Gossaín: vientos renovadores

Gossaín: vientos renovadores

Julio 04, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Meryt Montiel Lugo, editora equipo de Domingo
Gossaín: vientos renovadores

Juan Gossaín, decano del periodismo radial en Colombia, se dedicará a darle rienda suelta a su pasión por la literatura. Sus amigos rememoran, entre risas, su fantástico anecdotario.

Buen viento y buena marDesde la enorme terraza con apartamento como él mismo describe su lugar de residencia en el moderno sector de Bocagrande, en Cartagena, don Juan Gossaín Abdala se extasía contemplando ese mar Caribe protagonista de algunas de sus obras literarias; ese que tanto añoró en la fría Bogotá, la ciudad que lo acogió por 40 años y en la que se convirtió, a pesar de su voz de parlante viejo, en uno de los decanos del periodismo radial en Colombia.Hoy, a los 60 años, se la pasa descansando, disfrutando el mar en toda su extensión, asegura su amigo, el periodista Javier Ayala. Desde su apartamento contempla la bahía y cuando se aburre se va en su pequeño yate a navegar. Vive muy bien y merece vivir muy bien después de tanta lucha, apunta su colega vallecaucano y compañero desde sus épocas de cronista en El Espectador, por allá en los años 70. Luego de su renuncia como director de noticias de RCN radio el pasado miércoles, el hijo de San Bernardo del Viento, Córdoba, se dedicará a liberar al gran literato extraviado en el ajetreo periodístico, eso sí, sin renunciar del todo al oficio que lo hizo famoso, pues dictará talleres en la escuela de altos estudios periodísticos que fundaron en La Heroica su esposa guajira Margot Ricci y su hija Isabella Gossaín.En Cartagena, a donde está de vuelta desde hace algunos años por recomendación médica y porque añoraba la ciudad donde pasó sus años juveniles como interno en el Colegio La Esperanza y en el que tuvo al padre Rafael García Herreros como profesor, no es raro verlo saludar con calidez a los vendedores ambulantes. O como dice él, “hablando paja” con amigos en un pequeño restaurante en la Calle San Martín, mientras disfrutan de un postre.A estos amigos, que se reúnen una vez por semana, se les conoce como el Grupo de la Dulcería y allí no se habla de de política, libros o periodismo. Sólo son, como reveló a Jet Set en 2007, protagonistas los cuentos de la ciudad, los chismes y los recuerdos gratos.Desde la neveraY recuerdos gratos, otros no tanto, y grandes enseñanzas, son los que deja don Juan Gossaín entre amigos y subalternos.Francisco Tulande, hoy director de noticias de Colmundo Radio y quien trabajó con Gossaín durante 20 años, lo describe ante todo, como un hombre sensible, muy humano. Severo y muy estricto.Decía, rememora Tulande, que él había triunfado en la capital por dos razones: por ser el único costeño capaz de levantarse a las 5:00 a.m. en una nevera como Bogotá y porque sabía combinar muy bien el 5% de talento que tenía con un 95% de trabajo. Esa era la manera de decirle a uno que siempre hay que trabajar muchísimo para tener éxito en la vida, reflexiona Tulande.Al ‘Iguano’, como lo llamaban en el colegio, quizá por su enorme cabeza o por ser tan narizón, como especula Gustavo Tatis, periodista cultural en Cartagena, Ayala le destaca su gran habilidad y sensibilidad para la crónica. Así empezó en El Espectador, a donde fue llamado por don Guillermo Cano y José Salgar luego de notar su talento en esas cartas que escribía sobre sucesos muy singulares que acontecían en su tierra natal. La primera que le fue publicada fue sobre el arribo de unas grandes cajas a su pueblo. Diccionario en mano, tradujo los libros que traían y descubrió que el contenido era un completo hospital donado por el gobierno inglés. Desde su llegada se destacó, cuenta Ayala. El primer día de trabajo arrancó con crónica en primera página. Luego los jefes le encargaron hacer la llamada crónica del día. Él se le medía a todo: el tema podía ser político, cultural, social, artístico. Allí estuvo hasta mediados del 70, cuando nos echaron al asfalto a él, a Isaías González y a mí porque firmamos una carta en solidaridad con Fidel Castro.Pasó entonces por El Heraldo y Cromos. Precisamente, en este medio, competía por las seis primeras páginas de la revista con el caleño Henry Holguín, que en su afán por salirle avante escribió la archifamosa historia de ‘La Machaca’, sobre un insecto en Caquetá que si picaba a una persona, ésta debía hacer el amor las primeras 24 horas luego de la picadura o sino se moría.‘La Machaca’ fue una mentira, recordó Holguín a El País en 2005, porque, dijo, él tenía una competencia desleal. “Juan es un terrible mentiroso, escribía unas cosas bellísimas y creíbles, que es lo peor, sin moverse de su escritorio. Yo tenía que superarlo y me inventé ‘La Machaca’, mentira de la cual llevo arrepintiéndome 33 años”.