El libro de la selva

Septiembre 26, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Verónica Gómez e Isabel Peláez
El libro  de la selva

Un ser devoto al que los colombianos le han perdido la fe. Rostros de una mujer que ha sido tantas veces heroína como villana.

Tan sólo cuatro días después de que Íngrid Betancourt lanzara su libro ‘No hay silencio que no termine’, en Colombia ya se han vendido 1.300 ejemplares, 251 de ellos en Cali, según datos de la Librería Nacional. La cifra parece tímida, pero en Colombia eleva esa obra a la categoría de ‘best seller’.El dato contrasta con encuestas de los medios de comunicación, en las que la mayoría de los colombianos aseguraban que “no leerían el libro, por física rabia”. Ella misma anticipó dicha reacción, pero no le importó, como se lo dijo a Héctor Abad Faciolince en la única entrevista que la rehén más famosa delmundo ha concedido a un colombiano a propósito del lanzamiento de su libro: “De todas maneras hay tanto odio en Colombia, que me iban a descuartizar por cualquier cosa. Y prefiero que me descuarticen por lo de la demanda, que ni me importa, a que me descuarticen por algo que para mí es fundamental: mi libro”.Íngrid sabe que ni la infaltable misa de domingo, ni su devoción Mariana la han librado de la mala imagen que tiene en Colombia, que alcanza el 80%, según la encuesta de Gallup. Lo admitió ante Oprah Winfrey, en su ‘talk show’, el miércoles: “Los colombianos están enfermos de odio, como si yo fuera el ser más infame de la tierra”.Por eso también le dijo a la reconocida presentadora estadounidense que no vivirá en Colombia por ahora. Sabe que su popularidad se fue a pique, incluso en Francia, después de que presentara una demanda contra el Estado colombiano, al que ella y su familia reclamaron US$6,8 millones por perjuicios tras su cautiverio. La misma que luego retiró, obligada por millones de voces de protesta, y de la que tomó distancia diciendo: “Fue políticamente inoportuna, la comuniqué mal”.Hasta su ex esposo, el publicista Juan Carlos Lecompte, dijo que no leerá el libro porque “Ella se ha vuelto mentirosa, y no creo todo lo que dice sobre Clara (Rojas)”, sostuvo Lecompte cuando El País lo interrogó sobre el libro en el que su ex esposa narra detalles de sus 3.320 días secuestrada por las Farc.No obstante, en el proceso de divorcio que enfrenta con la ex candidata, el publicista pidió embargo de los bienes adquiridos durante su sociedad conyugal vigente: una casa de invierno en el estado de Wyoming (EEUU.), un apartamento en Francia y los derechos económicos de los contratos de edición del libro ‘La rabia en el corazón’. Y ahora se suman los derechos de ‘No hay silencio que no termine’. En cuanto a su compañera de cautiverio y colaboradora en tiempos de campaña presidencial, Clara Rojas, en el libro Ingrid afirma que ésta le pidió permiso a la guerrilla para ser madre y que antepuso ese deseo a sus planes de fuga. Clara salió a desmentirlo en varios medios de comunicación y reprochó las conjeturas sobre la supuesta identidad del padre de su hijo Emmanuel, que la ex candidata hace en su libro.Después de calificar todo aquello como “una infamia y un irrespeto”, Rojas le dijo a El País que prefiere volver al silencio: “No tengo ningún interés en hablar. Disculpe la franqueza, pero ya me tiene saturada el tema”.Otros liberados prefieren guardar silencio en torno a Ingrid, o que se omita su nombre a la hora de dar un testimonio. Incluso entre sus amigos ex congresistas hay reticencia a hablar sobre el libro. El sargento Arbey Delgado, con quien coincidió dos veces en cautiverio porque estaban en diferentes campamentos, asegura que no acostumbra a leer libros de los secuestrados. “Viví secuestrado 12 años y la mayoría escriben lo que les conviene, 50% de mentiras y 50% de verdades”, manifestó. Y si de verdades se trata, la propia Íngrid contradice con su libro lo que le respondió al periodista estrella de CNN Larry King, a quien le concedió una entrevista justo después de su rescate: “Creo que hay muchas cosas que tienen que quedarse en la jungla”.Del amor al odioDe ella se dijo de todo durante los seis años, cuatro meses y nueve días que estuvo secuestrada. Que sufrió de hepatitis, de leishmaniasis, del síndrome de Estocolmo, que se había unido a la guerrilla y hasta que