¿Por qué la Salsa está tan arraigada en la cultura de los caleños? Entérese

¿Por qué la Salsa está tan arraigada en la cultura de los caleños? Entérese

Mayo 06, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Ossiel Villada Trejos y Lucy Lorena Libreros | Reporteros de El País

¿Nos representa la Salsa? ¿Hay que fortalecerla? No todos los caleños están convencidos y, como diría Joe Quijano, “hay una discusión en el barrio”. Gaceta esculcó la historia para buscar encontrar los orígenes de esa relación. Así se compuso el son.

El escándalo llegó con nombre de mujer. Se llamaba Guaracha, había nacido en el Siglo XVIII y, aunque venía de Cuba, sus orígenes estaban anclados a la vieja España. Como casi todos los placeres que arrebatan el cuerpo, la Guaracha penetró la piel del pueblo hasta tocarle el alma.La barriada popular, que desde inicios de los años 40 bullía de negros e indios, mulatos y mestizos, obreros y desempleados, putas y tabernas, barro y esperanza, se aferró al baile de la Guaracha con desenfreno. Entonces, un barullo de voces puritanas se alzó entre las clases altas para denunciar cómo las buenas costumbres empezaban a perderse entre bailes mundanos.El asunto, según lo recuerda el historiador Édgar Vásquez Benítez, no sólo fue tema de las señoras aristocráticas, sino objeto de debate público. Un editorial del Diario del Pacífico de la época sostenía que “causa verdadero pesar oír constantemente en muchas radiodifusoras, en nuestros bailes, retretas y serenatas, la conga, la guaracha, la rumba, el corrido, el tango, el bolero-son. Esta música, si así podemos llamar, es desgraciadamente preferida por nuestros jóvenes danzantes en las fiestas sociales”.Pero, como diría un bolero, por esas cosas del destino la ‘muy noble y muy leal’ Santiago de Cali, que hasta entonces vivía adormilada entre acordes de zarzuela, ópera, bambuco y guabina, estaba predispuesta para entregarse a la rumba. En realidad lo que condujo a Cali por ese camino se parecía a un tango amargo. A mediados de los 40 la violencia política expulsaba del campo a miles de campesinos, que llegaban a las ciudades. Y en Cali estos inmigrantes, unidos a la creciente población negra proveniente del Pacífico, conformaron una enorme masa humana dispuesta a ganar un lugar en el territorio y en la historia. Reclamaban vivienda, empleo, comida, servicios públicos y, por supuesto, el derecho a expresar, sin los fríos convencionalismos de la alta sociedad, la vivencia del dolor y la alegría.Alejandro Ulloa, salsero por convicción y antropológo de profesión, sostiene que fue esa masa la que le dio cimiento al fenómeno Salsa. El naciente proletariado, mano de obra para las grandes industrias de Cali y Yumbo desde 1940, buscaba elementos de cohesión.Y a falta de una música autóctona, los hombres y mujeres pobres que le daban un nuevo rostro a Cali adoptaron los ritmos antillanos. Quizá, la guaracha, la rumba o el mambo no sólo encarnaban un modo particular de ver la vida: eran una manera de desafiar el desamparo y la muerte.Los ritmos antillanos se apropiaron de los coloridos bailaderos de la Octava y los oscuros puteaderos de la 15. Y aunque no era la única invitada a la fiesta, pues compartía baldosa con mambos, boleros, cha cha chá, tangos y fox, la Guaracha alcanzó un sitial de honor gracias a una orquesta y un hombre.Esa orquesta se había formado a mediados de los años 20 en Cuba, con el rótulo de Tuna Liberal, y aquel hombre había sido bautizado en 1916 en Santurce, Puerto Rico, como Daniel Doroteo. Ambos quedaron grabados en el corazón y la historia de la América antillana, con dos nombres que nunca podrán pronunciarse por separado: Daniel Santos y La Sonora Matancera. Las guarachas de la Sonora en la voz de ‘El Jefe’ marcaron la gran explosión de música antillana que sacudiría desde finales de los 40 a Cali. Las trompetas desafiantes