Tito Valencia, tres décadas de amor por las palabras

Tito Valencia, tres décadas de amor por las palabras

Julio 05, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros l Periodista de El País
Tito Valencia, tres décadas de amor por las palabras

“Sueño con que los bibliotecólogos podamos profesionalizarnos cada vez más. No se ha entendido el gran valor de esta profesión”, dice Tito Valencia.

Desde la Biblioteca del Centro Cultural Comfandi, Tito Valencia les enseña a los niños que la lectura es el más divertido de los juegos.

Tito Valencia piensa de pronto en tantos niños que  van a desmovilizarse. Todos los  que abandonarán para siempre la guerra  cuando se silencien los fusiles de las Farc. Serán tantos —se le escucha decir— que a lo mejor se necesitará  una biblioteca entera para poder albergarlos. Pero él asegura estar listo: “para leerles, para mostrarles la paz a través de las palabras. Para enseñarles que  será siempre mejor empuñar un libro que una pistola”. Lo comenta desde un amplio y colorido salón que domina todo el cuarto piso del Centro Cultural Comfandi Nelson Garcés Vernaza. Es allí, en pleno centro de Cali, donde funciona una biblioteca infantil con más de doce mil títulos, frecuentada mensualmente por 7325 visitantes. Hasta allí llega Tito —57 años, figura grácil, voz ceremoniosa—   para ejercer a diario el único oficio al que quiso dedicarse al graduarse de bachiller: “enamorar a la gente de los libros... Otros dirán, simplemente, que soy  un tipo que los baja de los estantes”.  Pero  este caleño es mucho más que eso: Tito Gustavo Valencia Castro es el bibliotecario más veterano y más querido del lugar.  La historia comenzó hace 35 años ya. Tito consiguió su primer empleo en la biblioteca Comfandi del barrio San Nicolás cuando era  un joven que sentía un  amor sanguíneo por las  palabras. El milagro lo había logrado su padre, un tumaqueño que primero se ganó la vida como marinero y luego como mecánico. Un hombre que,  cada quince días, llegaba hasta su casa del barrio Santa Helena con varios libros nuevos bajo el brazo, para luego  leerlos delante de su familia en voz alta. Novelas, historietas y  enciclopedias que respondían preguntas sobre mitología, sobre naturaleza, sobre historia. Y los hermanos Valencia, que eran diez, los recibían con dicha y aprendieron a distraer con ellos las horas muertas, como si en realidad se trata de juguetes nuevos.  Tito conserva aún varios de esos ejemplares. Páginas que sobrevivieron hasta hoy pues desde muchacho entendió que los libros no son solo de quienes los escriben, sino también y sobre todo de quienes los leen.  Algo parecido  suele decirles a los niños que frecuentan el centro cultural: “Un libro es como un amigo que te enseña muchas cosas”. Y esas palabras, seguro, se quedan a vivir para siempre en el corazón de muchos de ellos, porque   —convertidos ya en ingenieros, médicos, administradores, profesores y abogados— han regresado para estrechar las manos de  Tito, en un gesto de  agradecimiento por ese providencial descubrimiento del poder de las palabras. Es un don que Tito, sin embargo, hace ver como un truco simple: “la idea es que el niño se acerque al libro de forma lúdica. No como una imposición. Que primero lo ojee a su gusto y a su tiempo, que identifique las imágenes, los colores. Yo comienzo entonces a preguntarle qué es lo que ve y él me va narrando su propio libro. Solo después de eso es que comienzo a leerle, y en voz alta. Cuando ya el pequeño está familiarizado”. Ese truco  —dirá luego el hombre— consistirá además en leer con emoción y buena entonación, modulando correctamente cada frase. Es lo mismo que les dice a los padres, tíos, abuelos y hermanos que suelen acompañar a los pequeños a la biblioteca. “Lo bonito es que después es ese niño el que les ‘enseña’ a leer a sus papás y pide, feliz, que lo lleven de nuevo”.    A niños y grandes, Tito les  transmite otro mensaje: “que el libro es un objeto especial porque se trata de una construcción colectiva. Porque el autor que lo escribió aprendió a hacerlo gracias a que leía a otros autores. Que para hacerlo agradable tuvo que acudir a un ilustrador. Que para que saliera publicado necesitó de un editor”. Con esas lecciones ha llegado otras  veces hasta la cárcel Villahermosa, donde les muestra a los reclusos que leer historias ajenas es, de alguna manera, una forma de ser libre. Hasta las más empinadas veredas de Cali, donde el acceso a una biblioteca resulta tan inusual como visitar un centro comercial. Y hasta apartados   municipios del Valle, acompañado siempre de una ‘Maleta viajera’ que alberga en su interior hasta 80 libros y que le ayudan a Tito en  jornadas que suelen prolongarse varios días. “Y toda la gente lo recibe bien”, cuenta el bibliotecario. “Demuestran mucho interés. Lo que creo es que no hay que esperar a que la gente vaya hasta las bibliotecas para despertarles el cariño por la lectura. Yo he visto niños y adultos que nunca se habían interesado por coger un libro hasta que llegamos los promotores de lectura; que no se han criado en hogares donde los libros les sean familiares. Pero que después de la experiencia quieren llevárselo para la casa y luego volver por más”.  Para Tito  la frase repetida de que cada colombiano lee menos de dos libros por año es  “una verdad a medias”. En sus recuerdos hay otros cálculos. Niños que abandonan la biblioteca hasta con tres libros prestados. Una libreta que registra que los préstamos  del centro cultural suman  hasta 600 cada mes. ¿Quién dijo entonces que a los niños no les gusta leer? ¿Que a los muchachos de estos tiempos los aterroriza la sola idea abrir un libro? No es lo  que él ve, digamos, un sábado, cuando la biblioteca abre sus puertas para la ‘Hora del cuento’, en la que un promotor de lectura como él, armado solamente con su voz entusiasta y un libro, consigue la atención de todo un auditorio, casi siempre compuesto por una veintena de chicos.  No es eso lo que advierte tampoco —digamos un lunes o un miércoles cualquiera— cuando ese promotor es una persona con discapacidad visual que se sienta frente a todos con un libro en braile en su regazo, y que consigue también que su espontáneo público se emocione con una historia escrita con diminutos punticos sobre el papel.     El asunto, cree Tito, no es que los niños  lean poco. Es que faltan más adultos haciendo para ellos la tarea. “Sueño que en Cali creen una Escuela Interamericana de Bibliotecología, como la de la Universidad de Antioquia, para que cada vez seamos más los promotores de lectura profesionales”.  Ya hace más de cuatro siglos, Miguel de Cervantes, lo había dicho a su manera: “En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”. Y Tito hace rato lo encontró. Desde entonces no ha cesado en su anhelo de que otros lo hagan también en la página de algún libro que espera ser abierto.

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