Recorrido por el contaminado río Cauca a través de los ojos de un 'pescador de cadáveres'

Recorrido por el contaminado río Cauca a través de los ojos de un 'pescador de cadáveres'

Julio 19, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | El País.

Ambientalistas advierten que si no se toman medidas, los caleños pueden terminar matando el río Cauca.

[[nid:445624;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/07/ep00991499.jpg;full;{Entre los males que tiene el río Cauca en su recorrido por la ciudad, es el de los escombros. De acuerdo con cálculos de la CVC, alrededor del jarillón hay depositados cerca de dos millones quinientos mil metros cúbicos de ese material.}]]Hoy con la esperanza de que mis presunciones sobre el río naufraguen. Me han dicho que ese hombre vive de rescatar muertos en sus aguas y yo espero que al conocer su historia pueda escribir que a pesar de lo mal que se ve y huele, el Cauca, a su paso por Cali, no es una cloaca. La existencia de un hombre que a los 55 años se ganaba la vida sumergiéndose allí, en busca de cadáveres, parecía una promesa de buenas noticias. Y quizás, entonces, del primer final feliz para un artículo de prensa sobre el río. El hombre se llama Arfail Rayo Zorrilla y nació en Candelaria en 1960, pero desde los 5 años vive en Juanchito, donde creció teniendo el Cauca como el paisaje que le llenaba las ventanas de la casa. Aprendió a nadar solo, a escondidas de su mamá, y persiguiendo bocachicos y corronchos que permanecían bajo las piedras más hondas, y en charcos cristalinos que había entre Agapito y Changó, dice, se empezó a entrenar empíricamente en inmersión y buceo hasta convertirse en algo que él llama “práctico para las aguas”. Su oficio consiste en arrebatarle a la corriente lo que nadie más puede, desde cuerpos hasta carros, y eso efectivamente es muy práctico en un río que recibe todo lo que arrastran los otros seis cauces que atraviesan la ciudad, además de las descargas del Canal Interceptor Sur y de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales, a donde va a parar el alcantarillado de todos los caleños. El Cauca también es un vertedero de más o menos unas 600 empresas ubicadas entre Cali y Yumbo. En el río, a Arfail le dicen José, José El Pescador, aclara él promocionando la sonoridad del título. El martes pasado, cuando nos encontramos en un embarcadero a la vuelta de la subestación de Policía de Juanchito, estaba vestido de botas pantaneras, pantalón de sudadera y cachucha. “Es mi uniforme ahora”, dijo entre otras cosas al saludar, estirando uno de sus brazos, cortos, pero sólidos y macizos como remos. La figura de Arfail, de piel sin mayores castigos que los del sol y estirada sobre 98 kilos de peso, confesos y distribuidos en un metro con sesenta de estatura, fue una prometedora primera impresión: su imagen bonachona, más parecida a la de un abuelo disfrutando la jubilación que a la de un Kápax obligado a zambullirse entre pirañas para conseguir su comida, era ya de por sí un buen reflejo del río. Si el Cauca había nutrido esa panza que al caminar, parecía anclarlo suavemente al suelo, el cielo quizás se había acordado de esas aguas y de sus hijos. Su gordura, muy a mi pesar diría más tarde, es más bien una gracia de Dios. En los tiempos del apogeo de la mafia, lo que más pescaba eran muertos, contó sentado en la punta de su bote, anclado en una pequeña playa de lodo. Por cada cuerpo, los dolientes pagaban lo que podían, a veces cien o doscientos mil pesos. “Pero hubo un tiempo en que los cogía de colaboración porque no había quien los reclamara”. Arfail, que primero trabajó en construcción y luego fue pescador de peces antes que de cadáveres, dice que desde que se dedicó a esa tarea ha sacado tantos cuerpos que ya no puede acordarse de cuál fue el primero ni del lugar donde lo encontró. Al pensar en eso, de lo que se acuerda es que los muertos del río siempre quedan en muy mal estado y de las veces que tuvo que lidiar con familiares que se negaron a recibir el cuerpo después de verlo tendido en la orilla, creyendo que el Cauca les había devuelto una víctima ajena. “Una persona ahogada sale muy deforme, todo el parentesco que tenía en la cara se le borra. La gente tiene que reconocerlos por un tatuaje o por una cicatriz. O por los dientes”.  El Cauca, sin embargo, no solo es cementerio sino también verdugo: en lo que va de este año, cinco personas murieron ahí ahogadas. En el 2014 fueron nueve. Arfail empezó a rescatar cadáveres cuando la pesca dejó de ser un paraíso acuático que él pinta describiendo una escena donde su adolescencia aparece sacando seis bocachicos con las manos y en una sola zambullida. [[nid:445615;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/07/rio_cauca_2.jpg;full;{Fotos tomadas hace poco, en un recorrido organizado por la Cámara Colombiana de la Infraestructura. En el Cauca, distintos tramos de las orillas pueden llegar a verse casi iguales a través de la...Especial para El País.