Perfil del padre Alfonso Hurtado Galvis, el hombre que le dio voz al prójimo

Mayo 13, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Meryt Montiel Lugo | Reportera de El País
Perfil del padre Alfonso Hurtado Galvis, el hombre que le dio voz al prójimo

Sacerdote Alfonso Hurtado Galvis, quien murió a sus 89 años el lunes 12 de mayo de 2014.

Este perfil fue publicado en 2009 por El País. Se reedita hoy como homenaje a su memoria, luego de conocerse su muerte en la noche de este lunes..

Si hay un hecho por el que los caleños no olvidan al padre Hurtado es por el heroismo con el que actuó luego de la explosión de 6 camiones militares cargados de dinamita, ocurrida en la capital del Valle, el 7 de agosto de 1956. Se trata de la más grande tragedia sucedida en América por un fenómeno no natural. Se calcula que murieron unas diez mil personas. En ese entonces él era capellán del Batallón Pichincha y fue testigo excepcional de la tragedia. Esta historia la ha contado un centenar de veces, pero con ese poder narrativo, lleno de detalles, no deja de seducir al interlocutor:“...Cuando llegamos a la Calle 25, la fetidez era grande y el olor a humo espeso, asfixiante, entonces vimos aclarear el día y nos dimos cuenta de la magnitud de la tragedia: 36 manzanas de Cali arrasadas. Solamente en la fosa común del cementerio central yo vi enterrar 3.725 cráneos...los cuerpos se desaparecieron...”.Por más de 48 horas y sin dormir, metido entre los escombros ayudó a recoger cadáveres, a asistir a los heridos y a consolar a los que lo perdieron todo, cuenta el notario Jaime Cardona, “eso le mereció una portada en la revista Life”. Desde ese 7 de agosto, asegura ‘el notario notorio’, “el padre Hurtado se convirtió en símbolo de la ciudad”.A este cura intelectual que dominaba siete idiomas, por su condición de librepensador y de hombre al que no le tiembla la voz para cantarle la tabla a los gobernantes y políticos de turno durante los sermones, también lo tildaron de rebelde.Sino, que lo diga su amigo, el exsacerdote Gonzalo Gallo, quien en una ocasión aseguró “que nos identificamos por querer impulsar cambios necesarios en la Iglesia y por eso cargamos el estigma de rebeldes”.A pesar de ello, fue respetuoso de las directrices de la Iglesia. Así lo corrobora su amigo, el afamado atleta y arquiteco Jaime Aparicio. Con él se enfrascaba en discusiones intelectuales y religiosas en las que Galvis terminaba llamando a su amigo “descreído” y Aparicio, “cura fanático”. Incluso, un día el exdeportista le sugirió que sacara un aviso motivando a las mujeres a que tomaran anticonceptivos “para que no haya ese mundo de muchachitas embarazadas”, a lo que Galvis le respondió: “Eso quisiera yo, pero mis autoridades no me lo permiten”.La verdad es que este hombre que tuvo entre sus profesores de derecho a Jorge Eliécer Gaitán, Darío Echandía y Alfonso López Michelsen; y entre sus alumnos de apologética a Gabriel García Márquez, a Rafael Escalona y a Jaime Bateman Cayón, siempre fue un apasionado por la lectura que ha alimentado su mente de diversas corrientes intelectuales y que se convirtieron en su refugio para no caer en la depresión causada por la soledad y los años. Otra de las cosas que lo deprimían, de acuerdo con Jaime Cardona, “es que nos decía, respetando el sigilo de la confesión, que no se podía acostumbrar a escuchar pecados horribles, delitos espantosos. Eso a él lo traumatizaba y era una de las cosas más difíciles de su ejercicio sacerdotal”.A pesar de las depresiones, el sacerdote siguió adelante, tratando de llevar su vida alejado de las tristezas, disfrutando cuando se podía de lo que más le agradaba: “La comida valluna, la carne desmechada, los chicharrones, las empanadas, el manjarblanco, pero que sea bugueño; el Cuba Libre, pero siempre fue muy sobrio”.Y en el 2009, cuando este diario intentó plasmar en este perfil sus rasgos más característicos, le hizo una petición a los caleños, que “vayan a visitarme a mi tumba”, claro, advirtió entre risas: “Todavía no me voy”.Su deseo era que lo enterraran en un ataud pelao, sin adornos, un ataud como los pobres, "porque yo soy pobre".Charlar con el padre Alfonso Hurtado Galvis era recibir de manera gratis y entretenida clases de historia universal, eclesiástica y de Cali; geografía, religión, español, genealogía, cultura general y hasta de chismecitos del jet set... Pero sobre todo era divertirse con un hombre que le saca apunte a todo, pues como él mismo dice: “Padre Hurtado sólo hay uno y si nace otro, no se cría”. Francote como siempre, se dejaba picar la lengua con temas coyunturales y personales, pero eso sí, él sabía hasta dónde se permitía ‘estirarla’. Un hombre directo y franco Confesiones a El País hace cuatro años¿Cuál de las promesas que ustedes hacen como sacerdotes ha sido para usted la más difícil de cumplir?La castidad. Claro, la soltería es dura porque uno quisiera tener una familia. Yo soy un hombre. La castidad me ha costado, para qué lo voy a negar.