Historia de un desmovilizado que pasó del monte a la nieve en Suiza

Historia de un desmovilizado que pasó del monte a la nieve en Suiza

Junio 15, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera | Reportera de El País
Historia de un desmovilizado que pasó del monte a la nieve en Suiza

Aníbal disfrutó su viaje por Basilea, Berna, Lucerna y Zurich, entre otras ciudades suizas, gracias a la invitación de la fundación Club Kiwanis que apoya a la comunidad salesiana en Colombia. Aquí posa frente a los Alpes, en la localidad de Gorrner Grat.

Aníbal tenía 12 años cuando fue reclutado por la guerrilla de las Farc. Hoy es un joven de 19 años que la comunidad salesiana muestra como ejemplo de reinserción a la vida social.

Es pequeño y frágil, como un niño. Su mirada conserva la inocencia de una niñez no vivida. La expresión de su rostro irradia paz y una calma, propias de una infancia que quedó detenida a sus 12 años, cuando fue reclutado por la guerrilla de las Farc.Nada delata que ya vivió el fragor de la guerra. Sus gestos, sus palabras, tampoco dicen que su niñez estuvo marcada por su padre, un agricultor de Aguasfrías, Tolima, que maltrataba a sus cuatro hijos.A él llegó a amenazarlo con matarlo. Entonces su madre habló con guerrilleros de las Farc para que se llevaran al pequeño. Creía que así Aníbal podría estar a salvo. Los guerrilleros le prometieron que podía venir a ver a su mamá, si quería, y hasta estudiar. “Allá no le va a faltar nada, nadie lo va a maltratar”, le dijo el que lo reclutó. Y si no le gustaba, se podría devolver. Él, que apenas había ido cuatro años a la escuela, lo vio “como una solución a mi vida”, recuerda. Pero fue diferente: “Usted ya pertenece a las Farc, ya le ha acarreado gastos a la organización y debe quedarse”, le dijo el comandante de la columna Daniel Aldana, del comando conjunto central de las Farc.Como niño campesino, Aníbal sabía qué era madrugar, pero nunca a las 3:00 a.m. para hacer duros entrenamientos. Ni para que a las 4:00 a.m. lo metieran al agua helada del río hasta salir encalambrado. Se había embarrado, pero nunca arrastrándose bajo alambradas de púa. Había pasado hambre, pero ahora le servían la comida hirviendo, seguida de una contraorden: llevar el plato lavado de inmediato. Solo alcanzaba a probar, a botar la comida y a obedecer. “O nos daban comida hasta quedar muy llenos y después nos echaban a rodar por el monte, dando vueltas, entonces uno vomita, devuelve todo... era parte del entrenamiento”, recuerda el joven, hoy de 19 años, recién llegado de un viaje a Suiza. El Club Kiwanis de ese país lo premió por ser una víctima que culminó con éxito su reinserción a la vida social y laboral. Su historia de alumno ejemplar les fue referida por el padre Germán Londoño, director del Centro de Capacitación Don Bosco, entidad de la comunidad salesiana en Cali –donde Aníbal estudió– y que recibe apoyo de los Kiwanis suizos por sus proyectos en favor de jóvenes vulnerables. Decir que su vida en la guerrilla fue difícil es un pleonasmo. Caminatas nocturnas lo llevaron a Planadas, Herrera, Gaitania y Bilbao (Tolima), Aipecitos (Huila), Santo Domingo (Cauca) jugando a ser un combatiente fuerte. Pero su hermana Soraya llegó con una intención tan infantil como la suya cuando creyó en las Farc: rescatarlo de ese infierno.Sin embargo, los comandantes los separaron de compañía. A los ocho meses ya tenía rutina de guerrillero raso: formación a las 4:30 a.m., hacer exploraciones, descubiertos (rondar el campamento). avanzadas, prestar guardia, sembrar minas y ver cosas que conmueven al más adulto. Una vez, buscando a un supuesto soldado camuflado de civil, capturaron a dos jóvenes. “Uno estuvo de buenas porque sus papás fueron a reclamarlo”, dice. “Pero el otro no, a ese no lo reclamó nadie y lo ...” Aníbal prefiere no pronunciar esa palabra. En tres años vio fusilar a muchos menores que intentaban escapar o “por insubordinación al jefe”. De los 70 hombres de la Daniel Aldana, 15 no lo eran: eran menores de edad, reclutados como él, por publicidad engañosa, reflexiona ahora que conoce un país europeo donde “todo es bonito, como turístico, todo es perfecto”.Así vio morir a un joven que quería huir con Soraya. A él se le escapó un disparo, los amarraron acusados de que esa era información (de ubicación) para el Ejército. “A ella le hicieron sicología (amenazas, castigos) y confesó el plan de fuga. Le perdonaron la vida por el buen comportamiento mío, pero al muchacho no”.La estrategia de Aníbal fue obedecer. La vida allí era dura, pero rebelándose era peor. Así ganó confianza. Hasta le dieron el radio de comunicaciones y lo mandaron a hacer el curso de radista. Eso significa casi ser el guardia del jefe del comando central, alias Jerónimo, que maneja todos los frentes y reporta al Secretariado.Aprendió con Daniel alias El Zorro –abatido con alias Alfonso Cano– y con Andrea, alias La India. Esta destreza en comunicaciones lo convirtió en hombre de confianza de alias Jerónimo. Uno de los capítulos más difíciles fue recibir el plan para emboscar unos soldados en Herrera. “Allí decía cuántos guerrilleros iban a participar, con qué material los iban a atacar, todo... fue muy tenaz quedarse callado”. Mientras Aníbal hacía méritos para salvar su vida en las montañas de Colombia, recibía quejas de su hermana: que se portaba mal, no hacía caso, conseguía novios y eso era malo para la organización...