Una fe y una esperanza que producen curaciones milagrosas

Agosto 21, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Adolfo Ochoa Moyano I Redacción El País

Casos reales de hombres y mujeres que lograron curar sus cuerpos de enfermedades terminales gracias al poder de sanación de miembros de sus congregaciones religiosas.

Mirándola a los ojos no puedo sino creer que todo lo que me cuenta es verdad. Sus pupilas verdes como hierba están llenas de lágrimas mientras recuerda que hace apenas un mes el médico oncólogo de una clínica del sur de Cali le dijo que su hijo Sebastián tenía una semana de vida por causa del veneno que corría por sus venas. Me dice que a su chico, de 16 años, le diagnosticaron una leucemia tan agresiva como una mamá leona cuidando sus cachorros.El médico le dijo que aprovechara esos últimos días así Sebastián estuviera aislado en un cuarto especial diseñado sólo para mantenerlo vivo. Ni siquiera ella, Paola, su madre, podía verlo sin antes someterse a cuidadosos procesos de desinfeción corporal. No podía besarlo sin tapabocas. No podía tocarlo sino a través de guantes de látex. En una semana su hijo estaría muerto y nadie podía hacer nada por él. Así que recurrió a la única opción que le quedaba. La esperanza.Lo imposible fue posibleMientras bajamos por unas escaleras del edificio en el que trabaja, Paola lo señala a la distancia para que yo lo vea. “Ese es Sebas”, dice con las pupilas verdes aún inundadas de llanto.Es un chico alto y acuerpado para su edad, le digo. Y para tener leucemia, me señala ella. Es verdad y es increíble. Es el mismo chicuelo que hace un mes apenas tenía siete días para vivir pero que ahora hace prácticas profesionales del colegio, baila y hasta va a jugar al fútbol. Paola, su mamá, me dice sin titubeos que a él lo salvó Dios. Así de sencillo es para ella: una mañana, después de un examen, el médico le dijo tan asombrado como cualquiera estaría ante esa situación, que la leucemia había desaparecido y que Sebastián podía ser dado de alta de inmediato.Ella buscó a una amiga, la líder del templo cristiano al que asiste, y le pidió que la acompañara donde el doctor para que éste le repitiera lo que le había dicho antes. Paola temía que el cansancio de tener que trabajar de día y cuidar a su hijo de noche la hubiera hecho escuchar algo mal. El médico volvió a dar el diagnóstico y su amiga oyó lo mismo: el cáncer no estaba ya en la sangre del chico. Estaba curado.Las explicaciones de todos se redujeron a una sola palabra: fe. Paola explica con todo el aplomo del caso: varios miembros de su culto religioso hicieron una cadena de oración todos los días, desde las 3:00 a.m. y durante una hora sin parar. Todos pidiendo por la vida ya casi perdida de Sebastián. Le rogaban a Dios por una transfusión de ‘su’ sangre por la del muchachito. Y una mañana el milagro llegó. Lo imposible fue posible.Cuestión de fe. Un rito de sanación que funcionó como la mejor medicina.Rodrigo, que jamás ha visto a Paola, da un testimonio similar. Él es evangélico y devoto creyente. Fiel protestante. Pero, también es un tipo común que por las cosas del destino, o quién sabe qué, sufrió un accidente automovilístico hace cuatro años, que le hizo polvo una pierna y le destrozó una de las dos mitades del cráneo. Rodrigo cuenta que conoció a un sanador puertorriqueño que visitaba en Cali a algunos viejos amigos suyos. Ya antes había oído de él. Es, según Rodrigo, un tipo muy famoso porque tiene el ‘don’ de sanar los cuerpos y los espíritus de sus devotos.La primera vez que se vieron fue en una casa en Ciudad Jardín. Esa noche el sanador le explicó que solamente si se entregaba completamente a Dios lograría la curación que tanto buscaba para su maltrecho cuerpo. Él admite que al principio fue escéptico. No porque no creyera. Es que simplemente sus heridas eran tan graves como para dejarlo reducido a una silla de ruedas durante dos años.Jura también que los dolores de cabeza que sufría eran a veces tan terribles, que pasaba días sin dormir siquiera. Bromea diciendo que tenía más analgésicos que sangre en las venas. En ese punto de su convalecencia ya varios médicos le habían pedido que se resignara.Rodrigo dice que jamás dudó del poder de Dios. Era sólo que ya otros hombres habían intentando curarlo y ninguno había podido. “Pero, el que salva no es el sanador. Es Dios. Dios hace todo posible al que cree en él y en su palabra”, repite y repite cuando ansioso revive su historia.Cuenta que estuvo dos semanas dedicado a orar. A pedir por una oportunidad. Iba cada miércoles a ceremonias evangélicas en templos ubicados en el sur de Cali.Allí, en esos rituales, él y varios creyentes más elevaban plegarias y con los ojos cerrados trataban al máximo de abrir su corazón a Dios. Las ceremonias eran multitudinarias. Y una noche de marzo, con una lluvia pertinaz afuera, el sanador le