Juan Gustavo Cobo Borda, de lector impenitente a protagonista de película

Juan Gustavo Cobo Borda, de lector impenitente a protagonista de película

Abril 01, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal
Juan Gustavo Cobo Borda, de lector impenitente a protagonista de película

El poeta y periodista Juan Gustavo Cobo Borda asegura que "hay una especie de proclividad hacia todo lo que tiene que ver con la violencia, incluso en la sexualidad: si no se llega hasta la muerte, no se culmina".

El poeta y periodista Juan Gustavo Cobo Borda, ahora protagonista de un documental sobre su valiosa biblioteca, habla de su faceta de cinéfilo y del centenario de Carranza.

Glosando a su Musa, “Lector impenitente” debería ser el epitafio (y el día esté lejano) para Juan Gustavo Cobo Borda, quien no solo ha leído a lo largo de su vocación de bibliófilo y bibliógrafo (los devora literalmente) miles de libros, sino que ha publicado cientos de ellos.Impávido autor, el péndulo amenazante del libro virtual sobre su legendaria biblioteca impresa no lo inmuta: él sigue publicando: ‘Breviario Arbitrario de Poesía Colombiana’, ‘Historia de la Crítica de Cine’, ‘Poesía Reunida’.Cobo celebra también por estos días el documental que sobre su legendaria biblioteca filmó Roberto Triana y se dispone a conmemorar, a fondo, con campanillas, el centenario de Eduardo Carranza, quizá el mejor poeta colombiano. Nada mejor para este Domingo de Gloria que sus reflexiones sobre la poesía.¿De dónde proviene su fascinación por Groucho Marx?El cine me ha encantado desde sus orígenes. Recuerdo la primera exhibición en la Cinemateca Distrital con películas de actores como Buster Keaton y Harold Lloyd, que me marcaron para siempre. Asistía gozosamente a las de los hermanos Marx, con Groucho a la cabeza, que tenían una actitud impávida y absolutamente descarada que iba derrumbando convenciones y estereotipos. Groucho tiene frases fulgurantes de gran humor y desfachatez: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. “Nunca pertenecería a un club que admite a gente como yo”. ¿También ha hecho crítica de cine?Sí, recientemente, con el gran profesor de la Universidad del Valle, Ramiro Arbeláez, que hacía parte en Cali del grupo de Luis Ospina, Carlos Mayolo y Andrés Caicedo, y que participó en todos los cineclubes, hicimos un libro sobre La crítica de cine en Colombia para celebrar los 13 años de Pro Imágenes. Descubrimos que, sin excepción, todos los autores colombianos habían escrito sobre cine: Hernando Téllez, Hernando Valencia Goelkel, Clímaco Soto Borda, Tomás Carrasquilla, Guillermo Valencia, Luis Tejada, Germán Arciniegas, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Caballero Calderón y muchos otros. ¿Cuál es la importancia del cine en un país como el nuestro?No se puede eludir el cine. En este libro rescatamos muchos de esos textos de crítica y llegamos a una idea que nos pareció muy fecunda y es que la única forma de cultura popular colombiana en la modernidad, a la cual tuvo acceso toda la gente, fue el cine. Y descubrí con alborozo que Clímaco Soto Borda –quizás pariente mío–, de la Gruta Simbólica, hizo la crónica sobre la primera presentación de cine en Bogotá, el 4 de septiembre de 1897, en un periódico que se llamaba El Rayo X, cuyo colofón es glorioso: “Y ya se notó el pésimo comportamiento del público, su falta de modales, el escándalo, la molestadera”.¿Cuáles fueron las primeras películas?Se basaron en dos narradores: Jorge Isaacs, con María, y el inolvidable y adorado José María Vargas Vila, con Aura o Las Violetas. La nota de Guillermo Valencia sobre María dice: “Para los espectadores que no hayan leído el libro de Isaacs, la obra tendrá el atractivo de los bellísimos paisajes del Cauca, admirablemente escogidos, y la reproducción de las costumbres de ese pueblo noble, valiente y laborioso”. Es un mundo fascinante porque muchos de los que iban terminarían tratando de hacer cine. La primera generación es la de Gabo, Guillermo Angulo, Pacho Norden y Roberto Triana, que se fueron a París y a Roma, porque lo único que querían era aprender a hacer cine. Carlos Fuentes me contaba hace años que con Gabo habían tratado de hacer guiones, pero que habían fracasado.Ellos trabajaban con los hermanos Barbachano en sus estudios El Castillo de Drácula. Gabo y Fuentes se sentaban horas a escribir El Gallo de Oro, discutiendo enconadamente qué adjetivos usar, a pesar de que no saldrían en la película (risas). La anécdota simpática es que un día Gabo le dijo: “Fuentacho: ¿ayudamos a que crezca el cine mejicano o escribimos nuestras novelas?”. Caliwood fue una experiencia maravillosa en torno al cine. ¿Fue Andrés Caicedo un buen crítico de cine?Andrés hizo una revista, Ojo al Cine, que creó la pasión por el séptimo arte en Cali, precisamente con Ramiro Arbeláez y otros cineastas. Más que apasionado, él estaba completamente obsedido por el cine y su vida se iba convirtiendo en las películas que iba viendo. Caicedo vivía, a fondo, con un morbo delectable (las películas), y quería saber qué había detrás de cada una. ¿El caso de Hitchcock?Por ejemplo. Los de la Nouvelle Vague francesa escribieron un libro sobre directores de cine, y en 1962 François Trufautt hizo una entrevista de 50 horas y 500 preguntas con Hitchcock para un libro con el que modificó la opinión que sobre ese director tenían los críticos americanos que, en un principio, lo miraban con reserva, tal vez por su fama de neurótico. El suspenso inventado por Hitchcok se desenvuelve en lo que podríamos llamar un medio poético porque su finalidad es conmover. ¿Por qué le gustan tanto las películas de los hermanos Coen, algunas de ellas fetiche de sangre y violencia?Los Hermanos Coen ganaron un Óscar a mejor guión por Fargo, y tienen magníficas películas como El Gran Lebowsky y otras con gran influencia del cine negro. Ellos crean una confusión espléndida en los argumentos y saben combinar magistralmente el humor seco, la ironía y las situaciones violentas, pero son sumamente ingeniosos y sutiles. Hay, desde luego, un lenguaje exagerado y escenas extremas.