Una sobreviviente de Armero que decidió ser feliz

Una sobreviviente de Armero que decidió ser feliz

Noviembre 12, 2010 - 12:00 a.m. Por:
María Teresa Arboleda | Reportera de El País

Liz Amaya, quien sobrevivió a la tragedia de Armero, habla de esperanza en sus conferencias. Luego de vivir 10 años en Ecuador, llega a Cali para un taller de superación personal.

[[nid:480243;http://www.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/11/tragedia-734.jpg;full;{El País recorrió las ruinas de esta ciudad del Tolima que desapareció del mapa por una tragedia anunciada. Retrospectiva de la catástrofe, los símbolos que la recuerdan y testimonios de sus sobrevivientes.El País}]]

Los escombros aprisionaban su joven cuerpo de los hombros hacia abajo. No podía ver, el lodo le cubría los ojos, nariz y boca. Pero podía escuchar el aleteo de los gallinazos posándose sobre los cadáveres que yacían a su lado.

También el sonido que producen al desgarrar la carne. Temía que sus heridas pudieran atraerlos, y era entonces cuando percibía que alguien los espantaba y éstos se alejaban en bandadas.

Aquello era inexplicable, puesto que no había quién pudiera socorrerla en esos momentos aciagos en que Armero se borró del mapa. “Fue Dios quien alejaba de mí a las aves de rapiña”, relata Elizabeth Amaya, quien sobrevivió a la avalancha y después de 10 años de vivir en Ecuador, regresó a Cali para dictar conferencias de vida y de superación personal.

A diferencia de otros que vivieron para contarlo, ella no habla con amargura, pese a que perdió a su madre y a unos 80 familiares. Asesora de imagen y casada con el médico caleño Óscar Calle, asegura que decidió no cargar más la cruz de dolor que la mayoría lleva a cuestas. “Está prohibido sufrir sin sacar una enseñanza para la vida”, dice en la sala de su casa, en San Joaquín, al sur de Cali.

Para aquel 13 de noviembre de 1985, cuando su natal Armero se convirtió en camposanto, Liz tenía 16 años y estaba a punto de terminar su bachillerato. Le había pedido a su mamá que se quedara con ella esa noche para viajar juntas a Ibagué al otro día.

Pero cuando la tierra se estremecía, una estampida de gente enloquecida se precipitó hacia el interior de la casa. “Escuché los gritos de mi madre que me pedía que subiera al segundo piso. Tuve el tiempo exacto para hallarla, abrazarla y decirle mami, tranquila, todo va a salir bien. De pronto la casa explotó con un estruendo impresionante”, recuerda Liz, madre de Juan Felipe, de 10 años.

La plancha de la terraza cayó. “Mi mamá se me soltó de mis manos y con ella se me fue la esperanza de uno más de sus abrazos y de sus besos. Me quedó en uno de mis brazos una de sus uñas enterrada, como quedaron en mi corazón marcados sus recuerdos, sus caricias y sus besos”, recuerda, mostrando una cicatriz en su brazo derecho. Nadie quería rescatarla, pues sus posibilidades de vida eran nulas.

“Pasaban por encima de los heridos diciendo este sí, este no, y a mi siempre me tocaba el no”. Se aferró con fuerza a la vida, y al pantalón de uno de los socorristas, y no lo soltó hasta que le prometió que la llevaría en helicóptero.

El aparato no tenía puerta y ella escuchaba decir que si caía al lodo nada se perdía, de todas formas no sobreviviría. Con peritonitis, gangrena en su pierna y en estado de coma llegó a Bogotá, donde murió clínicamente. Luego, un médico le dijo que si se dejaba amputar le ofrecía un 50% de probabilidades de vida.

Tenía una máscara de oxígeno, un catéter y un sinfín de aparatos más conectados. “Con la cabeza le dije que no, entonces me quitó la máscara para que pudiera hablar e indignado me reprochó: ¿Te ofrezco 50% de probabilidad de vivir si te amputo y me dices que no? Le respondí: doctor, el Señor me ofrece el 100% sin quitarme nada”. Otro milagro se obraba en la vida de Liz, quien en sus piernas tiene cicatrices, que llama “moñitos” de un regalo que le fue dado con su segunda oportunidad de vida. Pero las huellas no le impidieron vivir su gran sueño desde niña: ser modelo.

En Francia, a donde viajó para continuar su tratamiento, un diseñador la invitó a ser su modelo, a lo que ella le respondió que no podía debido a las cicatrices. “No me importan tus piernas, sino tu porte latino”, le respondió el diseñador. El río Sena presenció el cambio que se operó en su vida hasta hoy.

En una postal vio a una joven parecida a ella, que de espaldas miraba un sol naciente. Tenía una frases en francés que decía: “he decidido ser feliz”.

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