¿Quién miente? Dios lo sabrá. Lo cierto es que amigos como Ayala aseguran que don Juan, ante todo, es un periodista honrado, que nunca dice una mentira, por eso tiene credibilidad, como lo certifican tantos años en los primeros lugares.En blanco y negroDe cronista y reportero de prensa, Juan Gossaín pasó a la radio, medio al que le puso sabor, según su colega Francisco Tulande.Con esa capacidad narrativa de gran cronista cargada de coloridas descripciones, descubriendo personajes anónimos y sucesos y problemas de la gran ciudad, sin dejar de lado la nostalgia y recuerdos de su San Bernardo del Viento, se ganó un lugar estacado en Caracol radio y luego en Radio Cadena Nacional, RCN. De acuerdo con Tulande, él fue pionero en hacer buena radio en Colombia. A transmisiones como la tragedia de Armero, la toma del Palacio de Justicia, las elecciones en otros países le puso su sello.Descentralizó la radio, trabajó con un alto sentido de responsabilidad social. Con iniciativas como El Tren de la Esperanza (un recorrido por tren de Medellín a Santa Marta) o El Camino del Café, recogiendo historias alrededor del grano; el rescate del Festival vallenato, él, agrega Tulande, dimensionaba las cosas pequeñas que le interesaban a los colombianos. Y le daba rostro a las necesidades de la gente. Detrás de esa brillantez profesional se escondía un hombre de excelente corazón, que hacía obras sociales que muchas veces no salían a la luz pública, como conseguir medicamentos y cirugías a gente necesitada. “Usen mi nombre”, autorizaba a sus subalternos para las loables tareas. Llevar a la cabina no sólo la noticia sino el análisis de la misma con personajes como Humberto de la Calle o Rudolf Hommes; contar con el Profesor Bustillos para escudriñar la historia, el origen y significado de las palabras y divulgar curiosidades se convirtieron, para este amante del béisbol y admirador de los Yankees de Nueva York, en un hit. De ahí que no resultara extraño tantos reconocimientos a su labor con galardones como los del CPB o premios nacionales de periodismo Simón Bolívar por trabajos como una serie de 15 reportajes sobre el boxeador Rodrigo Valdés (1977) o por el recorrido por el río Magdalena denominado ‘La Caracola’ (1981). O el Premio Simón Bolívar a toda una Vida. El pasado 23 de junio fue galardonado como Periodista del Año, por la Embajada de España por sus 40 años al servicio del periodismo.Este jefe, que a pesar de su memoria prodigiosa lo anota todo; tan organizado que al escribir usa diferentes colores para señalar qué le interesa, qué va desechando o qué debe investigar más, ha sido el maestro de varias generaciones de periodistas.La periodista caleña Susana Herrera, que lo recuerda como un hombre cariñoso, con gran sentido del humor, que la motivaba estando embarazada a que se fuera temprano a casa porque sino, el niño nacería en la cabina, destaca cómo Gossaín les inculcaba a ella y a sus compañeros que no le importaban las chivas, que lo más importante era que todo lo que dijéramos fuera verdad, que estuviera confirmado, porque los periodistas, muchas veces, en aras de la primicia cometíamos errores.Él, como cualquier ser humano, también cometió errores al aire, agrega otro periodista que prefirió omitir su nombre. En su afán por informar primero, una vez anunció que habían 30 sobrevivientes en un avión de Aces que cayó en Antioquia, porque alguien de la Aerocivil lo llamó. No esperó a corroborar. Y en ese accidente murieron todos. Hubo que rectificar. El comunicador que destaca el olfato periodístico de Gossaín, su paciencia con los pupilos para enseñarles a construir las informaciones y a que fueran recelosos para guardar siempre el material grabado, también recuerda sus furias: gritaba, azotaba puertas, golpeaba el escritorio, pero jamás le oyó una grosería. Cuando cometíamos un error, narra el comunicador, como no podía regañarnos al aire, zapateaba con insistencia el piso, entonces uno sabía que algo estaba mal y empezaba a cometer más errores.Su defecto, concluye el periodista, es el mal genio, eso lo afecta mucho y hace muy complicado el trabajo porque es una presión adicional muy fuerte. Pero también es muy cálido al aire y en privado, cuando se hace muy bien una labor.Nilva Rodríguez, barranquillera que fue directora de RCN Riohacha por cinco años, lo corrobora: “Don Juan nos hacía sentir muy bien cuando el trabajo que realizábamos estaba a la altura de sus expectativas. No obstante, la mayoría del tiempo no sentíamos el apoyo profesional de su parte, tal vez por sus múltiples ocupaciones, tal vez porque había perdido de vista lo importante de mantener contacto con su gente más importante: sus reporteros”.A Juan Gossaín, en cinco años, sólo lo vi en dos oportunidades, continúa Rodríguez, cosa que se me hacía impersonal y falto de calidez. En la más tristes de las noticias que me tocó cubrir, la muerte del director titular de La Guajira, Armando Correa, lo extrañé profundamente en Maicao, porque creía que la ausencia