Juntos, pero no revueltos

Octubre 17, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Meryt Montiel, Editora del Equipo de Domingo

Testimonios de parejas que, a pesar de amarse, prefieren no vivir bajo el mismo techo. Mes y medio bastó para que Claudia y Francisco concluyeran que lo mejor para su naciente relación amorosa era que cada quien viviera en su propio hábitat.

Mes y medio bastó para que Claudia y Francisco concluyeran que lo mejor para su naciente relación amorosa era que cada quien viviera en su propio hábitat. “Y así hemos pasado cuatro años riquísimos, respetándonos nuestros espacios. Generalmente nos turnamos: dos o tres noches en el apartamento de él, y dos o tres noches en el mío. Si él me dice que va a salir con sus amigos del colegio o de la universidad, esa noche duerme en su apartamento. Si yo me voy con mis amigas, ese día me quedo en mi apartamento”, cuenta la comerciante de 39 años.Para Claudia, uno de los aspectos que influyó para que la convivencia de los dos no funcionara fue el desorden de él, que a las tres semanas de vivir juntos ya dejaba su ropa tirada, lo que ocasionaba choques de parte y parte.Las salidas fueron otro punto de conflicto. Ella, confiesa, se volvió más posesiva. ¿A dónde vas? ¿Te demoras? ¿Vas a venir a almorzar?, eran las preguntas con las que lo bombardeaba frecuentemente. Además, “yo no podía dormir si no había llegado. En cambio, si está en su apartamento él puede llegar a la hora que quiera y yo puedo dormir plácidamente. La única condición es que no lleve mujeres a su apartamento”, advierte Claudia con voz firme. Francisco, de 36 años, no descarta que llegue el momento en que vivan bajo un mismo techo, “para bajar costos”, pero dice: “primero tenemos que quemar muchas etapas y madurar la relación”. Para él, sus espacios son muy importantes. Por eso comenta que no tiene problema de dejar su celular en la cama o el correo abierto, pues no tiene nada qué esconder, “pero que estén encima mío todo el día,no”. Por eso cree que los días que convivió con Claudia, en el apartamento de ella, se volvieron monótonos.Ahora, manifesta, estos cuatro años han sido perfectos. “La pasamos rico, salimos, bailamos, vamos a comer, nos preparamos la comida que queremos el día que queremos, hacemos nuestros cocteles, leemos, escuchamos música. Casi nunca peleamos y no nos hemos acostado en la misma cama estando bravos. Hay amor, armonía, libertad, respeto”.Muchas son las ventajas que los involucrados en las llamadas relación ‘tualla’ (tú aquí y yo allá) encuentran en su estilo de vida.Que lo diga el periodista y columnista Poncho Rentería, quien desde hace 18 años es “vecino con derechos” de su amada Lula Arango. Él vive en el piso 9 y ella en el piso 2 del mismo edificio de Bogotá, y sostienen que lo mejor de este tipo de relación es la “privacidad”.Así, comenta, “Lulita puede hablar horas y horas con su mamá sin que yo me irrite; tiene el espejo y el baño para ella sola, sin que nadie la interrumpa; puede hacer su meditación en su casa, donde tiene un jardín muy bonito, y yo tengo la libertad de invitar a los amigos que me dé la gana, cuando me da la gana”.“Conozco millonarios -agrega- que no pueden llevar a sus amigos a su apartamento porque a la mujer no le gusta. Chévere poder compartir con los amigos cuando uno quiere y poder burlarse de la austeridad y la pobreza de años atrás”.¿Modalidad que se extiende?Esta modalidad de relaciones, vaticina Poncho Rentería, se va a imponer, “porque la intensidad de algunos maridos y algunas mujeres es sofocante”.De acuerdo con la psicóloga Nelsy Bonilla, generalmente, este tipo de relación es asumida por personas con una convicción precisa de su proyecto de vida, con la madurez que les permite elegir una opción diferente a la socioculturalmente aceptada. Y muy autónomas.Advertencia: la relación ‘tualla’ no es para todo el mundo. La psicóloga Mabel Rojas, por ejemplo, considera que quienes la adoptan son personas que consciente o inconscientemente tienen miedo a un vínculo profundo. “Su concepto de amor y pareja está distorsionado pues ven la convivencia como algo castrante, relacionado con represión y pérdida de libertad”.Los hombres, explica Rojas, tienden a ser coquetos, muy sociales, pero detrás de esto esconden sus debilidades. “No quieren vivir con otra persona para no dejarse conocer íntimamente, porque en el fondo saben que tienen muchas cosas por resolver. Tienen miedo a ser rechazados porque tienen algunos hábitos que, para vivir en pareja, deben desvincular de su comportamiento, pero no están dispuestos a dar ese paso. Muchos no han resuelto un complejo edípico y siguen apegados a sus madres”.La mujer de este tipo de relaciones, agrega Rojas, es independiente, pero también