“Aprendí que uno tiene que pensar por sí mismo”: Germán Samper

Agosto 28, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal
“Aprendí que uno tiene que pensar por sí mismo”: Germán Samper

Germán Samper, arquitecto.

Germán Samper es pionero de la arquitectura moderna. De su talento salieron los edificios de Coltejer, el Museo del Oro de Bogotá y el CAM de Cali.

Germán Samper Gnecco es descendiente directo de la legendaria familia que no sólo fundó la fábrica de Cementos Samper, instaló la Energía Eléctrica en Bogotá, fundó el exclusivo Gimnasio Moderno, de donde salieron bachilleres varios presidentes de la República, sino que se destacó por su conciencia social.Como muchos de los miembros de su familia, Germán es muy musical. Toca el piano y canta boleros, aún hoy, a sus 87 años de edad, para descansar de los ajetreos de una profesión que mantiene viva y a la que le ha rendido culto desde que tuvo el privilegio de estudiar en París, durante cinco años, en el atelier del padre de la arquitectura moderna Charles Édouard Jeanneret–Gris, conocido mundialmente como Le Corbusier.Bogotano, nacido en 1924, Germán Samper se graduó como arquitecto en la Universidad Nacional. Conquistó a Yolanda Martínez, su mujer, con quien contrajo matrimonio en 1950, a punta de boleros y serenatas. Es hermano mayor de cuatro hermanas, padre de cinco hijos y abuelo de diez nietos. A lo largo de su destacada carrera ha diseñado obras emblemáticas como el barrio La Fragua, la Biblioteca Luis Ángel Arango, el Museo del Oro -por el cual ganó el Primer Premio Nacional de Arquitectura- el edificio Avianca, el Centro de Convenciones de Cartagena, el edificio Coltejer de Medellín, las manzanas 23, 24 y 25 de la gran ciudadela Colsubsidio de Bogotá y el conjunto del Centro Administrativo Municipal, CAM, de Cali.Este año la Universidad de los Andes le otorgó el doctorado Honoris Causa en Arquitectura y el próximo mes de octubre, como él dice con mucha gracia, será “la estrella fugaz” de una serie de homenajes para celebrar sus 60 años de carrera profesional, con publicaciones, documentales y una exposición de sus magníficos y legendarios diseños en el imponente edificio del Archivo Distrital de Bogotá. De “fugaz”, nada, porque Germán Samper es toda un leyenda de la arquitectura en Colombia. Su ídolo fue siempre Le Corbusier, quien había llegado a Bogotá en el año 47 y su sueño dorado era trabajar con él. Como todo lo que se ha propuesto en la vida, Germán lo consiguió. Con un dato adicional y curioso: cuando Le Corbusier le dio luz verde para laborar en su taller, ya Germán, por malabares del destino, trabajaba allí clandestinamente.¿Cómo fue el episodio de su primer encuentro con Le Corbusier?Por diligencia de mi amigo Alberto Peñaranda, Fernando Londoño y Londoño que era embajador en Francia, fue a visitar a Le Corbusier para pedirle que me recibiera en su taller. Yo ya trabajaba clandestinamente allí y me los encontré de manos a boca. Hubiera querido que me tragara la tierra. ¡Imagínese! LeCorbusier me preguntó en español: ¿qué hace usted aquí? “trabajo aquí con George Candilis” -un arquitecto griego que después fue muy famoso. Entonces le dijo al embajador: “bueno, usted quería que trabajara aquí y ya lo está haciendo sin mi permiso”. Estuve cinco años allí y nos volvimos muy amigos.Cinco años en el taller de Le Corbusier. ¿Cómo resumiría ese aprendizaje?Me cambió la vida. Él era un autodidacta que gracias a un profesor decidió viajar para aprender arquitectura de la mejor forma: viendo buena arquitectura. Estuvo, por ejemplo, en la Acrópolis griega, visitó Italia -Roma y Venecia- y Estambul -la antigua Bizancio-. Era un superdotado, con un criterio muy bien formado desde la adolescencia. En Francia había sólo una escuela donde se estudiaba arquitectura, muy orientada a las Bellas Artes, pero se había quedado en el pasado y la arquitectura que se hacía era la clásica. A Le Corbusier, en cambio, le fascinaba todo lo nuevo y pensaba que la arquitectura debía corresponder a esos nuevos niveles de tecnología. Se fue a París y le