¿Qué opina del escándalo del Padre Alberto que lo pillaron en Miami?¿Cuál escándalo? Él es un hombre, le gustó una mujer. Porque el celibato no es un don. Cuando me ordené el Obispo me dijo: “¿Prometes a mí y a mis sucesores observar la ley del celibato?”. ¿Qué quiere decir celibato? Soltería. Si mueres soltero, mueres célibe. Como abogado sé eso. Pero yo hice promesa de no casarme, claro.Pero una cosa es nunca casarse y otra es no tener relaciones sexuales siendo sacerdotes...Conozco la historia de la Iglesia de pe a pa. Antiguamente hubo papas casados, viudos y vueltos a casar. Los sacerdotes se casaban. Jesucristo no estableció eso. Eso es una ley que la puede quitar un concilio.Entonces usted está de acuerdo con que los sacerdotes se puedan casar...Claro, claro, claro que estoy de acuerdo, se evitaría mucho problema. La Biblia dice en el Génesis: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza y los creó varón y hembra. Y Dios dijo, no es bueno que el hombre esté solo, démosle una compañera semejante a él. Semejante a él, no igual.¿En qué otros aspectos no está de acuerdo con posiciones de la Iglesia?Yo estoy de acuerdo con todos los dogmas de la Iglesia, desde la existencia de Dios, la Trinidad, la concepción inmaculada de la Virgen María, la asunción de la Virgen, con todos los dogmas, pero yo no estoy de acuerdo con muchas cosas del Vaticano.¿Como cuáles?Como el boato, el lujo. Jesús fue un hombre muy humilde. Los apóstoles eran hombres paupérrimos. Pedro, Pablo, la Iglesia, los papas de los primeros años eran paupérrimos.¿Cómo hace usted para no caer en las tentaciones femeninas?Tú me estabas hablando del padre Alberto. Yo no lo juzgo mal. La carne es débil, se enamoró de una mujer y lo grabaron y lo desprestigiaron, porque la gente cree que los sacerdotes somos ángeles y nosotros no lo somos. Sobre todo las mujeres. Ellas dicen: ‘¡Ay, el padre con una mujer!’ ‘¡Ustedes no pueden!’. Así le dicen las mujeres a uno. Porque les han metido el mito de que el sacerdote es un ángel. El sacerdote es un hombre de carne y hueso, con todas las debilidades de los hombres. ¿Sí o no? Ya yo me voy a morir, que se sepa todo esto. Yo no tengo nada que temer.Con tantos líos de curas involucrados en violaciones de niños, que le aparecen hijos, amantes. ¿Usted sí trata esos temas en su programa radial ‘La voz del prójimo’?Claro que he sido duro con eso porque Jesús dice: Ay, de los que corrompan a los niños, más les valiera que le amarraran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran a lo profundo del mar. ¿Y usted, un sacerdote tan preparado por qué no llegó a ser obispo?Porque yo no quise ser obispo. Voy a contarte un secreto. Un día monseñor Alberto Uribe Urdaneta que fue un gran obispo, bogotano, sobrino del presidente Urdaneta, me llamó a su casa de Normandía como a las 7:00 de la noche, me brindó un whisky, como para animarme y me dijo, ‘Alfonso, siéntate. He pensado colocarte en la terna para mandar a la Nunciatura para proponerte como obispo auxiliar’. Le dije, ay, no Monseñor, se lo pido, se lo suplico, casi me le arrodillo, no, por caridad, por caridad, no, no, no me vas a hacer ese mal. No, no, yo quiero morir como el padre Hurtado, yo quiero montar en bus. Entonces él se rió, arrugó el ceño y me cooperó.¿Continúa dictando clases?Ya no doy clases en la Santiago de Cali, donde dictaba antropología criminal, psicología criminal, práctica forense. Tampoco en los colegios. Yo enseñé en el Santa Librada, en el Benjamín Herrera. Ya no enseño porque los muchachos de ahora son muy rebeldes y yo no sirvo para regañarlos. ¡Ay!, si te contara un caso que me pasó en un colegio. Resulta que yo estaba dando clases y una pelada estaba mal sentada y le dije: siéntate bien. Y me contestó: ‘¿para qué mira?’. Yo me quedé lívido, callado. Yo qué podía contestar.

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