Viaje al corazón de una cárcel

Julio 04, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas, editor unidad de crónicas y reportajes
Viaje al corazón  de una cárcel

Una ‘carretera’ donde las ‘garzas’ deben hacer equilibrio para dormir.

Un recorrido de dos horas a los pasillos que conducen a los patios internos de Villahermosa. La llamada de un preso. Una conversación en la fila de visita. De allí se desprenden detalles insospechados del penal. Relato extramuros.

Desde el otro lado de la reja, el sol se ve caer como un latigazo sobre el patio número seis. En el centro, una veintena de colchonetas arden bajo la resolana. Hace apenas un rato que fumigaron las celdas para combatir una plaga de chinches. Eso dice un preso. Y el preso mira al cielo. Arriba, en el borde del pabellón, una bandada de palomas aguarda en el filo del muro con la mirada vigilante sobre los rollos de espuma. Cada tanto alguna baja y picotea algo que sale de los colchones. Luego vuela presumida. Parecen aves de rapiña y no tórtolas. La mirada del preso va y viene. Después habla: en la cárcel nada es como parece.Son las tres de la tarde y en la entrada del patio el calor es seco. En el cielo azul que cubre Villa Hermosa nada se mueve. Ni una nube. Sólo palomas. Abajo el suelo reberbera. Es como si el dispositivo universal se hubiera averiado justo allí. Entonces no ventea. Sólo baja calor. Un calor amarillo y vaporoso. En las celdas debe ser mucho peor: en el patio número seis, que no es más grande que la mitad de un campo de fútbol, hay recluidos 284 hombres. Y para todos sólo hay sesenta celdas. Y nueve baños. Y nueve duchas. Con los torsos desnudos y mojados en sudor, se ven como futbolistas derrotados después de un partido antes que como reclusos. Sí, nada es como parece, dice el preso, mientras se rasca una picadura en la espalda y señala con el dedo verdades insospechadas desde el otro lado del muro.El hacinamiento, eso que desde afuera sólo parece un número desbordado, adentro es un asunto que agrieta las paredes. No es retórica. El preso apunta y muestra una alcantarilla rellenada con trapos y periódicos para conjurar una trampa que en días de visita ya se ha tragado pies enteros; mueve el dedo y deja ver un enjambre de cables eléctricos que sobre las celdas ya ha ocasionado cortos circuitos; señala con la barbilla y habla de sanitarios taponados que en días de aguaceros suelen desbordarse. El tipo mueve los pies. Las palomas picotean el piso. En el patio número seis hay tres pasillos. En los tres pasillos sólo funcionan dos ventiladores. El nombre del penal parece un mal chiste.En 1958, cuando la construyeron, Villahermosa fue concebida para albergar 1.680 internos. Ahora hay 4.403 y las cifras desbordadas hablan de un hacinamiento del 261%. Sólo en el Patio número cuatro hay 530 internos. En ese patio hay seis pasillos. Cada pasillo cuenta con dieciocho celdas. Para cada diecicocho celdas, un baño. La cárcel, debe ser cierto, educa en paciencia.Con las manos descolgadas por la reja de entrada al patio, un recluso menciona una fauna desconocida. Habla de garzas por ejemplo. Así llaman a los internos que tienen que dormir parados. Entonces emula la pose clásica de esas aves que en las postales turísticas reposan estáticas con un pie levantado. Y explica que sólo así algunos presos logran hallar espacio para descansar. Las garzas, las enjauladas, duermen en ‘carretera’ y ‘rotonda’. Carretera es el piso del pasillo y rotonda son los centímetros que quedan entre las gradas de acceso al segundo o tercer nivel del pabellón. La coincidencia con las de verdad, las emplumadas, es que en ocasiones ambas pueden terminar durmiendo sobre el agua. Los techos del penal, también vencidos, es común que terminen perforados en los día de lluvia. Claudia Liliana Pinzón, una abogada que hace seis meses y medio asumió la dirección del centro penitenciario, sabe de esos inconvenientes. Ella misma cataloga los problemas de acueducto y alcantarillado como “miedosos”; y de los eléctricos, dice, “son tenaces”.Cada tanto, explica, el Instituto Penitenciario y Carcelario de Colombia, Inpec, ha intentado sortear la situación con arreglos y refacciones, pero la delincuencia desbocada de la ciudad hace que, también, cada tanto las reparaciones se conviertan en algo obsoleto. Es cuestión de inercia: en tres años a Villahermosa ingresaron 669 reclusos: 18 cada treinta días, 223 cada doce meses. Es como si cada año en la cárcel hubieran descargado un vagón del MÍO repleto de gente. ¿Habrá manera de ponerle freno a la problemática?La directora dice que pronto, cuando 2.700 internos sean trasladados al nuevo complejo penitenciario de Jamundí, muchas cosas cambiarán. Y que para eso falta poco. Ojalá sirva el esfuerzo (el Estado invirtió $181.000 millones). Porque adentro de Villahermosa, caminando por el pasillo central que divide los patios con mayor concentración de reclusos, es fácil advertir que el hacinamiento sólo es el menor de los problemas. El señor Ene, interno del patio cuatro donde están varios reclusos sindicados y condenados de rebelión, recuerda lo que pasó el 22 de febrero, cuando allí fue asesinado a bala León Daney Mora Aguirre. “Adentro hay mafias y las mafias, como afuera, se disputan el poder. Aquí es jodido mantenerse afuera del tropel. Déme un número y le cuento”. Hey, te hablo desde la prisiónEl señor Ene menciona la