mostró sus dibujos a Auguste Perret. Él y su hermano trabajaban un nuevo material que era el concreto y que, según cuentan los franceses, había sido inventado por un jardinero. Le Corbusier vio que éste era el material del futuro y toda su vida trabajó con él para aprovechar sus posibilidades. Hay una revolución porque los edificios de París se construían con unos muros de 60, 70 centímetros de grueso en mampostería y cada piso debía tener continuidad de los muros; no había ninguna flexibilidad y, por consiguiente, las construcciones eran pesadísimas, y las ventanas eran unos huecos. Con el concreto, Le Corbusier dijo: “separo lo que es sostener de lo que es encerrar”-por decirlo de alguna manera- y así fue como las fachadas y edificios enteros se pudieron hacer en vidrio.¿Coincide con la edificación de rascacielos en Nueva York?Sí. Coincide con la llamada Escuela de Chicago, que es más o menos por la misma época. Le Corbusier tenía algo fantástico y es que era un maestro, en toda la extensión de la palabra, que quería comunicar sus conocimientos y por eso enseñó y escribió muchos libros. También luchaba con los del movimiento de Beaux Arts, que eran sus enemigos. Había peleas deliciosas en las que se acusaban mutuamente de estar haciendo “barbaridades” en vez de arquitectura. Un proyecto clave fue el de la sede de la Sociedad de las Naciones en Ginebra, que se construyó después de la Primera Guerra Mundial, cuando se creó esa entidad. Corbusier entró a ese concurso y entre los 300 proyectos presentados, el jurado -que estaba dividido- señaló doce posibles ganadores. Los llevaron al Comité para que desempatara entre los partidarios de la Academia y los partidarios de la Arquitectura Moderna y éste decidió darle el premio a tres firmas del grupo de los académicos. Hubo un escándalo mundial. Eso catapultó y le dio gran realce al proyecto de Le Corbusier que inmediatamente tuvo apoyo de los ingleses, de los alemanes y de los italianos, que se reunieron en un castillo y fundaron los Congresos Ciam -Congreso Internacional de Arquitectura Moderna. Le Corbusier se convirtió en su líder. Para responder finalmente su pregunta, le diría que de Le Corbusier aprendí en primer lugar que uno tiene que pensar por sí mismo. “No se lleven las flores de mi jardín, llévense la semilla”, decía. Yo trabajé en el Plan Piloto de Bogotá, en la nueva ciudad de Chandigarh, una especie de Brasilia en la India, donde realicé proyectos muy importantes. La verdad es que me entrené en arquitectura de nuestro siglo, pero al mismo tiempo viajé mucho, dibujando siempre. Europa le enseña a uno mucho, sus calles, su arquitectura, sus plazas, sus espacios. Regresé a Colombia con doble conocimiento: lo que vi en Europa, que me fascinó y que tenía dibujado en mis “croquis de viaje”, y las enseñanzas del Atelier de Le Corbusier . ¿Y de esa simbiosis qué salió?Ya aquí, entré a trabajar rápidamente con una firma de arquitectos, dos de los cuales se fueron rápido y quedamos tres: Esguerra, Sáenz y Samper. Estuvimos cuarenta años trabajando en esa firma que, como todas las de la época, era proyectista y constructora.Mi socio Rafael Esguerra era el constructor y yo fui el diseñador siempre. Álvaro Sáenz era el gerente. Así construimos la Biblioteca Luis Ángel Arango con su hermosa sala de conciertos, que ya es patrimonio nacional; el Museo del Oro del Banco de la República, el Edificio de Avianca, el Edifico Coltejer, en Medellín, el Edificio del diario El Tiempo, el conjunto del CAM en Cali, el Banco de la República de Medellín, el Centro de Convenciones de Cartagena… en fin una serie de edificios que se han convertido en una especie de íconos de la arquitectura nacional. Hoy tengo una sociedad con mi hija Ximena, que se llama GXSamper Arquitectos.