En el Smithsonian, en Washington, hay una 'selección Colombia' de científicos

Agosto 14, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Edwin Giraldo Ruiz | Corresponsal de El País en Washington
En el Smithsonian, en Washington, hay una 'selección Colombia' de científicos

Algunos de estos profesionales realizan en el instituto sus investigaciones de doctorado. Entre las áreas de estudio y trabajo de los colombianos en el Smithsonian están biología y botánica.

Un grupo de científicos colombianos desarrolla importantes investigaciones en este instituto norteamericano.

Podría decirse que la persona que más sabe sobre frailejones en el mundo es Mauricio Diazgranados. Es un investigador post doctoral colombiano, oriundo de Bogotá, siempre de pinta fresca y quien se transporta en bicicleta.Aunque su objeto de investigación está en los páramos de Colombia, Venezuela y el norte de Ecuador, en donde ha pasado un tercio de su vida, el lugar donde documenta el meticuloso análisis de estas plantas en forma de palma, hojas peludas y flores amarillas, está en Washington, DC.Se trata del Museo de Historia Natural, la perla del Smithsonian, un instituto creado a mediados del Siglo XIX con los fondos de un millonario filántropo inglés que, según las lecturas, estaba fascinado por el experimento democrático americano y por eso dejó parte de su fortuna aquí para sembrar robles de ciencia pura.El Smithsonian tiene 19 museos, un zoológico y nueve centros de investigación. Aunque miles de turistas de todo el mundo lo visitan diariamente, el privilegio de recorrer sus recovecos subterráneos es de pocos. Enormes ficheros, neveras, microscopios, y todo lo que compone un gran laboratorio está allí para desarrollar proyectos científicos encaminados a proteger la salud del planeta.En el caso de Mauricio Diazgranados, una de sus tareas es analizar la obra de José Cuatrecasas Arumí, un botánico español pionero en el estudio de los frailejones, que comenzó sus travesías en 1932 tras subir el Nevado del Tolima. Para estudiar la evolución de esta planta, clasificarla y entenderla mejor, Fabio Ávila es su mejor coequipero. También viene de Bogotá, graduado del Departamento de Biología de la Universidad Nacional. En el 2010 este joven llegó a Washington gracias al Fondo de Investigación Cuatrecasas, que Diazgranados y una curadora de nombre Vicki Funk lograron establecer para desentrañar la obra del botánico español.Una buena representaciónLa cuota colombiana en el Museo de Historia Natural es amplia. En la entrada de esta enorme edificación se erige la figura del más enorme elefante africano exhibido en un museo del mundo. Adentro, cada vez más adentro, hay unos laberintos difíciles de descifrar. Allí uno se encuentra con personajes como Carlos García Robledo, también de Bogotá e investigador post-doctoral del Smithsonian. Su trabajo está relacionado con bichos, especialmente los escarabajos. Para entenderlos mejor, pasa horas y horas en los humedales de Costa Rica. Carlos clasifica su ADN y con esa información establece qué relación tienen con las plantas del entorno. “Quién come qué, qué va a pasar con estas especies cuando se extingan estas plantas”, explica, mientras señala unas diapositivas con minuciosas descripciones de sus hallazgos y que lucen como una tabla periódica.Para los jóvenes que quieren estudiar biología marina o algo relacionado, vale la pena revisar el caso de Natalia Agudelo. Espigada, bella y paisa, hizo sus estudios en Northeastern University de Boston y luego fue contratada por el Smithsonian. Pasa una parte de su tiempo revisando muestras de ADN en laboratorios y la otra inmersa en las profundidades del mar, que puede ser en Hawái, Taiwán o La Florida. Gracias a su trabajo, se alimenta la base de datos del Smithsonian con información genética de diversas especies que es enviada por otros científicos. Es como una librería virtual al servicio de investigadores de todo el mundo. En su otra labor, esculcando corales y moluscos, busca “entender esos ecosistemas que no podemos ver con los ojos”, según su relato. Para ello, conoce bien las complejidades de una estructura molecular, y se mantiene en forma para poder bucear por largos periodos.Otra colombiana del Smithsonian que navega de isla en isla Alexandra Herrera, de Cali. Está en su último año doctoral y en función de su tesis evalúa las secuencias moleculares de unas especies de lagartos que se encuentran en el Caribe. “La idea es explicar la distribución de esas especies. Es un proyecto que tiene en cuenta elementos como el calentamiento global, los cambios en el nivel del mar. Es posible que varias de estas especies desaparezcan”, explica.De frailejones, bichos, algas marinas y lagartos se pasa a hormigas, cuando la conversación es con Jeffrey Sosa Calvo, un caleño que obtuvo sus estudios de entomología en la Universidad de Maryland. De todas las especies de hormigas que existen en el mundo, sólo unas 250 cultivan su alimento. “Es decir, son agricultoras”, dice. Revisa esta familia de hormigas que fue denominada en 1860, pero que nunca fue analizada de cerca. “La idea es tener una revisión de la parte molecular de ese grupo”, y además, “entender cómo fue que se produjo la transición para que pasaran de ser predadoras a productoras de alimento”. También con hormigas trabaja Claudia Ortiz, de Bogotá. Obtuvo su maestría en la Universidad Nacional y le sigue la pista a una especie que “no se revisaba desde 1923”. Entre otras cosas, explica que la importancia de su trabajo está en ponerle un nombre a las especies de hormigas que desde entonces han descendido de dicha familia. Gracias a una beca otorgada por el Smithsonian exclusiva para investigadores colombianos, Claudia está en Washington desarrollando esta investigación. “Lo que voy a hacer en este tiempo es aprender a utilizar características moleculares para ver cómo es el comportamiento de estas especies”, comenta.El recorrido por las variedades de estudios y hallazgos es como un buen tour por el museo, emocionante hasta el final. Eliana Buenaventura, de Bogotá, está haciendo su doctorado en Dinamarca, pero el Smithsonian la ha becado para que continúe sus investigaciones en Washington. Trabaja con una especie mosca que tiene relevancia en el área forense. La mayoría entre las clasificadas en esta especie son necrófagas, y suelen colonizar cadáveres humanos y animales. Esta idea particular, pero valiosa – especialmente para la criminalística – se le ocurrió desde que comenzó ha hacer su trabajo de grado con el Instituto de Medicina Legal de la capital colombiana.“Allí aprendí a recolectar insectos de cadáveres, a criarlos, a hacer curvas de crecimiento y estudiar cómo se desarrollan ellos, y relacionar cómo se da el tiempo de desarrollo de estos insectos con el tiempo de muerte de un individuo”, agrega. Cuando una persona muere, las moscas son los primeros insectos que invaden el cadáver. Ellas llegan y depositan huevos o larvas en los orificios del cuerpo o en las heridas. Esas larvas se alimentan de los tejidos blandos del cadáver, y una vez que están lo suficientemente llenas, cambian de estado. Luego llegan al cadáver otro tipo de insectos.Al conocerse este comportamiento de los insectos, “se puede establecer el tiempo de muerte, y en casos muy particulares, el lugar y la causa”, complementa.

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