Migrantes ilegales en Colombia, un viaje a lo más profundo de la incertidumbre

Migrantes ilegales en Colombia, un viaje a lo más profundo de la incertidumbre

Agosto 14, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina | Periodista de El País.
Migrantes ilegales en Colombia, un viaje a lo más profundo de la incertidumbre

Afuera de Migración Valle, en el norte de la ciudad, un grupo de migrantes, la mayoría haitianos, esperaba un salvoconducto para seguir su camino.

En 2015 las autoridades retuvieron a 201 migrantes en el Valle del Cauca. Este año la cifra asciende a 298. Ruta a la incertidumbre.

¿Cuánta fe se requiere? Sentado, junto a tres hombres, cuatro mujeres, una niña de 4 años y una bebé de 6 meses, Víktor mira al suelo. Mira al frente. A cualquier lado. A ningún lado. 

Llegó la noche del martes a Cali, luego de un viaje de más de dos días desde Brasil, pasando por Perú y Ecuador. En Cali tomó un bus hacia Medellín y fue retenido media hora después, en cercanías de El Cerrito, junto a otros 129 migrantes, la mayor parte haitianos. Todos fueron devueltos a la ciudad.

¿Cuánta fe se requiere? Víktor espera a las afueras de Migración Valle del Cauca, en el norte de Cali. A las 9:30 no había comido nada. La noche anterior durmió en un hotel en donde le robaron 350 dólares. Debe guardar dinero si quiere llegar a Turbo, si quiere llegar después a Panamá. Espera  que las autoridades decidan darle una autorización para que no tenga problemas con la Policía en su ruta a la selvática frontera entre Colombia y Panamá. Espera. 

 “Dios no me ha abandonado. Yo confío en que voy a poder llegar y confío en Dios. Ya me trajo hasta aquí y sé que voy a llegar a Panamá y luego a Miami”, dice. 

¿Cuánta fe se requiere?

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No paran de llegar. El día en que 130 migrantes esperaban en Cali que las autoridades de migración expidieran un salvoconducto para que cada uno pudiera continuar su viaje a Turbo, algunos de los más de 350 cubanos que se encontraban desde hacía tres meses en ese pueblo abordaban barcos y buses para después regresar a Cuba. Otros se internaban en la selva del Darién para seguir hacia Centroamérica.  Todos habían acordado salir del municipio. 

La mayor parte provienen de Cuba y Haití, aunque también han sido retenidos migrantes de Bangladesh, China, Pakistán, Afganistán. La principal ruta consiste en llegar en barcos a la Costa Caribe y luego abordar  buses que los lleven a Turbo. 

La otra se hace tomando vuelos que los llevan hasta Brasil para luego alcanzar Río Blanco, en el oeste de ese país. De allí cruzan a Perú, luego a Ecuador. Cruzan la frontera con Nariño luego de pagar algún dinero a las guardas  de las autoridades migratorias y siguen la vía Panamericana hasta Cali.

 Aquí toman un bus hacia Medellín, desde donde se encaminan a Turbo, para luego llegar a Panamá, a través de la selva del Darién. De Brasil a Turbo el viaje, con comidas, puede costar alrededor de 700 dólares.  En Turbo todo depende de la tarifa que pongan los coyotes que los ayudan a llegar a Panamá. 

En 2015, Migración retuvo a 201 migrantes en el Valle. En lo que va de 2016, la cifra es de 298. En el Cauca han sido retenidos 304. En todo el país, 9377. 

Víktor, la piel negra, menos de 1,70, flaco. Su sonrisa debe ser blanquísima, lo intuyo, porque  no ha reído. En Haití están sus tres hijos y su esposa. Víktor  me muestra el anillo en su dedo anular izquierdo. Hace dos años que llegó a Brasil, a Manaos. Víktor es albañil. “Pedreiro, trabajo como pedreiro”, dice, usando una mezcla de portugués y español y de cuando en cuando las palabras rudas del dialecto que hablan en su pueblo en Haití. En Manaos solía ganarse 200 reales a diario como albañil, pintando, estucando paredes, pegando ladrillos. Pero no alcanzaba. Se suponía que le enviaría dinero a sus tres hijos y a su esposa. Pero apenas podía pagar el arriendo, comer y comprar algo de ropa para él mismo. Fueron dos años. Luego decidió salir hacia Panamá. 

Lo hizo junto a otros doce haitianos, entre ellos Roger, que está con su esposa y sus dos hijas, una de 4  años y otra de 6 meses.

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La travesía tiene a Panamá como primer objetivo. Los migrantes saben, imaginan, que llegar a ese país es una de las partes más difíciles del viaje, pues tienen que cruzar la oscura selva del Darién. 

Lo que se dice, lo que se escucha de los cubanos que han vagado durante días hasta decidir deshacer el camino para regresar a Turbo, es que muchos han muerto en el tapón del Darién. 

Para ellos la selva que divide a Colombia con Panamá es como el mar Egeo o el Mediterráneo: un vasto cementerio de muertes anónimas y silenciosas de las que ya  nunca se sabrá.

 Son 11.892 kilómetros cuadrados de espesuras que inician en las Lomas Aisladas, del lado colombiano, y terminan en el poblado Yaviza, del lado panameño. 

Varios de los cubanos varados en Turbo que ya habían intentado cruzar el Darién hablan de esqueletos, del hambre, de las plagas. De los coyotes. 

 Para ser guiados, los migrantes deben pagar  sumas que van entre los 100 y los 500 dólares a los coyotes antioqueños que conocen la zona o que dicen conocerla y pagan pequeñas sumas a los indígenas que la habitan para que los orienten. El viaje puede durar varias semanas. 

 Luego de llegar a Panamá, los migrantes siguen a través de toda América del Centro. Cruzan Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala antes de llegar a México. En cada uno de esos países los traficantes se aprovechan de ellos para llevarlos por rutas poco vigiladas. Se requieren al menos mil dólares para ese fragmento del viaje.

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Los planes de Víktor son una encrucijada. Sus hijos y su esposa necesitan de él y él no tiene el dinero suficiente para llegar a EE. UU. Regresar nunca ha sido una alternativa, salvo por ellos.   En Panamá espera trabajar durante algún tiempo, hacer algo de dinero, enviarle a su esposa y ahorrar otro tanto antes de salir hacia México.

Lleva solo una maleta. Algo de ropa, un par de zapatos de más, una chaqueta y su billetera. Es todo lo que necesita por ahora, dice. Aunque, piensa por un momento, requiere una camisa o al menos un saco. Las noches son frías, y solas.   “Mire que no le estoy mintiendo”, dice. Muestra las fotos de sus hijas y la de su esposa que guarda en un pequeño bolsillo de su billetera. 

Hace varios años que algunos familiares viven en Miami como indocumentados y trabajan ilegalmente. Le han enviado  dinero y espera que ahora le envíen algo para cruzar el Darién.

 “¿Vos crees que sí vas a llegar?”, le pregunto de nuevo, como quien de repente se encuentra con una de las formas más desoladas del Quijote. 

Víktor dice que sí, que seguro lo va a hacer.  “Finalmente, he sido un tipo con suerte. A pesar de todo, Dios no me ha dejado y estoy seguro de que me ayudará a llegar”. 

¿Cuánta fe se requiere?

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