Erlin, un ángel de alas largas

Agosto 01, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor de crónicas y reportajes
Erlin, un ángel de alas largas

Erlin y las sonrisas de sus hijos adoptivos. Postal de una frase manida pero cierta: el amor alivia.

Sí, existen. Éste, por ejemplo, cuida de niños con cáncer por los que a veces nadie más vela. Crónica de un milagro palpable.

Hay ángeles de ángeles. Los hay alados, dicen, capaces de descender de las alturas con tal de ayudar a alguien. Para ellos hay oraciones de cabecera, novenarios, estatuas en parques, estampitas, escapularios. Verlos, claro, es un milagro. Y hay otros: ángeles de carne y hueso que están por ahí, andando en bus, con las suelas gastadas, haciendo prodigios sin necesidad de invocaciones espirituales. Esta es la historia de uno esos. Se llama Erlin Angulo, tiene 24 años, una pierna cinco centímetros más larga que la otra y un trabajo que consiste en acompañar la agonía de niños desahuciados que él apenas conoce. Para verlo aparecer, el único milagro necesario fue conseguir su número celular.El infiernoComo ocurre con otros, el ángel antes fue un mártir. A Erlin le cuesta recordarlo, pero ese fue el detonante de todo. No es que lo haya olvidado. Es que siete años después todavía se le dificulta entender cómo fue que un día su mundo dejó de tener explicación. En ese tiempo el chico era un pescador hijo de pescadores y hermano de once hermanos. En Concepción, una vereda del Alto Naya bañada por cauces de aguas transparentes y extendida en tierras fértiles que entregaban la comida en la mano, no existían cosas incomprensibles ni acertijos indescifrables. Si había hambre bastaba con meter la mano al río; si hacía frío, con subirse a la copa de un árbol de cara al sol. Allá, en algún punto de la selva que no aparece en los mapas, tan lejos de todo como para que ni la guerra hubiera llegado entonces, todas las cosas tenían una razón. Y la gente vivía feliz sin hacerse preguntas.Tal vez fue eso. Que nadie tuvo la respuesta. Y a los 13 años, cuando algo empezó a crecer en su pómulo izquierdo, ni sus papás, ni los vecinos, ni los amigos, ni los pescadores, ni el brujo, se atrevieron a intentar conjurar aquello. Así que todos terminaron acostumbrándose a que Erlin tuviera una masa en la cara que todos los días crecía más y más. Y Erlin, a vivir así, mientras aprendía que además de peces, lluvia, mango, sueño, risa, también existían otras palabras que hasta entonces habían sido rareza en su mundo: dolor, llanto, pena, tumor, cáncer. Y así pasaron cuatro años. Hasta que un día, cuando trabajaba como jornalero en Buenaventura, el dueño de una finca decidió llevarlo al médico en busca de respuestas. Pero en el Puerto no las hallaron. Entonces Erlin fue remitido al Hospital Universitario del Valle, donde al fin le dijeron un par de palabras que se convirtieron en una rareza aún mayor: neoplasia maxilar.Lo fueron para él, que apenas sabía de males causados por mordeduras de serpientes y sapos venenosos y lo fueron para los médicos, toda vez que se trataba de un tumor cuyo crecimiento no dependía de los sistemas reguladores del organismo y que no era común en alguien tan joven. A los 17 años fue la primera operación. Según la historia clínica, el tumor pesó una libra. Según las manos del chico, abiertas en forma de vasija para explicar el tamaño de eso que llevaba consigo, la masa extraída tuvo el tamaño de un coco. Su cara, claro, debió ser reconstruida una y otra vez después de los cortes que le atravesaron el paladar, la boca, la nariz, la mandíbula.Y aquí es donde está la génesis del ángel: atendido de caridad durante los dos años que permaneció en el hospital, mientras su papá moría ahogado en un accidente y su mamá olvidaba el hijo enfermo que un día se había ido a trabajar como jornalero, Erlin lanzó una de esas promesas que se hacen en los momentos de dificultad. Uno de esos pactos elevados a alturas incomprensibles que pocos terminan cumpliendo: “Si me salvo, un día voy a ayudar a otros, así como me ayudaron a mi”. El purgatorioLa salvación en realidad consistía en un aprendizaje. Erlin, lejos de ríos y árboles, necesitaba aprender varias cosas. Entre ellas, a hablar de nuevo. Después de las operaciones a las que fue sometido, cuando las heridas cerraron en su paladar y le atornillaron nuevos dientes, el chico, ya un adulto, debió empezar una terapia para volver a pronunciar otras palabras. Fueron horas, días, semanas, meses con fonoaudiólogas y trabajadoras sociales hasta que un día pudo: