Un sueño que crece como una bola de nieve: Jeison Aristizábal expande su fundación

Un sueño que crece como una bola de nieve: Jeison Aristizábal expande su fundación 

Febrero 25, 2018 - 11:30 p.m. Por:
Alda Livey Mera / reportera de El País 
Jeison Aristizábal

La emoción y la ovación de los niños de Asodisvalle cada que ven a Jeison Aristizábal en su salón de clase es digna de un héroe. Ahora este héroe quiere ampliar la sede de la entidad y los horizontes de 680 niños, ubicada en el barrio Ricardo Balcázar, donde él creció.

José L. Guzmán / El País

Jeison, Jeison, Jeison, ese coro de niños que entran en modo algarabía cada que el Héroe de Aguablanca se asoma a un salón de clase, resuena cual pollitos recién nacidos por toda la sede de Asodisvalle.

Ellos no se cansan de ovacionarlo porque Jeison Aristizábal nunca se cansa de trabajar por los niños en discapacidad, ya no solo del Distrito sino de media Cali.

Es que desde que este líder social se ganó el premio Héroe de CNN en diciembre de 2016, se le creció su familia de 500 niños, adolescentes, jóvenes y hasta adultos con alguna discapacidad, a 680 que atiende actualmente.

“Con la publicidad y las entrevistas y todo eso, más gente comenzó a buscar ayuda. Se nos creció la familia”, dice él desplegando su amplia sonrisa.

Por eso, las cinco casas que ha logrado unir y adaptar con 20 salones de clases y acondicionar otros espacios como salas de terapia, ya no les son suficientes. “Los salones les quedan estrechos, porque aquí no se le cierra la puerta a nadie, ni adulto ni menor de edad”, dice la psicóloga Amanda Montoya.

Jeison es incansable. Con el premio que recibió de Héroes CNN en diciembre de 2016, compró dos casas contiguas, dice y señala un lote donde varios obreros cavan para levantar cimientos de lo que será un edificio de tres pisos para ampliar la sede en las que en 17 años ha unido cinco casas.

Allí, previo concepto de arquitecto e ingeniero, tendrán salones más amplios que esos donde ahora se acomodan hasta 29 alumnos, pero que muy pronto albergará entre 15 a 20, máximo, en cada uno. Y una gran sala de fisioterapia, donde los niños y adolescentes puedan hacer su rehabilitación y aprender a caminar, uno de los mayores retos para su autonomía.

Jeison Aristizábal

En este lote se construirá el edificio para ampliar la sede de Asodisvalle.

José L. Guzmán / El País

Jeison cuenta que su premio le ha servido para ampliar su obra, ahora le quedará más espacio para los consultorios médico y odontológico, las salas de terapia respiratoria, pero también para que todo se encarezca. Por ejemplo, en ese barrio, el Ricardo Balcázar, donde Asodisvalle ya se está comiendo la manzana, el metro cuadrado se cotiza en $700.000. Pero por ser a él, el Héroe CNN, se lo vendieron al doble: a $1.400.000. Así es la vida. No todos quieren donar, sino ganar.

Pero Jeison, el incansable, no repara mucho en eso, sino que ahora busca organizar un partido de fútbol entre el Cali y el América en el próximo mes de julio y con la taquilla, terminar la obra. Él dice que ya ha recibido luz verde de los directivos de ambos equipos y que solo falta formalizar el evento. Sería un clásico para ayudar a otros a ayudar, como reza el lema de Asodisvalle.

Para terminar esta nueva megaobra que amplíe su sede y los horizontes de tantos niños en discapacidad, se necesitan $180.000.000. Y se los pueden donar en materiales de construcción: cemento, ladrillo, arena, pisos, pintura, dotación de equipos para fisioterapia y todo lo que ayude a ayudar a los demás.

La profesora Mayerly Estupiñán interrumpe su clase de terapia física sensorial por un motivo que allí es rutina. Acaban de llegar al aula de clase por dos o tres chicos para llevarlos a las respectivas terapias. Uno de ellos es Samuel, un niño con parálisis cerebral a quien su nana ya ha aprendido a hacerle los ejercicios para mejorar sus condiciones de vida.

Otros van a terapias especializadas para autismo, síndrome de Down, retardo mental leve, moderado o severo; conductas disrruptivas –se alteran al menor estímulo–, y hasta esquizofrenia, entre otras condiciones.

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Así van evolucionando al punto que aprenden desde las acciones básicas de autocuidado, como lavarse los dientes, motricidad fina y gruesa, hasta que pasa al colegio regular mediante el programa de inclusión, explican Mariluz Gómez y Viviana Otálvaro, docentes de Transición A.

La labor de Asodisvalle no se queda en estos salones. Las psicólogas y trabajadoras sociales son testigo de que muchos de esos niños viven en barrios de invasión, en condiciones muy precarias, e incluso, de hacinamiento. Al punto que la asociación se encarga de donarles mercados a las familias más necesitadas y a los 680 niños les consigue refrigerio con donaciones de voluntarios. Y a los de los mayor vulnerabilidad económica, el ICBF les aporta 80 almuerzos para ellos. Los demás almuerzan en su casa.

