Una gran moto para el pequeño Diego

Abril 15, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Elapis.com.co I Redacción
Una gran moto para el pequeño Diego

Diego dice que, ahora, una de sus sensaciones favoritas es sentir el viento en la cara.

También pasan buenas cosas: poco tiempo después de que su historia fuera publicada, una empresa le obsequió una motocicleta para que fuera a estudiar.

Apareció en el último párrafo de la historia publicada en este diario a finales del año pasado: “Por estos días estallan cálculos en su cabeza.Quiere comprarse una moto. No es un gusto sino un asunto práctico; necesita más tiempo para estudiar Derecho de manera simultánea. Quiere ayudar para que un día cambien cosas. Para que las oportunidades, en vez de singularidades extraordinarias, se conviertan en cotidianidades posibles...”La nota, en un trozo de la página A5 de una edición dominical, hablaba de la vida de Diego Alexánder Martínez, un chico del barrio Marroquín que estudiaba Economía con énfasis en Políticas Públicas en el Icesi. La particularidad de la historia es que aquello era posible porque él se había ganado la Beca Grauwe, auspiciada por el profesor belga Paul De Grauwe, quien había decidido pagar la carrera de un alumno de bajos recursos que demostrará un interés fuera de lo común por llegar a la universidad. La nota, que se tituló 'Un superhéroe en miniatura' , hablaba de las pequeñas hazañas que lo habían llevado hasta ahí. Diego, desde los 11 años, había vendido cholados. Junto a su papá había recorrido la ciudad empujando un carrito. También había vendido hielo a los heladeros del centro. Y en las vacaciones del colegio, crispetas en plazas y parques de algunos pueblos. Diego también había trabajado en revuelterías, había cargado mercados, había sido mandadero. Todo eso para poderse pagar la escuela. Y mientras tanto, había sido capaz de conseguir calificaciones tan sobresalientes como para que en segundo de bachillerato lo promovieran a cuarto. Cuando supo de la beca pidió prestado un computador y narró su historia explicando que todo eso, además de tener como objetivo echar una mano en su casa, tenía una motivación especial: ayudarse a él mismo a través del estudio. Estando en la calle había entendido que sin transformaciones personales no eran posibles las transformaciones sociales, escribió al final del ensayo que envió al jurado evaluador de los candidatos a la Grauwe. El resultado ya es bien conocido. Lo nuevo en todo esto es lo que pasó luego de que su historia fuera contada. Hace poco la Fábrica Nacional de Carrocerías, Fanalca, le obsequió una moto con la única condición de que continuara su camino. Una moto para que pueda aligerar sus desplazamientos a la universidad. Para que un día cumpla su deseo de estudiar otra carrera. Una moto para que pueda llegar hasta donde sueña. Parece un asunto menor, pero no; en estos tiempos de desesperanza y crímenes desbordados; en días de miedos y muertos incontables, es más que una simple noticia que a la gente buena le pasen cosas buenas. Y que este oficio, el periodismo, sirva para confirmarlo. Las historias, aunque tantos lo duden, aún son poderosas. La motoDiego mide 1.63 y parado junto a la moto parece un poco más chico. Bueno, la motocicleta es un aparato grande. Se trata de una Honda Eco Deluxe de cien centímetros cúbicos que llega a los 80 kilómetros sin mucho esfuerzo. Diego, que antes tardaba hora y media en llegar a la universidad, que tomaba tres buses y gastaba $50.000 en pasajes cada semana, ahora tarda quince minutos en llegar a clases y, con ese mismo presupuesto anda un mes de un lado para otro.Diego, parado junto a la moto, ríe de manera incontinente. Y su risa es más grande que el aparato. Desde que la tiene no sólo le ha servido para ir a estudiar, sino para llevar a su mamá al trabajo y para visitar lugares que antes le parecían demasiado lejanos con la plata medida en el bolsillo: la Hacienda La María, la colina de San Antonio, el cine. Ahora el chico puede ir más fácil a cine con su novia Giselle.Diego, parado junto a la moto, cuenta que cuando lo llamaron a contarle del obsequio sintió en el pecho una hinchazón feliz. Y que a veces, cuando sus papás ven el aparato estacionado en la sala de la casa, allá en Marroquín, sonríen y le dicen también se sienten así porque nunca creyeron que eso, una moto propia, un día pudiera estar allí. Hace dos semanas Diego envío una carta de agradecimiento a Fanalca. Es un texto que habla de la solidaridad, del apoyo recibido, de lo afortunado que se siente. Allí dice, por ejemplo, que desde que identificó que una moto podría ayudarlo a ser un estudiante más eficiente, conseguirla había sido un objetivo. “En la sala de mi casa ya la había imaginado y ahora, cada vez que me siento a estudiar y la veo, pienso, una vez más, que nada es imposible”. La carta habla más que todo de sueños cumplidos. Ver a Diego, parado junto a esa moto, es también uno de ellos.

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