Salsódromo: historia de un esfuerzo de 365 días bailando salsa en Cali

Diciembre 24, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | El País

Prepararse para el desfile de bailarines más grande del mundo es, casi, como entrenar para la olimpiada. Escuelas ensayan todo el año. Crónica de sacrificios.

En el salón, la profesora cuenta despacio. Uno... dos... tres... cuatro... Al frente, sentados en el piso, los muchachos tienen la pierna izquierda sostenida en el aire. Cinco... seis... siete... cambio. Hace poco no más también hacían abdominales, lagartijas, estiramientos. Alfredo Moreno, el director, explicaba que la rutina se viene haciendo desde hace casi un año, febrero exactamente, domingo a domingo. “Es sagrado”. Uno... dos... tres... cuatro... cambio. Es jueves, en la tarde, y en un salón con espejos del tamaño de una pared los muchachos de la escuela de baile Estrellas Mundiales de la Salsa del Distrito de Aguablanca hacen ejercicio. Más tarde irán a una cancha de baloncesto a bailar. Será hasta que anochezca. Prepararse para participar en el salsódromo de Cali es, casi, prepararse para una olimpiada. Estar ahí, el desfile de bailarines más grande del mundo, exige una entrega de atleta, la disciplina del militar. Uno... dos... tres... cuatro... ¡Fuerza!IIEn la Calle 60 con carrera CI del norte de la ciudad, los bailarines de la Escuela Imagen y Expresión están reunidos en círculo. Son casi las 8:00 de la noche. Viéndolos de lejos uno cree que están en la novena del barrio. Pero no. Conversan con su director, Carlos Izquierdo. Carlos dice que el sueño de todo bailarín de Cali es estar en el salsódromo. Incluso lo prefieren por encima de un mundial. ¿Por qué? Orlando Peña levanta la mano. Dice que en el salsódromo lo van a ver miles de personas. En cambio en un mundial no. Los mundiales son para los especialistas, el salsódromo es para Cali. Bailar ahí es visibilizar el trabajo que hacen las escuelas durante el año. Tiene razón. Haciendo cálculos, a ese desfile del 25 de diciembre que abre la Feria de Cali asisten, en promedio, 500 mil personas. Es algo así como la gente que llenaría doce veces el estadio olímpico Pascual Guerrero. Además, participan las mejores escuelas de salsa. Durante el año se hacen audiciones, eliminatorias. Los jurados evalúan coreografía, vestuario y algo que llaman “peso escénico”. Esta vez seleccionaron a las mejores 30. Cindy Lorena, integrante de Imagen y Expresión, dice entonces que el salsódromo es una manera que tienen de medirse con los otros bailarines de la ciudad, mirarse, competir mientras se desfila. Por eso, también, lo prefieren por encima de un mundial. El salsódromo es un asunto de orgullo propio y del barrio al que pertenece la escuela. Carlos Izquierdo interviene, explica que el desfile es el acto de graduación del bailarín. Cada escuela envía a su grupo élite a la caravana, que esta vez recorrerá un kilómetro de la Autopista Suroriental, entre carreras 56 y 44, en un horario en el que se requiere la resistencia de los fondistas: doce del mediodía a siete de la noche. IIILos muchachos de Estrellas Mundiales de la Salsa ahora bailan en la cancha de baloncesto. Alfredo Moreno, el director, los observa a lo lejos mientras conversa. Ninguno de los bailarines, cuenta, paga un peso por estar ahí porque no tienen cómo. Son jovencitos que viven en el Distrito de Aguablanca. Algunos duermen en barrios que son noticia casi siempre por la violencia. El Rodeo, por ejemplo. Petecuy. La idea que tiene Alfredo junto con Mencha, su esposa, y Stephanie, su hija, que sí es bailarina profesional y se ha ganado mundiales, es que el baile se convierta en una opción de vida para los jóvenes del Distrito, ofrecerles un camino distinto a la pandilla, la droga. Y puede que no se sepa a cuántos, pero está seguro de que bailar, en esta ciudad, les ha salvado la vida a muchos. En Estrellas Mundiales se han graduado, por lo menos, cuatro generaciones de bailarines, calcula Mencha. Y no solo aprendieron a bailar: conocieron Colombia en las giras, viajaron al exterior, se ganaron trofeos, fueron, efectivamente, estrellas mundiales. El nombre de la escuela tiene, por cierto, una intención: que los jóvenes se convenzan de que son importantes, valiosos, necesarios. Que sueñen y no crean que la vida es lo que enfrentan a