Un 'ángel' que lleva saberes a la Comuna 20 de Cali

Junio 04, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Un 'ángel' que lleva saberes a la Comuna 20 de Cali

De blanco y lentes de sol, la señora Beatriz junto a varias de las beneficiarias de los cursos que, con apoyo del Sena, ha ayudado a llevar a la comuna 20.

¿En qué consiste el trabajo social? En Cali, la señora Beatriz de Calero lo explica a diario mediante su labor en Siloé.

Como en tantos recuerdos, la fecha no es exacta. Recostada sobre un muro que sirve de banca a la entrada del Centro Comunitario para la Inclusión Social, en el barrio Siloé, la señora Beatriz de Calero cree que ocurrió hace más o menos doce años.

Fue entonces cuando empezó a ver al grupo de niños que salía al semáforo de la Roosevelt con 39 y creyó posible extenderles una mano sin necesidad de que esa mano pusiera en las suyas limosna o comida.

Con el equipo de trabajo social de la comunidad cristiana a la que pertenecía, estuvo tratando de acercarse a los chicos por buen rato. A través de una y otra vía.

Y así pasaron dos años. Hasta que un día, en respuesta a la persistencia, 35 muchachos se presentaron en el Parque de las Banderas atendiendo una convocatoria.

Lo primero, cuenta, fue un trabajo de “restauración emocional”  que tal como lo explica tuvo un componente religioso; pero en la explicación también aparecen cuentos infantiles y las consecuencias que obraron.

Con el paso del tiempo, por ejemplo, la puesta en marcha de un plan que bautizado ‘la alegría de leer’, sirvió como punto de partida para un proceso de nivelación escolar con profesores particulares conseguidos para los chicos; y luego, ante su disposición, la escuela: el regreso para unos y la primera vez para otros. La señora Beatriz y sus compañeros les encontraron cupo en tres instituciones educativas de Siloé, donde vivía la mayoría. 

Un día, poco antes de que entraran a estudiar formalmente, los chicos y doña Beatriz salieron a caminar por el barrio.

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Fueron desde Belén hasta El Pascualito, donde habían preparado una comida especial para ellos y ellos tuvieron oportunidad de mostrar varias de las cosas aprendidas lejos del semáforo: al extender sus manos de nuevo, enseñaron dibujos, tareas académicas que habían terminado después de mucho esfuerzo y asuntos que habían escrito en cuadernos y hojas de papel. Ese fue el comienzo del resto.

El resto, si fuera posible resumirlo así, es una labor que se convirtió en la cotidianidad vital de esa mujer.

Porque desde ese momento no pudo parar de hacerlo y de varias formas ha vivido para hacerlo.

A lo que se dedica, si también fuera posible explicarlo en pocas palabras, es a ser el motor de muchos planes de educación no formal o de formación para el trabajo, a los que durante todos estos años han podido acceder de forma gratuita centenares de habitantes de la Comuna 20, sobre todo madres cabeza de familia.

“Quise empezar a capacitar adultos y una amiga con la que iba a la iglesia era instructora del Sena, entonces ella gestionó el desarrollo del primer taller que fue de confección. Y como se cumplieron las metas, el Sena nos siguió apoyando. Gracias a ese vínculo, la dinámica se ha podido continuar y dependiendo de las necesidades y e inquietudes, yo voy haciendo solicitudes de cursos; cuando el Sena aprueba los instructores, se hace la convocatoria”.

En salones del Centro Comunitario para la Inclusión Social, en otros cedidos por la Fundación Sidoc  o en el Parque de la Horqueta, gracias a esa iniciativa y el apoyo de otras manos invisibles, han sido dictados cursos de gastronomía, belleza, mercadeo y emprendimiento, entre otros.

La solidaridad, además, contagió solidaridad y en el Parque de la Horqueta hay doce máquinas de coser cedidas hace meses por la Escuela Simón Bolívar, con la esperanza de que las clases no se queden como una costura inconclusa.

La señora Beatriz vive muy lejos de Siloé. Todos los días, para llegar hasta el barrio, debe atravesar la ciudad. En su carro es habitual encontrar afiches enrollados que promocionan algún curso por venir. Es otra iniciativa suya.

Ella los manda a hacer y regularmente también los ayuda a pegar por ahí, en las puertas de las tiendas o en el parabrisas de alguna de las gualas que recorren el barrio yendo en contra de la ley de gravedad desafiada en el trazado de sus calles.

“La gente recibe todo esto con mucho entusiasmo, así me han recibido a mí. Ya hay gente que está viviendo de lo que ha aprendido en los cursos, que trabaja por su cuenta gracias a esto. Y eso es lo gratificante”, cuenta Esquicio Plaza, instructor del Sena, que ha dictado cursos de gastronomía en Siloé desde hace tres años.

La señora Beatriz tiene 75 años y nació en Cali. La vocación social, cree, siempre la ha tenido consigo. No hubo un punto de inflexión que se la motivara ni un episodio a partir del cual se hiciera manifiesta. Simplemente estaba ahí, como un lunar de nacimiento.

En todo caso, cree también, fue determinante el ejemplo que vio en su esposo, que en la finca que tuvo en El Guanabanal (Palmira) siempre hizo obras para la gente: “Construyó una escuela, un centro de salud y colaboró en el alcantarillado del pueblo. Los niños lo amaban”, recuerda a las afueras de un salón mientras dos decenas de madres cabeza de familia ven una clase de cocina.  

Sentada todavía en el muro del Centro Comunitario, dice que es muy feliz ahí, en ese lugar y en ese barrio.

“Me gusta, me gusta estar acá, me gusta la gente, servir. Y mientras haya clases, aquí voy a estar”.

La señora Beatriz tiene 4 hijos y todos, dice, celebran lo que hace. Una de ellas le anunció que cuando se pensione seguirá sus pasos. Y una nieta, aún niña, le dijo lo mismo. La señora Beatriz sonríe. Los chicos del semáforo de la Roosevelt con 39 con los que empezó su trabajo social, ya son bachilleres.

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