Mejor, ¿imposible?

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El Juli hizo una faena para tomarle las medidas al trofeo de la Feria. El toro, ‘Balsero’, se ganó el derecho al indulto. El encierro de Rincón, el mejor presentado hasta el momento.

Mejor, ¿imposible?

Diciembre 30, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Por Víctor Diusabá Rojas I Especial para El País.com.co

El Juli hizo una faena para tomarle las medidas al trofeo de la Feria. El toro, ‘Balsero’, se ganó el derecho al indulto. El encierro de Rincón, el mejor presentado hasta el momento.

Bastó uno de los seis capítulos de la tarde. Y, claro, lo escribió El Juli con esos trazos que ya son una escuela. Por eso, Cañaveralejo volvió a ponerse a sus pies, esos mismos que clava en la arena para hacer el toreo de la quietud y el pasmo.Otro faenón. Esta vez con el concurso de un toro de bandera, ‘Balsero’ de nombre, al que le abrió la puerta del indulto, luego de una interminable sesión de temple y mando, en la que la armonía de los protagonistas fue tan perfecta, que uno podría sospechar que había un acuerdo para conseguir esto, la cita perfecta.De salida, el ejemplar de Las Ventas del Espíritu Santo metió la cara y por eso el capote se vio tan limpio en los lances de Julián. En verdad, no hubo una pelea a fondo en el caballo, pero eso pasó a segundo plano una vez las chicuelinas, ceñidas y de mano baja, encontraron eco profundo en los tendidos.Con ese quite, partió la empresa de El Juli para buscar hacer una de las faenas de la feria. Antes, una salva de aplausos, la que saludó los buenos pares de Suaza y Santana.Primero, los estatuarios, sembrado, con la arena hasta los tobillos. Esos mismos que apenas se movieron para dar a luz una trinchera y un pase de pecho, digno de una serie de muletazos profundos, que, no se afanen, ya vendrían.Fueron tandas iguales en su calidad, pero diferentes en su concepción. Por ejemplo, en la primera de naturales, echó la mano adelante y llamó al toro, que fue con prontitud y presteza, como nunca dejó de hacerlo. Pero en la segunda, ya no hubo toque, ese llamado hecho con la muleta. No, hubo apenas una caricia al paño, casi imperceptible, tras la que corrieron una y otra vez las embestidas francas y con transmisión de ‘Balsero’.Casi al final, Julián volvió a enterrarse en el oro fino del ruedo y ligó media docena de muletazos sin rectificar un milímetro. Todo estaba hecho y sólo faltaba la bendición de la Presidencia, que no tardó en caer sobre los lomos del toro del maestro César Rincón, mientras la plaza, que ya estaba cubierta de pañuelos blancos, se hacía un nudo de abrazos y parabienes.Eso fue todo. Lo demás, fue lo demás. La corrida de Las Ventas del Espíritu Santo, hasta ahora la mejor presentada de la Feria, no rompió en ninguna de las demás cinco oportunidades. El propio Juli hizo lo posible en el quinto, el más alto de todos, y apenas pudo exprimirle, a punta de técnica y voluntad, unas gotas sin mucho sabor.El Cid cortó una oreja al último, luego de fajarse con un toro que lo miraba con frecuencia y sin mucho cariño. El hecho de obligar al toro a embestir fue retribuido por un público que sabe como pocos la definición de agradecimiento. En cambio, en el tercero, un dije en sus hechuras, Manuel Jesús debió pasar de la ilusión a la decepción, porque el animal terminó buscando algo que se le había perdido en las zapatillas del lidiador. Palmas.Pepe Manrique dio lección de valor y categoría en el primero, que, aparte de desnudarlo, le dio una paliza de padre y señor mío, cuando el torero bogotano no quiso echar pie atrás mientras trataba de ligar una serie. Pepe volvió a la guerra sin deslucirse y sin buscar efectismos en la galería. Y mató bien, sin traicionar sus principios, a pesar del señor mirón que tenía enfrente. El cuarto tuvo una mezcla de sosería y mal estilo. Palmas y silencio.

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