Por cuenta de un grupo de chicos, gente de la calle está calmando el hambre

Junio 22, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Reportero de El País.

Ellos no los conocen pero, en algún lado, levantan pulgares en su nombre.

Para algunos resultará curioso: Facebook puede servir para algo distinto que para erguir pulgares y colgar fotos de momentos felices. La red social preferida por los exhibicionistas es, también, un sitio que permite hacer de lejanías virtuales, cercanas realidades. En tiempos en que el mundo pasa por la inteligencia de teléfonos que cada vez son menos teléfonos y por la pantalla de computadores transformados en extensiones humanas, Facebook a veces puede ser un indicador de nuestra postura en esa realidad dos-punto-cero: la solidaridad, la ambivalencia, la mala leche, la bondad, se reflejan a través de lo que hacemos en aquella dimensión paralela; algunas veces, impulsos enviados a través de teclas y clicks, terminan convertidos en verdades de carne y hueso.Jaison Ramírez es un chico que un día decidió hacer algo más que aprobar fotos o comentar el estado existencial de sus amigos virtuales. Revisando fragmentos de su propia vida, una tarde encontró en Facebook algo que creyó podría replicar en Cali para ayudar a gente de verdad. Gente de carne y hueso. En la vida real, sus pulgares también quedaron erguidos.Lo que el muchacho vio es una iniciativa que hace cinco años empezó a funcionar en Italia. Se llama Café Pendiente y es una idea cuya puesta en marcha supone la buena fé de un desconocido. De un puñado. De cientos. De miles, en verdad. Básicamente se trata de un pequeño acto de generosidad: ir a una cafetería y dejar pago allí un café y un pan para alguien que lo necesite. Para alguien que un día llegue hasta ahí, sin dinero, a pedir algo de comida. Una merienda para alguien sin rostro, sin nombre. Alguien, cuya única certeza presumible, sea el hambre que lo empuja a estirar la mano.Hace siglos, Aristóteles, el filósofo, dijo que las revoluciones no se hacían de menudencias, pero que nacían de menudencias. En el siglo pasado, Ghandi, el pacifista, dijo que para ver un cambio en el mundo, había que empezar ese cambio uno mismo. Hace apenas unos años, en Colombia, empezó a hablarse de la revolución de las pequeñas cosas. El término comenzó a popularizarse luego de que Andrés Wiesner, un periodista, diera a conocer el impulso de un grupo de universitarios que en Altos de Cazucá, una invasión que atenta contra la gravedad en el sur de Bogotá, utilizaba el fútbol para rescatar chicos con la fatalidad como destino. Y luego, en 2009, se hizo todavía un poco más visible cuando Gulillermo Larrota, el periodista que la gente reconoce en la televisión como Pirry, empezara a apoyarlo hablando en su programa de horario prime time sobre aquellos asuntos, en apariencia diminutos, que pueden ser el detonante de transformaciones mayores: regalarle libros a un chico sin escuela; auxiliar a un perro moribundo en la calle; hacer el pare para que la señora embarazada cruce; no pagarle a un tramitador en el Tránsito; llevar al cine a un pelao que trabaja en el semáforo; no mentir; sonreir; no juzgar. Tonterías. Bobadas. Pequeñeces al alcance de todos, pero casi siempre olvidadas por todos.Ese año, en su Facebook, esa red social que también puede servir para otra cosa distinta que criticar la vida de los demás, Pirry escribió: “(…) tal vez si partiéramos de esas cosas pequeñas que parecen insignificantes, la suma de esas cuarenta y tantas millones de cosas pequeñas hechas una y varias veces todos los días sonarían mas fuerte que los fusiles de los descorazonados, que los gritos de los desalmados; y aunque tal vez a ellos no les importe, ni esa revolución los calle, por lo menos el sonido de nuestras cosas pequeñas podría tal vez ahogar el ruido del miedo y el desasosiego con el que vivimos”. La revolución de las pequeñas cosas. Cosas pequeñas. Como dejar pago un café para alguien que lo necesite.En Nápoles, la idea del Café Pendiente se le ocurrió hace un siglo a un obrero que tomaba el desayuno en un bar. Ese día celebraba algo. Y se le ocurrió que la mejor manera de hacerlo, era dejando un café pago para alguien que viniera después de él, con menos motivos para celebrar. Fue una pequeñez. Una pequeñez que tardó cien años en convertirse en una bola de nieve que ahora rueda en España, Singapur, Argentina, México. Todos los días allí, en esos países, cientos, miles de personas con hambre, en algún momento del día terminan agradeciendo en silencio la generosidad de un desconocido que pensó en ellos. Tal vez, quién sabe, todos ellos den las gracias levantando al cielo sus erguidos pulgares de carne y hueso.