Tras la huella del padre Alfred Welker, quien trabajó por Aguablanca en Cali

Enero 07, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera, reportera de El País.

Los barrios El Retiro y El Vergel lloran su partida, mañana, cuando se harán sus exequias en Alemania, su país de origen. Paralelamente se harán misas en la parroquia del Señor de los Milagros, que él fundó.

[[nid:496720;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/01/ep001073951.jpg;full;{Recorrido fotográfico por la vida del sacerdote jesuita, que entregó su vida viviendo y paliando las necesidades de las comunidades más marginadas de la ciudad desde los años 80.}]]

Mañana viernes, a las 8:00 de la mañana, repicarán las campanas en la parroquia Señor de los Milagros, en  El Retiro y en las capillas Santa Luisa de Marillac, de El Vergel y El Divino Niño, del Bajo Vergel, barrios del oriente de Cali. A esa hora, cuando el reloj marque las 4:00 de la tarde en Alemania, el tañir de campanas se escuchará igual en München Unterhaching,  ciudad donde la comunidad jesuita despedirá al padre Alfred Welker, conocido en el Distrito de Aguablanca como el Señor de los Milagros.

El sacerdote jesuita, que entregó su vida viviendo y paliando las necesidades de las comunidades más marginadas de la ciudad desde los años 80, dejó este mundo  el 30 de diciembre en su país natal, pero solo mañana se oficiará  su funeral. Ante sus despojos mortales han desfilado  religiosos, benefactores y   60 médicos que lo acompañaron en sus misiones humanitarias. En El Vergel y en  El Retiro, el dolor y la tristeza son colectivos: todos  recibieron su  mano amiga, su consejo espiritual. 

¿Por qué su obra se llama Señor de los Milagros? María Guerrero explica que lo conoció en 1983 en  El Retiro y el padre todos los días hacía milagros. Madres con muchos niños, ancianos enfermos,  jóvenes desescolarizados,  todos llegaban con una necesidad y decía, ‘Oh, carramba’,   y ayudaba a solucionar su problema. Y eso   era todo un milagro  para ellos.

Cuando buscaban  el nombre de la capilla, Soledad Tenorio propuso Señor de los Milagros. “Y  así se quedó, porque ese hombre había insistido en combatir todas las necesidades de nosotros: había un Señor de los Milagros en Buga y otro Señor de los Milagros vigente en El Retiro”, cuenta Ángel Asprilla, líder de El Retiro.

Asprilla recuerda que a ellos los habían sacado de la invasión Cinta Larga y los habían tirado allí con sus corotos, incluidos los palos  de sus cambuches. No había  luz, tenían que comprar el agua en carretilla y cada que llovía el barrio se inundaba por falta de alcantarillado. A veces  morían uno o dos  niños  de enfermedad respiratoria o diarréica, entre otras infecciones que los afectaban.

Ese escenario fue el que encontró el padre Alfred Johannes Welker, a sus  40 años cuando llegó por primera vez a El Retiro, invitado por  otro sacerdote, el belga Daniel Guillard.

La primera vez que vieron a ese hombre rubio, barbado y un tanto desaliñado, cargando a unos mellizos del sector, uno al  hombro y otro en los brazos,  todos pensaron que era un ‘robaniños’, dice Asprilla. Había preguntado por líderes de la comunidad para trabajar y le habían dicho: ‘vaya allá donde los negros, ellos son’, dice refiriéndose a que el 95 % de la población del sector es afro.

Y de la tristeza pasa a la risa al recordar la primera Eucaristía que les ofició el  religioso. “Tomó una mesita, le tendió un trapo, sacó del morral que cargaba la  copa de consagrar y un frasquito con el vino”, relata entre risas. “Pero el hombre quedó decepcionado, la gente casi no asistió”, agrega el líder comunal que  se convirtió en su punto de apoyo.

Después  siguió oficiando en la esquina de la 39 con 50,  en el rancho de Asprilla, que servía de guardería, enfermería, capilla y otros menesteres a la comunidad, y la misa empezó a llenarse porque comenzaron a  ver los resultados de  su obra social. O milagros. Como la caseta del Comité Prodefensa, lo primero que construyó con $70.000 de la época que le dio a él para comprar los materiales.

Con la  marcha del ladrillo  levantó dos megacolegios en El Vergel y en El Retiro,  una guardería, un comedor comunitario, un albergue para ancianos y  la parroquia Señor de los Milagros, hecha primero en esterilla y una cruz que Asprilla hizo con los restos de su casucha en Cinta Larga. A María Guerrero la apoyó para estudiar enfermería y le pidió  cuidar los niños de la guardería. Tarea que ella asumió con devoción en  gratitud al ver cómo  ayudaba a su etnia, desplazada del maremoto en el Pacífico. 

Es que el padre Welker era de predicar y practicar. A un colegio que estaba cerrado le hizo romper los candados y lo puso a funcionar. Cuántas veces  Myriam Piamba, vecina de El Retiro,   lo vio madrugar  a las 4:00 de la mañana y a las 5:00 ya estaba con una pala destapando cañerías, ayudando a instalar el alcantarillado. Hasta  una infección le dio en las manos porque las metía a las aguas sucias como si nada. 