“Hablé con ella, pero no me creyó. Le aconsejé desertar, pero le daba miedo, nos podían matar a los dos”, dice. En parte tenía razón. Al radista lo cuidan como a un comandante: es el primero en saber todo, y si se fuga, se lleva la información. Así supo que a Soraya ya la habían reportado al Secretariado para ir a consejo de guerra. Él le insistió que desertara. “Yo me voy si se va usted”, fue su última palabra. Aníbal estaba en otra encrucijada. Como cuando su padre lo amenazó. Con el novio de Soraya, quien se unió al plan de fuga, escaparon por un potrero bajo un aguacero. Corrieron toda la noche como si los persiguieran. Su hermana rodó por un hueco y comenzó a cojear. Llegaron a un resguardo indígena paez, solo con el camuflado empapado y mucha hambre. Caminaron y anocheció de nuevo.Escamparon bajo los árboles. “Cuando despertamos, el susto fue peor que cuando huimos: nos quedamos dormidos a la orilla del camino y ya se veía clarito todo”, ríe hoy. Se escondieron hasta que anocheció otra vez. Soraya comenzó a llorar y a lamentarse por la fuga. Se desesperó tanto que quería regresar al campamento.El novio la cargó al hombro hasta una casa de “un amigo de la guerrilla”. “Como no traíamos fusil, sino dos pistolas, le dijimos que estábamos en una ‘misión de inteligencia’, nos trataron bien: nos dieron ropa, comida, posada. Yo ya tenía 15 años, pero la ropa me quedó grande, pero de civil anduvimos más tranquilos”, recuerda.Pasaron más días. “El 19 de diciembre ya oímos música de fiestas y nos daban ganas de celebrar, pero no nos atrevimos”, recuerda. Buscaban al Ejército o la Policía para entregarse, pero se chocaron con un miliciano. “A mí me temblaban las piernas, pero caminé para disimular. Repetimos lo de la misión para el comandante y casi me voy de espaldas cuando nos dijo: ‘Ah sí, él está a dos casas de aqu풔.Fue volver a empezar de cero. Eran las 2:00 de la tarde y dice que solo dejaron de caminar a las 10:00 de la mañana del otro día. Solo entonces, escucharon ruidos de carros. Estaban cerca a Ataco, su pueblo.Su aspiración era quedarse en el campo. La guerrilla les dice que la desmovilización es una farsa y que los meten a la cárcel. Pero Soraya se fue a recuperar de su herida donde Ana, otra hermana. Y paradojas de la vida, era novia de un cabo del Ejército, que, enterado del asunto, se encargó de coordinar la entrega. Mientras, “con hambre y sin dinero, fuimos donde un ganadero que yo sabía que colabora con la guerrilla con información para lo de las extorsiones; nos dio $200.000”, dice.Llamaron a Soraya, quien les dijo que la Policía los iba a llamar y les garantizó “que no nos iba a pasar nada”. La cita se pactó en la iglesia del pueblo. Y al llegar, el Ejército salía. Aníbal volvió a temblar. Si los detenían antes de formalizar la desmovilización, irían a la cárcel.Pero la Policía llegó y los saludó: “Bienvenidos a la libertad”. Los llevaron a Ibagué, los hospedaron en un hotel y al otro día los recogieron. Aníbal debió esperar ocho días en un centro de rehabilitación con jóvenes viciosos y pandilleros que lo dejaron con lo que llevaba puesto. Hasta que hubo cupo en un Centro Transitorio, en Cali, donde los menores desmovilizados empiezan su proceso de reinserción a la sociedad. Tuvo la tentación de huir creyendo que lo habían engañado, como decía la guerrilla. Pero los policías lo visitaban a diario, le llevaban frutas y recobraba la fe. En Suiza, esta víctima del reclutamiento de menores por las Farc compartió su experiencia allí: si la mala alimentación es el pan de cada día, habló de las 72 horas que comió solo galleta y agua de azúcar. De las niñas reclutadas, a las que no les dan dónde dormir y el comandante les dice: ‘venga, duerma aquí’ para abusar de ellas, son los primeros que lo hacen”.Rodeado de nieve, recordó los consejos de guerra, abortos y fusilamientos de las embarazadas. Bueno, si es de guerrillero raso. Si es de un comandante, la mandan a su casa para que lo tenga allá. La muerte, siempre latente, la sintió cerca un día mientras sembraba minas. Su compañero fue herido en el pie por una ráfaga de fusil y sin saber nadar, se lanzaron a un río crecido. “No nos ahogamos porque quedamos atrapados entre troncos y ramas de árboles en la corriente”, dijo. En los Alpes suizos, Aníbal conoció personas distintas “a esas otras con las que no comparto, tanta gente equivocada, que tienen un pensamiento que no es de ser humano”. Quizás se refiere a comandantes como Erick, de la columna Manuela Sáenz; a alias El Chivo, ya capturado; a alias El Pollo, abatido en Huila; a Marlon, el Cucho Berón, Dayro, alias El Toro, que tiene una hija con una civil...Sí, porque también vio que las familias de los jefes viven en la ciudad. “Le conocí unas hermanas y una hija a un comandante que viven en Bogotá, tienen cosas finas, se ve que viven bien, es gente delicada...”, dice con sencillez Aníbal.En las montañas suizas, dejó enterrado su pasado en las montañas de Colombia. “Ellos (las Farc) aprovechan que uno es inocente para hacerlo equivocar porque uno no ha desarrollado el pensamiento ni conoce el mundo”, testimonió este joven, pequeño y frágil, que logró huir del infierno y volverse el reinsertado ejemplar.

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