Vecinos de barrios residenciales, afectados por ruido de bares y discotecas

Octubre 17, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera, reportera de El País.

Se resisten a vender sus casas, aunque se les haya dañado el vecindario. Equipos de los carros a todo volumen también perturban la tranquilidad de los habitantes de estos sectores, al punto que algunos optan por pasar la noche en otro lugar.

José Acosta no es el ‘Mono Jojoy’, pero tuvo que construir un búnker en su casa. No ha cometido ningún delito ni lo persiguen las autoridades, pero sí busca huir cada noche del ‘tum tum tum’ infernal de la música electrónica. Y aunque blindó su habitación con materiales aislantes del ruido –lo que por ley deberían hacer los establecimientos–, y usa tapones en los oídos, traídos de Estados Unidos, no tiene descanso.El odontólogo es de los últimos vecinos que quedan en los alrededores del Parque del Perro, en San Fernando. Él se resiste a irse del barrio donde vive hace 35 años.Hay noches que es tan infernal el ruido de los bares circundantes y de los jóvenes que salen a la madrugada y prenden hasta cuatro o más amplificadores de sus carros a todo volumen, que él toma sus cosas de uso personal en un maletín de mano y se va a dormir a casa de su suegra, que vive varias cuadras más arriba.“Esto era muy lindo, pero lo volvieron un desastre. No sé qué políticos lo convirtieron zona de rumba, porque ni siquiera es de comercio, donde en esos sitios los negocios cierran a las 6:00 p.m. y no hay problema”, dice refiriéndose a barrios que pasaron de residenciales a zona rosa.Y a veces, parecen más zona roja. A vecinos de barrios otrora residenciales como Versalles, Granada, Vipasa, La Flora, El Limonar y San Fernando les toca convivir con todas las modalidades delictivas debido a los clientes de los establecimientos que los rodean.“Cuando cierran los bares, en este muro al frente de mi casa se reúnen jóvenes y niñas menores de edad, que más que borrachas, salen es drogadas, abren los baúles de los carros con los equipos de sonido con música trance a todo volumen y aquí beben, consumen drogas, se besuquean y hasta hacen el amor en este antejardín”, dice María Dolay Chavarriaga, vecina de la 66, en El Limonar.Diego Erazo, morador del mismo sector donde hay siete bares en una sola cuadra, dice que de jueves a sábado la calle se llena de carros a lado y lado de la vía, la revoltura de música de tantos sitios no lo dejan dormir y que la inseguridad campea. “A uno le toca acostarse tarde, cuando cierran los bares, pero la rumba sigue en los carros y cuando uno menos piensa suena un tiro. Hace días cometieron un asesinato”, dice mientras su madre recuerda que cuando llegaron allí hace diez años era un sector muy tranquilo.No obstante, otros vecinos parecen resignados y prefieren callar. “No quiero hablar con los dueños de esos sitios ni con los que llegan porque uno no sabe quiénes son”, dice uno. Otros ya han sido víctimas de amenazas como “Siga quejándose al Dagma, siga llamando a la Policía...”. Las autoridades atienden los llamados. “Pero cuando se acercan los agentes o los funcionarios del Dagma a hacer los controles, el señor del trapo rojo (vigilantes de carros) les avisa a los de los bares, le bajan el volumen a la música, las mediciones de sonido dan normal, y cuando la Policía se va, le vuelven a subir, a veces por pura maldad”, dice María Dolay Chavarriaga.Incluso, las autoridades cierran bares, pero los vuelven a abrir con otro nombre. Como sucedió en El Peñón, donde después de muchas quejas, reclamos, cartas, derechos de petición y demás recursos a la Secretaría de Gobierno, la Personería y al Dagma, lograron que sellaran Café Blue.“Estuvo cerrado durante cuatro meses, pero aprovecharon para remodelar y hace quince días reapareció como La Villa de El Peñón; suponemos que es del mismo dueño porque tiene el mismo administrador”, dice Ana Lucy Bedoya, residente de este barrio hace 50 años y quien dice que ha intentado solucionar el problema “por las buenas y por las malas”, sin resultados.Su hermano, Édgar Bedoya, quien vive en la casa contigua, supone que “seguro lo registraron como restaurante para justificar el uso del suelo, pero ponen música igual que antes. Muchos sitios son fachada de bares y discotecas” y agrega que a la vuelta abrieron Tres Santos restaurante bar, donde interpretan música de percusión en vivo. “Es que en esa palabra ‘restaurante’ está el venenito”, añade.