***Jaison tiene 17 años y vive en Capri. Es alto y flaco. Lleva el pelo acomodado en un cuidado desorden de puntas y flecos. Viste jeans y tenis sucios. Lleva una manilla en la muñeca izquierda. Aunque pareciera, no es un chico típico. Al menos no habla como tal. Su voz es pausada y grave, como la de un vendedor de biblias puerta a puerta. En los dos últimos meses, ha terminado convertido en algo parecido.Yendo de puerta en puerta, Jaison ha recorrido decenas de panaderías y cafeterías de esta ciudad. Luego de que la gente de Café Pendiente Argentina le autorizara la utilización del logo del movimiento –una taza de café con un corazón humeante-, él se ha dado a la tarea de ir de aquí para allá explicando en qué consiste todo. Para echar a andar el proyecto en un negocio cualquiera no se necesita mucho: exhibir el logo en un poster para que la gente pueda identificar el local, llevar una hoja de registro para verificar el número de cafés pagos cada día y tener una valera para que cada comprador de café se lleve un certificado de lo que pagó. Nada de eso sale del bolsillo del dueño de la cafetería.Junto a otros diez chicos de la Universidad Autónoma que, como él, cursan quinto semestre de Comunicación Social, Jaison ha ideado un sistema para proveer a los locales de todo eso; en este tiempo, vendiendo galletas que ellos mismos hornean, sacando de sus ahorros, de la plata que les dan sus papás, han creado un fondo común a través del cual pagaron volantes, imprimieron afiches, compraron valeras. Cada semana, los chicos se reunen para distribuirse tareas, sitios a visitar, planes de promoción. En las panaderías más grandes de la ciudad los han dejado con la palabra en la boca con excusas repetidas: el gerente no está; chévere, pero difícil; vengan más tarde. La voz de vendedor de biblias de Jaison de poco ha servido ante esos hombres de poca fé.Pero la persistencia de los pequeños actos, en algún momento comienza a surtir efecto. Hace un par de semanas dos panaderías le dijeron que sí: Postres y Panes (calle 10 49-06) y La Estación (Calle 13 53-44, Local 15). Allí, desde entonces, es posible dejar pago el desayuno para alguien que lo necesite; o un jugo; o un café. Lo que alcance. Lo que se pueda. Alguna pequeña cosa.Melissa Restrepo, una chica de ojos miel y cejas pobladísimas que trabaja junto a Jaison, dice que todos ellos, esos chicos, sueñan con que un día la gente empiece a dejar pago el almuerzo para alguien, luego una cena, luego las tres comidas. Es un sueño todavía, dice ella moviendo los ojos. Tal vez así, mirando hacia arriba, rebuscando en el cielo de las fantasías posibles, habrá movido los ojos aquel obrero napolitano que dejó pago el primer café pendiente hace un siglo.Pero para eso falta. A través de un correo electrónico, Jaison envía palabras que en su voz deben sonar a tristeza. Todos los días, él y sus compañeros, van a las panaderías con las que tienen convenio empujados por la esperanza de que los vales de cafés pagos se hayan acabado; siempre se quedan esperando. A veces apenas han comparado cuatro o tres cafés. A veces solo uno. Pero es algo, dice él. Algo. “(…) Pero como siempre decimos, las acciones, por pequeñas que sean, cambian el mundo. Y eso es lo que queremos: de poquito a poquito cambiar la mentalidad de las personas y de poquito a poquito generar la cultura de compartir con quien lo necesita sin esperar nada a cambio”.Jaison no está lejos de la realidad. Al final del correo, cuenta que algunos habitantes de la calle que viven cerca de su casa han terminado convirtiéndose en sus amigos. Dice que lo cuidan cuando va por ahí. Que lo cuidan a él y su familia en agradecimiento por lo que están haciendo por ellos. Por ese café que pueden tomarse en las mañanas cuando el hambre es una cuchillada en la panza. Por ese pedazo de pan que pueden darle a sus hijos y calmarles el llanto. Por esas cosas en apariencia tan pequeñas para cualquiera, pero tan grandes para ellos. Pequeñas cosas.¿Qué pequeña cosa ha hecho usted hoy? ¿Ya se tomó su primer café?

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