Universidad Javeriana de Cali beca a estudiantes indígenas

Mayo 27, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera | Reportera de El País
Universidad Javeriana de Cali beca a estudiantes indígenas

Ronald Alexis Tróchez, David Santiago Muelas y Yerson Penagos Osmaz, becados de primero, segundo y tercer semestre de medicina de la Javeriana de Cali.

El programa de becas a estudiantes de los cabildos indígenas se enmarca dentro de la larga tradición de la Universidad Javeriana y la Compañía de Jesús en educación popular.

Son casi unos adolescentes pero sus calidades académicas y su voluntad de servir a sus comunidades los sacaron de sus resguardos indígenas en el departamento del Cauca para venir a Cali a buscar herramientas profesionales que les permitan aportar al desarrollo de las mismas. Yerson Penagos Osmaz, David Santiago Muelas, Nelson David Lemos Pancho y Ronald Alexis Tróchez, estudiantes de medicina, y Nora Beatriz Mensa Franco, alumna de psicología, están hermanados por su origen y por sus aspiraciones de ser profesionales capaces de establecer una comunión entre el conocimiento occidental y los saberes ancestrales.En ese propósito se destaca el aporte de la Universidad Javeriana Cali, que les brinda becas del 100% en costos de matrícula. El convenio exige un excelente desempeño académico de los estudiantes, y el compromiso de los cabildos para aportar los gastos de manutención de los jóvenes.Yerson, que ya está culminando tercer semestre, es como ‘el hermano mayor’ del grupo. Fue el primer becado con el aval del resguardo nasa (páez) de Jambaló, Cauca.Luego de estudiar en el Kut’s Piya Yat o centro de formación en la vereda El Trapiche, terminó 9°, 10° y 11° en el Instituto Técnico de Santander de Quilichao para “empatar con una buena educación”. El puesto 11 entre 1.000 del Icfes le permitía entrar a la universidad pública que eligiera, pero se presentó a la Javeriana para ganar tiempo y pasó. “Me atrajo la idea de que si me quedaba en esta universidad privada y tenía un buen promedio académico, le podían dar la oportunidad a más jóvenes indígenas”, explica.Lo logró. Hoy hay dos estudiantes de cabildos becados por semestre. “Que más jóvenes se formen en una carrera tan importante para las comunidades indígenas como la medicina, fue la motivación para ingresar aquí”, dice Yerson, de 19 años.Yerson argumenta que un médico ajeno a la comunidad no le da la atención que se merece. “Nos hemos formado en unos valores y principios y la carrera nos da las herramientas teóricas y prácticas, y su combinación nos permite buscar el equilibrio: en la medicina ancestral vencer la enfermedad significa restablecer la armonía con la naturaleza, pero se debe ajustar a los avances de la medicina occidental como cirugías y medicamentos”. Los tres años que vivió en Santander de Quilichao con sus tías paternas, le dio una ventaja en el proceso de adaptación a la vida universitaria. De ahí que Yerson prefiere madrugar y viajar a diario para estar en familia, que vivir solo en una habitación de Cali. Además, admite que no se acomoda al ritmo citadino tan estresante.“Adaptarse no es fácil, pero a medida que uno empieza a hacer amigos se facilita el proceso de vivir en la universidad”, dice, ya que allí pasa de 7:00 a.m. a 7:00 p.m.“Son muy buenos compañeros, el que ellos te acepten con otra cultura y creencias, lo dice. Y les cambiamos el concepto que hay entre los mismos colombianos de que somos de taparrabo y plumas, por el de que tenemos una vida semejante a la de la modernidad, pero conservando la cosmovisión y la cultura ancestrales”, afirma.Lo que le resulta extraño es el egoísmo que impera en la vida urbana. “Aquí son individualistas, para nosotros es muy importante la comunidad, todos trabajamos para todos, lo que no veo acá, incluso hasta para pasar la calle. Los ascensos laborales son para una sola persona, cuando en nuestra comunidad no hay una jerarquía vertical sino horizontal, allá no hay ventajas para unos sino para todos”, explica.De similar opinión es David Santiago Muelas, proveniente del resguardo de Kishkú, en Silvia, Cauca, una cultura nueva que no es ni guambiana ni paez, sino una especie de híbrido étnico de ambas.“‘Kishkú’ significa en lengua nasa ‘perrito del cacique’, aquel que en 1702 ayudó a delimitar nuestro resguardo”, dice el joven que termina su segundo semestre de medicina en la Javeriana.De padre docente (rector del colegio en Inzá) y madre agricultora, este bachiller del Instituto Agrícola de Silvia se clasificó entre los mejores 100 puntajes del Icfes. Y eso que él no se considera tan buen alumno porque sentía que el modelo educativo urbano dista mucho del ancestral.“Por ejemplo, para nosotros no es tan importante el idioma inglés, por eso ahora es la materia más difícil que las de medicina; esa ha sido mi única dificultad, me tocó arrancar de cero, pero los compañeros me ayudan”, admite.De apenas 18 años, vive solo en un cuarto del barrio Meléndez con el apoyo del Cabildo. “En la Asamblea se postulan los aspirantes y ellos se comprometen a ayudarnos y nosotros a regresar para trabajar por nuestra comunidad; es como una despedida de familia”, dice.Aparte de la soledad, lo que más le afecta es el cambio cultural. “Por ejemplo, en el resguardo, si uno se enferma, coge una planta y hace un remedio; acá todo es dinero y sólo atienden urgencias”, dice.También extraña la regulación alimentaria mediante la siembra para el autoconsumo en el tull (huerta). “En la ciudad todo es muy facilista, van al supermercado y compran, pero no comprenden el proceso para obtener una verdura, una fruta”.Nora Beatriz Mensa Franco, a sus 23 años, está terminando 7° semestre de psicología en la Javeriana, una carrera que le llamó la atención para ayudar y aportar a los procesos organizativos del resguardo La Laguna, del corregimiento La Siberia, en Pescador, Cauca. En el Colegio Guillermo León Valencia de ese municipio hizo su bachillerato.“Todas las profesiones son bienvenidas dentro de los territorios y desde la psicología uno puede aportar en calidad del desarrollo humano, aprovechar y fomentar esa característica de trabajar en equipo en pro de un beneficio para todos”, dice.Ella vive en el barrio Santa Mónica Popular en casa de un líder comunitario que alquila a personas de su comunidad. De hecho, lo más complicado fue el transporte. “Me daba temor coger el bus, pese a que iba con mi hermana que estudiaba enfermería, pero ella se graduó y se fue a trabajar a la IPS Indígena de Popayán”. La universidad le asignó a la monitora Sandra Londoño, quien le hizo acompañamiento. “Ella me llamaba, me escribía por mail y estaba pendiente de mí”, dice Nora Beatriz. Además tuvo el apoyo moral de sus padres, un agricultor y una ama de casa, y sus hermanos, a los que visita religiosamente cada ocho días.Con un promedio de 4,1 en su carrera, admite que cada semestre hay una materia que requiere mayor dedicación. “Este fue la de medición psicológica en la cual tenemos que crear una prueba para medir una aptitud y así determinar si esa persona aplica para un quehacer profesional o no”.Se inclina por el área clínica, pero como en los resguardos no es costumbre consultar al psicólogo, hacen trabajos preventivos como la recuperación nutricional de la niñez, por ejemplo.“Quiero agradecer a la Javeriana por esta oportunidad porque con estos programas de inclusión, nos ayudan a nosotros y de paso a las comunidades”.

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