Médico caleño 'contagia' a la ciudad con una práctica acuática que lo sanó

Médico caleño 'contagia' a la ciudad con una práctica acuática que lo sanó

Julio 12, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Redacción El País
Médico caleño 'contagia' a la ciudad con una práctica acuática que lo sanó

Marco Martínez, un reconocido internista caleño,impulsa una práctica acuática que le curó la vida. Remando sobre tablas de surf, además, anda empeñado en montar un proyecto social y ecoturístico que, empieza aquí y termina en Juanchacho.

Se trata de Marco Martínez, un reconocido internista caleño. Remando sobre tablas de surf, además, anda empeñado en montar un proyecto social y ecoturístico que, empieza aquí y termina en Juanchacho.

Los espejos de agua como este lago, decía el médico, son cuerpos con energía. Y por eso entrar al agua ya es recargarse… Pero al navegar el agua en una tabla, uno es el agua, ¡uno es el agua!, decía así, con signos de admiración felices dándole vueltas en la voz.

Para remar sobre el agua hay que dejarse llevar, seguir sus ondulaciones, pero controlando el curso a través de movimientos muy armónicos del cuerpo. Todo se articula: Piernas. Equilibrio. Cadera. Muñecas. Hombro. Brazos. “El agua cura… A mí por ejemplo me curó el dolor de una hernia discal.. Me ha curado hasta el divorcio…”, dijo también el médico.

-¿Y es que el divorcio duele?, le preguntó un señor que alzó la mano entre la gente, unas diez personas que hace un par de domingos, al borde de un lago, lo escuchaban hablar.

El médico se llama Marco Martínez, y lo que dijo, más o menos en ese orden, lo dijo antes de que empezara el mediodía sobre la orilla de Lagos de Maracaibo, un proyecto de urbanización campestre arriba de Palmira donde un gran espejo de agua es, o será, el centro de todo.

Hasta allí el médico había llegado con un remolque para entregar cuatro tablas de Paddle-Surf, que son, palabras más, palabras menos, unas tablas de surf más gruesas y largas, hechas para navegar de pie e impulsándose con remo.

Ideales para las aguas quietas, como las de un lago, pero también para entrar a los esteros y de ahí salir al mar, las tablas son un invento viejísimo de los hawaianos, que un día sin olas, se iban aburriendo.

Entonces empezaron a fabricarse tablas más grandes, con remos largos, para así poder cabalgar el agua sin depender de nada distinto a su antojo. Con el tiempo aquella resultante del ocio se fue convirtiendo en deporte, y así terminó de extenderse por los pedazos del mundo más recostados sobre el mar. Hoy día, de hecho, es un deporte olímpico.

Para nosotros, en Colombia, siempre fue una disciplina muy lejana, explica el médico caleño Marco Martínez, que es un internista muy humano y con un consultorio que lleva años en la Clínica Oftalmológica de la Calle Novena. Ya hay escuelas en Cartagena, claro, pero el Paddle para nosotros es nuevo.

Y lo curioso, dice el médico especializado en la Universidad del Rosario, es que llevamos interiorizado el movimiento necesario para remar sobre una tabla: porque es el mismo movimiento de nuestros aborígenes negros e indígenas, remando sobre el canalete en el río y saliendo al mar. El Paddle es nuestro potrillo.

El médico comenzó a remar sobre una tabla hace unos dos años largos. Antes lo hizo por mucho tiempo a bordo de un Kayak en el Lago Calima, donde de pronto, todo el mundo empezó a conocerlo y a reconocer las aventuras que a cualquier hora emprendía sobre el botecito, solo empujado por la ganas de remar.  Remando, cuenta, realmente se curó de los dolores del divorcio. Y se le alivió  la espalda.

Remando conoció el Paddle, que también le cambió la perspectiva de remar: al contrario del Kayak, donde la visión y la postura quedan limitadas, navegar de pie sobre una tabla es poder verlo todo. Y hacerle frente a todo de otra forma. En pura comunicación con la naturaleza. Entonces se trajo una tabla de Australia y aprendiendo a remar aquí, en Calima y en Juanchaco,   la desbarató. En ese pequeño final está otra parte del inicio.

Porque no solo convencido de las bondades curativas del deporte, sino de lo próximo que es a nuestra vida, el médico se dio a la tarea de fabricar el reemplazo de la tabla aquí.

En las playas de Juanchacho  había conocido buenos muchachos que además de resultar surfistas naturales sabían trabajar con las manos y se le midieron al empeño. La primera tabla quedó pesando veinte kilos, cuenta el médico en medio de una risa nostálgica. Aunque los recuerdos risueños ganan: ¡navegaba buenísmo en el mar!

Con esos muchachos, desde entonces, el médico anda fabricando tablas. Y cada vez quedan mejores. Tienen parte del cuerpo en madera, están moldeadas en fibra de vidrio, la pintura es a gusto del cliente. Las que dejaron en Lagos de Maracaibo eran amarillas con líneas negras.  

Y salen casi a la mitad de lo que costaría una tabla gringa. Una entrega parecida, semanas antes, había dejado en el lago de una urbanización arriba de Jamundí. El médico y los chicos de Juanchacho, aquel barrio que tiene Cali en el mar, pulen las tablas en una vieja casa sobre la Avenida Roosvelt, cerca de La Milagrosa.

El médico también está convencido que con la cercanía del agua que la ciudad por todos lados tiene, aquí en Cali se puede montar una escuela de Paddle. No pensada como un asunto competitivo sino de un goce para la gente, un encuentro con el universo.

¡Y un ejercicio buenísimo, porque una sesión de tabla es como tres  de gimnasio! Dice el médico, otra vez envuelto en signos de admiración. Varia gente ya le ha creido. Así que después de consulta y los fines de semana, el médico va entregando tablas por ahí. Artesanales. Únicas. Ninguna igual a la otra. Sobre las tablas, cuenta él  también, se puede hacer Yoga. O  salir a ver las ballenas en Juanchaco. Se puede remar por el mar  sentado o de rodillas. Y entrar a los esteros del Pacífico.

 En el mismo taller donde hace las tablas junto a los chicos de Juanchaco, el médico pule un sueño: un proyecto ecoambiental con carácter sanador y fondo social. El médico entonces imagina a los muchachos con los que trabaja, empoderados de la iniciativa; recibiendo  los turistas que llegarían al mar para emprender, de su mano, un recorrido en tabla por lugares a los que no los llevaría jamás una lancha.

Llegando a nadar en bahías increíbles. Sumergidas en fondo de la tierra. A que sanen  ahí de sus dolores. El médico habla y sus palabras tienen la certeza de un diagnóstico comprobado. “El divorcio duele, ¡claro!”, le contestó aquel día al señor.

El otro sueño, es el sueño de esos muchachos. Que las tablas los sigan llevando lejos. No solo haciéndolas y consiguiendo en su elaboración un oficio noble que le sirve de flotador a la vida, sino montándolas. Ahora en septiembre el médico va a llevarlos a una competencia en  Cartagena. Correrán en tablas que ellos hicieron y ahora llevan una marca sanadora: Manglares.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad