Daniel, el colombiano que la Guardia venezolana trató de convertir en paramilitar

Daniel, el colombiano que la Guardia venezolana trató de convertir en paramilitar

Agosto 30, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas, enviado especial de El País a Norte de Santander

Daniel Espinel, colombiano de 21 años, cuenta la odisea que vivió al tratar de recuperar algunos de los enseres que quedaron al otro lado del río Táchira. La suya, es la historia de muchos compatriotas.

[[nid:458376;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/08/mvd6710477.jpg;full;{La gente deambula en medio de los escombros después que las autoridades venezolanas comenzaron a demoler las casas de los deportados colombianos.Elpais.com.co / AFP}]]

De este lado del río, dice la mujer, las dificultades muy temprano les echaron abajo los sueños y por eso su hijo, que de niño quería ser piloto de avión, alzó vuelo para el otro lado del Táchira. 

En ese borde del mundo, que por entonces se veía tan bien, el muchacho llegó donde una tía que había organizado vida en Nueva Barinas, la invasión que, extendida en la margen del río, se había convertido en tierra prometida para buscadores de sueños extraviados. 

Ella se llama Aracelly y el se llama Daniel Espinel. Ella lleva cinco años trabajando en restaurantes del fronterizo municipio Villa del Rosario y él dejó Colombia, primero a los 16, con la intención de rebuscarse el estudio; cuando regresó, dice Aracelly, el muchacho pudo hacer tres semestres de mercadeo en la universidad. Pero luego, con los sueños cayendo otra vez en picada, Daniel atravesó de nuevo el Táchira y llevaba seis meses dedicado a pasar mercancía, cargando bultos amarrados a la espalda.

Ahora él tiene 21 y lo único que lleva encima es un recuerdo que lo encorva bajo una cachucha que le tapa el cielo: el otro martes, luego de una noche de torturas, la Guardia venezolana lo intentó ‘graduar’ de paramilitar.

A las 3: 45 de la tarde del pasado jueves, el aire podía morderse en La Parada, el corregimiento cucuteño donde muchos de los colombianos expulsados de Venezuela –ya sea por orden presidencial o el miedo de una deportación- se habían instalado en cambuches. 

 

En la mañana la Guardia venezolana había desparecido de la orilla y un montón de gente aprovechó para pasar el río a traer cualquier cosa que pudieran rescatar entre las ruinas: hojas de zinc, rollos de alambrado, tablas, platones, lavadoras, televisores barrigones y neveras que ya nunca volverán a enfriar. 

En La Parada desembocan varios de los 47 pasos ilegales que las autoridades dicen hay entre Cúcuta y el vecino país, y a esa hora, las 3:45 de la tarde, la canciller María Ángela Holguín y una comitiva del Gobierno colombiano terminaban un recorrido a pie intentando comprender lo que son esas trochas; la escolta motorizada de la Policía y una procesión de gente que los siguió esperando un milagro que aliviara sus urgencias, levantaban espirales de polvo bajo una resolana agobiante. En la romería, un hombre llevaba en alto un crucifijo de tablas pegadas con clavos.

Sentado sobre una piedra en forma de huevo que algún día el río empujó hasta allí, Daniel Espinel, a espaldas de todo eso, contaba que antes de que cerraran la frontera, en una sola noche, podían abrirse entre tres y cuatro trochas. Pero eso, decía, solo puede entenderse en la oscuridad.

Dos noches atrás, la Guardia venezolana lo agarró muy cerca de ahí. Estaba, dice, buscando a tientas parte del trasteo que se le cayó en el afán de ayudarle a su tía a sacar las cosas de Nuevo Barinas; estaba, dice también, de este lado del mundo. Pero un grupo de guardias venezolanos, apuntándole con fusiles, lo obligaron a atravesar el Táchira. Eran las diez y Daniel estaba vestido de pantalón largo y zapatos. 

[[nid:458666;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/08/daniel.jpg;full;{Daniel Espinel, de espaldas, contó los abusos que la Guardia cometió con él.Jorge Enrique Rojas l El País}]]

En las jornadas de “bachaqueo”, como llaman en la frontera el movimiento nocturno de mercancía, su uniforme era una pantaloneta y un par de cotizas, sandalias tejidas sobre láminas de caucho de llantas, que se pegan bien a las piedras del río. La corriente del Táchira, dice el muchacho, siempre ha sido traicionera.

Tras cruzar con las manos en alto, lo tiraron al suelo; no pudo ver caras pero es muy posible que en alguna ocasión hubiera tratado con alguno de esos guardias. Nadie, dice, podía pasar el río sin hacer un trato. Nadie. 

Durante los últimos seis meses, cada que atravesó cargado, él mismo debió pagar la tarifa establecida: dos mil bolívares (10.000 pesos) por lo que llevara a la espalda y mil por cada bolsa en la mano. Con tal de pagar lo menos posible en coimas, el muchacho era capaz de echarse cien kilos al lomo. 

La noche del martes, cuando estuvo tirado en el suelo con las manos amarradas, Daniel dice que los guardias le pusieron junto a la cara una pañoleta con un distintivo paramilitar: ¡Esto es tuyo, colombiano!, empezaron a gritarle. Daniel Espinel mide 1,60 y pesa 57 kilos.

Wilmer Peñalosa tiene un año menos que Daniel. Nació en Cúcuta y en el 2012 llegó a Nueva Barinas para rebuscársela como mototaxista. Su cuerpo está desprovisto de músculos sobresalientes pero la zozobra la tiene bien cuajada en los ojos: es papá de una niña de brazos y los últimos cien mil pesos que le quedaban los gastó pagando un mes de alquiler en un cuarto compartido de La Parada, donde su mujer y la bebé descansan del sopor y la angustia. 

En el extremo venezolano, seis mil pesos le bastaban para el arriendo. En ese extremo quedó la moto marca ‘Bera Socialista’ que en 800.000 pesos había conseguido para trabajar allá. Dando vueltas entre los cambuches de sus paisanos, las cuentas  en todo caso no le resultan tan malas:  Wilmer dice que de no haber salido a tiempo, quizás le habría pasado lo mismo que a los ocho muchachos colombianos que la Guardia de Venezuela se llevó acusándolos de paramilitares. Uno de ellos era su amigo  Johnatan Alexis Correa Mejía, de 20 años y quien, según él, ni siquiera sabía prender un cigarrillo.

La tía de Johnatan, María Barrera, que ha denunciado la desaparición en los noticieros, pasó el martes a San Antonio del Táchira para averiguar por la suerte del chico, pero en los tribunales y el Comando de Policía, cuenta, le dijeron lo mismo: no sabemos, no lo hemos visto. Aprovechando la visita de la canciller María Ángela Holguín a La Parada, la familia le hizo saber del caso y ella les dijo que ya estaba en proceso en Caracas, pero lo cierto, resume la tía, es que ni siquiera un abogado que contrataron ha podido dar con su rastro. 

A Johnatan, dice la mujer, se lo llevaron  tapándole la cabeza con una capucha negra; estaba recogiendo una ropa recién lavada y como los otros siete desaparecidos, jura, el muchacho, es un simple maletero.

Antes de que Maduro ordenara el cierre de la frontera, dice Daniel Espinel, era común ver filas de gente cargando cosas por las noches a lo largo del río. El bachaqueo al que él se dedicaba, dice, eran puras simplezas: galletas Cocosette, leche en polvo, harina, arroz, jugos, gaseosa, cerveza, champú, gasolina. 

Los cálculos callejeros dicen que en Cúcuta hay más de 7000 puntos de venta de gasolina ‘veneca’. Todo se compraba en el centro de San Antonio, se esperaba la noche para cruzar y del lado colombiano la mercancía se guardaba hasta el otro día; en la mañana los productos eran ofrecidos en las tiendas o los tenderos buscaban a los bachaqueros. La mayoría de veces las compras estaban encargadas y por eso casi nunca había pierde.

Un santandereano que durante dos años tuvo el mismo oficio, explica por qué el negocio no tenía días de descanso: con mil pesos, en Venezuela podían comprarse 12 cajas pequeñas de crema dental Colgate. Cada caja, del lado colombiano, se podía vender en mil pesos. La Guardia venezolana, dice el hombre, era la base de la pirámide en y sobre el río: por el puente Simón Bolívar, que une a los dos países, transitaban diariamente unos 40.000 vehículos; la gente que atravesaba el Táchira llevando contrabando era imposible de contar. 

El lío que el pasado 19 de agosto desató el conflicto binacional, luego de que dos tenientes y un soldado venezolanos quedaran heridos en una supuesta emboscada paramilitar, habría sido ocasionado  por un desacuerdo de coimas entre contrabandistas y guardias.

Hoy el sueldo mínimo en Venezuela es de 9000 bolívares, 18.000 pesos. El cierre de la frontera que ordenó Maduro en consecuencia del atentado, dice el hombre, generó a los guardias corruptos una pérdida de dinero incalculable. Esa es la razón por la cual desde ese momento, dice también, su inquina hacia los colombianos ha sido proporcional.