de la Matancera, esas “que atravesaron el Atlántico”, según Guillermo Cabrera Infante, le dieron al oído del caleño la pauta inicial para concebir su endiablado baile. Más que con cualquier otro cantante de la Sonora, Cali estableció una conexión sensorial con Santos. Por su voz socarrona, su carcajada espumosa, su afición al alcohol y las mujeres, su historia de desarraigo, el ‘inquieto anacobero’ alcanzó dimensión de mito entre los melómanos de esta ciudad.A don Cristóbal Álvarez, pensionado, con 76 años a cuestas y eterno residente del Obrero, le es imposible olvidar aquellos tiempos. “Se bailaba en el Séptimo Cielo, Aretama, La Flauta o El Infierno, que estaban sobre la Octava; a veces en Agapito y en Tropicana, de Juanchito, o sino en el Tíbiri Tábara. Eso sí, sin tantos brincos como ahora. Lo que más sonaba era La Matancera, boleros y Olimpo Cárdenas. Uno veía de todo: gente buena, de las fábricas de Yumbo, pero también malandros que mientras estaban bailando no robaban a nadie”.De la mano de la tecnología, la música antillana inundó a Cali. La radio, que había llegado en 1932 con La Voz del Valle, fue la gran aliada de la expansión del mambo, el cha cha chá, la guaracha, la rumba, el guaguancó y el bolero, a partir de los 40. Y el revolucionario invento del tocadiscos permitió que Cali, casi sin darse cuenta, empezara a convertirse en el gran museo que alberga y conserva toda la memoria de lo que hoy conocemos genéricamente como Salsa. Comprimida en discos de acetato, la música que se hacía en Cuba y Nueva York atravesaba el Atlántico en las entrañas de grandes buques, desembarcaba en Buenaventura, remontaba la Cordillera Occidental a lomo del Ferrocarril del Pacífico y concluía su itinerario en las tiendas especializadas de la Calle 11, entre carreras 6ª. Y 8ª.El virus que contagió sin remedio a los primeros melómanos y coleccionistas tenía forma de disco de 78 revoluciones, venía envuelto en papel Kraft y le habían hecho un pequeño hoyo en el centro del alma. Todavía hoy, en los tiempos de Internet, Cali conserva miles de piezas emblemáticas de esa primera encarnación de la rumba. Sus propietarios las llaman 'panelas' y las utilizan como cofrecito para guardar nostalgias.¿Cuáles nostalgias? Ulloa, el antropológo salsero, lo explica: “Entre 1940 y 1980 se fundaron un poco más de 100 barrios populares, construidos por la misma gente en la periferia, en terrenos ejidos o en las antiguas haciendas parceladas para la vivienda. Miles de hombres, mujeres y niños participaron de esa construcción, y en ese proceso la música antillana y la salsa estuvieron presentes en kioscos, terrazas y casetas comunales, como símbolo de una gesta colectiva”. Mélida Carabalí, habitante del barrio Andrés Sanín, es un testimonio vivo de cómo esa música fue cemento para pegar los ladrillos de Cali: “Se hacían empanadas bailables para construir andenes y pavimentar calles, y cuando ya las tuvimos pavimentadas, hacíamos verbenas para reunir plata para la escuela. Acá todo el mundo bailaba, por diversión y por necesidad”.Sólo visto así es posible entender que Ricardito ‘El Miserable’, el personaje de Andrés Caicedo en ‘Que viva la música’, estaba equivocado: la historia de Cali no se partió en dos con la visita Richie Ray y Bobby Cruz, a finales de los 60. Dos décadas atrás esta ciudad ya había entregado su corazón a los designios del tambor. Y mucho antes de que a algún oportunista se le ocurriera usar la palabra ‘Salsa’, Cali ya había empezado a tejer la leyenda que hoy la identifica como ‘Capital Mundial de la Salsa’.