palabra bandos. Dice que al muerto de febrero lo mandaron a matar desde la calle. Y que por esa puntería pagaron varios millones. Ene tiene la voz ronca, áspera, como la de un radio mal sintonizado. El tipo habla desde un celular cuya señal sale desde algún rincón de la cárcel.Los bandos tienen una razón de ser, explica él. Se disputan el control de los patios porque allí se mueven pequeñas fortunas. Aunque desde el 2002 el Inpec prohibió la circulación de papel moneda al interior de los reclusorios y la tenencia de dinero por parte de los internos es catalogada como una falta que acarrea una sanción disciplinaria, las transacciones van y vienen.Ene menciona tarifas: la entrada al patio vale entre diez mil y cincuenta mil pesos; una celda entre uno y tres millones; el alquiler para la visita conyugal, treinta mil pesos; un celular, cien mil; un cigarro de marihuana, mil. Los pagos se hacen en el exterior a través de familiares y amigos, dice. Aunque algunas veces también se maneja el efectivo. C.D., tía de un chico recluido en el patio seis por hurto, confirma la veracidad de los precios: “En promedio la familia tiene que disponer de trescientos mil pesos al mes para darle a él. ¿Y qué pasa si no le damos? Pues que la pasa mal”. Ene jura que los sicarios de febrero recibieron su pago adentro de la prisión y que con eso hicieron una pequeña fiesta antes de la ejecución. Consumieron cocaína y ‘chamber’, una bebida derivada de la fermentación de varias cosas: arroz, tomate, jugo de frutas que también venden por ahí. Si es cierto lo que dicen, la borrachera los hizo fallar. De acuerdo con la orden los muertos debieron ser más. León Daney Mora Aguirre fue acribillado en su propia celda. Luego se desató un tiroteo. Ese día 19 reclusos quedaron heridos. Ele, interno en otro patio, confirma la versión y añade otro detalle. El crimen se cometió con un revólver calibre 38 que, envuelto en una media, fue arrojado al patio cuatro desde otro pabellón. La incomprensión, libre, se hace cuestionamientos: ¿Cómo entró el arma de fuego? ¿Cómo logró pasar el detector de metales? ¿En qué parte del cuerpo pudo caber camuflada?Ambos presos, al referirse al tema de los bandos, hablan de algo que denominan “la rebelión de la ratas”. Las ratas, en la fauna carcelaria, son los ladrones y delincuentes comunes. Se supone que ellos son quienes pretendían tomar el control del patio donde ocurrió el asesinato. Villahermosa apenas está custodiada por 265 guardianes. Uno de ellos, con la mirada mansa de un buey, dice que pese a todo, éstos son mejores tiempos. El guardia, que pide no ser mencionado por su nombre, recuerda imágenes de una época de batallas campales al interior de los patios, de visceras expuestas a punta de puñaladas, de caciques temerarios. Una época sanguinaria en la que eso de la resocialización, allá, del otro lado de los barrotes, más que utopía era una burla.Cuenta por ejemplo de un secuestro del que fue víctima. Sucedió en el 2001, cuando un grupo de internos encerró en el taller de artesanías a los custodios de los pabellones. Entonces activaron un artefacto explosivo con intención de volar el muro. Pero algo falló. La determinación de los amotinados fue matar a los guardias. Éste, el que habla, se limpia la cara mientras recuerda en su frente los coágulos de sangre de un compañero al que le dispararon en la cabeza.Sí, ya no pasan cosas como esas, dice Bernardo Padilla, interno de 52 años en el patio cuatro, quien hace caer en cuenta de otras tragedias que también afectan a muchos. Entonces se levanta la camisa para mostrar una hernia abdominal del tamaño de un balón de fútbol que espera ser operada hace año y medio. Al igual que José Gilberto Ramírez, del patio ocho, que se baja los pantalones para exponer la sonda que hace dos años le cuelga del pene, mientras le dan turno para ser operado de la próstata. O como Luis Aurelio Romero, de 50 años, que muestra las cicatrices de la costura que se hizo en la boca para presionar la salida del anexo de salud mental donde asegura haber sido ingresado por error. Adentro de los muros pasan cosas insospechadas. Mucho. Que uno creería imposibles. No todas son malas. Efe es un caso palpable de ojos negros y dientes blancos. El tipo, recluido por homicidio, habla del perdón y la reconciliación. Dice que afuera hay otra vida y que la cárcel, en medio de todo tiene sus bondades. Quien habla, cómo no adivinarlo, es un hombre enamorado. Efe se hizo novio de la hermana de un compañero de patio. Dentro de la cárcel el amor está libre de las cadenas que arrastra afuera. Del lado de los barrotes fluye rápido, libre de prejuicios y de los grilletes del convencionalismo. Entonces bastan unas miradas y un par de charlas para sentir los pálpitos. Y el amor libera: A Efe le faltan cuatro años para cumplir su pena, pero habla como si tuviera la boleta de salida en la mano. Y ríe. A carcajadas. Hace dos meses nació su hijo. Se llama Manuel y fue concebido allí, entre las rejas. Efe, cuando termine su condena, quiere ser agricultor. Al salir del pasillo que conduce a todos los patios hay una leyenda visible. Es un proverbio de la biblia, San Juan 10:9, escrito en una caligrafía limpia, de color verde: “Jesucristo dijo yo soy la puerta, el que por mi entrare será salvo; y entrará y hallará mejores pastos”. Algunos lo leen.

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