Un viaje al misterioso embrujo de los violines del Cauca

Agosto 23, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Por Lucy Lorena Libreros | Reportera de Revista Gaceta
Un viaje al misterioso embrujo de los violines del Cauca

Quienes interpretan el violín caucano no viven de su música. Casi todos son campesinos y obreros.

Hace más de tres siglos los negros esclavizados se apropiaron de un instrumento musical refinado y europeo por excelencia: el violín. Hoy, la tradición sigue palpitando en las montañas del norte y el sur del Cauca. Una de las joyas del Petronio.

Es cierto, el estuche no le hace honor: luce desgastado, viejo y curtido por el polvo. Pero eso que lleva Eliécer Lucumí colgando sobre uno de sus hombros, camino a la vereda El Palmar de Santander de Quilichao, es un violín Stradivarius, una auténtica joya de la música: data de 1713 y en su interior se lee ‘made in Germany’. Quienes conocen del asunto saben que se trata de una pieza construida por un miembro de la familia italiana Stradivari y que, por eso mismo, la marca ha sido perseguida durante siglos por intérpretes exquisitos y cazadores de antigüedades. El viejo Eliécer no es lo uno ni lo otro. Su instrumento —pequeño y de color miel— no se ha subido en manos suyas a teatros con asientos de terciopelo ni cristales Bacarat. Está en su poder, desde hace dos décadas, resultado más del azar que de la persistencia de un músico refinado. Él supo durante años que estaba al amparo de Arturo, un abuelo caprichoso de Santander de Quilichao que durante años se resistió a venderlo. Pero le llegaron los malos días, se vio obligado a empeñarlo y fue cuando entendió que era mejor que acabara en manos de Eliécer, que desde hacía tanto le había el hecho el guiño. 150 mil pesos. Trato hecho. Y ahí donde usted lo ve, desde entonces de ese antiquísimo Stradivarius han salido bambucos, torbellinos, merengues andinos y fugas. Vallenatos, si el público lo pide. Incluso rancheras. Este Stradivarius, que un día debió honrar las notas de Vivaldi o de Chopin quién sabe en dónde, hoy le pertenece a una tradición nuestra que data de hace más de 300 años: los violines caucanos. La escena que veo ahora transcurre en una zona montañosa del norte del Cauca. La vereda El Palmar es un rincón al que la modernidad no encontró cómo llegar. Ni siquiera se valió del único camino por el que se accede a ella, tapizado de tierra y de piedras saltonas, frecuentada a cada rato por chivas repletas de campesinos. La vereda huele a piña, a caña, a cacao, y la belleza de estos cultivos y de sus trapiches artesanales, está siempre al servicio de la vida cotidiana. Sus casas, como esta en la que estoy escuchando a Eliécer interpretar su violín, permanecen como en muletas, sostenidas por la esperanza de sus dueños, por la guadua y por el bareque. Es el punto de encuentro permanente de ‘Palmeras’, grupo que lleva en acción más de medio siglo y que el año pasado le arrebató, en justa lid, el primer puesto a las otras agrupaciones que competían en la categoría de Violines Caucanos, en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. Por eso este año no podrán competir. La hazaña ya la habían conseguido en 2008, justo cuando se abrió esta modalidad en el certamen.Una foto en la sala de la casa se los recuerda a diario. En ella sonríen, además de Eliécer, Luis Eder Carabalí, el otro violinista; su hermana María Fernanda, una de las cantadoras; Adelmo Casarán, intérprete del bajo; Bolívar Lucumí con su requinto; Justiniano Vásquez al pie de su tambora y junto a todos ellos Arnul Abonías, que nunca desampara sus maracas. Entre ellos son primos y hermanos. Se conocen y se quieren desde niños. Y entre todos comparten la única herencia posible en una geografía como esta: el temperamento musical. Los abuelos de estos artistas fundaron ‘Palmeras’, sus padres continuaron la tradición y entonces un día ellos asumieron como un deber sacramental perpetuar el legado. Sin conservatorios, ni pentagramas. Aprendieron de oídas. Eso me lo cuenta Adelmo, el del contrabajo, una pieza imponente, más grande que un niño, fabricado con pino y cedro. “La gente pensará que el papá de uno se sentaba a enseñarnos a los hijos a tocar. No es así; al menos no aquí. Para Amador, mi papá, este instrumento era intocable. Él lo dejaba en una esquina de la sala y se iba a cultivar, y hay de mí donde no lo tuviera en ese mismo lugar cuando él llegara. Yo lo cogía al escondido y aprendía de tanto verlo tocar en las fiestas. Era la única forma”.Y la historia se repetía, claro, con los violines, fabricados siglos atrás artesanalmente en guadua y con crin de caballo. Quien lo explica es Luis Eder Carabalí, un soldador mecánico que sabe tanto de metales maleables como de bambucos. Los interpreta y los compone. Algunas de sus canciones suenan como plegarias religiosas, otras resultan tan cotidianas como aquella en la que le da las gracias a su padre por haberle legado esta tradición. Las hace sonar en las adoraciones al Niño Dios —fiesta que se toma varias