}]] Lo que pasó, dice ahí sentado, es que primero llegaron los efectos de la pesca con dinamita que comenzaron a hacer corriente arriba, cerca al departamento del Cauca, y luego fue la contaminación de toda la gente de la ciudad  y de toda la gente que se fue asentado sobre el dique construido para proteger a Cali de un desbordamiento, justamente de ese río. “Todo eso fue lo que jodió la pesca”.  Encima del dique, la CVC ha contado nueve escombreras y la Alcaldía, hasta el pasado mes de marzo, tenía detectados 54 negocios funcionando en casas que también eran tiendas, modisterías y peluquerías. Entre el inventario de excesos hallados, hasta ese momento habían sido vistas 36 microempresas funcionando; una era de vasos de licuadoras. También había marraneras, criaderos de pollos y una colchonería botando sus desperdicios al Cauca. Los 17 kilómetros de tierra en los que se extiende el jarillón, eran hasta comienzos de este año el hogar de casi ocho mil familias, es decir de cerca de cuarenta mil personas. Como una ironía de la naturaleza, del otro lado de la ciudad, el 70% de sus habitantes tomamos el agua de ese mismo río, que llega al acueducto a través de la bocatoma de Puerto Mallarino, ubicada  no muy lejos  de varios desagües. Felipe Bedoya, un muchacho de 31 años que antes de ser reubicado con su familia vivió la última década sobre el jarillón y trabajó con una cría de cerdos, dice que aunque es difícil hablar pasando por encima de la situación social de todas las personas que sobreviven en el dique gracias a esos negocios, es innegable que para ellos el botadero más fácil es el agua. “En los primeros años que viví ahí el camión de la basura ni pasaba, al río se va el desecho de los animales, de uno mismo, ¡qué no va a parar allá!..” Una vez, cuenta Arfail, una camioneta Chevrolet Blazer se fue al Cauca con un mejicano, la esposa y su cuñado dentro, recién salidos de una noche de fiesta en Juanchito. Todos se salvaron. Lo sabe porque diez días después de escuchar negativas de los buzos profesionales que buscaron para que les ayudaran a rescatar el carro, terminaron contratándolo a él, que fue el único que se le midió a la osadía y por eso negoció en ochocientos mil pesos, y sin derecho a regateo, la recuperación del armatoste. En otros tiempos, esas eran las ventajas de ser un “práctico de las aguas”.   Para buscar algo del tamaño de un carro hay que tener en cuenta todos los detalles posibles antes de la primera inmersión: el lugar por donde cayó, las corrientes internas, el peso que llevaba, o si hay o si hubo lluvia. Todo cuenta y suma, porque en las profundidades del Cauca los ojos solo le son útiles a los pescados y a la muerte. Las explicaciones técnicas de la CVC, la autoridad ambiental encargada de la atención del cauce en la zona, dicen no obstante que su coloración, además de responder a la carga contaminante que se le come el oxígeno, también obedece a la turbiedad derivada de los otros seis ríos de la ciudad que le caen encima, al igual que las descargas de los ríos Palo y Timba, que lo cruzan en el departamento del Cauca, antes de llegar a Cali. [[nid:445601;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/07/ep00991499.jpg;full;{El paisaje repetido: manchas de aguas negras y babas de espuma blanca y maloliente.Cámara Colombiana de la Infraestructura / Especiales para El País}]] A tientas y pulmón, sin alteas, sin máscara, sin traje de neopreno, cuando encontraba algo en el fondo, Arfail le hacía un amarre con sogas y poleas de hierro que luego jalaba desde la superficie, contratando para las chatarras más pesadas el servicio de una grúa. Además de carros completos también sacó sus osamentas y hubo días en que pudo negociar algún chasis a buen precio. Con esa “chamba” crió a tres hijos. En otra ocasión, en compañía de un amigo, sacaron algo que él asegura “brillaba como el oro” y que en el centro, donde se los compraron en setenta mil pesos, les dijeron era un estribo de la caballería española. Arfail, que ya nunca volvió a tomar agua del río como cuando era un niño, dice que si la prueba ahora le sabe “como a óxido dulce” y que si se le va por la nariz es  probable que le duela la cabeza o le dé algo que es más irritante que una sinusitis. Río arriba, voy en todo caso en su bote, el martes pasado a la espera de encontrar noticias distintas a las previsibles. Antes de embarcarnos el hombre había dicho que en estos tiempos, cuando rescatar muertos volvió a ser un oficio con riesgos superiores a los que trae luchar contra la corriente, su vida dependía más de la otra pesca; así que yo entonces, esperaba ver en un recorrido los lugares donde él soltaba el trasmallo y los pescados quedaban envueltos. “El río es