Cali tiene un lugar para la meditación y enseñanza

Cali tiene un lugar para la meditación y enseñanza

Febrero 06, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Paola Guevara

Los ashram son lugares dedicados a las vivencias trascendentales, la meditación, y la práctica del yoga. Visitamos uno en Pance, y otro a dos kilómetros de la Hacienda El Paraíso.

Antes de hablar sobre nuestro recorrido por los dos únicos ashram que existen en el Valle, uno en Pance, y otro a dos kilómetros de la Hacienda El Paraíso, hay que aclarar el significado de esa palabra que causa tantas miradas de extrañeza y que -aclaremos desde el principio-, no significa ‘estornudo’ en hindi, como dijo algún bromista. Quienes hayan estudiado la vida de Mahatma Ghandi, que vivió en un ashram durante el proceso de liberación de la India del imperio británico, sabrán de qué hablamos.Quienes además sean fanáticos de los Beatles y sepan que la banda británica se trasladó a la India en 1968 para aprender a meditar en el ashram del Maharishi Mahesh, tendrán terreno ganado.Y los que al menos hayan visto a Julia Roberts en la película ‘Comer, rezar, amar’, (donde ella pasa una temporada intentando vencer su adicción a la salsa boloñesa y superar un divorcio asesino) tendrán un buen punto de partida. Se trata del lugar de meditación y enseñanza hinduista donde los alumnos conviven bajo el mismo techo que sus maestros y les prestan servicio en el mantenimiento del lugar. Todo, sobre la base de la gratitud y el amor fraternal. Un ashram es lo más parecido a un monasterio de la Edad Media, donde hay vida comunitaria, disciplina, y algunos horarios para el estudio de los textos sagrados, la oración, y actividades cotidianas como los oficios caseros o la preparación de la comida. Pero mientras los sacerdotes medievales eran famosos por su exquisito vino, sus prominentes panzas, y su apetito por las viandas, aquí el menú es estrictamente vegetariano y no por eso menos delicioso, como pude comprobarlo en el Ashram El Paraíso, a 30 minutos de Cali, con una granola hecha en casa y unas papas rellenas... Pero no nos desviemos del camino. Los ashram están abiertos como hospedaje para quienes quieren estar unos días o una temporada más larga y compartir la rutina y las prácticas que allí se imparten: clases de meditación, yoga o hinduísmo, talleres y cursos de terapias orientales e, incluso, de filosofía, entre otros. En los ashram más tradicionales viven maestros hinduistas que han decidido retirarse de la vida mundana, por eso son lugares tranquilos, apartados del feroz ritmo de las ciudades. Sus miembros prestan un servicio a la comunidad y están abiertos al crecimiento espiritual de todas las personas, sin importar su credo.Meditando...Era mi primera noche en el YogeShyam Ashram que hace pocas semanas abrió sus puertas en Cali. Afanado por seguir su recorrido de trabajo, el conductor que me condujo hasta allí me lanzó una botella de Coca-Cola y me gritó “tenga, por si le da sed”, mientras se alejaba frenético, dejando una nube de polvo tras de sí. En contraste, como flotando en una nube de serenidad, me recibieron Avadhut Siromani, un maestro de ojos verdes y profundos que parecían leer mis pensamientos; su esposa Sheyna Vodovoz, cuyo nombre significa ‘belleza’ y no pudo ser más exacto para describirla; y su delgado y larguirucho aprendiz, un hombre joven de rasgos hermosos que lo dejó todo para ser alumno del primero. Allí estaba yo, frente a mis espirituales anfitriones, con una Coca-Cola en la mano, intentando por todos los medios hacer caber la botella en mi cartera para disimular mi vida mundana y mi afición por la comida chatarra; pero dos celulares estridentes, una grabadora digital, una alarma despertadora y otros ruidosos adminículos que yo portaba, lo impedían.El ashram permanece en completo silencio, rodeado de prados verdes, ceibas, samanes y guayacanes, y surcado por un riachuelo. La casa, iluminada con velas, tiene una atmósfera mística. Eran solo las 9:00 p.m. y yo quería hacer preguntas, pero Sheyna me aconsejó: “Hay que dormir”. Y tenía razón, había que dormir si quería asistir con ellos al ‘Mangal Arati’, una meditación diaria que comienza a las 4:30 a.m. y termina a las 6:30 a.m., con la salida del sol. Esta -según explicaron- es la mejor hora para la canalización de las energías espirituales. Las ocho habitaciones de huéspedes reflejan la austeridad que reina en el ashram como principio de vida. No hay agua caliente, aire acondicionado, televisión u otras ‘comodidades’ del mundo moderno, que ninguna falta hacen estando allí.Mi habitación tiene un colchón cómodo, una manta y una mesita baja. Para sobrevivir al embate de los zancudos, hay que encender un incienso y abrir un poco la ventana para que el humo salga.El ashram se sostiene, en buena medida, gracias a los aportes voluntarios de los alumnos. También están las clases, cada una de las cuales cuesta $20.000; la membresía por un mes ilimitado, $130.000; una