locura?I love you pues Bernardo y Elvia se conocieron el 15 de agosto de 1966. Ella paisa, él rolo. Ella de 21, él de 26. Ella una desparpajada estudiante universitaria, él un cachaquísimo ingeniero agrónomo, que daba clases en la Universidad Nacional de Medellín.El encuentro sucedió un día en que él fue a llevar un regalo de matrimonio que le habían encargado entregar para la hermana de Elvia. Entonces cuando ella, vestida de dama de honor, piel de porcelana, cabello recogido, abrió la puerta, el ingeniero -experto en probabilidades, claro- sintió que en vez de estar entregando un regalo era él quien recibía un presente. Mucho tiempo después vino saberse que el presentimiento había sido amor a primera vista.Mucho después, se intuye al escuchar la historia, porque Bernado, tan bogotano, tan correcto, fue a visitarla durante cinco meses sin si quiera guiñarle un ojo. Incluso las dos hermanas de Elvia atendían la visita junto a ella porque ninguna sabía realmente cuál era la que había flechado el corazón de ese galán de zapatos lustrados y camisas de cuello almidonado. Hasta que un día, después de un paseo familiar al que lo habían invitado, él se lo dijo de cerquita: ¿Elvia, puedo visitarte sólo a ti? Antes de llegar a la cita, el ingeniero le mandó un espléndido ramo de rosas rojas que le arqueaba la espalda al mensajero. Esa noche se hicieron novios. Y ocho meses después se casaron. El 2 de septiembre de 1967 fue la boda.Baby don’t goLos esposos vivieron en Perú y luego en Bogotá. Él hizo un doctorado en Agronomía, asesoró multinacionales, gobiernos extranjeros. Ella se graduó como comunicadora social, se especializó en ética y valores, fue profesora de maestros, escribió libros. En el medio de todo eso tuvieron cinco hijos: dos comunicadores, un administrador, una odontóloga y un psicólogo. Hoy la familia que empezaron los dos, tiene 21 miembros contando nueras, yernos y nietos. En Bogotá vivieron en Ciudad Modelia, un barrio tradicional, donde criaron a los hijos en una gran casa de 240 metros cuadrados con cinco cuartos y tres patios suficientes como para que los chicos corrieran sin riesgos, inventaran mundos sin fronteras. Y ahí crecieron y se enamoraron y empezaron a formar sus respectivas familias. Así que la casa, o su espíritu, de alguna manera siempre se mantuvo vivo. Hasta hace seis años cuando se casó el último de los hijos. Con el tiempo, la soledad, el eco en los pasillos, el mercado que se dañaba en la nevera, los hundió una depresión. Síndrome del nido vacío, diagnosticaron los expertos en duelo.“Habían pasado casi 38 años de pensar en plural y de repente sólo estábamos los dos. Terminar así en este espacio tan maravilloso se volvió silencio, soledad, lágrimas... Ahí estaban sus cuartos, sus escritorios, sus recuerdos... Entonces conversamos a solas con la casa y le pedimos permiso para abandonarla”.Bye byeAquellos días coincidieron con una noticia inesperada: el gobierno de los Estados Unidos les había concedido el visado de residentes en respuesta a una solicitud hecha diez años atrás por una hermana de Elvia que, desde Norteamérica, se preocupaba por las noticias siempre violentas del país. “Nos imaginaban bajo fuego aunque tuviéramos nuestros trabajos, los niños estudiando. No era necesario irnos, siempre preferimos enseñarles que ante las adversidades uno no sale corriendo. Nunca respondimos nada, incluso se nos olvidó. Hasta que llegó el sobre con la notificación”. Vendieron todo: la enorme casa, los carros, muebles, electrodomésticos. Eso, sumado a los ahorros de la vida y las pensiones, creyeron les daría holgura para radicarse cómodamente en Miami, rodeados de hermanos e hijos que ya vivían allá. El sueño americano tiene garras que no distinguen de edades.Ahora, cuando hablan del viaje de ida, el recuerdo es silencioso, sin turbulencias. En el difuso fragmento de la memoria que los acomoda en ese avión, compartiendo silla como dos aventureros que empezaban de nuevo, no aparecen muchas palabras. Quizás las manos agarradas en algún pasaje del vuelo. Alguna caricia comprensiva. Una mañana del diciembre de 2005 dejaron Colombia.Welcome to my countryLlegaron a la casa de una hija y la primera semana todo fue celebración. Hasta que volvieron a la normalidad las vidas frenéticas de cada cual, las llamadas cada vez más escasas. La primera alerta del sueño que se podía convertir en pesadilla vino cuando intentaron comprar un auto. Tenían el dinero pero el vendedor se les rió en la cara: “¿Colombianos comprando un carro en efectivo? Primero compren una licuadora, hagan historia crediticia y vuelvan cuando sean alguien en el sistema financiero americano”.Luego lo intentaron con un apartamento. Uno diminuto, de un solo cuarto, paredes huecas, en Kendal Lake, que les costaba US$150.000. Y después el drama de hallar un trabajo: a Bernardo le ofrecieron uno en el Miami Herald, pero repartiendo periódicos; a Elvia en la cadena JC Penny, doblando camisetas. Si su inglés hubiera sido mejor, le explicaron, habría podido aplicar para una responsabilidad mayor: seleccionar ropa por colores.Como no aceptaron los trabajos, poco a poco los gastos diarios fueron perforando el patrimonio familiar. Entonces el estrés hizo lo suyo: contagiados de ansiedad su salud empezó a fallar. Y descubrieron que todo podía ser aún más difícil: debían permanecer al menos 5 años en territorio estadounidense para, luego sí, acceder de lleno a los beneficios del sistema de seguridad social del Estado. Entonces volvieron a hacer cuentas: para recuperar el nivel de vida que tenían en Colombia tendrían que pasar 60 años. Se habla españolPasaron dos meses. Y lo que sucedió en ese tiempo fue un electrocardiograma emocional: pequeñísimas alegrías, esperanzas esfumadas, hondas nostalgias, tristezas recurrentes. El miedo de perderlo todo, y de perderlo a cambio de nada, los hizo volver. De haber insistido en quedarse, reflexionan hoy día, seguramente estarían en la quiebra: “La burbuja de los bienes raíces que depreció las propiedades un 70%, nos habría estallado en la cara. Ahí hubiera quedado el trabajo de toda nuestra vida”. Así que un día, así como se fueron, empacaron maletas, hicieron el anuncio, se despidieron, volvieron a tomarse de las manos mientras compartían silla en el vuelo de regreso.Bernado y Elvia viven ahora en un apartamento al norte de Bogotá que es justo para ellos. Porque su gran casa es una maleta: los esposos viajan por el mundo; van y vienen a países que siempre quisieron conocer, recorren ciudades con mapas, veranean en una finca a las afueras de la capital, que fue lo único que no vendieron antes del errado exilio.Bernardo y Elvia de nuevo tienen una patria. Los vecinos los conocen. Y los esposos son, otra vez, un ingeniero y una maestra. Dejaron de ser invisibles. De eso se trataba todo: de un asunto de dignidad. Por eso renunciaron a vivir en un país donde su vida podría extinguirse en medio de una pesadilla disfrazada de sueño. Los esposos cuentan todo por teléfono, en párrafos enviados a través de correos electrónicos. Allí es posible intuir su sonrisa. Grande, sin fronteras. Para ser felices, finalmente, nadie necesita de una visa.

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