El Nobel, la entrada a la gloria para Gabriel García Márquez

El Nobel, la entrada a la gloria para Gabriel García Márquez

Abril 17, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Gloria Triana, especial para El País.
El Nobel,  la entrada a la gloria para Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez con el Nobel en la mano. Para esa ocasión vistió un liqui-liqui venezolano, en lugar del frac de rigor. Ha sido el único premiado en romper el protocolo en materia de atuendo y de celebración.

Gabo fue el único personaje en recibir ese galardón sin frac, con música y personajes de sus novelas.

Cuando García Márquez ganó el premio Nobel de Literatura, en 1982, dijo que quería celebrarlo con cumbias y vallenatos. En ese momento me desempeñaba como directora de la Oficina de Festivales y Folclor de Colcultura, y mi reacción no se hizo esperar: si quería cumbias y vallenatos, cumbias y vallenatos tendría y Colcultura debía organizar la delegación que lo acompañara. Algunos columnistas consideraban un despropósito que la solemnidad del premio fuera empañada por la ‘Rumba Nobel en Estocolmo’, idea que compartía nuestro Embajador en Suecia. Consuelo Araújo Noguera, ‘La Cacica’, escribió para El Espectador una crónica de unas 50 cuartillas para publicarla por entregas. Esto nunca sucedió. Conservo los manuscritos y en ellos voy a basarme.La fiesta empezó en el vuelo de Avianca que llevó a la delegación compuesta por 65 músicos y danzantes. Consuelo lamentaba no haber impedido que Emilianito y Poncho Zuleta dejaran los acordeones como equipaje, en lugar de llevarlos en la mano. Para subsanar el error, organizó al maestro Quinitiva y a Julio Rentería para que con su bandola y su tambor interpretaran vallenatos. Así lo relató Consuelo: “Al minuto estábamos cantando los versos memorables que mi compadre Escalona compuso a Bebita Manjarrés, su novia de entonces: ‘Oye morenita te vas a quedar muy sola/ porque anoche dijo el radio que abrieron el liceo'... “Más nos demoramos en comenzar el ‘fundingue’ que el resto de pasajeros en tratar de encontrar sitio cerca del epicentro de la parranda, que a más de 12.000 pies de altura estaba advirtiendo que ahí, en ese gigantesco 747, íbamos los herederos de los Buendía rumbo a Estocolmo a sonar bien fuerte nuestras panderetas y timbales sobre el hielo perpetuo para celebrar el premio a uno de los nuestros”. Después de pasar por la aduana sueca cuanta parafernalia era necesaria para nuestro trabajo, ante la mirada atónita de los suecos, el primer impacto fue llegar al barco que nos serviría de residencia. Así relató Consuelo: “Lo que nos iba a dejar realmente fríos fue la contemplación de ese hermoso velero que se recortaba imponente y misterioso sobre el Báltico, donde decidimos quedarnos también mi compadre Escalona y yo para no perdernos esa experiencia de una delegación folclórica que se transportaba desde el soleado Caribe a la eterna noche sueca a sentar sus reales, nada menos que en uno de los últimos barcos vikingos. “Me asaltó la sospecha de que era ahí, en ese viejo y precioso barco, donde estaban los camarotes para Gloria Triana, la Negra Grande y Totó la Momposina; para los vallenatos, para Carlos Franco y sus Danzas del Atlántico, para Julián Bueno y sus disciplinados integrantes de las Danzas del Ingrumá, para los llaneros, donde iba a estar la responsabilidad de las celebraciones del premio que Gabo iba a recibir”. La víspera del banquete, periodistas e invitados especiales colombianos temían que pasara lo que algunos columnistas habían pronosticado. Esa preocupación se la habían transmitido al Nobel, quien no se atrevía a expresarla abiertamente. —De verdá, de verdá, comadre, dígame cómo ve usted lo de la muestra folclórica—, preguntó Gabo a Consuelo. —Estás cagado del miedo, tú también estás pensando en ese maldito oso. Puedes jurar que no, pero yo sé que sí. Y continúa Consuelo: “No era ningún secreto que sobre el grupo se echó desde el primer momento la responsabilidad de parir ese tan sonado oso, o no parirlo. Que si en