¿Y cómo llegó usted al tema de la auto-construcción en el legendario conjunto La Fragua?Mi ilustre esposa, que es una persona muy entusiasta, había estado viendo auto-construcción en Francia, un movimiento que se llamaba Los Castores, que construían sus propias casas y las habilitaban para diversos usos. El chofer de mi suegro le preguntó un día: “su marido me podrá hacer un planito para construir una casa?” Ella le dijo, sí, pero en qué lote? “No, es que no tengo lote”. ¿Y tiene plata? tampoco. Resulta que nosotros teníamos un grupo de jazz. La mitad éramos arquitectos y la otra mitad médicos. Uno de ellos trabajaba en el Centro Interamericano de Vivienda -fundado por la OEA- en Bogotá, que auspiciaba vivienda popular. Nos dijeron que conformáramos un grupo grande. Rápidamente levantamos gente, el Centro nos ayudó y el Instituto de Crédito Territorial no dio el lote y nos prestó la plata. Construimos cien casas en el barrio La Fragua¿Qué innovaciones hizo allí, hace ya cincuenta años?Por el afán que yo tenía de beneficiar a más familias, cuando me entregaron el lote quité la calle de por medio e hice cien casitas en donde originalmente debía haber habido cincuenta. Había duplicado la densidad. Como era por autoconstrucción y la gente trabajaba de noche, al fondo del lote hicimos un cuarto para cada familia. Vivieron allí mientras se construía la obra. Así economizaron transporte y tiempo y dejaron de pagar arriendo. Es interesante ver lo que sucedió con esas familias. Los que construyeron sus casas por su propia mano habían hecho estudios de primaria; sus hijos cursaron todos secundaria y muchos dieron el salto a la universidad. ¿Por qué no se estimula más en Colombia el sistema de autoconstrucción?Hay que distinguir lo que es autoconstrucción dirigida y autoconstrucción individual. El Instituto de Crédito Territorial utilizó nuestro sistema en Aguablanca, en Cali. Unos años después se hacía autoconstrucción en todas partes. Después se fue abandonando. Nosotros lideramos la construcción de otras doscientas casas, diez años después de La Fragua y allí corregimos errores. Por ejemplo, los techos los habíamos construido a dos aguas porque resultaba más económico. Las del segundo proyecto tuvieron techos planos, con tejas de quitar, para poder construir un segundo y hasta un tercer piso, y volver a ponerlas. ¿Ciudades como Bogotá, Cali y Medellín, deberían irse verticalizando, debido a los altos costos del suelo?Cuando yo empecé a ejercer la profesión había dos patrones modernos de desarrollo urbano: uno el que adoptaron en el siglo anterior los ingleses. Como Inglaterra fue le primer país que se industrializó, construyeron fábricas por todas partes. Londres se deterioró y los urbanistas se inventaron el concepto de Ciudad Jardín, que eran comunidades un poco satélites de la ciudad. Ese estilo lo adoptaron los norteamericanos. Es un urbanismo de poca densidad -quince viviendas por hectárea- lo cual es una locura. ¿Qué recomendó Le Corbusier para Bogotá, y, usted, que aportó en La Fragua?La construcción de edificios altos y advirtió que estábamos acabando con el territorio porque nos estábamos extendiendo demasiado. Él sostenía que la baja densidad no hace ciudad porque no hay suficiente gente alrededor para abrir, por poner un ejemplo, tiendas. Se necesita alta densidad para que haya negocio. Le Corbusier propuso edificios de veinte pisos y en el primer piso nunca construyó nada. El lo llamaba sobre pilotes, columnas, realmente, y decía: tenemos el 100% del terreno libre y una densidad que sí conforma ciudad. Esos patrones dominaban cuando yo empecé a ejercer, pero La Fragua me enseñó que también se podía tener buena densidad en lotes con viviendas individuales, construidas en grupos. Inicié una investigación y llegué a la conclusión de que eso era de tal importancia, que podría convertirse en una solución intermedia entre los edificios altos y las casas individuales. Debo destacar que la casa individual es una necesidad para la gente de bajos ingresos, porque compran un lote, van construyendo poco a poco hasta que logran tener una casa de dos o tres pisos, rentan un cuarto e inclusive montan algún tipo de pequeño negocio. Es un proceso propio de los países en desarrollo.Entiendo que usted fue en tres oportunidades al Concejo de Bogotá. ¿Le gustaba la política?No, me metieron traicioneramente. Risa. Era la