“La proliferación de establecimientos nocturnos sin control nos perjudica por la inseguridad, el ruido, el flujo de vehículos, las alarmas de los carros y el escándalo que protagonizan los jóvenes que vienen”, resume Édgar Bedoya y reclaman su derecho a vivir en la casa materna donde pasaron su infancia y a no vender sus propiedades.La nostalgia de VersallesEsa misma motivación no deja a Dora Nelly Cabal de Soto vender su antigua casa de Versalles. Es la única en una cuadra llena de bancos, negocios y oficinas.“Me da mucha nostalgia irme, aquí levanté mis hijos y mis vecinos eran Marino Cucalón, tío de Margarita Rosa de Francisco; Antonio José ‘tuco’ González, dueño de la ganadería Salento; Ofelia de Sánchez, Aura de Gómez”, dice la señora que hoy no tiene con quien departir en su cuadra invadida de lavanderías, laboratorios, farmacia y oficinas de seguridad privada, entre otros.En estas casas que se resisten a dejar morir el carácter residencial que hace poco las hacía valiosas y preferidas, hay un letrerito que se pierde entre la contaminación visual de avisos de empresas y oficinas: ‘Prohibido parquear: Garaje’.Es el problema que padece Olga Lucía Baena. “A mí no me preguntaron si podían poner todo ésto alrededor de mi casa, nadie me dijo si quería tener como vecino una venta de cerveza”, dice la dibujante que vive en la calle 44 Norte, entre Avenidas 3 y 4 Norte, Vipasa. Y todos los días debe llegar a buscar el borracho de turno para pedirle el favor de mover su carro para ella poder entrar el suyo a su garaje.Los clientes con varias cervezas en la cabeza le contestan: “¿Ah, está muy brava? Ahora no le corro el carro”. Y si reclama, ella que vive allí desde hace 38 años y que le encanta estar frente a la avenida llena de árboles, escucha un: “Quién la manda a vivir aquí, esto no es sitio para vivir”. Entonces debe llamar a la Policía para hacer entrar en razón al alicorado.Ahora sobramos...En La Flora, sobre la Avenida Sexta, frente a Chipichape, sólo quedan dos casas en una cuadra. Una es de Amelia Isabel Córdoba, quien dice resignada: “Es que la ciudad creció y ahora somos nosotros los que sobramos”. Cansada del ruido, del tráfico, de los indigentes que todos los días, apenas sale, se asoman por las ventanillas para pedir dinero, una suerte de peaje casero, puso su casa en venta hace seis años. Pero no le dan lo que ella pide por la propiedad.Otra vecina suya quiere irse del sector por la inseguridad que viene de la mano de la proliferación de establecimientos comerciales. “Me toca aguantar a los cocacolos borrachos tirando botellas desde los carros, ver accidentes y hasta muertos. No me diga cuando pasa la chiva rumbera, que son las que más bulla hacen. Estoy aburrida de los taxistas, me toca pedirles permiso para entrar a mi casa y apenas se va el guarda a las 7:00 p.m., invaden el carril del MÍO que debe recoger y dejar a los pasajeros en la vía”, dice esta mujer que pide reservar su nombre por seguridad.“En Cali no hay planeación urbana ni mucho menos control –se queja–. Estos eran barrios residenciales y no tenían porqué volverlos así, para eso son los centros comerciales. Que me muestren cuáles quedan residenciales porque ya ni Santa Teresita ni Santa Rita lo son”, puntualiza. Stella Giraldo, moradora de El Peñón, sostiene que “el responsable de todo ésto es el Alcalde y todos sus secretarios y gobernantes porque ellos son los que dan los permisos para que estos sitios funcionen”.Toda una vidaPara Graciela Villa, que vive en una manzana del barrio Tequendama hace 43 años y es la única residente que queda en el sector, el mayor inconveniente que le ve a estar rodeada de clínicas y médicos, es la proliferación de vendedores ambulantes y la inseguridad que hay la zona: “Como la gente trae dinero para sus exámenes, consultas o medicamentos, el barrio es muy frecuentado por los ladrones”.Los andenes permanecen invadidos de carros, motos y de ventas de frutas. Y los fines de semana, que no hay pacientes, todos esos carros ambulantes los guardan en el separador de la avenida, dañando la estética del barrio, aparte del polvero que levantan, vivir aquí es peor que en el centro”, cuenta.Ella ha puesto en venta la casa, pero no le dan el precio justo. Y con lo que le ofrecen no le alcanzaría para comprar otra casa como la que tiene y en la que está acostumbrada a vivir. “Los Reyes, por ejemplo, vendieron la casa regalada y con eso lo dejan a uno por allá tirado, lejos de la ciudad”, dice.

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