había muerto. Pero, para la ex candidata presidencial, la mayor injuria fue haberla culpado de su secuestro. Comentarios que tildó en una prueba de supervivencia desde la selva como “crueles e ignorantes”.Aún no comprende por qué el 23 de febrero de 2002, cuando se dirigía con su jefe de debate Clara Rojas, a impulsar su campaña presidencial a la recién levantada zona de distensión, establecida en San Vicente del Caguán por el ex presidente Andrés Pastrana, éste se negó a prestarle un avión para garantizarle la seguridad.Desde entonces no ha dejado de defenderse de las acusaciones de muchos colombianos, aduciendo que el Gobierno de turno nunca escuchó su solicitud de escoltas y que frente a otros candidatos de la época ella no contaba con los mismos esquemas de seguridad. El ex presidente Pastrana desmiente esta versión y asegura que fue la propia Íngrid quien no quiso llegar a la zona con escoltas.Después de dos años de estar nuevamente en libertad, el tema no ha quedado claro. Así lo dejó entrever la ex candidata en la reciente entrevista concedida en Nueva York al escritor Héctor Abad Faciolince para El Espectador (en Colombia, oficialmente, con ningún medio de comunicación le ha querido hablar) en la que Íngrid cuenta que mientras se desplazaba hacia el Caguán vio un retén del Ejército, pero no la detuvieron. “¿Por qué no me paran? ¿Por qué me dejan pasar a mí y a todo el mundo? Después dicen que yo firmé un documento eximiéndolos de responsabilidad. ¿Por qué tienen que inventar un documento? ¿Acaso un documento firmado por mí quita la responsabilidad de haberme dejado pasar?”, se pregunta hoy en día. Lo que sí admite es su actitud arrogante, egoísta y orgullosa hacia los demás secuestrados, episodio que los colombianos conocieron al publicarse el libro ‘Fuera de cautiverio, sobreviviendo 1.967 días en la selva colombiana’, de los estadounidenses Marc Gonsalves, Keith Stansell y Tom Howes, rescatados junto a ella en Operación Jaque. “Tuve muchas reacciones erradas. Me costó mucho tiempo desarrollar simpatía hacia los demás y ser menos dura en mis juicios”, confesó hace poco a la revista alemana Der Spiegel.Parte sin novedad para su ex esposo Juan Carlos Lecompte, quien asegura que uno de los mayores defectos de Íngrid es creerse dueña absoluta de la verdad, “siempre cree tener la razón”, dice. Eso le causó problemas de convivencia hasta con su hermana Astrid, con quien según Lecompte, peleaba todo el tiempo. Íngrid, por su parte, atribuye la mala atmósfera que tuvo entre sus compañeros de cautiverio a un plan de sus captores para manipular a todos los secuestrados y crear un clima de desconfianza. “No querían un grupo fuerte, sino confundido y lleno de odio. Nos llenaron de intrigas, difundieron información falsa sobre mí y a mí me dijeron mentiras sobre los demás. Fue terrible. Yo sólo sentía miedo, y los demás no hacían más que criticarme”, contó a la revista alemana.Entre los momentos que más recuerdan los estadounidenses de la personalidad arrogante de Íngrid fue aquella vez en que los guerrilleros le pidieron que en lugar de nombre se enumerara junto a los otros, pero ella repitió con voz recia: “Íngrid Betancourt” hasta salirse con la suya.Sin embargo, uno de los políticos liberados, que pidió omisión de su nombre, confiesa que esas actitudes la hacían más digna de su admiración, pues “ella, a diferencia de muchos de los que estuvieron secuestrados con nosotros, siempre mantuvo su dignidad, que al fin al cabo era lo último que nos quedaba”.Pero los estadounidenses siguen pensando lo contrario: “Ella no parecía muy diplomática”, dice Gonsalves en el libro. Es más, dice: “una vez se dirigió a los guerrilleros refiriéndose a nosotros: ‘Póngalos en otra parte’. Ella no estaba pidiendo algo, estaba dando una orden”, recuerda el ex rehén. Las relaciones se complicaron más cuando ella envió notas a alias Martín Sombra diciéndole que éramos agentes de la CÍA”.Curiosamente fue a la relación con Gonsalves a la que Íngrid llamó “amor”. La confesión la hizo frente a 20 millones de personas en el show de Oprah Winfrey. Mientras que a la revista Vanity Fair le confirmó que en su ex esposo Juan Carlos Lecompte dejó de pensar hace mucho tiempo, porque él les contó su vida privada a los periódicos. Y aceptó que fue otro amor “que murió en la