como un familiar, es parte de mi cuerpo y de mi vida, es todo para mí. Hemos compartido tanto que somos uno solo: yo vivo de él y él y el vive de mí”, llegó a decir en un momento de inspiración poética.Pero una hora después de ver el paisaje repetirse en manchas de aguas negras saliendo de tubos y desagües, y babas de espuma blanca y maloliente recogerse en recodos y orillas, fue quedando claro que la otra pesca a la que se refería Arfail era más bien un rebusque en el que los peces son tan valiosos como un pedazo de fierro retorcido. Ahora, en una jornada de pesca, él por ejemplo no solo va detrás de bocachicos sino de algún pedazo de chatarra que pueda sacar del fondo para luego venderla por su peso. Solo de esa forma logra ahora arrebatarle vida al río. Junto al trasmallo envuelto en el piso del bote, Arfail lleva ganchos de acero, atento a ensartar la suerte cuando el Cauca se la regale. Esa es la razón por la cual su “uniforme” ahora esté compuesto de botas pantaneras y pantalón largo, y su gordura, al provenir de ese milagro que es su subsistencia actual, sea en efecto un favor divino: “Yo no soy gordo porque coma mucho, sino gracias a Dios”.  A las dos y media de la tarde, siendo imposible bajar más allá de la subestación de Policía por razones de seguridad que Arfail no se atreve a sortear con su bote impulsado por un motor Yamaha 25, regreso al embarcadero sin noticias nuevas: “Hacia abajo, todo lo que es Yumbo, hay orillas donde usted puede meter la mano y sacar larvas como en una gelatina carnosa…”, dijo entre otras cosas antes de despedirnos. *** [[nid:445604;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/07/ep00991482.jpg;full;{Arfail Rayo Zorrilla, en su bote sin nombre, el pasado martes en un embarcadero a la vuelta de la subestación de Policía de Juanchito.Jorge Enrique Rojas / El País}]] Al día siguiente  el nombre de Natalia Rodríguez, que es PHD en Derecho Ambiental de la Universidad de Macquaire  y profesora de tiempo completo en el Icesi, aparece en la bandeja de entrada. ¿Podría esta ciudad matar al río? Le había preguntado  en un correo, con la esperanza de que su respuesta, ya no el pescador de muertos, me ayudara a hundir mis presunciones sobre el Cauca.  “Cali definitivamente puede matar el Río Cauca, al igual que Bogotá mató hace mucho tiempo al Río Bogotá. Esto puede darse por multiplicidad de factores. En Bogotá lo que sucedió fue que en los años 50 y 60 no había regulación ambiental de ningún tipo, por lo que era perfectamente válido botar todo al río; no sólo residuos sólidos sino también sobrantes de procesos industriales (lo peor eran las curtiembres pero también había cantidades de industrias que disponían de todos sus desechos químicos sobre el río). Todos estos desechos son tóxicos y peligrosos y terminaron acabando con el ecosistema hasta dejarlo muerto. Cali bien podría aprender de la experiencia de Bogotá, sobre todo porque el país es ahora muchísimo más maduro en materia de legislación ambiental. Es increíble que las autoridades de la ciudad y del Departamento no le hayan puesto un tatequieto a esta situación si tenemos en cuenta que el andamiaje jurídico está ahí”, escribió ella. Veo después, en un correo de la Cámara  Colombiana de la Infraestuctura (que hace poco organizó un recorrido por el Cauca donde fueron tomadas algunas de  las fotos que acompañan esta nota), la preocupación del gremio expresada a través de propuestas para acompañar el Plan Jarillón, la gran apuesta estatal que en ejecución hasta el 2017, debe terminar de mitigar la mayoría de riesgos que el Cauca le representan a Cali. Y luego, en su despacho de la CVC, veo el esmero con que el director, Rubén Darío Materón, explica el plan para recuperar el río a través de una inversión grandísima. Veo cuadros estadísticos que muestran cómo, al llegar a la sucursal del cielo, los niveles de oxígeno del Cauca descienden hasta los infiernos. Y veo bien los ojos de Materón, cuando le digo que entiendo que a pesar de todo el esfuerzo, la lucha  será infructuosa mientras el dique permanezca ocupado; su desalojo, hoy día, parece tan complejo como la supervivencia de un cardumen de salmones en el Cauca o que Arfail pesque un bocachico. Dejo de ver y regreso viendo mis manos vacías y mis presunciones firmes: esta es la misma historia triste navegando el río. Y otra vez queda escrita sin un final feliz, como ha sucedido desde hace mucho. Aunque esta vez hay uno, si se quiere: Arfail Rayo Zorrilla no sufre de ninguna enfermedad -solo de un eventual dolor en un riñón- y eso, en el caso de un hombre que a los 55 años se mantiene en pie arañándole vida al moribundo Cauca, es ya una buena noticia. La promesa que anunciaba el rumor de su existencia, vista con ojos de esperanza, quizás haya terminado cumpliéndose.

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