****La cintura mulata de Melisa Dorado ha conseguido que un gringo se coloque de pie después de verla bailar. Que un japonés le tome fotos, al final de una presentación, casi con la misma devoción que un fanático lo haría frente a un artista atildado. Y que una puertorriqueña, quién lo creyera, le preguntara —con más curiosidad que envidia— cómo logra ella, Melisa, una mulata de ojos dorados y crueles, doblar esa cintura con tanta rapidez y destreza, como si en vez de bailar lo suyo fuera un pacto de rumba con el mismísimo diablo.Ella sonríe mientras lo cuenta. O lo recuerda. Aquellos episodios fueron hace ya bastante rato. Melisa fue una de esas primeras bailarinas profesionales que parió esta Cali pachangera, cuando aún las escuelas de salsa no crecían —como hoy— silvestres en cualquier barrio pobre de la ciudad. En su tiempo, eran dos o tres, y los bailarines se contaban como bolitas de ábaco. Hoy se habla de que existen unas 135 y que son cerca de ocho mil los caleños que hallaron en el baile de la salsa una profesión.Cuando escucha las cifras hay en su cara un gesto de asombro y nostalgia. Ahora está alejada de los escenarios y con un título como tecnóloga en sistemas. Bailar salsa en su época no pasaba de un hobby mirado con cierto desdén que se hacía con más hambre que recursos. Nadie hablaba de Delirio, de Salsódromo, de Mundiales.“Bailarines como yo abrimos un camino, pero en esa época nadie pensaba que se pudiera vivir de eso. Ahora es distinto, los bailarines demuestran su talento y hay quienes están dispuestos a pagar por eso”.Digamos que sí. Si usted le pregunta a Luis Eduardo Hernández, 'El Mulato' —para muchos el papá de los bailarines de salsa— le contará que por su Academia Swing Latino han pasado centenares de jóvenes dispuestos a comerse los escenarios del mundo, sin más equipaje que unos faldones coloridos y unos zapatos blancos. Le mostrará trofeos y le hablará, orgulloso, de esos muchachos que él, a fuerza de punta y talón, rescató de las aguas fangosas de pandillas y muerte. Y, claro, no perderá oportunidad de celebrar que una estrella como Marc Anthony no haya dudado en llevárselo consigo a un reality de talento en Las Vegas.Pregúntele además a Carlos Trujillo, ese salsero insobornable que con Rucafé les ha enseñado a muchos caleños a bailar salsa en estilo Casino. A las puertas de su academia en El Templete llegan hombres y mujeres que nadie confundiría con Watussi o Amparo Arrebato, pero que a la vuelta de siete meses terminan haciendo suyos los salones de baile.Ahí está Luz Aydé Moncayo, que no hace mucho se bajó del avión que la trajo desde Washington, a donde había viajado a presentarse con 25 de los 'pelados' de su Academia Son de Luz en el Museo Smithsonian, como parte de la delegación colombiana que se tomó el Smithsonian Folklife Festival. O, si quiere, ahí está Edwin Chica, de la Academia Salsa Viva, que el año pasado atracó con una legión de sus bailarines en el Crucero Ocean Dream para enseñarles a suecos, finlandeses y canadienses qué es eso que se baila mientras Ray Barreto castiga sus congas y Tito Gómez grita que “Pastorita tiene guararé”... John James Barreto también podría darle testimonio. Le hablaría de Cali Swing, ese salón en el que bailan los sueños de muchachos sin estudio en Siloé. Nadie hubiera apostado, medio siglo atrás, que un ritmo musical típicamente caribeño se adhiriera en la piel de una ciudad enclavada en un valle de Los Andes. Pero pasó: la Salsa no sólo echó raíces sino que hoy es luz y alfabeto para miles de caleños que aspiran a vivir de ella en cualquiera de sus manifestaciones. De eso se dio cuenta Proexport. La entidad se puso a estudiar y llegó a la conclusión que son tres los aspectos con los que los extranjeros identifican a este país: el café, Gabo y.... la salsa. Sí, señores.Umberto Valverde, escritor y periodista, sostiene que “nada proyecta más a la ciudad ante el mundo que la Salsa, porque alrededor de ella hay un enorme conjunto de saberes y una cultura popular que nos da un sello propio, una identidad”. No han faltado, por supuesto, los que dudan. Como diría Joe Quijano, “hay una discusión en el barrio”: que a la salsa se le invierten