clase privada, $85.000.A la madrugada, tres golpes de campana me anuncian que es hora de ponerme en pie para la primera meditación del día. Lo primero que comprobé es que los insectos de los ashram no hacen ayuno y son selectivos: prefieren la sangre de dedos y codos. En la penumbra me esperaban Avadhut, Sheyna y su discípulo, en completo silencio. Comenzaba la jornada de oración. Rezar, rezar, rezar.Durante la meditación de la madrugada procuré imitar la posición de flor de loto, aunque la flexibilidad de mis pies no daba para tanto. A las 5:00 a.m., el bullicio de los grillos lo llenaba todo. El cielo estaba aún cubierto por una capa lechosa y violácea y se podía oír hasta el chisporreteo de la cera de una vela cayendo sobre una estera. Después de los grillos, se unieron las ranas y los pájaros al concierto; un gallo anunció la proximidad del sol, y mientras el cielo violeta viraba lentamente hacia el azul cobalto, relincharon los caballos. Hacia las 5:30 a.m., ladraron los primeros perros, y cuando el azul plateado se convirtió en celeste despertó una vaca perezosa con un largo mugido. La última en saludar al sol fue una lorita que retozaba de cabeza usando una sola pata. A las 6:00 a.m. empiezan a llegar los alumnos para la clase de Hatha Yoga, una secuencia de posturas que alinean la parte corporal, mental y emocional. “En un nivel más profundo -me explica Sheyna- busca hacer conciencia de la gracia de Dios que sostiene nuestras vidas aquí y ahora”. Alentada por la energía de la mañana, decidí unirme a Sheyna y sus alumnos en la clase de Hatha Yoga. ¿Qué tan difícil puede ser?, pensé. Eso fue antes de tener una revelación: tengo músculos que no sabía que existían y que aún hoy, cuando escribo estas líneas, no paran de doler y doler. Pasaron sólo cinco minutos y yo ya tenía que recordarme a mí misma “respira, ¡respira por tu vida!” mientras me estrenaba en la posición de la ‘serpiente’. Miraba a Shayna de reojo y ella, en cambio, parecía flotar en el aire. Incuso cuando, apoyada en una sola mano, hizo girar su cuerpo hacia arriba y quedó suspendida grácilmente en el aire. Su rostro no reflejaba ningún esfuerzo o tensión, mientras yo me desplomaba de cansancio y dolor sobre el tapete hacia las 6:07 a.m. Como pude, me arrastré jadeante, lejos de allí, como un animalillo apaleado, mientras todos, ya parados de cabeza, me miraban con tranquilidad pasmosa. “¿Qué le he hecho a mi cuerpo todos estos años?”, pensaba yo mientras recordaba aquella ‘pecaminosa’ gaseosa del comienzo.Cali espiritualA lo largo del día, el YogeShiam Ashram tiene una rutina que incluye clases de filosofía, donde se enseñan los principios básicos del yoga. Estas y otras clases más personalizadas de los textos sagrados de los vedas, las imparte Avadhut.Él me cuenta que vivió cinco años en un ashram de Hawaii, país donde se graduó en filosofía. Luego, por instrucción de su Maestro, vivió varios años en un ashram en la India, y luego fue enviado a viajar por todo el mundo dejando que la gracia divina le proveyera todo lo necesario. Ahora, esa “divina voluntad” lo trajo a Cali.Nos despedimos en paz, y sus palabras se quedaron resonando en mi cabeza: “La austeridad no tiene nada que ver con la represión o la prohibición, y tampoco con el dinero. Austeridad es la que tiene el estudiante que se levanta temprano por amor al estudio. Austeridad es lo que lleva a evitar los desenfrenos, no porque huyamos temerosos de ellos sino porque, desde un mayor estado de conciencia, son innecesarios en nuestras vidas”. A Colombia, a Cali, a todos, nos vendría bien un poco de esa ‘austeridad’.Ashram El Paraíso Ubicado en El Pomo, a 2 kilómetros de la Hacienda El Paraíso. Este ashram lleva 27 años prestando servicio. A veces hospeda a unos pocos visitantes; otras, recibe oleadas de hasta 140 personas que se quedan días, semanas o meses para asistir de forma voluntaria a las actividades de crecimiento espiritual programadas: Hatha Yoga, meditación, armonización, cosmobiología, cursos y talleres sobre desarrollo humano y trascendental, entre otras. Varias empresas y colegios de la región acuden a este sitio para darles a sus miembros la oportunidad de tener una experiencia espiritual gratificante, pero está abierto a todas las personas y familias interesadas en la vida sana y la autoconciencia. Su estilo es campestre. La energía de las montañas, la vista sobre el Valle y el acceso al río Amaime que pasa cerca de allí, lo hacen “perfecto para desconectarse de los afanes del mundo moderno”, dice Vicky Guzmán, quien administra el ashram junto a su esposo, Hernán Obando. Las habitaciones son sencillas y bien cuidadas; cada una tiene cuatro camas, pues compartir la habitación con extraños puede llegar a ser parte del proceso de convivencia y tolerancia. Su restaurante está altamente recomendado, siendo el sancocho y la paella vegetarianos algunos de sus platillos estelares.

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