Crónica de un viaje por el Quindío

Crónica de un viaje por el Quindío

Octubre 12, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Andrés Felipe Álvarez H. / Fotos: Lina Marcela Ruiz C.*
Crónica de un viaje por el Quindío

Don Leo dio una cátedra de cómo sembrar, recolectar, lavar, secar, tostar, moler y empacar un café de origen.

En el Quindío ahora se impone el "turismo de experiencias", que muestra la verdad sobre el café a través de las historias reales de los campesinos.

Cuando el cielo del Quindío se desfonda, los campesinos dicen que está lloviendo plata. 

Ese sábado, un día antes del segundo plebiscito en la historia de Colombia, el coletazo del huracán Mathew hizo que nuestra llegada a la finca de Don Leo fuera bajo un aguacero bíblico. Él, un indígena de no más de 1,55 mts. de estatura, estaba feliz “porque la lluvia trae plata y alegría, y turistas también”.  

León Campos, así es su nombre, ya nos esperaba con su familia cuando el Jeep Willys color verde viche en el que viajábamos desde Pijao estacionó junto al comedor de Villa Gloria, su finca. Éramos dos vallunos, un rolo y una alemana. Nos recibió con  apretones de sus manos callosas como quien saluda a amigos que esperó durante años.  

Villa Gloria es una de las 44.000 fincas que le dan vida al Paisaje Cultural Cafetero colombiano, declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 2011.  León, Don Leo, nuestro campesino anfitrión, es uno de los millones de hombres y mujeres que con sus manos labran el progreso del país y llegan a las mesas de sus compatriotas en una taza del mejor café del mundo.

Gloria, su esposa, puso frente a nosotros platos rebosantes de sancocho y seco típico campesino. Mientras hacíamos desaparecer esas delicias, y la alemana luchaba contra la feroz porción, Don Leo contaba que prefirió hacerse un experto cultivando café y verduras para darle de comer a su familia que taparse en plata sembrando marihuana y coca en el Cauca. Eso, nos decía, le costó ser tres veces desplazado por grupos armados que lo obligaron a abandonar su tierra a cambio de respetar su vida y la de su familia. 

“Si entraba el Ejército a la finca, pedían tinto con panela y había que darles. Lo mismo con la guerrilla y los paras. Pero si uno de los tres veía al otro entrando,  le tocaba a uno irse para que no lo mataran”, narraba Don Leo, quien -para finalmente instalarse en esa finca enclavada en la cordillera central- huyó de las balas del Cauca, Nariño y el Huila. “En la última finca les dejé un letrero a los ‘paras’ que decía: ahí les dejo la finca pa’ que la trabajen,  eso es lo único que sé hacer y ustedes me lo quitaron”, remató.

[[nid:585297;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/10/ep001189386.jpg;full;{'Mocho', el conductor del jeep Willys verde viche, da vida a la montaña con su motor.Foto: Lina Marcela Ruiz C. El País}]]

Y sí que trabaja. Nos hizo un recorrido por su finca autosostenible, de cuya tierra brotan 30.000 plantas de café sembradas con sus  manos, además de plátano, banano, lechuga, acelga, pepino, maracuyá, yuca, fríjol, tomate y un sinfín de alimentos que bien  pueden abastecer una plaza de mercado.

Al otro día, más temprano, cuando el sol despuntaba y las nubes danzaban sobre las montañas de Buenavista antes de romperse en un aguacero, Juan David Agudelo, el rolo del paseo, nos recogió en Panorama Café, su hostel. 

Fue ese chico de 26 años de edad quien se encargó de unir las piezas humanas que hoy le dan vida a una de las experiencias cafeteras más completas del continente. A sus 23 años dejó sus estudios de sociología en Argentina para poner en marcha su sueño cafetero. 

Tocó las puertas de fincas y cooperativas, habló con caficultores, conductores de willys, dueños de tiendas, restaurantes y hasta con señoras del común que quisieran contarles a los visitantes algo sobre esa vida en medio de tanto café. Así creó ‘Experiencia Cafetera’, el tour con el que  les ha mostrado a más de mil personas todo lo que hay detrás de una taza del famoso café colombiano, al tiempo que mejora la economía de todo aquel que quiera participar con su  historia.  

Nos detuvimos al filo de una montaña tapizada de Café y Juan David nos pidió escuchar en silencio. “Nos vamos a introducir en esa cordillera para conocer y entender aspectos fundamentales de la vida de los cafeteros que producen y transforman la segunda materia prima más grande del mundo después del petróleo”, susurraba.

Luego de serpentear esas montañas pintadas con todos los tonos de verde de la naturaleza, llegamos a Pijao. En la plaza central hombres ataviados con sombrero, poncho y zurriago esperaban a que los llamaran a recoger café. 

[[nid:585300;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/10/ep001189387.jpg;full;{En Buenavista la gente está trabajando para el incrementar el turismo. Foto: Lina Marcela Ruiz C. El País}]]

Era época de la cosecha traviesa, cuando los cafetales hacen brotar granos rojos, pero no tanto como en abril y mayo.  Si desea ver más fotografías de esta experiencia cafetera ingrese aquí

Recorrimos las calles, entramos a las cantinas, conversamos, vivimos Pijao. Doña Amelia, una anciana que nació y vivió siempre en este pueblito de casas coloridas, nos abrió las puertas de la suya y nos enseñó su vivero lleno de flores y tomates redonditos. 

Carlos Arturo, un caficultor que toda la vida vendió su producción a las cooperativas y a cambio no recibía más que deudas, nos contó orgulloso cómo empezó a procesar él mismo sus cosechas y ha logrado desarrollar un café excelso que vende en su propia tienda. 

Luego  fuimos a buscar a ‘Mocho’, el conductor del jeep Willys verde viche. Mientras ascendía por las curvas de la cordillera que bordea el Río Azul, Alberto (nombre de pila que sus amigos cambiaron por ‘Mocho’ desde que un trapiche le arrancó un dedo de su mano derecha), nos contaba que el café le ha dado sentido a su vida y que ese jeep de 1700 kilos de peso es como su novia porque “me da la comida, me deja echarme un sueñito y me hace feliz cuando estoy arriba”.

Sus historias nos hacían viajar en el tiempo. Narraba como, en el año 2000, después del terremoto que devastó la región cafetera, el frente 21 de las Farc se tomó Pijao a punta de “metralla y cilindros bomba”. 

Desde su casa escuchaba los estallidos y se aferraba a su fe para que su pueblo pudiera soportar ese nuevo embate de la guerra. “Eso ya no se ve, ya no hay guerrilla por estos lados y es por eso y gracias a Juan David que los puedo traer a estas montañas sin correr peligro”, dice ‘Mocho’.

Viajar a bordo de esta experiencia cafetera fue, sobre todo, conocer la nueva cara de un turismo experiencial que mezcla la enseñanza de los procesos del café con vivencias que atraviesan la realidad de sus protagonistas. 

Nada de pantomimas ni disfraces de chapoleras que no han recogido un grano de café en sus vidas. Este viaje fue una confrontación con esa historia difícil de Colombia, escrita en una página negra con sangre, plomo y abandono, pero sobre todo con la fortaleza de estas personas que hicieron del café la joya más preciada de esta tierra.

Lo único que se están comiendo que no ha crecido en esta tierra es la papa y el arroz”, nos decía el  diminuto León, hinchando su pecho de orgullo”.

*Viajeros de renunciamosyviajamos.com

Vea aquí un recorrido fotográfico por Pijao y Buenavista: las joyas inexploradas del Eje Cafetero en Colombia.

 

 

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