poblaciones nortecaucanas entre diciembre y marzo— y en los velorios de niños menores de 7 años, cuya muerte tiene tanto de llanto como de felicidad. Ese pequeño se asume como un nuevo ángel que llegará al cielo; y cada vez que lo llaman, Luis Eder llega con su grupo y comienza a tocar en esos arrullos: a un lado lloran los deudos, del otro bailan los vecinos que festejan la partida.Otras celebraciones son menos solemnes. Los violines suenan también en cumpleaños, en matrimonios, en bautizos. María Fernanda, la mujer de canto espeso que entona las melodías del grupo, lo hace ver sencillo: “Es como contratar a un grupo para dar una serenata. Sólo que aquí la gente no piensa en tríos o en mariachis, prefieren lo de acá, los grupos de violines caucanos”. Violines entre cañaduzalesLa historia aún no se pone de acuerdo. Algunos creen que los negros esclavos del Patía y del norte del Cauca —donde es tan fuerte la presencia del violín— llegaron a este instrumento europeo aprendiendo a hurtadillas, espiando por las rejas de las ventanas, mientras los señores de la casa y los sacerdotes lo interpretaban a placer. De eso está convencida Paloma Muñoz, musicóloga de la Universidad del Cauca, que ha rastreado durante años el origen de esta fuerte tradición. “La presencia entre los negros de instrumentos tan europeos como el violín responde, en buena medida, al fuerte trabajo de comunidades religiosas que llegaron tras la Conquista y ejercieron su misión evangelizadora a punta de música. Los esclavos aprendieron a tocarlos por pura imitación durante décadas y cuando comenzó a darse el proceso de negros cimarrones que se volaron de las haciendas cañeras, estos se llevaron consigo esos saberes aprendidos”. No es lo que cree Carlos Alberto Velasco, investigador musical y uno de los creadores en 2008 de la categoría de violines caucanos en el Petronio Álvarez. Para él, muchos de los esclavos que llegaron a estas tierras “era gente ilustrada, con un alto grado de apreciación musical que habían pasado por universidades. Así que eso de que los que vivían en América eran un montón de negros brutos que aprendieron viendo no más, no es del todo cierto”. Verdad o no, lo que se ha logrado documentar hasta ahora es que el violín llegó al Cauca desde el Siglo XVII gracias a grupos católicos como los jesuítas. El mar lo dejó a orillas de Cartagena y desde allí emprendió otro viaje, esta vez a lomo de burro, hasta tropezar con las haciendas cañeras que crecieron a orillas del río Cauca, especialmente al margen izquierdo, y que fueron grandes protagonistas de la economía de la zona durante siglos. Llegó no sólo a sus dueños. También a los negros esclavos que, curiosamente, y contrario a lo que ocurría en el resto de comunidades afro del país, exploraron más los sonidos de cuerda que los de la percusión: además del violín, las manos negras se deslizaban con gracia por guitarras, bandolines, tiples y por brujos, como se les llamaba a instrumentos de cuatro cuerdas a los que se les atribuían poderes mágicos.Hoy, después de más de cuatro siglos —de sobrevivir con sangre y sudor a la Conquista, la Colonia y la Independencia— la tradición de los violines negros sigue presente en poblaciones nortecaucanas como Buenos Aires, Santander de Quilichao, Suárez y Caloto. Y más al sur del departamento, en lo que se conoce como El Patía, que cada mes de agosto celebra sus fiestas patronales al son del violín y de las fugas.Poco de eso se conocía cuando un grupo de amantes de la música del Pacífico, a la cabeza del antropólogo Germán Patiño, decidieron crear en el Petronio Álvarez una categoría que acogiera a los grupos que llevaban años esforzándose por perpetuar esta tradición. El investigador Velasco recuerda con horror las rechiflas del público y la incomprensión por parte de algunos jurados que no daban crédito a la presencia de un instrumento tan refinado sonando entre tamboras y maracas. “Muchos, incluso, llegaron a pedir que se cancelara la categoría. Recuerdo que un reconocido periodista deportivo, que quién sabe cómo terminó de jurado, decía que los violines nada tenían que hacer en la música de negros. Que en el Petronio los asistentes sólo esperaban escuchar marimbas y chirimías, desconociendo una tradición musical de más de 300 años”, se queja el investigador. Antes de eso, Luis Eder y sus muchachos habían aprendido a regresar a sus casas con las manos vacías, resignados, pues sólo tenían chance de competir en la categoría libre, en la que el duelo era con grandes orquestas y artistas con propuestas novedosas que bebían de la tradición del folclor negro fusionándolo con otros géneros. “Era como pelea de tigre con burro amarrado”, se ríe ahora Luis Eder, al evocar lo que sucedía en esos años.Fue curioso, reflexiona Luis Alberto Velasco: “Durante años nos la pasamos creyendo que la música del Pacífico era la que se hacía en el Litoral, que es muy rica también, pero no la única. Del Cauca se conocían las expresiones musicales de Guapi, que es muy fuerte en marimba por el tema de Hugo Candelario