época de la campaña de Carlos Lleras Restrepo y había un grupo de profesionales lleristas que le enviaron una lista con recomendaciones de profesionales idóneos para aspirar al Concejo de Bogotá, con economistas, ingenieros, arquitectos, que en combinación con otros profesionales en administración, pudieran integrar un buen Cabildo. A mí me metieron en la lista por el desarrollo de La Fragua. Fue una experiencia interesantísima conocer la ciudad y sus gentes las que yo ya había tenido un contacto importante, una cuestión de corazón.El tema vial de las capitales del país es una pesadilla y Bogotá colapsó. ¿Es el Metro es una necesidad imperiosa?Absoluta.¿Cómo cree usted que se podría abocar el colapso del tránsito en Bogotá?Yo creo que la única posibilidad es hacer todas las formas de transporte posible. Las grandes ciudades tienen Metro, Transmilenios, buses comunes y corrientes, algunos tienen tranvías, etc. Hay que meterle de todo. Esa es la teoría de Enrique Peñalosa. ¿Cómo le parece como próximo alcalde?A mí me gusta mucho Peñalosa aunque viendo las encuestas parece que Petro tiene también posibilidades. Y, por el otro lado, no sabe uno cuál es el papel de Mockus. Pienso que se ha portado mal y que su lanzamiento le ha restado muchos votos a Peñalosa. Creo que los demás no tienen posibilidades. La campaña capitalina se está polarizando fuertemente entre Peñalosa y Petro.La Universidad de los Andes le dio el grado Honoris Causa este año y entiendo que le van a hacer un gran homenaje el próximo mes de octubre. ¿Una especie de “coronación”?Risa. En octubre se publicará un libro sobre todo mi trabajo con artículos dedistintos colegas. También la Universidad de los Andes ha hecho un estudio exhaustivo y hará una exhibición el mismo mes. Catalina mi hija conoce mi trabajo mejor que yo, me guarda todas las fotografías, planos, papeles. Ha estado coordinando un video con duración de una hora. Todo será en octubre; como ve, en ese mes voy a ser una estrella fugaz. Risa.Sé que para usted es muy importante el espacio que hay entre construcciones, proyectos a los cuales llamó “recintos urbanos” y que ha trabajado muchísimo en ese tema pensando que así fueron las ciudades del pasado...La arquitectura moderna, con sus edificios y sus torres, presenta un individualismo muy grande. Pero cuando uno trabaja conjuntos, resulta que lo más importante es el espacio entre las construcciones. Eso lo llamé “recinto urbano”. La escala de las viviendas de alta densidad es la que tuvieron las ciudades del pasado. Entonces, usted encuentra espacios, jardines, placitas pequeñas. Es un movimiento que he venido trabajando.En Bucaramanga se hizo uno sobre el aeropuerto cuando lo trasladaron. Bogotá se construyó la Ciudadela Colsubsidio, con catorce mil viviendas, en la que se resumen todas mis teorías. El proyecto se ha hecho por etapas a través de unos veinte años y alberga alrededor de cien mil personas. Tiene rotondas, placitas y zonas verdes. Cada manzana tiene un portero, un salón comunal y parqueaderos. Diseñamos la Iglesia, los colegios y plazas circulares con portales. La gente está feliz.¿Qué hará con todo ese acervo magnífico de planos y proyectos que tiene en un archivo de sesenta años?Yo me quedé con los planos de La Ciudadela y tuve que instalar dos contenedores industriales donde metí todos mis archivos . El año pasado tomé la decisión de donarlo al Archivo Distrital. Creo que es una de las decisiones más importantes de mi vida. Allí están los planos de la Biblioteca Luis Ángel Arango y de todos los proyectos que realizamos en Bogotá, Medellín, Cali y otras ciudades. Los entregué por escritura pública y allá se volvieron locos, los cuidan como usted no se imagina. Son públicos. Usted puede verlos en pantalla y si quiere alguno, le sacan una copia. La exposición se hará en el edificio del Archivo, que es realmente magnífico y donde los empleados, con un espíritu extraordinario, cuidan todos los documentos depositados ahí, que constituyen un tesoro público de la ciudad.

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