Un padrino de película que le cambió la vida a dos habitantes de Aguablanca

Un padrino de película que le cambió la vida a dos habitantes de Aguablanca

Septiembre 24, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Paola Andrea Gómez, jefe de Información de El País

Donald Martin, un guionista de cine, ayudó a que dos hermanos del Distrito de Aguablanca pudieran salir adelante y se convirtieran en profesionales. Fascinante historia de vida.

Sucedió en el barrio El Vergel, donde a veces pareciera que los milagros no tienen cabida. Y sucedió también en Los Ángeles, donde casi todos los milagros son posibles. Sucedió por esas cosas del destino, que creó una conexión divina entre un libretista canadiense y dos niños del Distrito de Aguablanca, para que juntos escribieran un guión de película, basado en hechos absolutamente reales.Esta es una de esas historias que reconfortan con la vida, que explican la grandeza del ser humano; una historia que El País ha seguido desde noviembre de 2001, cuando descubrió a Luis Oswaldo Rodríguez, el joven que iniciaba su carrera de Medicina, auspiciado por Donald Martin, el guionista que quiso ponerle rostro a esos dólares que consignaba para un pequeño del tercer mundo, cuya vida se comprimía en una hoja de registro de Plan Internacional. En ese entonces fueron noticia porque el hombrecito de rasgos indígenas, que tuvo una oportunidad de ir a la universidad gracias a su padrino, viajaba hasta Canadá a darle a Donald un premio humanitario.Hace tres años, cuando Luis Oswaldo terminó su universidad, la historia volvió a las páginas del diario: el niño que vimos crecer se hizo Médico y el padrino vino a acompañarle, en un silencioso viaje.Hoy, casi diez años después del inicio de esta aventura periodística, Holfman, el otro ahijado, el hermano menor de Luis, recibió su grado de Odontólogo, en la Universidad Santiago de Cali. Esta, la tercera entrega de la historia, es más que un recuento de lo ya relatado; es un testimonio emocionado de ese hombre que explica de la manera más simple y auténtica, por qué un ser que vive en medio de los lujos y los afanes de Hollywood se sintió bendecido por Dios y decidió que tenía que ayudarle a alguien más a sentirse bendecido.En la terraza de un hotel del sur de Cali, ocultando bajo sus gafas de escritor la timidez más no la nobleza que destellan su ojos, el hombre rubio de 53 años que ‘chapotea’ el español le contó a El País por qué la de Luis Oswaldo y Holfman es sin duda la historia que transformó para siempre su existencia. Un testimonio que es una fuente de inspiración para quienes, en palabras de Donald, quieren hacer algo extraordinario por los demás: “porque creo como Vincent Van Gogh, que no estamos aquí para nosotros mismos. Porque creo que podemos cambiar el mundo y quizás sea posible si todos ayudamos a cambiar el destino, de una persona a la vez”.Primeros pasos“En 1988 yo era un periodista que soñaba con ser guionista. Siempre estaba hablando de películas, hablando y hablando. Entonces mi gran amigo: Daniel Mathews se moría, víctima de un cáncer de hígado. Y antes de hacerlo me dijo: cállate y escribe. Eso fue como un sacudón, como una premonición, porque ese mismo día experimenté una fuerza sobre natural, empecé a escribir y no paré en tres días. Seis meses después tuve mi primera historia: un guión para un documental sobre una mujer con sida, que ganó un premio en el Festival de Cine de Montecarlo y la ONU me dio un contrato para hacer cinco películas. Entonces me sentí bendecido y quise compartir mi bendición, ayudando a otros a lograr sus sueños, como yo estaba empezando a lograr el mío.Mi amigo colombiano, Carlos Mario, me hablo de Plan Padrinos y me animó a apadrinar a un niño colombiano, aunque muchos me decían que estaba loco, que no sabía a dónde iba a parar ese dinero. Seguí adelante. Y en esas páginas de registro de Plan me encontré a