y los hermanos Torres, pero resulta que detrás de las montañas permanecía, casi inalterable, una música que es reflejo de ese sincretismo que ha marcado nuestro folclor, mezcla de lo indígena, lo blanco y lo negro”. Porque, ¿qué es acaso la música del norte del Cauca y del Patía? Pues una receta sonora de violines europeos, tambores africanos y maracas indígenas. Una música que ha sabido encontrar su propio sello: mientras en el resto del país, el bambuco es apenas interpretado, sólo instrumental, los negros caucanos lo adaptaron para sí bañándolo con su espíritu fiestero y sus letras. Violines rescatados Esta tarde de sábado, mientras ‘Palmeras’ atrae a los vecinos de El Palmar con sus bambucos y lo hace bailar en esa carretera de polvo, pienso que Luis Eder, Eliécer, Adelmo y todos ellos ya están a salvo de esos malos ratos. Si hace unos años los investigadores musicales de la región se cogían la cabeza, asustados, temiendo la desaparición de esta tradición, hoy el panorama de los sonidos de estos violines de la tierra es más que esperanzador: el año pasado, siete agrupaciones se inscribieron para participar en el Petronio. En este 2011, la cifra creció a quince. Empuja la Academia con sus investigaciones. Empuja el Petronio Álvarez que ha sabido respetar el espacio de estos grupos. Empujan poblaciones como Santander de Quilichao que cada año organizan ‘Fuga al parque’, una suerte de festival que convoca a los mejores del género. Y empujan músicos tan entregados como los de ‘Palmeras’, que después de sus faenas diarias de pan coger en el campo y de obreros de fábrica, toman sus instrumentos para que el legado siga latiendo en el folclor negro. Luis Eder habla de su sueño de fundar una escuela. Ha sentido el interés de niños y de jóvenes de Santander de Quilichao que desean conocer esta música, que se asoman con curiosidad a los ensayos de ‘Palmeras’, que piden chico para acariciar los instrumentos, que se reunen en las escuelas para aprender a su manera. “Lo que me gustaría, sobre todo, es que aprendieran a fabricar los violines de antes, los de guadua, que se cortaba en luna menguante, los que hacían nuestros padres y abuelos, que si bien no tienen la perfección del sonido del violín tradicional, funcionan para nuestras canciones. Ese es el empujón que nos hace falta, porque los violines con los que trabajamos ahora son los tradicionales, y lo bonito sería poder continuar la tradición tal como se hacía siglos atrás; muchos de los abuelos que los fabricaban se han ido muriendo”, le escucho decir al soldador mecánico.María Fernanda, su hermana, lo escucha atento y entonces confiesa que ella también ve el cielo despejado, así muchas veces deban ceder a las presiones de la fiesta y terminen tocando con sus violines vallenatos de Alfredo Gutiérrez y letras de despecho de Darío Gómez. Así al viejo Eliécer, en las noches de fin de semana, le toque tomar un bus hasta Cali que lo deje frente a la oficina del grupo de mariachis donde también se ve obligado a tocar su violín. Total, cuenta la cantadora, sólo en Santander de Quilichao cada vereda tiene su propio grupo musical. Tan antiguos como ‘Palmeras’. El bambuco, las adoraciones y las fugas suenan cada fin de semana, con motivo o sin él, en Dominguillo, en San Antonio, en Quinimanyó, en Mazamorrero. “Y entre veredas sucede algo bonito: nos invitamos los unos a los otros. Mire, que en una fiesta no suenen las canciones comerciales, las de la radio, esas que tanto entusiasman a los muchachos, sino la música nuestra es un buen síntoma”, dice María Fernanda, bailando sobre la tierra desnuda.Afuera de la casa, mientras los músicos se ordenan de nuevo para volver a tocar, Camilo, un pequeño de apenas 8 años, se asoma con timidez a esta fiesta improvisada mirando desde la reja de alambres de púa que separan la construcción de la carretera. Le pregunto si disfruta de esta música, si le atrae. El pequeño, sin retirar sus ojos negros y dulces del violín del viejo Eliécer, y jugando con un palo entre las manos responde que sí. Un sí a secas. No dice más. No quiere hablar... No lo necesita. Ya lo entenderé luego: sus manos y su cabeza han tomado posición, como si él también tuviese un Stradivaruis entre las manos. Esto de los violines caucanos, pienso, no es sólo un asunto de música. Es también un acto de fe.El PetronioEste año, el Festival Petronio Álvarez, que llega a su XV versión, se llevará a cabo entre el 24 y el 28 de agosto. En la categoría de violines competirán las agrupaciones ‘Son del Tuno’, del Patía; ‘Brisas de Mandivá’, de Santander de Quilichao; ‘Brisas de San Miguel’ y ‘Puma Blanca’, ‘Brisas de Catalina’ y ‘Nuevo amanecer afro’, de Buenos Aires. También participarán ‘Auroras del amanecer’, de Suárez; la Asociación Musical Renovación, de Caloto; ‘Aires de Dominguillo’, de Santander. ‘Caña brava’, ‘Fugas de Salvagina’, ‘Soneros del Cauca’ y ‘Remolinos de ovejas’, de Suárez; ‘Dejando huellas’, de Puerto Tejada, y ‘Alma Pacífica, de Palmira.

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