pidió con voz tranquila que soltara sus muletas y que caminara hacia él, que lo esperaba al otro lado del salón.Rodrigo atendió la orden sin dudarlo. Dice que apenas recuerda haberlo logrado. Sólo cuando abrió los ojos y las lágrimas lo habían cegado se dio cuenta de que había recorrido al menos 15 metros sin ayuda de muletas ni de alguien más.Dios ayuda a quienes creen en ÉlA Segundo, como a Rodrigo, la salud le regresó también gracias a ceremonias de sanación, que son imposibles de predecir porque cada credo tiene cultos y rituales propios.En el caso de Segundo, a él lo sanó un sacerdote católico. Uno polaco. Un ermitaño que vive en las montañas del Valle del Cauca y que sólo recibe comida a cambio de imponer las manos benditas a pacientes que ponen su salud bajo su tutela. El ermitaño le advirtió que él no alarga la vida ni reta a la naturaleza. Lo que hace es abrir posibilidades para mejorar la vida.De hecho, el pastor cristiano Milton Jaramillo dice que esas ceremonias no tienen nada que ver con retar los designios divinos, sino con entender que Dios ayuda a quienes creen en Él.Lo mismo aplica para el catolicismo. Cuando le relato las historias de Segundo y el padre polaco, el sacerdote caleño Guillermo Zapata dice que eso es tener fe: creer en alguien, sin importar la orientación religiosa. Y así es. De hecho, Segundo me confiesa que nunca fue un hombre de cultos. Dice que eso era cosa de su mujer, Rosa. Pero es que el párkinson de Segundo no lo dejaba ni alimentarse. Era tal la dependencia del viejo Segundo de su mujer que ella admite, no sin ruborizarse un poco, que había decidido internarlo en un hogar geriátrico porque ella no daba abasto para atender sus necesidades. Llegaron donde el ermitaño con un bolso lleno de galletas de soda, arroz crudo, lentejas, tarros de mermelada de frutas, mantequilla, café y panes.Era un domingo. Siete de la mañana. El viaje hasta el templo del polaco duró más de dos horas desde Cali. Era apenas un rancho como el de las películas del viejo oeste en una apartada zona de Tocotá. Pero Rosa cuenta que había al menos cien personas allí reunidas. Algunas incluso venían de ciudades como Palmira y Tuluá.Rosa dice que vio personas con cáncer, con hepatitis, con alzhaimer, incluso, invocando a Dios durante la ceremonia que llevó a cabo el anciano de menos de 1.60 centímetros de altura y barba larga como de Santa Claus, con una biblia de hojas amarillentas igual que pergaminos y hostias horneadas por él mismo. El ritual duró más de dos horas. Después de celebrar la eucaristía, varios curados pasaron al frente y dieron testimonios de su recuperación.“Yo me curé de una úlcera” o “Ya no tengo un tumor”, decían unos y otros.A Segundo, el sacerdote polaco le impuso las manos sobre la cabeza y susurró una oración que no entendió, dice que seguro estaba en latín. Luego lo tomó por las muñecas y le dio instrucciones para que rezara cada noche y que regresara el domingo siguiente. Le dio también una biblia suya.Le dijo que la ayuda estaba allí dentro. Hoy, Segundo puede al menos comer sin babero. No sabe dónde está el ermitaño polaco pero cuenta que reza todas las noches con la biblia que le obsequió y cada semana hace un rosario completo.Paola y su hijo Sebastián también siguen orando. Pero, como para asegurarse que nada salga mal, los tratamientos médicos continúan. También Rodrigo. Permanece en terapia y la combina con rezos y alabanzas.Pero, al final todos están convencidos de lo que los salvó su fe en Dios.“Yo sentía al Diablo enfermándome de odio”Yolanda no aceptó ir a un ‘encierro’, que es una reunión de un centenar de personas en un hotel durante todo un fin de semana, porque estuviera enferma.No. Ella quería curar su alma. Tenía el corazón roto por un mal amor y sentía que su vida cotidiana se estaba convirtiendo en un calvario.La reunión se inició un viernes por la noche, en un reconocido hotel del oeste de Cali. En esa oportunidad solamente irían al ‘encierro’ las mujeres que hacían parte de su congregación cristiana.Durante la mañana siguiente, recibieron instrucciones por parte de líderes de su iglesia, quienes les advertían que durante ese fin de semana serían tentadas por el demonio y que sólo los ‘valientes’ aceptan asistir.Durante toda la jornada le fueron presentados videos en los que se veían imágenes de Cristo y se hacían alusiones a cómo murió en la cruz por los pecados de la raza humana.Yolanda cuenta que un sentimiento de arrepentimiento se apoderó de ella de inmediato. Dice que lloraba sin cesar y que se sentía desconcertada.Después de las charlas, oraban. Eran cien mujeres de edades entre los 14 y los 80 años que no podían siquiera usar sus teléfonos celulares.Yolanda recuerda que durante todo el encierro los pastores les recalcaban pasajes de la Biblia que hablan del arrepentimiento por los pecados.Y entonces vienen los remordimientos. De haber tenido borracheras. De haber mentido. De haber roto promesas.Ella dice que sentía necesidad de ser curada por dentro por todo lo mal que se había portado en su vida.