millonarios recursos; que la salsa es mera rumba, licor y mujeres; que no se puede encasillar a la ciudad en una sola expresión artística, que quién dijo que un día podremos contar con la misma industria cultural que los cariocas construyeron a través de la samba o los porteños con el tango. Argumentos como esos escuchó a diario en su despacho Argemiro Cortés, ex secretario de Cultura. Cuando eso sucedía, el hombre echaba mano de los milagros que se cocinaban a fuego alegre en los barrios populares: “Si tu vas a comunas como la 16, la 11 o la 12, o a barrios como Petecuy, encontrarás muchachos que sólo consiguieron dejar las pandillas y los changones a través del baile, de la salsa”. Lo que no se ha entendido aquí —se queja el ex funcionario— es que “Cali necesita más oportunidades que policías. La salsa es un tema que aún muchos miran con vergüenza, como un asunto de rumba y discoteca desconociendo que se trata de un factor de desarrollo cultural y social capaz de transformar. Cuando un muchacho deja de empuñar un arma para calzar unos zapatos de baile gana ese joven, gana su familia y gana su barrio. Dejarán de sonar las balas y en cambio sonará la música”. Las cifras reflejan la otra cara del debate. En los últimos cuatro años, según Cortés, se le invirtieron a la Salsa, en promedio, mil millones de pesos anuales.Carlos Trujillo, quien además de dirigir Rucafé es el director artístico de Delirio, asegura que, contrario a lo que muchos especulan, la cifra es alta, pero no suficiente. La cosa funciona así: cada una de las escuelas que participa en el Salsódromo (en 2011 fueron 25) recibe unos $20 millones. Son escuelas que acogen, en promedio, unos 50 artistas. Matemática simple: cada joven recibe $400 mil y con ese dinero no sólo debe transportarse y alimentarse a diario para asistir a ensayos, de junio a diciembre, sino que además debe costear su propio vestuario, que no baja de los $200 mil. Aún así, Carlos no pierde la fe en esa religión llamada salsa. La alimenta cada vez que ve a pequeños de 2 ó 3 años que tambalean para subir unas gradas, pero se agitan sin problema en una pista de baile en una de las 50 academias registradas en Cámara de Comercio. Tampoco Pedro García, administrador de Tintideo que cada noche de jueves ve cómo su discoteca se va convirtiendo en una ‘torre de babel’. Franceses, chinos, argentinos, israelíes y rusos llegan a Cali atraídos por la salsa.Ni Mauricio Díaz, dj joven y pionero en una de las nuevas tendencias de la difusión salsera: las emisoras virtuales especializadas: salsaenred.com, saoco.com o rumba y guateque.com Tampoco Alexánder Zuluaga, ese loco que el tercer sábado de cada mes se sienta a los pies de Jovita, en el Parque de los estudiantes, para congregar a rumberos de raza y corazón en 'Salsa al parque'. Y como ellos, Jairo Carvajal, el dueño de Hostal Sunflower Pacific, de San Fernando, uno de los 20 que existen en la ciudad para hospedar a los cerca de 450 turistas extranjeros que cada mes llegan atraídos por el pregón de que “Cali es Cali señores, lo demás es loma”.La evidencia palpable de la buena salud de la Salsa también vibra en Zaperoco, donde los esposos Johanna Cote y Mauricio Levy presentaron el año pasado más de 70 orquestas locales. El cuento de que en Cali no se volvió a producir ni a grabar Salsa es eso, una mentira. El problema, según el bloguero Fernando Cardona, es que la radio comercial local no promociona, ni difunde esas orquestas.Con todo, la cultura salsera, aunque no sea autóctona, es hoy más que nunca un elemento de cohesión, unión e identificación entre todos los caleños, por encima de las diferencias sociales y económicas de estos.Por eso, más allá de la sana discusión, la realidad que cantó el gran ‘Machito’ sigue vigente: “Salsa, somos salseros, reconocidos en el mundo entero…”

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