En la frontera con Venezuela, la guerra está lejana

Agosto 02, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Por Santiago Cruz Hoyos | Enviado especial de El País
En la frontera con Venezuela, la guerra está lejana

La cara de Hugo Chavéz está en cada esquina de Ureña. Pocos se atreven a hablar en contra del Presidente de Venezuela.

En Ureña, Venezuela, donde viven 6.000 colombianos, no se habla de guerra. Los pobladores de ambas nacionalidades se tratan con cordialidad y con humor proponen dirimir el conflicto con una canción. Les angustia la crisis económica. Crónica del enviado especial.

Para llegar desde Cúcuta a Pedro María Ureña, municipio del Estado Táchira, Venezuela, se debe tomar un taxi que cobra entre $15.000 y $20.000. Para dar una idea local, es como ir desde Cali a Yumbo. El trayecto tarda 20 minutos y se debe atravesar el Puente Internacional Francisco de Paula Santander. Debajo pasa el río Táchira. La capital del municipio es Ureña. El paisaje de aquella capital no es muy distinto al de cualquier pueblo colombiano. Está el parque central, la catedral, la Alcaldía, ventas de minutos a celular. Lo que diferencia al pueblo de los de nuestro país es la foto de Chávez en cada esquina, junto con la del alcalde y un anuncio: “Alcaldía Socialista de Ureña: construyendo felicidad para el pueblo”. También se ven transeúntes con camisetas rojas y de siglas blancas estampadas: Psuv. Son las siglas del Partido Socialista Unido de Venezuela.Allí, en Ureña, según el censo de la Alcaldía, viven entre 5.000 y 6.000 colombianos en barrios como el Bolivariano, San Martín, San Isidro. Además, el 70% de la mano de obra de Ureña es colombiana. Muchos son los compatriotas que madrugan a trabajar en ese pueblo vecino.Esas buenas relaciones entre los ciudadanos de esa porción fronteriza muestran que entre colombianos y venezolanos no se habla de guerra. Al menos en Ureña. Lo que preocupa es la crisis económica que generó la ruptura de las relaciones entre los dos países y la caída del bolívar. Lo dice Ofelia, una cucuteña que trabaja desde hace más de 20 años en el pueblo. Hoy vende dulces, jugos y minutos en el parque. “No he vuelto a Cúcuta, porque el comercio está muerto. Espero que el bolívar levante”. Es la misma ilusión de Ómar, taxista de Ureña, que asegura ser venezolano y colombiano. “Nací en Venezuela, pero mi mamá es colombiana. Entre ambos países hay grandes lazos familiares”. Él parece tener la solución al problema de los presidentes de los dos países. Se conocerá al final de esta historia. El paso fronterizo entre Cúcuta y Ureña está abierto y la Guardia venezolana, por lo menos en las dos ocasiones en que entró El País, no hizo ningún tipo de registro. Lo que sí advierten taxistas y transeúntes es no tomar fotografías. “Tenga cuidado. Si la guardia lo ve, lo llevan preso”, advirtió uno de los taxistas. Versión que es corroborada por un periodista de La Opinión de Cúcuta y un locutor de Ureña. En Venezuela, alguien con una cámara es sinónimo de espía. El jueves, mientras hacía tomas desde el puente Simón Bolívar, un carro con placas venezolanas pasó a toda velocidad y uno de sus ocupantes gritó a través de la ventana: ¡Es la CIA! En Ureña, muchos venezolanos veían con desconfianza el estuche de la cámara. Nadie se deja tomar fotos. La Canon quedó guardada después de un par de disparos. A pesar de ese detalle, el ambiente en la frontera entre Cúcuta y Ureña es de total normalidad. No se han movilizado tropas, como se dijo. “El problema no es con el pueblo colombiano, es con el gobierno saliente. Hay normalidad en el tránsito de nuestros compatriotas colombianos. Se ha aumentado el pie de fuerza, pero para el control de las misiones de Chávez, como la Misión Mercal (venta de alimentos subsidiados por el gobierno) o las de Barrio Adentro (misiones médicas)”, explicó el alcalde de Ureña, Nelson Becerra Torres.La sobrevalorización del bolívar fue lo que atrajo hace años a los colombianos al pueblo. Otros llegaron huyendo del conflicto. Y a muchos los sedujo el costo de vida económico. Un desodorante que en Cúcuta cuesta $8.000, en Ureña se puede conseguir en $3.500. Los servicios públicos, calcula un periodista cucuteño, se reducen en un 60% en el lado venezolano. Y los colombianos pueden acceder a las misiones socialistas de Chávez de las que habló el alcalde. El sábado pasado, cuando el flujo de carros en la frontera se incrementó con respecto al resto de la semana, El País estuvo presente en una de esas misiones: Mercal. Se trata de mercados a cielo abierto en donde se ven filas de colombianos y venezolanos que compran alimentos económicos, subsidiados por Chávez. A nadie le piden cédula. Los alimentos se venden, eso sí, medidos. “Algo parecido a Cuba”, me dijo una colombiana, quien pidió la reserva de su nombre.Es que en Ureña, pocos se atreven a hablar en contra de Chávez. “Aquí, si alguien piensa algo distinto al chavismo, lo catalogan como opositor. Y eso acá es muy peligroso”, me dijo un periodista radial.Sólo un taxista de Ureña se atrevió a decir en voz baja: “cada vez Chávez pierde respaldo. La gente está arrecha (brava) con él. Ha regalado la plata de Venezuela a otros países; y la comida escasea. Mire lo que pasó a inicios de este mes: encontraron 30.000 toneladas de alimentos descompuestos en la Productora y Distribuidora de Alimentos, Pdval. Toda esa gente que usted ve con camisetas de Chávez, se van a cambiar de bando”, dijo.Que se arreglen las relacionesEn Ureña, más por asuntos económicos que ideologías políticas, colombianos y venezolanos anhelan el restablecimiento de las relaciones. El alcalde espera que con la llegada de Juan Manuel Santos al poder, el conflicto termine. “Es un hombre que se ha mostrado prudente”, dijo. Por su lado Ómar, el taxista, plantea su solución. Riéndose, propone con humor negro: “Chávez acusa a Uribe de paramilitar. Uribe acusa a Chávez de guerrillero. A ambos hay que regalarles un disco: se llama 'La historia del paraco y del guerrillero'. Al final de la letra ellos mismos arreglan el problema. Así los que vivimos aquí no estaríamos perjudicados”, comentó. Después, por sugerencia de los colombianos, regresé a Cúcuta para esquivar los ojos de la guardia al estuche de Canon que llevaba sobre el cuello.

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