“Quería caer de rodillas y llorar, pedirle a Dios que me perdonara por todo lo malo. En el pecho sentía una tremenda presión y las lágrimas se me salían solas. Mi cuerpo ardía de pies a cabeza, mientras el pastor nos recordaba todo lo que el Señor ha hecho por nosotros y lo mal que le hemos pagado”, relata.Allí es cuando viene el ritual de la sanación. Todas las mujeres son reunidas en un gran salón y se les ordena que mantengan los ojos cerrados mientras se realizan purificaciones, es decir, en términos cristianos, mientras se recibe a Dios en el corazón.Yolanda recuerda la sudoración. Las manos temblorosas, el pulso agitado. algunas chicas tuvieron que ser sacadas del salón, vomitando, desvanecidas.Una de ellas, de apenas 15 años perdió el control. Pedía a gritos que la sacaran de ese lugar. Se necesitaron ocho personas para retirlarla del sitio y cinco más para que se controlara.Yolanda jura que la oía gritar con una voz que no era la de una niña de 15 años. “Era gutural, como masculina. No era su voz. maldecía, escupía, amenazaba. estuvo por lo menos una hora así”, cuenta.Después, los líderes pasan cerca a cada una de ellas y las ungen en la frente con aceite. Yolanda, con los ojos apretados para no abrirlos, oía como con cada unción, los cuerpos caían al suelo, completamente rendidos.Entonces, dice, sintió una fuerza oscura que se le metía entre los pulmones. Algo que la distraía de su objetivo, que era Dios.A su alrededor los cuerpos seguían cayendo como árboles talados.“Era el diablo. Yo lo sentía adentro porque yo estaba enferma. Tenía oscuridad, resentimientos, culpas. Me quería enfermar, hacerme daño”.Yolanda entonces recibió el aceite en la frente. Dice que apenas sintió el toque de su líder. Fue apenas un roce con el aceite pero ella lo sintió como se debe sentir cuando un rayo alcanza a alguien.“De pronto mis piernas dejaron de sostenerme. Me fui al suelo hecha un manojo de lágrimas. Pero, no me sentía mal. me sentía plena, completa, como si hubiera estado esperando este momento toda la vida, como si ya nada más me hiciera falta”.Yolanda dice que la sanación espiritual es la menos solicitada, pero la que más se necesita. Y no duda en dar testimonio de su cura.Una mirada por fuera de lo religiosoEl sociólogo Fernelly Domínguez explica que las llamadas, por algunos, curaciones milagrosas a través de la oración o de la imposición de manos tiene en realidad una explicación científica que no tiene mucho que ver con la tradición religiosa.Para el experto en comportamiento humano, el cerebro es una suerte de computadora que recibe órdenes para ser ejecutadas al pie de la letra si se utiliza un lenguaje específico. Y parte de esas órdenes son entregadas como palabras o pensamientos positivos.El sociólogo explica que el campo magnético del cerebro se modifica cuando se le indica que hay que mejorar ciertas partes del cuerpo. Las funciones se dirigen a la recuperación del organismo mediante la sugestión.Pero, agrega que hay personas que tienen energías diferentes, algunas con más poder eléctrico que otras y que están en capacidad de alterar los campos magnéticos de un humano cuando los tocan y, por llamarlo de alguna manera, reiniciar sus procesos cerebrales. De esa manera ‘inyectan’ pensamientos positivos en quienes están dispuestos mentalmente a recibirlos. Es a ellos a quienes se les llama sanadores, porque logran esos efectos cuando imponen las manos sobre alguna persona enferma.Domínguez agrega que ocurre lo mismo con pensamientos negativos o de rencor. Eso hace que la carga energética sea opuesta y genere enfermedades o en algunos casos incluso tumores.Por su parte, el psiquiatra Fernando Calero de la Pava dice que las cadenas de oración y los rituales de sanación actúan sobre los creyentes como una suerte de placebo, en el que la programación neuronal influye directamente en mejoramiento físico.Sin embargo, Calero de la Pava explica que los casos de ‘curaciones milagrosas’ que él ha atendido, estadísticamente terminan en el regreso de la enfermedad.También hace énfasis en que hay enfermedades que simplemente son incurables y que detener su avance en muchas oportunidades es imposible debido a la edad de las personas o a los hábitos que tenga.El psiquiatra dice que igual que el pensamiento positivo y la confianza de que factores externos como la religión pueden contribuir a mejorar la salud, el negativo también puede tener ese efecto y habla del poder de la sugestión.“Por supuesto una persona que todo el tiempo cree que las cosas le van a salir mal tiene muchas probabilidades de caer en una depresión profunda y eso la hace vulnerable a enfermarse”.

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