diario, pobreza. El nombre de la escuela intenta, también, ser una esperanza. Sin embargo no ha sido fácil, dice Alfredo. Él, explica, es transportador. Trabaja recogiendo y llevando niños a los colegios. Gracias a ese trabajo sostiene su familia pero también la escuela. Alfredo, de su plata, paga el arriendo de la sede de Estrellas Mundiales de la Salsa, paga los servicios públicos. A los instructores de baile no les puede pagar sueldo porque no tiene con qué. Entonces se le ha ocurrido, por ejemplo, preparar lechona para vender. Las ganancias las reparte entre los profesores. Alfredo dice que son maneras de agradecerles por tanto. A los muchachos, ahora que termine el ensayo, va y los lleva hasta la casa en su buseta. Es que a veces los bailarines no tienen ni para el bus y deben caminar horas para llegar al entreno. Alfredo piensa que definitivamente la salsa en la capital de la salsa requiere apoyo, patrocinadores. En las escuelas los jóvenes están construyendo su proyecto de vida. Darles la oportunidad para desarrollarlo sin tantos obstáculos es también un proceso de paz. Al otro lado de la ciudad, en la Escuela Imagen y Expresión, se cuenta algo parecido. Carlos Izquierdo trabaja en Emcali y también da clases. De eso vive y de eso mantiene a la escuela. Porque pocos pueden pagar mensualidad. Carlos pide que los que paguen, levanten la mano. De casi 60 bailarines, cinco lo hacen. ¿Y cuánto pagan?, pregunta. “Veinticinco mil”. Carlos sonríe. El dinero que reciben por participar en el salsódromo tampoco es suficiente, explica. Son $22 millones. Su elenco es de 50 - 60 bailarines. Es decir que a cada uno le corresponderían $366.000 en promedio. Sin embargo hay que comprar vestuario. Y cada metro de tela cuesta $75,000. Eso, fuera de los zapatos. Es decir que un bailarín que se ha preparado durante un año, en ensayos de dos, cuatro y hasta seis horas, recibe, cuando termine el salsódromo, unos $50.000. Eso los que tienen suerte. Existen escuelas con tantas afugias económicas que ni siquiera les pueden dar un solo peso a sus bailarines. Entonces, piensa Carlos, en esta ciudad que se enorgullece de ser salsera aplaudimos el vestuario suntuoso, los colores, las piruetas, aquel que lanza su pareja al cielo y la recibe en la punta de un dedo, nos tomamos la foto además, pero ignoramos que atrás de todo existe una problemática social, que atrás de todo esos muchachos que a veces ganan mundiales para el país, esos muchachos que aman la salsa, no pueden vivir de ella. El de estos jóvenes, dice Carlos, quizá es el amor al arte más auténtico que existe en el mundo entero. IVA los bailarines de Imagen y Expresión se les hace una nueva pregunta. ¿Qué es el baile, la salsa?Algunos dicen que es una renuncia. A los paseos, a las fiestas, al novio, a la novia. Un bailarín, insisten, es ante todo un disciplinado. Miguel Viáfara explica que en su caso, es una salvación, el estilo de vida que lo transformó. Si no fuera por el baile, está seguro, él no estaría ahí sentado, contando el cuento. Consumía droga, robaba. Su proyecto de vida, hoy, es ser bailarín. Miguel certifica que efectivamente la salsa y el baile son salvavidas de muchos. Y bailar a la larga, reflexionan los muchachos, es una manera de estar en el mundo, justificarse. Orlando Peña pone un ejemplo. Lleva un año sin ver a su mamá. Esta noche de ensayo, justamente, ella llegó desde Ecuador. Él quiere estar en casa, abrazándola, pero dice que es más poderosa la responsabilidad por prepararse para el salsódromo. Bailar salsa, resume, es eso: un compromiso absoluto, “el pan de cada día, el agua que uno se toma”. Lo mismo piensan los bailarines de Estrellas Mundiales de la salsa. Eso explica por qué, durante casi 365 días, así no tengan para el bus, van a ensayar. Advertirlo es descubrir que son valientes. Sin proponérselo, nos recuerdan una lección: la verdadera libertad del hombre se logra cuando, a pesar de todo, hace lo que le gusta, lo que lo apasiona, lo que le dice el corazón. Ir a verlos este 25 de diciembre en el salsódromo, entonces, es una manera de recompensar su esfuerzo, su valentía. Ir a verlos, aplaudirlos, pero no olvidar que tras el desfile de salsa más grande del mundo existe una problemática social que solo con amor al arte es posible de sortear.

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