“Muchas mamás mandan los niños motivadas porque aquí es donde ellos van a comer, mientras ellas se dedican a la informalidad”, asegura Amanda Montoya, psicóloga.

La profesional sostiene que allí los padres van aprendiendo a cuidar a su hijo, porque uno de los requisitos para ingresarlo a Asodisvalle, es que los padres sean corresponsables, es decir, que se comprometan a hacerle el manejo adecuado para garantizar avances significativos en su proceso cognitivo, motor y de aprendizaje para la vida.

De hecho, cuando ingresan, llegan sin normas, sin límites, pero las profesionales les van dando pautas, organizando la rutina de formación que facilite su inclusión social y educativa.

Asodisvalle se concibe como una familia. Así que también les consigue empleo a los padres que no tienen trabajo. La señora del transporte, la de la cocina, la del aseo, un conductor, una pedagoga, son varios de los que han hallado en este sitio, no solo el centro de atención para sus hijos en discapacidad, sino una oportunidad laboral para coadyudar en el proceso de todos.

Mónica Melo acudió hace 17 años buscando ayuda para su hija, cuando Jeison apenas emprendía Asodisvalle.

Ella era solo un ama de casa que se dedicaba a cuidar a su hija hasta que supo de los buenos oficios de Jeison en favor de las personas en discapacidad. Mónica empezó a ayudarle con la Asociación y mientras su hija con parálisis empezó a recibir atención allí, se dedicó a estudiar en la Normal Superior, donde se graduó de pedagoga. Hoy es docente de Asodisvalle.

Su niña llegó de 4 años, desahuciada por los médicos que le dijeron que no iba a hablar, ni a caminar y que solo viviría tres años más. Hoy ya tiene 21 y asiste a los talleres productivos, un programa que busca capacitarlos en actividades que les generen ingresos. Habla, camina, vive.

Karen Quiñonez también era una madre atribulada por la discapacidad de su hija Dayana Acosta, una niña que cuando llegó de 6 años de edad, se caía mucho, vivía en el piso, porque tenía muchos problemas de movilidad y falta de equilibrio. También permanecía con la boca abierta y babeaba mucho.

Luego de doce años de atención en Asodisvalle, ya camina derecho, no se cae y fortaleció los músculos de su mandíbula de tal forma que voluntariamente puede cerrar su boca. Es decir, ha superado gran parte de su retardo sicomotor leve y de una hemiparesia izquierda que le limita la movilidad en ese lado de su cuerpo.

“Para mí es una de las bendiciones más grandes poder trabajar aquí, porque muchas madres no podemos tener un empleo precisamente porque no tenemos con quién dejar nuestros hijos que demandan un cuidado especial”, dice la madre de Dayana.

La joven ya está en tercer grado de inclusión en el Porfirio Barba Jacob, aquel colegio donde alguna vez le dijeron a Jeison que no podía estudiar allí y que luego este héroe adquirió para brindarles educación de inclusión a los protegidos de Asodisvalle que vayan superando sus etapas. Allí mismo, la segunda hija de Karen, de 8 años, asite a 4° de primaria de educación regular.

Marcela Sánchez es profesora de tercer grado en el colegio Porfirio Barba Jacob. En el aula hay 39 alumnos regulares y 9 en discapacidad, cuyos logros ya les han dado un cupo para estudiar a la par con los otros. Dos con síndrome de Down, una niña operada de las piernas, uno extraedad por déficit de aprendizaje, otro en silla de ruedas, todos reciben las mismas clases que sus compañeros.

“Inclusión no es ponerlos a hacer algo diferente en el mismo salón, no. Ellos aprenden lo mismo, pero a su ritmo, hay que tenerles paciencia, pero son muy inteligentes”, dice orgullosa de todos sus alumnos, sobre todo de los 9 de inclusión.

Las casas

Cuando Jeison llenó su casa de niños y no le cabía uno más, clamó al Canal Caracol y lo invitaron a participar en el reality ‘Tengo una ilusión’, en 2007, con el padre Alberto Linero.

Allí se ganó la primera casa para Asodisvalle, que la adquirió en el barrio Ricardo Balcázar, nororiente de Cali. Una ONG holandesa le donó el lote para construir la segunda, que la levantó con donaciones, bingos, rifas y empanadas. El padre Óscar de la Vega y la comunidad del Santuario de Fátima, le aportaron para la tercera. Y Davivienda y Unilever premiaron su heroica labor con dos casas más para la atención de los niños de la Asociación de Discapacitados del Valle, Asodisvalle.

Reciclaje

Jeison ideó un emprendimiento de reciclaje, en el cual una empresa farmacéutica, Lafrancol, le dona el papel y cartón que desecha. Asodisvalle lo vende y adquiere sillas de ruedas para los niños en discapacidad.

Ahora busca que más empresas se vinculen al programa, como ya lo hizo Recamier. “Es una forma sencilla y sostenible en el tiempo de colaborar, porque no tiene que donar dinero, sino solo su reciclaje”, explica Jeison.
Cuatro personas laboran en la recolección, selección y distribución del material, el cual acopian en una bodega tomada en arriendo.

Cada silla cuesta $350.000.Se necesita al menos una tonelada de reciclaje para lograr ese valor. Por cada silla que compran, hay cinco personas en lista de espera y por ello hay que priorizar.

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