Luis Oswaldo, un niño de 7 años, muy serio. Vi en sus ojos inteligencia. Desde ese día mi mundo cambió y el de él también. En 1993 viajé por primera vez a Cali, la que entonces me decían era “la cuna del narcotráfico y la ciudad donde muy cerca se había estrellado un avión de American Air Lines”. Al verme, Luis me dijo que pensaba que yo era más alto. Luego se quedó callado por una hora. Me invitó a su habitación (que entonces era un cuarto de esterilla). En ella guardaba en un cofre todas las cartas que le había escrito. Así supe que era algo realmente serio. En el 2000 volví a esta ciudad para matricularlo en la universidad, a pesar de que mi compromiso como padrino terminaba al cumplir sus 18 años. Decidí apoyarlo en su carrera de Medicina y decidí apadrinar también a su hermano Holfman. Quise ayudar a construir los proyectos de vida de los dos. Tuve otro ahijado en el Ecuador, pero él no quiso estudiar más. Su familia no entendió la oportunidad que perdía.Hace tres años vine a ver graduar a Luis Oswaldo. Y ahora me enorgullece verlo convertido en un médico y siguiendo el trato que pactamos: él también es padrino de un niño al que debe ayudar a educar. Ahora, cuando visito por cuarta vez la ciudad para acompañar en su grado a Holfman, veo cuán agradecidos están, cuán valientes han sido. Me siento un hombre recompensado. En el mundo del cine uno es bien pagado, pero no siempre puede cambiar el mundo. Cuando ayudamos a los jóvenes a realizar sus sueños eso sí puede cambiar el mundo.Señales divinas"En 1996 conocí a la Madre Teresa de Calcuta, en la Catedral de San Patricio, en Nueva York, cuando hacíamos un documental sobre su vida. Ese día, me tomó las manos y me dijo ‘tu eres un escritor, tú haces un trabajo de Dios’ me dio una medalla de la virgen María y me dijo ‘no ores por dinero, ora por tus historias’. Aunque soy judio, en ese momento sentí una transformación, me hice una persona mucho más espiritual. La Madre Teresa murió (en 1997) mientras hacíamos su documental, que se convirtió en la película oficial de su beatificación. De ella aprendí que la gente siempre tiene momentos difíciles, pero también fuerzas enormes para salir adelante. Jimmy Carter también ha sido mi inspiración. No por buen presidente, porque no lo fue. Pero sí por todo lo que hizo por la humanidad, por su defensa de los derechos humanos. Siempre preocupado por la gente pobre. Hoy siento que hice lo que se suponía debía hacer. Le he contado a Luis Oswaldo que mi relación con Dios es muy especial: le escribo, le oro en medio de la naturaleza, hago compromisos, lo llamo a gritos...Si me preguntas qué le diría a quienes pueden ayudar a alguien y aún no se animan lo resumiría de esta manera: están perdiendo una grandiosa oportunidad. Tengo amigos en Latinoamérica que se ríen porque he ayudado a niños pobres. Siempre les dije que estaban equivocados y mire: ellos dos son la prueba de que hice bien.Holfman y Luis Oswaldo son como mis hijos. Esta es una aventura que va a continuar por muchos años. Ya estamos planeando pasar vacaciones juntos y quiero que algún día puedan ir a Estados Unidos. Ellos son como mi programa de bienestar, para cuando esté viejo. Pero más que eso, ellos son la mejor lección, la mejor historia que he moldeados en mi vida. Y verlos hoy hacerse grandes, servirle a la sociedad, es sin duda, la más grande recompensa”.La charla y la tercera entrega de esta historia llegan a su fin. Donald sonríe y sus ojos, como ocurrió durante la charla, no paran de brillar. Sus ahijados lo miran con admiración, con gratitud. Mientras Luis Oswaldo sigue su vida como médico en Caicedonia y Holfman empieza a perfilar sonrisas, la conexión divina que hizo posible este milagro sigue latente. Como una prueba de que en la vida los milagros si existen. Sólo hace falta un poco de voluntad para hacerlos realidad".

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