"No quiero escribir ni leer más, ¡es suficiente!": Philip Roth

"No quiero escribir ni leer más, ¡es suficiente!": Philip Roth

Febrero 04, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Por Pilar Quintana | Redacción Gaceta

Philip Roth, escritor estadounidense de origen judío.

La prosa del norteamericano Philip Roth, sencilla y expresiva, pertenece a una tradición de novela norteamericana de alto vuelo. Su obra fundamental, 'Pastoral americana', es una radiografía de la clase media del oriente de Estados Unidos. Sin embargo, a finales de 2012 le dijo adiós a las letras. ¿Por qué?

En el año 2000 David Remnik publicó un perfil de Philip Roth en The New Yorker. Fue un trabajo de seguimiento, de conversar con él durante mucho tiempo, de hacerse amigos, de acompañarlo a eventos, de visitarlo en su casa en un pueblito perdido en el campo, de encontrarse con él en Nueva York y de entrevistar a sus amigos. Roth estaba en el mejor momento de su carrera. Acababa de publicar ‘La mancha humana’, una de sus novelas más premiadas y la que cierra la trilogía sobre la vida norteamericana de la posguerra, luego de ‘Me casé con un comunista’ y ‘Pastoral americana’, quizás sus trabajos más apreciados por la crítica.Roth se había volcado sobre la historia reciente de su país. La guerra de Vietnam, la persecución comunista y las políticas contra la discriminación racial. Pero, más que un telón de fondo, estos eventos se inmiscuían en la vida privada de los personajes y acababan por destruirlos. Su voz narrativa preservaba el humor, pero se había oscurecido y hecho más profunda. La historia que contaba era más trágica y dolorosa.El retrato que nos presenta Remnik es el de un tipo chistoso, capaz de imitar todo tipo de voces, que se viste anacrónicamente. Pero también es el de un lobo solitario: un escritor recluido, que vive solo y trabaja los siete días de la semana, sin descanso, encerrado todo el día en su estudio, sin teléfono, sin fax, sin email, sin recibir visitas de nadie. Roth vivía para escribir.¿Se acabó el romance?Hace tres meses, en una entrevista con la revista francesa Les Inrocks, anunció sin pompas que se retiraba. Ya en 2008 le había dicho a Remnik, de quien siguió siendo amigo, que estaba tratando de romper el “hábito fanático” de la escritura. Por esa misma época releyó a sus escritores preferidos. Dostoievski, Turgueniev, Conrad, Hemingway. Cuando terminó siguió con sus propios libros, empezando por Némesis, el más reciente, publicado en 2010. “Quería saber si había perdido mi tiempo escribiendo”, dijo. “Y me pareció que había sido más bien exitoso”.Entonces se dio cuenta de que la ficción se había acabado para él: “No quiero leer ni escribir más. He dedicado toda mi vida a la novela: la estudié, la enseñé, la escribí y la leí. Con la exclusión de casi todo lo demás. ¡Es suficiente!".Como él mismo dijo, no tiene nada de raro que un escritor se retire de la escritura. Puso como ejemplo a E. M. Forster, que no volvió a escribir ficción después de los cuarenta y cinco años. Además están Rimbaud, Kafka, Rulfo, Salinger, que si no dejó de escribir por lo menos sí de publicar, y más recientemente el premio nobel Imre Kertész, que hizo su anuncio casi al mismo tiempo que Roth. Enrique Vila-Matas escribió un libro al respecto y acuñó el término “Síndrome de Bartleby”, basado en el personaje de Herman Melville, un escribiente que ante cada trabajo que le encargan suelta un calmado, pero exasperante, “Preferiría no hacerlo”.Roth también dijo que no pensaba que un nuevo libro suyo fuera a cambiar lo que ya había hecho, y que si lo escribía probablemente sería un fracaso. Evocando sus obras Su hoja de vida es impresionante. En medio siglo de carrera ha publicado 31 libros. Casi todos se han ganado por lo menos un premio importante, y algunos más: ‘La mancha humana’ se llevó siete. Pero ahora tiene 79 años. No son muchos los casos de escritores que publican después de esa edad y son muchos menos los que lo hacen con éxito.En los últimos años, Roth ha sonado para el Nobel y recibió tanto el Premio Príncipe de Asturias como el Man Booker International Prize. Pero la crítica lo ha tratado duro. Uno de los jurados de este último premio renunció alegando que no lo calificaría como escritor. Las novelas más recientes de Roth no han salido bien libradas. En las reseñas las tratan de “cuento inflado” o “trabajo ligero y desechable” y las desdeñan por la “narrativa pálida”, lo “desalentadoramente pobre” o la “historia predecible”. El crítico de libros de The New York Times incluso le recomendó que escribiera menos y saliera más de la casa.La carrera de Roth empezó cuando publicó ‘El defensor de la fe’, un cuento en que el personaje se aprovecha de ser judío para ganar indulgencias. Era 1959 y la comunidad judía puso el grito en el cielo. Llovieron cartas de lectores indignados, llamadas de la Liga Antidifamación y sermones en las sinagogas. “¿Qué se está haciendo para silenciar a este tipo?”, escribió un rabino energúmeno.Diez años y dos libros más tarde, Roth publicó ‘El lamento de Portnoy’, su novela más vendida y la que le dio la celebridad que tiene hoy. Pero el escándalo fue todavía más grande, el personaje renegaba de ser judío y de los judíos, y se indignaron hasta los académicos. El ataque que más le dolió y perduró en su mente fue el de Irwing Howe, un crítico literario y político de izquierdas, que llamó a Roth amargado, vacío y superficial. Once años después, Roth se vengó en uno de sus libros al convertir a Howe en un personaje detestable. De hecho, 28 años después Roth todavía tenía colgado en la pared el dibujo de un crítico apuñalado y sangrante que le hizo un amigo.En 2000 Roth le confesó a Remnik que los ataques fueron una de las razones que lo hicieron irse de la ciudad y adoptar un estilo de vida cada vez más solitario. Atrás habían quedado las conferencias, las lecturas en público, los viajes, los artículos, los proyectos editoriales, los romances, los amigos y la familia. “Ahora hay trabajo, y eso es casi todo”, dijo. “Yo descarto todo lo demás de mi vida”.Doce años después ha descartado hasta eso. La escritura, que era su último refugio. Ahora no le queda nada. O solo le queda el silencio.

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