Juan Manuel Santos, gerente de precisión quirúrgica

Junio 20, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas, editor Unidad de Crónicas y Reportajes

Conozca algunas intimidades del candidato presidencial por el Partido de la U.

La anécdota es contundente y ocurrió hace casi veinte años. La sabe uno de sus ex asistentes en la subdirección de El Tiempo: una veterana empleada que trabajaba sirviendo tintos llegó hasta la oficina de Juan Manuel Santos, a pedirle trabajo para su hija. En el periódico no había vacantes. Santos le dijo, sin embargo, que apenas resultara una plaza la chica sería la primera opcionada. Días después ocurrió un accidente en la avenida El Dorado. Otra empleada murió atropellada intentando llegar al diario. Cuando le contaron a Santos, lo primero que dijo fue: “¡Ahí está el puesto para la muchacha!”. Su antiguo colaborador cree que lejos de ser una reacción deshumanizada, lo que refleja es la precisión gerencial con que funciona la cabeza del hoy candidato.Su mente es así. Hay otra anécdota que sirve de radiografía. La cuenta Germán Santamaría, su amigo. Sucedió en una mesa de póker. Juan Manuel se jugó con su hermano Enrique la disposición del dinero correspondiente al premio de periodismo Rey de España que consiguieron en conjunto. Cuando terminó la partida y él fue el ganador, se levantó de la mesa y le llevó toda la plata a Mónica, la empleada de su casa. Ella necesitaba una casa.Le va bien con los números. Demasiado, dice el periodista Fernando Barrero, que trabajó en el área económica de El Tiempo. El reportero recuerda que a veces lo buscaba para hacerle alguna consulta y Santos, personalmente o por teléfono, terminaba dictándole la nota. “Tiene la economía del país en la cabeza”.Jaime González Parra, un veterano corrector de estilo que trabajó cincuenta años en la casa editorial y vio correr al joven ‘Mamel’ por los pasillos del diario familiar, lo define como un “escritor de noble estilo”. El hombre, ya un jubilado, asegura que es poseedor de una permanente vocación de aprendiz. Tanto así, que siendo subdirector del periódico, a veces se sentaba a su lado para que le explicara la razón de algunos cambios gramaticales. El corrector ya no lo recuerda, pero en esa época Santos era un empedernido fumador y bebedor de tinto. Su oficina tenía una entrada que le evitaba atravesar la redacción. Pero en las tardes era común verlo caminando por ahí, conversando con sus primos. A veces participaba en los corrillos periodísticos de los editores. Y lo escuchaban reir. Y contar chistes. Dicen que es trabajador incansable. Y que es normal que en ocasiones, por estar ocupado, no duerma. Entonces puede empatar una jornada con otra. Sólo manda a traer algo para cambiarse y sigue. Sus asistentes deben saber con exactitud la talla de su ropa. Le gusta vestir bien, estar elegante. Las camisas que usa llevan bordadas sus iniciales en el bolsillo izquierdo. Cuando vivió en Londres le gustaba comprarlas en el exclusivo sector de Jermyn Street. Usa una loción italiana. Le encantan las corbatas y no sabe cuántas tiene. Utiliza de pepas, de rayas, de un sólo fondo, no tanto de animales. Su hija María Antonia a veces se las compra en Arturo Calle. Prefiere los zapatos de amarrar y de vez en cuando compra un par cuando está de viaje. Siempre lleva pañuelo y nunca anda sin correa. Es zurdo.Muere por el brownie de chocolate. Pero también por la arepa e’ huevo. El gusto le quedó desde que fue cadete de la Armada. Siente devoción por las Fuerzas Militares. Hace poco, cuando su hijo Esteban le dijo que quería irse al Ejército, al ex ministro se le iluminaron los ojos.Son verdes, pero pueden verse azules, a ratos grises dependiendo de la luz. ‘Tutina’, su esposa, asegura que eso, los ojos, fue lo primero que le vio. Se conocieron en un almuerzo y ella quedó flechada con su mirada y su inteligencia. Pero también le gustan sus brazos “y todo de él”. Santos le ha dedicado decenas de veces Oye Bonita, el vallenato, pero aún no le lleva serenata.Hace ejercicio con la disciplina de un soldado. También juega golf. Le gusta el fútbol, pero no jugarlo. Es más, es el único de los hermanos y primos Santos, que no participaba en los campeonatos internos que organizaban en la cancha de El Tiempo. Edmer Tovar, editor de la redacción Económica y del diario Portafolio, no se acuerda de haberlo visto allí pateando un balón. A las fiestas de fin de año de los empleados sí iba. No era el último en irse, pero nunca faltaba. Colecciona las caricaturas que le hacen. De hecho lo primero que se ve al salir de su cuarto, en su apartamento de Rosales, al norte de Bogotá, es una Aleyda gigante hecha por Vladdo, que él compró en un acto benéfico de la Fundación Matamoros. El gesto no sirvió para amistarlo con el mordaz dibujante. Usó la barba durante varios años pero una vez, en un paseo familiar a su finca de Anapoima, se afeitó sin consultárselo a nadie. Ante la sorpresa, explicó el cambio argumentando que ningún presidente de Colombia había sido elegido con barba. De pronto fue un descuido o un olvido, quién sabe, pero Rafael Núñez y Marco Fidel Suárez llegaron a la Presidencia sin tener que quitarse un solo pelo de la cara.

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