selva”. Tal parece que así sucedió también con la relación que relata Gonsalves en el capítulo ‘Siete años secuestrado por las Farc’, hubo acercamientos amorosos’ de su libro, entre Íngrid y el ex congresista Luis Eladio Pérez. Ella hasta el momento no lo ha confirmado, pero tampoco lo ha desmentido. Pérez afirmó apenas supo del libro de Íngrid que lo suyo sigue siendo una bonita amistad: “Que nació en un momento difícil de nuestras vidas, cuando estábamos tocando fondo, los dos en condiciones cercanas a la muerte. Y que perdurará en el tiempo”.Las dos IngridHay dos Íngrid, le dijo a El País Juan Carlos Lecompte: “la de antes y después del secuestro”.“Cuando regresó del cautiverio llegó muy fría y materialista. Era otra Íngrid. La verdad no la desconozco con todo lo que dice y hace”, sostuvo Lecompte.Y aunque admitió haber recibido ayuda psicológica antes de reencontrarse con ella, no deja de sorprenderle la actitud de la ex candidata presidencial. “La especialista me dijo que algunos secuestrados cuando quedan libres quieren tener y tener, ya que durante su cautiverio no son dueños de nada, ni de una camisa ni de un pantalón”, contó el ex esposo. Eso cree que le pasó a Íngrid, quien al viajar a Francia, luego de ser rescatada le pidió US$50.000 sin darle la oportunidad de hablar frente a frente. Nada queda, según Lecompte, de aquella esposa “simpática y cariñosa, con quien tenía mucha complicidad”. Clara Rojas también percibió el cambio. Lo relata la propia Íngrid en su libro: “Tu padre se avergonzaría de tí si te viera”, cuenta que le respondió su jefe de debate al pedirle que se corriera un poco, debido a las difíciles condiciones de higiene que las distanciaban más.Otra mirada tiene un compañero de cautiverio, que pidió reserva de su nombre: “Ella sí llegó diferente, pero para bien. Se volvió más humilde y tolerante. Antes del secuestro era una persona que rayaba sin duda en la prepotencia”.De acuerdo con la psicóloga Gloria Hurtado, “los problemas de Íngrid no comienzan con el secuestro, ella ya está desubicada cuando se dirige a la zona de distensión. Piensa que no le va pasar nada, ‘es responsabilidad de otros lo que me pase’, cree”.Gloria H. considera que “el secuestro pudo a ver agudizado su comportamiento, la sacó más del contexto real y cree que el mundo le debe. Es una posición egocéntrica”. Y agrega: “No tiene capacidad de adaptación al mundo. Quiere que el mundo se adapte a ella. Pareciera que siempre va en contravía de los demás. Construye un mundo a su manera”.Ello lo atribuye Hurtado a que Íngrid “fue educada para que el mundo esté a sus pies”. Estudió secundaria en el Liceo Francés de Bogotá, Ciencias Políticas en Francia y se especializó en comercio exterior y relaciones internacionales.Prepotente o no, en 1998 llegó al Senado de la República con la votación más alta del país, más de 150.000 votos. Como congresista logró reconocimiento por su lucha contra la corrupción política, y renunció al Partido Liberal, tras sus denuncias al Proceso 8.000. Una de sus campañas más famosas fue repartir viagra en la Carrera Séptima “para levantar la moral del país”.En la política siempre fue beligerante, según su ex esposo, que la apoyó al postularse en el 2001 para aspirar a la presidencia de su país en 2002, por el Partido Verde Oxígeno.Esa vocación política la heredó de su padre, el antioqueño Gabriel Betancourt, quien fue Ministro de Educación y fundador del Icetex. Contó Lecompte que el padre de Íngrid murió un mes después del secuestro de su hija, invocándola.Se dice que Íngrid heredó muchas más cosas de su mamá, Yolanda Pulecio, ex reina de belleza, entre ellas, su terquedad y sus bellas piernas, las cuales exhibía con vestidos cortos en el Congreso. En París conoció a su primer marido, el diplomático Fabrice Delloye, con quien se casó en 1981 y se separó en 1990. Es el padre de sus hijos Melanie y Lorenzo, y gracias a él esta bogotana de 48 años tiene también la nacionalidad francesa. Pero hasta en ese país que ella reclama como suyo, ha sido objeto de crítica, como lo hicieron tres franceses con el cómic ‘Íngrid de la Jungla’, donde satirizan su cautiverio y su liberación, y la muestran ambiciosa con cada migaja.El mundo, definitivamente, no se pone de acuerdo sobre ella.

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