¿Qué significa la inclinación del público por lo retorcido, lo cruel, lo violento?No lo sé muy bien, pero es evidente que hay una especie de proclividad hacia todo lo relacionado con la violencia, incluso en la sexualidad: si no se llega hasta la muerte, no se culmina. Pienso que se da como razón de ser del exceso, y me parece que todo proviene de una suerte de hastío de las cosas, en que todo se vuelve rutinario y entonces hay que buscar nuevas formas. Roberto Triana acaba de terminar una película sobre su vida y su mítica biblioteca de 26 volúmenes...Roberto es un gran cineasta que tuvo en Roma entre sus mentores a Fellini y Antonioni, los genios del ‘Nuevo Cine Italiano’. Trabajó como extra en ‘Y la nave va’, de Fellini, y estudió en un grupo donde había genios como Pasolini y Bertolucci. Cuando regresó a Colombia se dedicó a realizar documentales sobre artistas que él considera relevantes. La documentación gráfica de esas vidas son parte de su gran legado. Mi documental es un poco el juego entre la palabra y el libro. La suya es una biblioteca espléndida, atesorada con mimo toda la vida, la amenaza del triunfo del libro virtual sobre el impreso, ¿no es una tragedia?Bueno, esta biblioteca va a ser para mi hija Paloma, que lee más que yo. Uno sigue haciendo libros, y por eso me encantó haber hecho el último, para Taurus: ‘Breviario arbitrario de literatura colombiana’. Son pequeños ensayos sobre 60 libros claves en la literatura del país, comenzando por ‘El Carnero’ hasta llegar a Ricardo Silva y Mario Mendoza. ¿La palabrita ‘arbitrario’ lo protege de las consabidas y feroces críticas de los excluidos?Claro (risas). Por eso está dicho desde el título. Es una especie de memoria sobre estos autores, porque algo terrible es la dimensión del olvido sobre tanta gente que tuvo un gran fervor por las letras y de quienes luego no queda nada, ni un recuerdo. Hay una gran fugacidad en los triunfos literarios. Conoció a Günter Grass, el escritor alemán que me intriga. ¿Qué pensar de la polémica en torno a las revelaciones de su libro ‘Pelando la cebolla’ sobre su pasado nazi?En alguno de mis ensayos lo he llamado “el niño que tuvo miedo”. En ese libro quedó fijado el hecho incontrovertible y aceptado de haber formado parte, a los 15 ó 16 años, de las S.S. que perpetraron el exterminio de millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, cosa que él no se perdonará hasta el último día de su vida. Sus lectores debemos esforzarnos para intentar comprenderlo. La elegía que escribe a la muerte de su madre es también por su propio país. Óscar, enano de ‘El tambor de hojalata’, es él mismo, y alguien mejor que él, pues perdura más allá de dolores, infamias, culpas y alegrías. En mi ensayo sobre él digo que es Alemania misma, lanzando su terrible grito.Pronto se cumplirá el centenario del nacimiento del poeta Eduardo Carranza y los diez años de la muerte de su hija María Mercedes. Álvaro Mutis, su exalumno en el Colegio del Rosario, me contó un día: “En Eduardo tuvimos a un iluminado que entraba a clase con esa cosa gallarda que tenía, de llanero, de hombre del aire libre, y empezaba a recitar a Antonio Machado, a San Juan de la Cruz, a Góngora. Él transmitía auténtica devoción por la palabra, a través de la fiebre y la eficacia de su verbo”. ¿Cómo evocar hoy a Carranza?Su primera poesía era basada en los juegos de palabras, en la musicalidad, en los jazmines, en los ángeles, en la música, en los azules. Fue muy conmovedora su figura porque él siempre oscilaba entre su vocación lírica y sus ansias políticas. Resulta paradójico que él, que tuvo cargos diplomáticos en Chile y España representando gobiernos liberales, fuera siempre un hombre de derechas. Pero lo que importa ahora cuando uno lee su biografía a través de su poesía es que Eduardo empieza con versos muy líricos, con juegos de palabras y de seducción, y llega luego a un momento culminante con los más bellos sonetos.Viene después el momento más dramático, cuando siente que está envejeciendo, y regresa a Jorge Manrique, a Quevedo, y hace grandes poemas como Epístola Mortal y Galope Súbito. Es el amor que va a la muerte y al mar en el lomo de un potro, con lo cual vuelve a ser llanero. La gran época de su poesía fue la última, cuando escribió Hablar soñando y Otras alucinaciones.***Carranza amaba a Cali a donde fue en varias oportunidades y donde se enamoró de Teresa Holguín, una hermosa caleña a quien escribió uno de sus más bellos poemas: Soneto a Teresa. Se me ocurre que en Cali podían rendirle también un homenaje y, a propósito, recuerdo, para finalizar, lo que me dijo el poeta hace ya muchos años:“Teresa Holguín es un ser concreto que pasó por mi poesía. Era una niña cuando cruzó por mi vida como una ráfaga de belleza, de gracia, de ilusión, de ensueño y de ternura, para luego convertirse en nostalgia y amorosa melancolía”.

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