Estocolmo nuestro folclor triunfaba el triunfo iba a ser de Colombia. Pero si había el más mínimo traspiés, la responsabilidad sería nada más de esa loca de Gloria Triana y de toda esa gente bruta, corroncha y gritona que ella trajo”. Y llegó la noche del Banquete del Nobel en el Palacio del Ayuntamiento. Detrás de una columna, vestida con mi traje de cumbiambera, porque no tenía invitación, observé las caras sorprendidas de los colombianos y deslumbradas de los invitados de todo el mundo, cuando la magia de Macondo descendía por las escalas. Al día siguiente, la sorprendida fui yo al ver el orgullo reflejado en las caras de quienes presagiaban tan sonado oso, cuando leyeron en el más prestigioso, conservador y monárquico periódico de Estocolmo el titular: ‘Los amigos de García Márquez nos enseñaron cómo se celebra un Nobel’. En la narración Consuelo hizo gala de su estilo caribeño: “Comenzaron a sonar en ese ámbito de deslumbrante elegancia, donde ya se habían escuchado las trompetas anunciando la llegada de los reyes, el golpe seco y profundo de los tambores marcando la cumbia, y al conjuro de ese ritmo fueron descendiendo al son de nuestra música, las muchachas de Palenque que Carlos Franco tiene en sus danzas del Atlántico llevando en sus manos las banderas de Colombia y de Suecia. “Ahí seguían detrás de ellas toda la gracia y la dulzura de la gente de las montañas andinas que Julián Bueno ha reunido tras un trabajo paciente y valioso de enamorado de las cosas de su tierra. Ahí iban siguiéndolos la fuerza y el embrujo de la Costa Pacífica en la majestad y belleza de Leonor González Mina y su hijo Candelo. El calor del Atlántico con Totó y su legendario Batata, y Julito Rentería, Huitoto, Marco Vinicio y el gaitero que parecía una vara de junco moreno y casi etéreo flotando sobre el mármol. “Cuando las notas de Emilianito y la voz prodigiosa de Poncho comenzaron a cantar, cuando en un rapto de emoción Poncho me pasó el micrófono para que le ayudara en el coro, vi detrás de mis propias lágrimas a Tachia Quintana —una vasca amiga de los García Barcha— con la cara entre sus manos, presa de un llanto compulsivo. Después ella misma me dijo que cuando sonó el primer acorde casi grita, porque estaba pensando en ese paseo que García Márquez le enseñó hacía más de 20 años en París, cuando no tenían calefacción ni mucha comida. “Fue algo apoteósico, delirante, mágico. Los aplausos que retumbaban en el salón hicieron que Emiliano y Pedro y Pablo acometieran los compases de ‘La Patillalera’ que fue recibida con otra ovación y con Gabo echado hacia bien atrás en su silla para poder mirar hacia donde estábamos los descendientes de Francisco el Hombre rindiéndole a él el tributo de nuestra admiración”. Y aquí termina la narración que Consuelo Araújo hizo de esa noche memorable. Siempre me extrañó que Gabo nunca escribiera sobre lo que preparamos para él, porque ha sido el único Nobel que ha estado acompañado por la música y algunos personajes de sus novelas.Colombia vivaLos grupos seleccionados por la antropóloga Gloria Triana para acompañar a García Márquez en Estocolmo fueron: el conjunto vallenato de Emilianito y Poncho Zuleta, Diomedes Díaz y Pablo. Por la Costa Pacífica estuvieron Leonor González Mina y su hijo, Candelario Cabezas y Antonio Velásquez. Los Copleros del Tranquero, integrados por Luis Quinitiva, José Paredes, María Tineo y Gladys Mendoza, llevó las voces de los Llanos Orientales. La zona andina estuvo representada por el grupo Danzas del Ingrumá, de Riosucio, Caldas, con dirección de Julián Bueno y conformado por 16 bailarines y 5 músicos. Y por la Costa Atlántica fueron Totó La Momposina, con cuatro músicos, y la Escuela de Danzas Folclóricas del Atlántico, dirigida por Carlos Franco, con 19 bailarines y cuatro músicos. Una integrante de este grupo bailó con García Máquez en el Aoso Gymnasum de Estocolmo. La presentación en el Palacio del Ayuntamiento durante el banquete del Nobel fue televisada en directo a 50 países.

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