Entre los bolsillos, a Daniel Espinel le encontraron una lámpara halógena con bandas ajustables para la cabeza; ese era su armamento. Se la habían prestado para que buscara los corotos en la oscuridad y cuando un guardia le dijo que se iba a quedar con ella y el muchacho se resistió desde el suelo, recibió puños en las costillas. 

Luego, dice, lo llevaron a una hondonada escondida entre la maleza, lo esposaron  y el guardia que parecía comandar al resto se quitó el casco antibalas, se lo puso al muchacho y le dio tres culatazos de fusil. Daniel, mientras habla, se soba la cabeza. Después, dice, el mismo guardia empezó a preguntarle por sus riñones y le prometió que se los iba a sacar a golpes; le pegó en el estómago, la espalda y las piernas hasta que le dijo: ¡Te voy a coger, colombiano!

Sentado aún en la piedra con forma con huevo, el muchacho cuenta que el guardia le puso una rodilla en la espalda y le pidió a otro que lo tomara del cuello. Luego le bajó el pantalón, le manoseó las nalgas y le pidió a todos que hicieran lo mismo. Y todos lo hicieron. Después le puso una pistola en la cabeza, la cargó, y le dijo que lo iba a matar si no se confesaba paramilitar. 

Cada que Daniel trató de levantar la cabeza para verlos, dice, fue siempre lo mismo, puñetazos en lugares que no dejaran marcas y burlas que  garantizaran cicatrices imborrables: ¿Estás cómodo? ¡Colombiano, te jodiste! 

A las 7:00 de la mañana del día siguiente, tal vez enviado del cielo, un grupo de Boinas Rojas del Ejército venezolano apareció haciendo un patrullaje y discutió con los guardias por lo que le habían hecho a Daniel. 

Les pidieron que lo soltaran pero los guardias no quisieron darles las llaves de las esposas, de modo que debieron llevarlo hasta al comando de San Antonio para liberarlo. Allí, cuenta el muchacho, le dijeron que los soldados no eran enemigos de los ciudadanos, sino de la guerrilla y los paramilitares, y que por eso lo dejaban ir. Respecto a la golpiza y el robo de la lámpara, también le dijeron, no podían hacer nada.

A espaldas del muchacho, por momentos La Parada se veía este jueves como la zona de un desastre aéreo recién ocurrido: trozos de cosas por todas partes, gente arrastrando maletas,  niños llorando, ancianos enfermos de tristeza. Por todas partes, también, animales golpeados; gallinas rencas, gatos que no maullaban y perros con la nobleza descalabrada. 

Nadie hasta ese instante, se había puesto en la labor de atender a esas otras víctimas del lío fronterizo. Las calles de La Parada, quizás en un tiempo, terminen siendo un sanatorio de mascotas temblorosas y abandonadas.

Con la mirada puesta en algún lugar del río Táchira, Daniel Espinel cree que no volverá a cruzar sus aguas jamás: “No volvería siquiera por las cosas que se quedaron. Y mucho menos después de haber escuchado a la Canciller venezolana diciendo que son mentiras que la guardia de su país  maltratan a los colombianos”. 

Pese a todo lo que le sucedió, las palabras del muchacho nacido en Concepción, Santander, salen siempre tranquilas, casi amables. Pudo usar términos más justos para referirse a lo que le hicieron, para nombrar y desnombrar a quienes se lo hicieron. Pero no; su voz parece prestada por un auxiliar de vuelo convencido de que en el cielo hay menos peligros que en la tierra. Esa, al parecer, es  la maldad del ‘comandante’ Daniel.

¿Y los niños?

Los niños, por fortuna,  tienen el chance de dormir en el Albergue Casa Las Monjas, una construcción en concreto a pocas cuadras de  aquello, habilitada en medio de la emergencia para refugiar a los pequeños con sus mamás. 

Cuenta el subintendente Fernando  Hurtado, de la Policía de Infancia y Adolescencia de Cúcuta, que hasta el  miércoles habían sido atendidos 123 niñas, 105 niños y 89 mujeres.

Francisco Reales,  un médico que fue a prestar sus servicios de manera voluntaria, contó que las consultas más recurrentes estuvieron relacionadas con dolores musculares y cuadros de estrés asociados con problemas de ansiedad. 

En la noche, sin embargo,  los niños parecían curados de cualquier miedo: bajo unas toldas de lona dispuestas como depósito de las donaciones de ropa que a esa hora seguían llegando, jugaban y saltaban justo donde las muchachas que organizaban los donativos les pedían que no lo hicieran. Pero ellos iban y venían sin recato. Como si no tuvieran frontera”.

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