autosuficiente, es la que hace alarde de no necesitar a un hombre que supuestamente esté ‘controlando’ su vida. Busca parejas con las que pueda corroborar su teoría: que todos los hombres son iguales y que, con ellos, es mejor de lejos.En este grupo de mujeres podría estar Martha Pazmina, que luego de cinco años con el médico Rodrigo Amaya no desea atender la propuesta de éste de vivir juntos, a pesar de que se aman y de que han adquirido bienes en común. Incluso, los hijos de ambos están de acuerdo con su relación. “Quizá quedé traumatizada de mis dos anteriores relaciones con hombres muy machistas que no querían que yo trabajara”, dice esta economista de 48 años.Ella teme perder su independencia, pues ya no se ve preguntando “¿será que puedo ir?” cuando deba atender reuniones relacionadas con su profesión. Tampoco se ve lavando ropa o respondiendo la pregunta ¿dónde está mi camisa blanca?“Con el papá de mis hijos fui una mujer de hogar. A pesar de que él me tenía empleada, niñera y todo, me pedía las cosas a mí. Todo lo tenía que recordar yo, hasta la comida tenía que servírsela yo. Hoy trabajo, soy independiente y tengo en mi casa quien me haga todo. Cuando voy donde mi pareja los fines de semana, si veo sus batas sucias se las lavo porque quiero, no por obligación, como era antes”.Apreciación similar tiene el docente universitario y consultor de empresas Diego Escobar, quien asegura tener una armoniosa relación con la administradora María Lucero Franco luego de 17 años y medio de vivir cada uno en ‘toldo’ aparte.Después de casarse por lo civil hace cuatro años, para evitar contratiempos jurídicos cuando alguno de los dos fallezca, decidieron seguir juntos, pero no revueltos. “Siempre fue así: ella en su casa con su hijo, y yo con mi hija. Cuando comenzamos eran niños, ahora son adultos. Decidimos que siguieran en el ambiente al que ya estaban acostumbrados. Nos parecía más traumático que yo fuera a la casa de ella a fungir como padre de un hijo que no es mío, cuando él tiene un papá que lo reconoce como tal. Y viceversa”.Por eso, antes de emprender esta aventura de ‘tú allá y yo acá’, y para evitar malos entendidos, lo mejor es explicitar los acuerdos, advierte Nelsy Bonilla. Por ejemplo, convenir si hay exclusividad sexual. Eso es mejor hablarlo abiertamente, y no suponerlo. “Lo que necesitamos es enriquecer la comunicación. La regla es saber de ti y que sepas de mí en todos los aspectos en que estamos involucrados como pareja”, manifiesta Bonilla, quien concluye: convivir bajo el mismo no es necesario en un matrimonio; comprometerse, sí.Rancho aparteLa relación de los escritores y filósofos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir fue tan abierta como polémica. “No nos juramos fidelidad, pero nos sabíamos el ser más importante para el otro”, decía la líder feminista. Y según contó el escritor Tomás Eloy Martínez en ‘La Nación’, de Argentina, esta pareja se permitía compartir el sexo y las pasiones intelectuales, contándose todo lo que les pasaba con otros amores. No había reclamos por celos. Por supuesto, vivían en casas separadas. Tenían prohibido mentir. “La sinceridad es algo a lo que no puedo renunciar”, anotaba Sartre.De qué se quejanEstas son algunas de las razones por las que parejas consultadas por El País prefieren no vivir juntos. ”Los hombres jodemos desde por la mañana” (Poncho Rentería).”Los asuntos cotidianos terminan doblegando las cosas lindas de la relación. Cuando el diálogo está mediado por la plata, el pago de los servicios, de la empleada doméstica, del mantenimiento de la casa, de los aparatos y otros aspectos, éstos terminan ocupando los espacios de la pareja”. (Diego Escobar).”Llega el malgenio porque se te aumentan los oficios y ves que tu compañero no colabora como antes o como cree uno que debe colaborar”. (Claudia).”Lo mejor es tener su propio espacio, acomodarlo a su gusto personal. Cuando se vive en pareja prima el de uno de los dos”. (Francisco).“Así como te enamoras de detalles hay detalles que desenamoran y tienes que conocer cuáles eres capaz de soportar. Hay parejas que a los seis meses de casados ya están cansados de la forma en que su pareja asume situciones de la vida diaria como comer, dormir, limpiar, desordenar... Por eso uno no puede tener afán a la hora de vivir juntos”. (Francisco)."Al convivir cotidianamente, generalmente la otra persona le cuestiona a uno sus gastos. En este tipo de relación, cada uno maneja su propia economía. Con mi sueldo tengo toda la autonomía para gastar mi dinero en mí o en cosas para ambos, pero estas decisiones no se cuestionan. Ella gana su dinero, hace con él lo que quiera y nos ayudamos cuando hay una emergencia”. (Diego Escobar).

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