de uno de los miembros del equipo de RCN Radio ameritaba la presencia del gran jefe. Todos en La Guajira esperaban a Gossaín en el sepelio de quien dio a RCN más de diez años de vida o en su defecto a uno de los jefes intermedios. No llegó ni el jefe de redacción”.Tramposo o miope jugando tenis, invencible en el póker, fatal en el fútbol e implacabe con las deudas económicas - si tú le debías un peso te lo cobraba, como buen turco- con sus virtudes y defectos, Gossaín, coinciden todos, es un maestro. Método 'margotiano'El cazador de la palabra precisa, el amante de vallenatos clásicos como Alicia Adorada, sobre todo cantados en la voz de Alejo Durán; el hombre que se mereció un lugar en la Real Academia de la Lengua Colombiana en 2004 junto a su amigo y colega Daniel Samper, jamás se cachaquizó, no perdió su autenticidad costeña, y con sus ocurrencias y su largo anecdotario aún hace desternillar a sus amigos.Javier Ayala recuerda que acompañó a Gossaín a conseguir pieza recién llegado a la helada Bogotá y cómo descubrieron atónitos que Bertha Abdala, le había empacado a su hijo en la enorme maleta ¡un ventilador! O la vez que cargaban un colchón en medio de la calle y unos amigos empezaron a gritar ‘cójanlos, cójanlos’. Aquella broma casi se vuelve un problema de orden público, dice riendo. El autor de las novelas La Mala Hierba (éxito también televisivo y reflejo de la problemática de violencia a raíz de la bonanza marimbera en La Guajira) y La Balada de María Abdala --historia de amor y homenaje a los libaneses que llegaron a la costa Caribe colombiana-- es pésimo contestador de correos electrónicos, un verdadero desastre informático, en palabras de Daniel Samper.Precisamente, Samper trajo a colación para El País, la ocasión en que una tarde de pesca, en la alta mar de Cartagena, “Gossaín se lanzó al agua con una pierna enyesada y un cuchillo de mantequilla en la boca, y me salvó la vida cuando me atacaban dos tiburones”.Valiente sí es este costeño, que, paradójicamente, tiene fama de no saber nadar ni de bailar. En sus editoriales no le temblaba la voz para denunciar atropellos, como las chuzadas que se hacían desde el DAS a periodistas y a otras personalidades colombianas. O cuando fue amenazado de muerte en 2005 por develar la estela de corrupción en Cartagena. “Quedo notificado y me atengo a las consecuencias... No faltaba más que a la hora de la vejez, a mí me fuera a silenciar una banda de rufianes”, dijo en esa ocasión.Pero el valiente león se vuelve una mansa paloma cuando está al lado de su esposa Margot Ricci, de sus hijos Isabella, pintora, y Danilo, músico. Y de sus nietos, a los que se dedicará ahora a malcriar, ha dicho.Su estable matrimonio de más de 25 años con la periodista Margot Ricci es admirado en Colombia. A ella la conoció en una fiesta que le hizo un amigo para darle la bienvenida una vez regresó del secuestro del que fue víctima en 1982 por parte del M-19.A ella, como ha contado varias veces, él le tenía pavor, pero después descubrió que tenían muchas cosas en común, como aquello de que le gustaban los mismos boleros.Se casaron a las carreras, sin bulla y sin grandes invitados en la iglesia Nuestra Señora de las Angustias, en Bogotá. ‘Nos casamos hoy o no nos casamos nunca’, le había sentenciado Margot. Luis Fernando Duque, el padrino, le prestó un saco que le quedó chiquito, y lo combinó con una corbata roja que le quitó a Yamit Amat, “era horrible”, recordaba Gossaín.Margot, como la describe él, una oveja con piel de lobo que se inventó (como columnista) esa imagen de agresión porque cree que el mundo la va a agredir, es su más enérgica crítica.Ella, aplicando el método que él ha llamado ‘margotiano’, se da el lujo de romper las páginas que él ha escrito y no le parecen buenas, o de sugerirle cambiar el título de sus obras, como lo hizo con su más reciente novela. Ricci le recomendó cambiar el título ‘Flor de Verano’, por uno que jugara con el nombre de la protagonista, quedando entonces La Balada de María Abdala.Además de su asistente personal Nubia Gerena, Ricci es quien maneja sus cuentas y chequera. Él, dice Ayala, ha estimulado que mande Margot, porque no le interesa mandar en la casa. Además, es muy buen marido y contradice el estereotipo del costeño: es fiel. Y Margot, agrega Ayala, es la persona que mejor lo entiende y ha sido su mayor apoyo. Ella es la contradicción de muchas mujeres: ¡Quiere a los amigos de su marido! ¿Cómo le parece?Galante con las mujeres, mas no coqueto, Gossaín se consideraba de malas en el amor. Por feo, muchas de mis novias se iban con mis amigos, comentaba. Ahora, con unos kilos menos y feliz en su hogar en compañía de su esposa, espera seguir disfrutando de su mar, de su costa Caribe, atendiendo el llamado de esos personajes y esas historias de ensoñación a las que ignoró por estar siempre pegado al micrófono.

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