primero fue “plato”, luego “vaso”, después “pato”, más tarde “sol” y con el tiempo, “amor”, “vida”, “felicidad”, “gracias”.Milena Puertas, una de esas terapeutas, lo recuerda ahora sollozando del otro lado del teléfono mientras habla de una persistencia sobrehumana que hizo que aquel paciente que para muchos era caso perdido se transformara en un ejemplo de superación. Los milagros existen, sí señor, dice antes de colgar.De ir de consultorio en consultorio, de quirófano en quirófano, de camilla en camilla, el hombre aprendió sin darse cuenta cómo cumplir su promesa. Se percató de que por ahí, en el hospital, en las EPS, en las clínicas, había decenas, cientos en realidad, de niños que, cómo él, llegaban en busca de respuestas para cosas que nadie podía responder en los sitios donde vivían. El desconocimiento, es sabido, también puede ser una enfermedad mortal.Erlin recuerda el caso, por ejemplo, de Jeffer, un muchacho de La Tola, Nariño, que tenía un tumor en los testículos y que en vez de ser atendido a tiempo, fue considerado un fenómeno sexual digno de exhibición. Y que en vez de ser remitido al médico, terminó siendo ofertado como semental hasta que un día cayó privado sin que ya nada pudiera hacerse por él. O de Carlos, invadido de cáncer en el estómago, que intentó ser curado con baños y rezos. O de Jota, que murió porque sus dolencias trataron de ser aliviadas con aguas de raíces y flores secas. Los casos los conoció en Semillas de Amor, un hogar de paso para niños con cáncer que llegan de sitios lejanos sin lugar donde alojarse mientras son tratados. Allí, en esa fundación, una casa con once cuartos ubicada en Miraflores donde a pacientes y padres les brindan atención psicológica y cuidados mientras pasa todo, él había sido acogido en medio de su tratamiento por Margarita Restrepo, la directora de la institución, una mujer que da cuenta de dramas aún mayores: algunos de esos niños, quién lo creyera, a veces son abandonados por sus padres al conocer el diagnóstico. Entonces, al saber que han sido deshauciados, los chicos son dejados ahí, como si un niño enfermo pudiera ser desechable. El cielo Laura, una muñeca de porcelana de 12 años que tiene leucemia, dice que Erlin es como un padre. Lo dice así, a pesar de tener uno propio, amoroso y grande. Lo que pasa, cuenta, es que éste es el que le ayuda a hacer trámites mientras el papá de verdad trabaja levantando costales en un mercado de Tuluá. Y Ronald, de 14, también lo dice, mientras cuenta que de no ser por él, sus vidas, tal vez, serían más cortas.En cinco años Erlin ha ganado diez tutelas. Ha logrado la aprobación de quimioterapias millonarias y la entrega de medicamentos importados, pidiéndole la ayuda a abogados que no le cobran; tocándole la puerta a médicos que lo conocen; haciendo filas en boticarios de caridad. Lo ha hecho sin recibir nada a cambio. Nada diferente a la comida que le dan en la fundación y al cuarto que tiene asignado para dormir. Margarita, la directora, dice que quisiera pagarle un sueldo, pero que los gastos no dan para tanto. Así que apenas puede darle un subsidio para el transporte.Erlin, además de todo, es una suerte de acompañante de agonías ajenas. Y cuando llegan esos días en que el cáncer se convierte en una tromba que arrebata la voluntad, él se dedica a cuidarles el sueño a los pequeños abatidos. Y entonces, cuenta Claudia Múnera, una médica del HUV, él es capaz de pasarse noches en vela tomándoles las manos, mientras las pesadillas que los acosan se convierten en penosas realidades. En el HUV, cada mes, 40 niños son tratados de manera ambulatoria por cáncer. En lo que va corrido del año, cinco de los pacientes que pasaron por Semillas de Amor, ya murieron. En el tiempo que lleva trabajando allí, Erlin ha asistido treinta decesos.Las manos de Erlin son grandes como manoplas de béisbol. El día en que apareció, después de marcar a su celular, cuatro niños iban prendidos de ellas mientras caminaban por un pasillo del HUV. Todos, como si fuera posible, sonreían y saltaban, como si lo suyo fuera simple gripe. Alguna gente les halla cierto parecido. Lo niños y él, en el fondo, saben que el amor produce ese milagro: quienes aman terminan pareciéndose entre sí. Y esa, justo, es otra de las cosas que el hombre no es capaz de explicar. Él hace un esfuerzo y cierra los ojos: se limita a dar monosílabos, palabras aprendidas hace poco “amor”, “cariño”, “entrega”. Los ángeles de verdad, seguro, son de pocas palabras.

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