“Era un hombre fuerte, de fe, con él lo que era, era. Era de talante, pujante, de corazón abierto, de bondad, y como buen alemán, muy recto”, lo describe el sacerdote Héctor Fabio García, párroco de las tres capillas fundadas por el padre Welker y a quien conoció cuando él empezaba sus estudios sacerdotales y le enseñó su frase de combate: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”.

Asprilla evoca que gracias al  padre Welker se hizo el milagro de que las autoridades y el resto de Cali miraran hacia El Retiro y El Vergel. “Alfredo Domínguez, Beatriz de Domínguez, Yolima Espinosa, Nidia Quintero de Balcázar y muchos más nos ayudaron a gestionar recursos y  el Municipio hizo el caño de la 48 para acabar con las inundaciones”, dice.  

Élida Rodríguez  conoció al padre muy   niña, cuando  entró a la pastoral infantil y  cree que “en verdad era un ángel enviado de Dios para ayudar a tantos necesitados. Fue un verdadero misionero de Cristo que dio su vida a los demás”, dice del religioso que trascendió los linderos del altar y del atrio para evangelizar y ayudar a los demás.

“Nunca en la historia de la ciudad se ha hecho una evangelización tan grande, como la emprendida por él”, afirma María Guerrero, contando que los bautizados eran numerosos, las primeras comuniones eran con grupos de 180, 190 niños y los matrimonios, fueron muchos.

[[nid:496715;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/01/ep001074017.jpg;full;{Servio Enrique Gamboa, director de la Corporación Señor de los Milagros, traslada la foto del padre Alfred Welker del colegio a la parroquia, fundado por el religioso, para la Eucaristía que se...Bernardo Peña | El País.}]]

A la vez le alcanzaba la vida para hacer retiros espirituales, acompañamiento a familias, convivencias matrimoniales, visitar enfermos.

Élida, graduada en el Colegio Señor de los Milagros y su asistente en la curia,   recuerda la vez que  llegó una madre llorando porque su niño Miguel Ángel, de 5 años, estaba agonizante. El padre Welker fue a verlo y el pequeño lo miró y le dijo: “Usted es Dios, está tan bonito, vestido todito de blanco”. Ese recuerdo no se le borra: El padre lo abrazó,  el niño se aferró a su cuello hasta que se quedó dormido. Miguel Ángel trabaja en una empresa de baterías para carros.

“Era una persona sabia, sabía encaminar a jóvenes y adultos por igual”, dice Myriam, quien como muchos, recibió kits escolares, uniformes y hasta pequeños préstamo para  educar a sus hijos. “Él nos daba la facilidad de devolvérselo en pequeñas cuotas, a otros no les cobraba”, añade. Y es que otra faceta del padre Welker era su desprendimiento. Jamás compraba ropa para él a pesar de las ayudas que le llegaban de Alemania. Su hermana Rose le mandaba una maleta llena de ropa, pero si la veía muy fina, la regalaba, cuenta María Guerrero. “Nosotros le regalábamos de cumpleaños, pero al otro día uno le veía la ropa a  otra persona”, cuenta Servio Enrique Gamboa, actual director de la Corporación Señor de los Milagros,  vinculado hace 22 años a la entidad. 

Al padre Welker lo afectó la enfermedad de Alzheimer, por lo cual la comunidad jesuita se lo llevó en abril de 2011, pese a que él dijo que quería seguir viviendo en El Retiro y “morir con mis hermanos colombianos”. Estuvo en una casa de reposo en Medellín, donde lo visitaron  Gamboa, María, las Rodríguez y otros amigos.

“Fuimos a visitarlo y la primera vez no lo reconocimos: le habían quitado la barba. Lo identificamos por la bufanda y por la risa, pero él sí nos reconoció porque tenía sus momentos de lucidez. Luego se lo llevaron para la casa de reposo en Alemania”, comenta Gamboa. 

La pena se ahonda con la noticia de su muerte. Tanto que  a   María Isabel Rodríguez, hermana de Élida, le duelen las críticas de “asistencialista” y “paternalista” que los detractores del padre  Welker le hacían, mas cuando hasta la Policía le acusaba de refugiar a pandilleros.

Todos rechazan tales acusaciones. “Él nos dio el pan y la palabra de Dios, primero nos quitó el hambre y el sufrimiento; luego nos enseñó a Jesucristo y su misericordia y por último sí nos exigía estudiar y trabajar”, argumenta María Guerrero.

Mas para María Isabel, porque si el padre Welker fue el padre y madre de toda la comunidad, fue  el asesor espiritual de María de los Santos Ortiz, madre de las  Rodríguez. Elsa, otra de ellas,  se casó con el sobrino hijo putativo del jesuita, vive en Alemania y fue quien les dio la noticia.

Será ella quien lleve la palabra en las exequias en  nombre de  más de 10.000 bachilleres egresados  de los colegios Señor de los Milagros y de cientos de excluidos que recibieron para un medicamento, para un mercado, para tener mejores oportunidades en la sociedad.

“Él fue el cuarto rey mago, que vino buscando esa estrella lejana y encontró a los más necesitados para darnos sus regalos”, concluyó en el Día de Reyes María Guerrero. “Mas que su obra física, perdurará en la memoria de El Vergel y El Retiro su obra espiritual”, concluyó el padre Héctor Fabio, quien oficiará las misas en memoria de este otro Señor de los Milagros.

 Egresados

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