El calvario de los colombianos a orillas del Táchira es peor por las noches

El calvario de los colombianos a orillas del Táchira es peor por las noches

Agosto 27, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas, enviado especial de El País a Cúcuta
El calvario de los colombianos a orillas del Táchira es peor por las noches

“Soy mototaxista, me iba a bien. Así conseguía la comida de la familia, vivía tranquila”, dice Rosalba Jiménez, quien lleva una semana del lado colombiano de la frontera.

Junto al puente Simón Bolívar y a orillas del Táchira, en el paso fronterizo, unos 500 colombianos le hacen ‘guardia’ a la patria chica que dejaron del otro lado del agua. Crónica de un drama que no da tregua.

“Cierra los ojos y piensa en tu mundo. Piensa en tu casa. En tu familia. Piensa que estás ahí, con tus hijos, tu mujer y tu mamá y un día, a las tres de la mañana, tienes que salir corriendo con ellas, meterte a un río, atravesar una trocha donde hay culebras, meter los pies al barro y salir al otro lado sin nada entre las manos. Imagínate lo que puede ser eso…”

Rosalba Jiménez nació hace 34 años en San Alberto, César, pero había hecho la vida en la Pequeña Barinas, la invasión del otro lado de la frontera con Venezuela de donde han sido deportados la mayoría de colombianos por orden del presidente Maduro. Junto a su familia este jueves cumplirá una semana viviendo bajo un techo colgado sobre palos recogidos del monte que hay de este lado de la frontera, a un río y metros de distancia del que hasta entonces fue su universo.

“Piensa que llegan a tu casa y con un aerosol pintan sobre la puerta una letra que dice que la van a demoler. El día que fueron a marcar la mía me fui con todos los míos. Corrí. Hubo mucha gente a la que le pasó lo mismo y alcanzó a sacar cosas, al menos una parte, hasta antes de que cerraran los pasos de las trochas. Las iban dejando por ahí, entre el monte, hasta que las pudieran mover luego.  Por eso es que tantos se habían quedado por aquí, cerca al río, bregando ir por algo más”.

Vea también: El drama de tres colombianos varados en la frontera con Venezuela

Hasta la noche de este miércoles se estimaba que en las orillas del Táchira, en los bajos del puente Simón Bolívar que une la frontera, podía haber uno 500 colombianos destechados. Y que el total de connacionales que regresaron como consecuencia de la crisis, incluyendo a los 1.096 deportados que reconoce el Gobierno, podría rondar los cinco mil.

A un costado del puente, ayer llegó a su segundo día de operación la Unidad Móvil de Migración Nacional, dispuesta en un minibús con aire acondicionado y cubículos de atención. En su primera jornada, dedicada exclusivamente a las deportaciones, la Unidad y sus hombres atendieron casos entre las diez de la mañana y las dos de la madrugada.

“Resulta que tienes un trabajo y un día ya no puedes hacerlo. Yo soy mototaxista, me iba bien. Así conseguía la comida de la familia, vivía tranquila. Hace años manejé camión en Colombia, pero ya llevaba tiempo establecida en la invasión, que es la última invasión que aceptó Chávez que se hiciera y que iba a ser una urbanización de colombianos trabajadores, él sabía la clase de colombianos que estábamos ahí, preocupados por salir adelante. Pero ahora resulta que los subsidios de arriendo que anunció el Gobierno de Santos solo son para los damnificados que estén en los albergues oficiales. Solo para ellos. Imagina cómo se siente eso cuando tú llevas una semana viviendo junto al río”. 

[[nid:457724;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/08/mvd6709297.jpg;full;{Los connacionales que viven en la frontera colombo-venezolana narran cómo hacen para sobrevivir luego que se desatara la crisis que tiene hoy en jaque las relaciones binacionales.Jorge Enrique Rojas / Reportero de El País}]]

Rosalba perdió todo lo que había conseguido del otro lado del Táchira: un televisor Trinitron de 42 pulgadas que  había traído desde Cartagena como regalo para su hija; una estufa de horno, la lavadora, un juego de espejos, tres camas, la bicicleta de su niña, una moto Susuki del 2009 y una reproducción de la Virgen de Eduviges que, dice ella, es la patrona de las causas perdidas. Todo debió ser destruido cuando demolieron su casa. Aunque ella duda del fin que tuvieron sus cosas. Junto a sus pies, Mailo y Lucas, dos perros de linaje callejero, retozan sobrevivientes. Niña, una lora ahora muda por el miedo, también se salvó.

“Por la noche todo es peor. De día está el movimiento de los periodistas, de la Policía y el Ejército colombianos, que nos han ayudado mucho. Y de la gente que viene a colaborar. Sin exageraciones, aquí nadie se está acostando con hambre,  todos los días nos llega algo. Pero cuando todo se va calmando, cuando ya no hay tanto agite, la gente empieza a recordar y entonces uno empieza a escuchar a las personas hablando de lo que perdieron. Empieza a escuchar a las personas llorando, no solo por las cosas sino por la familia. Hasta la noche del martes, por lo menos 30 niños que se habían separado de sus papás seguían del otro lado del Táchira. Y eso hablando solo de los niños…”

Antes de las cinco de la tarde de ayer, cuando el sol empezaba a recogerse sobre el puente Simón Bolívar, un grupo de colombianos salió a reclamar con pancartas apuntadas hacia el lado venezolano. En todas se repetía el nombre de Johnatan Alexis Correa, un paisano  que despareció hace ya una semana, luego de que la guardia venezolana se lo llevara señalándolo de paramilitar.

En las pancartas había fotos del chico: veinte años, camiseta azul, un gesto manso en la sonrisa. Ayer, su tía Miriam contó que cuando se lo llevaron él estaba lavando una ropa y que por eso no tenía ningún documento cuando llegó la guardia y le puso una capucha en la cabeza. El año pasado entre Villa del Rosario, Los Patios, Puerto Santander y Tibú, los municipios fronterizos, la Fiscalía de Colombia recibió 318 denuncias de desapariciones.

“Por la noche todo es peor. Imagínate el zancudero que hay a la orilla de un río. Imagínate a los niños tratando de dormir. Imagínate además que las personas que alcanzaron a rescatar algo tienen sus cosas por ahí en cualquier parte. Imagínate que llueva. La noche del martes lloviznó y fue otra vez el miedo de la gente por sus cosas, de volver a perder. Yo escuché gente llorando. Cierra los ojos y piensa en tu mundo. Ahora imagínate este, al lado del río, en medio de la oscuridad…”.

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